Desmovilizada de las Farc le contó a El País sobre los abusos que sufrió en la selva

Desmovilizada de las Farc le contó a El País sobre los abusos que sufrió en la selva

Noviembre 26, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Karen Daniela Ferrin | Reportera de El País

Este domingo se conmemoró en todo Colombia el Día de la No Violencia Contra la Mujer. El conflicto armado, la 'bofetada' que reciben a diario miles de mujeres. Relato.

Brenda* tiene 25 años, tres hijos y media vida sepultada en la selva. Llora en las noches, cuando imagina el rostro de dos criaturas que hoy podrían estar diciéndole “mamá”: abortos forzados se lo impidieron. Con solo 13 años, se vio obligada a madurar en la guerra. A esa edad entró a las Farc y desde entonces sus ojos vieron dolor. Pero hace 30 días volvió a nacer. En una zona recóndita de la selva -un lugar que hoy no quiere revelar- los soldados del Ejército, como si fuesen parteras, le ayudaron a dar ese paso que fue todo un parto: desmovilizarse de la guerrilla. Brenda recuerda por qué hace doce años tomó aquella decisión que hoy considera la peor de su vida. Dice que necesitaba dinero para alimentar a sus ocho hermanos, quería dejar de curar las heridas de su madre ocasionadas por los golpes que le propinaba su padrastro, quería ir a la universidad, quería todo aquello que los milicianos de las Farc le prometieron a cambio de irse con ellos. Cansada de las tantas veces que su padrastro intentó violarla, Brenda pensó por un instante que se convertiría en la heroína de su hogar fracturado, pero los sueños se esfumaron cuando, con botas pantaneras y fusil en mano, tuvo que aprender a matar campesinos. Allí se dio cuenta de que esas promesas eran solo eso, promesas.La guerra le dio un primer golpe: el comandante del frente al que pertenecía la llevó a su campamento, le arrebató la ropa que cubría su delgado cuerpo. La golpeó, la violó. No había cumplido 15 años cuando le arrebataron su virginidad. Con el pasar de los años, aprendió a usar morteros (explosivos artesanales) y fusiles. Aprendió a no perder la calma si le tocaba cavar una tumba, incluso cuando sabía que tenía que matar a un ‘camarada’, tirarlo al hueco y enterrarlo. Con las violaciones y las golpizas también llegaron los embarazos y el temor a ser obligada a un aborto. Entonces ocultaba su barriga con una faja.“El cuerpo no me crecía mucho y yo manejaba bien los tiempos, sabía cuándo iba a tener el bebé, así que pedía un permiso para ir a ver a mi mamá. Me daban ocho días y cuando regresaba, ya tenía al niño en mis brazos”, recuerda mientras ahora, ya en libertad, carga a David, su tercer hijo, de cuatro meses. De vuelta al monte con Camilo, su primogénito, sus jefes amenazaron con matarlo “dizque para que aprendiera la lección. Me encerré en un cuarto y lloré por horas. Les grité que si lo iban a hacer, tenían que matarme a mí también”. Como una cuerda que la salvó de caer al abismo, ella se aferró al diminuto cuerpo del bebé. Su fe fue tan grande y sus súplicas tan fuertes que los guerrilleros le permitieron quedarse con él. Cuando quedó embarazada por segunda vez se repitió la historia. En esa ocasión fue sometida a una golpiza que le destrozó la cara. Pero, dice, ese dolor no se compara con la alegría de salvar a su Marcela, que hoy tiene 6 años. Brenda, sin embargo, no siempre tuvo la misma suerte. En otras dos ocasiones salvar a sus bebés fue imposible. Al ser descubierta en medio de su gestación fue golpeada y llevada a la fuerza a un campamento donde la anestesiaron con una sustancia que se utiliza para sedar a las bestias. Sin perder el conocimiento, observó cómo, luego de abrirle las piernas, un guerrillero le insertaba unas tenazas y le desmembraba a su bebé. Meses después, cuando supo que estaba esperando a otro niño, David, Brenda tomó la decisión de escapar. Se rehusó a seguir siendo una ficha más de la guerra, esa donde fue víctima y victimaria.

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