El drama de dos caleñas que luchan por su vida tras ser atacadas con ácido

Abril 05, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié S. | Reportera de El País
El drama de dos caleñas que luchan por su vida tras ser atacadas con ácido

Leidy enseña las quemaduras que sufrió tras un ataque con ácido en enero pasado. La joven de 18 años no sabe quién fue su agresor.

Yolima y Leidy pasaron por el mismo drama que vivió Natalia Ponce. Estas dos caleñas luchan por reconstruir su vida tras recibir un ataque con ácido. Historia de mujeres de acero.

-¿Qué quiere saber?-Yolima, quiero conocer su caso. -¿Para qué? En el país ya hay muchos y eso de qué ha servido.-Pero hoy todos están hablando de los ataques con ácido...-Hablan solo de Bogotá. Pero bueno, hablemos. Hablemos por hablar.Casualidad. Tuvo que ser una maldita casualidad. Ese domingo 19 de enero las dos amigas no planearon verse. No hablaron en todo el fin de semana. Eran las nueve y media de la noche, y el día, se suponía, debía terminar así, sin novedades. Leidy ya estaba en piyama, pero su prima le pidió que la acompañara a ensayar la moto que acababa de comprar. Salieron para la cancha del barrio (Alto Nápoles, sur de Cali). A esa misma hora, justo a esa hora, Yolima se asomó a la ventana de su casa y al ver a Leidy, caminó hasta la esquina para saludarla. En la calle varios muchachos conversaban, algunos vecinos seguían con los televisores encendidos, se veía pasar uno que otro carro. Hacía calor. Era una noche tranquila. Leidy le dijo a su prima que se adelantara mientras ella charlaba un rato con Yolima. Pasaron cinco minutos. No más. Un tipo se acercó, sacó de su mochila una botella, les arrojó un líquido, salió corriendo...***Yolima, entonces, empieza a hablar sin ganas. Como si recitara un parlamento de memoria, cuenta que estuvo 62 días en la Unidad de Quemados del Hospital Universitario del Valle, que hace dos semanas le dieron de alta, que el 30 % de su cuerpo tiene quemaduras grado tres. Es jueves 3 de abril y en la casa de Yolima ven televisión. A esta hora, cuatro de la tarde, transmiten una telenovela mexicana. La mujer, de 31 años, está sentada en un sillón verde. Tiene la espalda recostada sobre una almohada y sus pies, estirados, descansan en una silla rimax para niños.Yolima es delgada, menudita. Viste un short camuflado y una blusa verde de tiras. Es lo único que puede usar. Tiene casi todo el cuerpo cubierto con gasas: el cuello, los brazos, las piernas, la espalda. Lleva un parche en el ojo derecho: lo perdió hace unas semanas. Los médicos no pudieron salvarlo, tenía una quemadura grado seis. El ácido también devoró la fosa nasal de ese lado de la cara y parte del labio. La piel se derritió en segundos, como si se hubiera bañado con fuego.Yolima le pide a su hermana Alba, que por estos días es la encargada de cuidarla, que le sirva algo de tomar. Tiene la garganta seca. Es que hablar le cuesta trabajo: aún no puede abrir toda la boca. Tampoco puede comer bien. Las primeras semanas estuvo con dieta líquida. Y hoy, 74 días después del ataque, solo puede ingerir porciones pequeñas: un pedacito de carne, unos cuantos granitos de arroz, cucharadas diminutas de sopa.Alba le ofrece un vaso con agua. Yolima lo agarra con el brazo izquierdo porque no puede doblar el derecho; los injertos de piel encima de las quemaduras mantienen ese lado del cuerpo estirado, tieso, casi inmóvil. La mujer que siempre fue diestra, se ha vuelto zurda por obligación.Yolima toma despacio pequeños tragos de agua, mientras varias gotas se deslizan por sus labios y le mojan todo el cuello. “Me pasa todo el tiempo, me he vuelto como un bebé”, dice apenada. Eso, cosas tan simples como beber, comer, hablar, dormir, se han convertido en sus batallas diarias. Hoy es una guerrera cotidiana. Y lo es por sus dos hijos, un niño de cuatro y una niña de seis. “No puedo quedarme tirada en la cama para siempre, tengo que moverme, intentarlo. Los tengo a ellos”. Por ahora su esposo se encarga de cuidarlos, mientras ella aprende a defenderse con su nuevo cuerpo, con esa nueva vida que le tocó, con esta tragedia que alguien la obligó a vivir. ¿Quién? Yolima dice que no lo sabe. No tiene idea quién podría odiarla tanto como para destruirle su cuerpo. Qué enemigos podría tener una humilde vendedora de jugos de naranja. *** La puerta de la casa de Leidy está abierta. Una mujer, que habla desde la cocina, invita a seguir. Es Socorro, su tía. Son las dos de la tarde del jueves 3 de abril.Leidy sale con timidez de uno de los cuartos de la vivienda del barrio Alto Nápoles. Es una chica trigueña, alta, con figura de modelo. Lleva un jean, un saco beige y una pañoleta azul amarrada en la cabeza, que le resalta sus cejas negras y alargadas. Leidy se parece a Pocahontas.El pasado 24 de marzo cumplió 18 años. Pero no fue un día feliz. No fue como ella lo planeó durante tantos meses con sus amigos. No pudo usar ese vestido corto que su novio le regaló y que guardaba como un tesoro en su clóset, al lado de unos tacones negros de gamuza.Hoy tiene las piernas y los brazos y los pies y parte del cuello con las cicatrices que le dejó el ácido. Entonces, solo puede usar jeans, blusas de manga larga, zapatos cerrados; para cubrir las llagas del sol.El daño más grave fue en la cabeza. Ese domingo, cuando llegó al hospital, la chica gritaba que le dolía, que le dolía mucho, que se la estaban quemando. Sentía como si le siguieran echando, gota a gota, ese líquido mortal. Solo la morfina podía calmarla. Los médicos descubrieron que el ácido le estaba carcomiendo el cuero cabelludo, así que tuvieron que raparle el pelo de la corona. “Por eso uso esta pañoleta. Solo por eso”.Hoy no es capaz de salir sola a la calle. Tampoco puede dormir sin su tía al lado. Si lo hace, empieza a tener esa misma pesadilla: que ya no tiene ninguna cicatriz, pero ese tipo sin rostro llega a su casa y esta vez sí le lanza el líquido en la cara...Y es un tipo sin rostro y sin nombre porque Leidy tampoco sabe quién quiso destruirle la vida. Ha decidido creer que fue una casualidad, una maldita casualidad. Los primeros días se preguntaba por qué no se acostó a dormir temprano, por qué tenía que salir justo a esa hora. Si tan solo se hubiera entrado un minuto antes... Y se lo preguntaba, sobre todo, porque se suponía que ese lunes 20 de enero (al día siguiente del ataque) iba a empezar a estudiar investigación judicial. Otra maldita coincidencia. Leidy mira al suelo, parece recordar todo aquello que en segundos se derrumbó. Su tía, quien ha sido su mamá desde que tenía nueve años, la observa callada. No aguanta. Empieza a llorar. Un silencio incómodo se escucha en la casa. Pero la chica lo interrumpe. Dice que no quiere que le tengan lástima, que con la psicóloga del HUV está tratando de esquivar esos miedos. “Esto es pasajero. Yo sé que luego voy a estar bien”. Y para eso necesita estudiar. Le hace falta. Quisiera al fin empezar una carrera o cumplir el deseo que ha tenido desde niña: ser oficial de la Policía. Solo que la matrícula es muy cara y hoy no tiene ni siquiera para pagar las infiltraciones que debe hacerse cada semana en las heridas. Pero Leidy sonríe. Ella, así como cree en esas causalidades que desfiguran rostros, también lo hace en aquellas que resultan milagrosas. “¿O acaso no es una muy buena coincidencia que ni una gota de ácido me cayera en la cara?”.*** Yolima se siente olvidada. Por eso no tiene ganas de hablar. Recuerda que apenas ocurrió el ataque, las autoridades, los periodistas, los curiosos, la buscaban desesperados. Pero luego todos desaparecieron, se esfumaron. La dejaron sola. La Alcaldía, por ejemplo, prometió contactarla con organizaciones que atienden a mujeres víctimas de la violencia. “Me dijeron que me iban a llamar”. Yolima sigue esperando. Ni siquiera la Fiscalía se acordó de ella. La mujer respira profundo. Intenta contener las lágrimas. Ya no habla por hablar. Ahora lo hace con indignación. Cuenta que apenas el pasado martes le tomaron la declaración de lo ocurrido aquel domingo. Apenas ese martes la buscaron para hacer un retrato hablado. Cómo si después de 72 días y de quince cirugías ella pudiera acordarse de algo. “Yo sé que uno no es nadie, pero algo debería valer...” Entonces Yolima ya no espera nada de la justicia. No espera que en televisión aparezca la foto del responsable de su ataque. Pero sí tiene la esperanza de que alguna fundación la ayude, que la apoyen en su recuperación, que le consigan un trabajo. Yolima se emociona al recordar, por ejemplo, que siempre soñó con montar una cacharrería. Sí. Yolima todavía sueña. Porque -dice- aquel infame que pensó que con desfigurarle su rostro, su cuerpo, la mataría, se equivocó. Hoy su fuerza interior está intacta. Porque el ácido puede derretir la piel , carcomer los huesos, pero no destruye un coraje de acero. -¿Usted no se siente muerta en vida, como muchas víctimas?-No. Mi vida no se acabó, simplemente tomó otra dirección. Pero Yolima está aquí. Sigue viva.Apoyo Yolima y Leidy necesitan con urgencia fajas para los brazos, pues los médicos recomiendan que la piel que sigue afectada por las quemaduras esté apretada. Sin embargo, ninguna de las dos ha tenido dinero para comprarlas. También deben usar varias cremas. Yolima, por ejemplo, tiene que aplicarse un gel en el ojo que perdió, pero este vale $50.000. La mujer no puede trabajar y hoy solo vive del sueldo de su esposo. La tía de Leidy está buscando un empleo con urgencia. Ella es especialista en el cuidado de ancianos. Leidy y Yolima necesitan un subsidio de transporte, pues no tienen dinero para pagar los taxis al hospital. Si usted quiere ayudarlas, puede comunicarse al Diario El País, al teléfono 685 7000.

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