El colombiano que combatió en Iraq y ahora es Swat en EE.UU.

El colombiano que combatió en Iraq y ahora es Swat en EE.UU.

Febrero 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Juan Andrés Valencia Cáceres | Reportero de El País
El colombiano que combatió en Iraq y ahora es Swat en EE.UU.

Las bases militares de Fort Benning y Fort Bragg, las orillas del río Éufrates, los desiertos de Jordania e Iraq y las calles de Fort Lauderdale han sido algunos de los escenarios donde Juan Camilo Mantilla ha pulido su carácter.

Todos los días Juan Camilo Mantilla combate narcotraficantes, secuestradores y terroristas en Estados Unidos. Historia de un patriota colombiano.

El sofocante calor de Ar-RamadiAquel cántico religioso que se escuchaba desde la torre de una mezquita en Ar-Ramadi minutos antes de que Juan Camilo Mantilla Riveira, sargento de escuadra de la infantería estadounidense, sufriera una emboscada, nunca generó la menor sospecha. Los 58 grados a la sombra no parecían afectarlo tampoco; llevaba tres meses en Iraq y sabía que la única forma de mitigar el calor era remangándose a la altura de sus codos, a pesar de que los habitantes creyeran que esos trajes venían con aire acondicionado incorporado. La misión era la de levantar un retén vehicular para evitar el ingreso de cualquier carrobomba que quisiera perturbar la tensa calma que oleaba a orillas del río Éufrates.Vivir en lugares extraños nunca fue algo ajeno para Mantilla. A pesar de haber nacido en Barranquilla en 1979, el trabajo como educador de su padrastro Joe Nagy habría de llevarlo a él y a su madre, Connie Riveira, a Cartagena, Texas, Bogotá y finalmente a Cali, ciudad de donde se graduaría en 1998 del mismo colegio del que hoy Nagy es rector: el Bolívar. Fue aquí mismo donde aprendería ‘Hapkido’, ese arte marcial que empezaría a esculpir su espíritu guerrero hasta alcanzar el cinturón azul. Livio Balocco, su maestro, todavía lo recuerda con orgullo: “Juan Camilo fue una persona con una voluntad incansable que se quedaba practicando después del entrenamiento. Asimilaba las enseñanzas fácilmente y por encima de todo era humilde y muy educado. En los más de 25 años que llevo enseñando, él ha sido mi mejor alumno”.***Ocho horas antes de la emboscada, Mantilla había recibido un chaleco antibalas nuevo. El viejo ya estaba desgastado y podía resultar frágil en un nuevo enfrentamiento. Y ese momento no tardó mucho en llegar. Justo 10 minutos después de cantarse el himno religioso árabe, un carro siguió de largo por aquel retén y de un momento a otro las balas empezaron a rebotar con rabia contra el asfalto, pulverizándolo en pequeños trozos que chocaban contra las suelas de sus botas. Era un blanco fácil para el enemigo.Mantilla ya estaba acostumbrado a situaciones extremas como las que vivió durante su entrenamiento militar en Fort Benning, Georgia, donde su curso de infantería es tan famoso como implacable. Tanto, que en su etapa más exigente, sólo la mitad de los aspirantes logran pasar. Pruebas de resistencia pulmonar dentro de cámaras de gas sin máscaras de oxígeno y simulaciones de guerra tan reales que los soldados capturados son tratados como prisioneros de guerra demuestran su dureza.La segunda etapa del entrenamiento, en Fort Bragg, Carolina del Norte, fue aún peor. Los ejercicios de paracaidismo de asalto y tiro a objetivos seleccionados eran juegos de niños al lado de efectos secundarios como alucinar del cansancio y quedarse dormido caminando. Eso mismo fue lo que sufrió ‘Private’ Mantilla, como era conocido en el argot militar, durante los 35 días que duró preparándose para una eventual guerra. Cinco años después, en 2003, Estados Unidos pasaría la cuenta de cobro de tanto empeño y dedicación: Iraq estaba en la mira ‘yankee’ por segunda vez en su historia.***Las noches más tranquilas eran, irónicamente, las más preocupantes: “esa calma significaba que algo se estaba planeando contra nosotros”, recuerda Mantilla. De día no es que fuera mejor. Los niños iraquíes, al ver las tropas americanas patrullar sus calles, no vacilaban en mirarlos amenazantes mientras se pasaban sus pequeños dedos índices en movimientos horizontales sobre sus gargantas. El mayor tiempo que pasó sin pelear fue dos semanas, y el combate que más tiempo duró fue de dos horas, precisamente el mismo de la emboscada.Las esquirlas de asfalto seguían pringando los tobillos de Mantilla hasta que respondió con una ráfaga de balas. Los efectos de la adrenalina se manifestaron por medio de una inmensa resequedad en su boca hasta que sintió un impacto en su estómago, que instintivamente lo puso a salivar. Siguió disparando y, cinco minutos después, cuando cesó el fuego, se pasó la mano por su estómago para cerciorarse de que no estuviera herido. El chaleco antibalas que había recibido ocho horas atrás lo había salvado de una muerte segura.El no tan refrescante clima de Deerfield BeachEl pasado jueves 16 de febrero, a las 6:20 de la tarde en Deerfield Beach, Florida, Ovila Plante, un turista canadiense de 76 años, atendió el llamado de la entrada de su casa rodante sin saber que estaba a punto de abrirle las puertas a la muerte. Afuera estaba William De Jesus, un hombre de 37 años quien había llegado a la zona en compañía de su esposa Deanna y sus hijos Jeshiah y Samson, de 9 y 7 años respectivamente. Él estaba viviendo su día de furia por no tener un celular para llamar. Entonces De Jesus empezó a gritarle a Plante, quien lo empujó. Acto seguido De Jesus desenfundó su pistola y le disparó a su víctima en el pecho para luego rematarle su cabeza contra el piso.Esos disparos sonaron lo suficientemente fuerte como para que reportaran el suceso al equipo Swat (‘Special Weapons and Tactics’), especializado para cualquier clase de operación de alto riesgo. Mantilla es uno de los 30 oficiales de este grupo élite que trabaja cuatro días a la semana entre las 10:00 de la mañana y las 8:00 de la noche.Once meses después de ese atentado en Ar-Ramadi, Mantilla regresó a Estados Unidos para comenzar su periodo de adaptación. El gobierno norteamericano provee a sus combatientes de asistencia psicológica y les hacen un seguimiento detallado de su comportamiento social para determinar posibles traumas. A Mantilla sólo le había quedado el rezago de las pesadillas, las mismas que lo despertaban sudoroso en medio de la oscuridad.Nicolás Márquez, uno de sus mejores amigos, notó la evolución del tratamiento en quien había dejado de leer a Franz Kafka y a Albert Camus para enrolarse en el ejército: “él se sentía con ganas de compartir sus experiencias. Obviamente el tiempo y la distancia pueden endurecer a las personas y lo vivido por él mucho más, pero en el fondo su parte humana seguía intacta”.Mantilla decidió ingresar a la Policía en diciembre de 2004 para trabajar en la oficina del alguacil del condado de Broward. Dentro de su jurisdicción, que cubre un área de 3.418 kilómetros cuadrados, tiene la responsabilidad de patrullar las calles, servir de agente encubierto para atrapar criminales y realizar misiones con el grupo Swat. En siete años ha participado en más de 400 operaciones de alto riesgo.***A las 8:00 de la noche del jueves pasado, justo cuando Mantilla estaba en su apartamento, le entró una llamada en la que le pedían presentarse en Deerfield Beach de inmediato. El tono de la orden impartida le hizo intuir que ya habían matado a alguien y que se podría tratar de una misión compleja de manejar.Trabajar en un comando Swat no es para cualquiera. Además de tener una preparación física equilibrada entre agilidad, fuerza y resistencia, quien quiera dedicarse a allanar laboratorios de droga, expendios de armas, rescatar rehenes y controlar ataques terroristas, debe tener un amplio conocimiento en tácticas de guerra y, lo más importante, poseer una extraordinaria habilidad para disparar con precisión. Todo esto dentro de armaduras que pesan 36 kilos -su relleno de cerámica es capaz de soportar impactos de rifles de alto poder como los Galil o los AK-47- y con cascos que aguantan balazos de pistolas y revólveres de corto alcance.Cada agente corre ocho kilómetros todos los jueves como parte de su entrenamiento, interviene en al menos tres operaciones por semana y está capacitado para atinarle a una moneda desde una distancia de cien metros. Entre sus armas de dotación hay una pistola primaria, de uso diario, y otra secundaria, escondida entre el traje, por si alguna situación así lo amerita. Cada una es de calibre 45. También cuentan con un rifle modificado para manejarlo en interiores y otro más de alta precisión para ser usado a larga distancia.Después de 20 minutos Mantilla llegó al lugar de los hechos para darse cuenta de que De Jesus se había encerrado en la casa rodante de Plante junto con la novia de éste, Pierrette Beauchemin, pero que luego ella había logrado escaparse ante un descuido del homicida. Lo delicado del asunto es que De Jesus seguía adentro con su propia familia. Cualquier cosa podía pasar. Mientras los negociadores del Swat intentaban que el asesino les diera alguna respuesta, Mantilla se subió al techo de otra casa rodante, a 30 metros de distancia. En situaciones como esta, donde la orden es no dejar entrar de nuevo a un criminal en caso de que salga, la mira telescópica de un francotirador se hace necesaria, así la obligación sea siempre la de preservar, incluso, la vida del asesino.En esas estaba Mantilla, silencioso y expectante, cuando varias horas después, a las 12:30 a.m., vio la señal de ingreso al tráiler. De Jesus se había suicidado apuñalando varias veces su propio pecho, no sin antes llevarse la vida de su hijo Jeshiah, quien era autista, y haber intentado matar a su esposa Deanna y a su otro hijo Samson, quienes yacían malheridos e inconscientes.Por evitar tragedias como ésta es que Juan Camilo Mantilla hace lo que hace. Entonces toma aire, las venas de sus sienes se desinflan y sentencia: “la guerra es algo asqueroso pero combato en ella para que mis hijos no tengan que pelear”.

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