De Cali con amor: la increíble historia del espía del Führer

Noviembre 07, 2010 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas, editor unidad de crónicas

Historia desconocida del agente secreto, al estilo 007, que nació en la ciudad y terminó trabajando para los nazis. Relato con licencia para recordar.

El amor delata. Perseguido durante dos años por el FBI, que sin éxito había intentado seguir su rastro por todos los Estados Unidos entre 1941 y 1943, el espía fue entregado por su novia. Ella, hija del contralmirante de la marina norteamericana Charles E. Rosendahl, había encontrado una carta escrita en tinta invisible que su enamorado pretendía enviar a Portugal. En ese momento, cuando la Segunda Guerra Mundial ardía y los estadounidenses intentaban frenar el totalitarismo alemán junto a las potencias aliadas de Europa, el hallazgo traía consigo una corazonada mortal: el galán que hasta ese momento la había cortejado con rosas y chocolates, y en las noches se despedía diciéndole “sweet dreams, my darling (dulces sueños, mi querida)”, era un agente nazi. Y ese agente era caleño.Pero lo de su nacionalidad se sabría mucho después. En aquel instante, a quien los detectives esposaban, era identificado como Gabriel Reyes, un hombre acusado de ser el cabecilla de un grupo de espionaje al servicio de Adolfo Hitler cuya labor principal era enviar información sobre la producción de armamento en Norteamérica. Al ser descifrada, la carta entregada por la hija del contralmirante se constituía en la prueba reina de las sospechas: el espía tenía un enlace en Lisboa, Alberto González Acevedo, a través del cual mantenía contacto con los nazis Juanito Boix y Gretna Berkowitz, que permanecían a la espera de datos en Barcelona. “Sus actividades llamaron por primera vez la atención de las autoridades federales en la primavera del 41, cuando se recibió información de una alta fuente europea”, dice el texto de acusación redactado por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que desde el momento de su formulación permaneció guardado en el bolsillo de la chaqueta de Edward Mooney, el agente que finalmente lo apresó en 1943. La captura, al parecer, se llevó a cabo en la misma casa de la novia ofendida, que guió a los detectives hasta ahí, incapaz de perdonar que la belleza de ojos azules que la había conquistado hablándole al oído en italiano, francés, español, portugués, se hubiera acercado a ella no para robarle el corazón, sino simple información. El amor, a veces, puede ser tan cruel como la guerra: el castigo para los delitos que se le imputaban era la pena de muerte; el espía fue sentenciado a la silla eléctrica.El condenado, vino a saberse a después, se llamaba realmente Roberto Lañas Vallecilla, tenía 35 años y había nacido en la Carrera 6 entre calles 4 y 5 del barrio San Antonio de Cali. En el número 552 del folio 56 del libro 13 de la parroquia de San Nicolás, está registrado su bautizo el 30 de agosto de 1908. Policarpo Vallecilla Córdoba y Josefa Salas de Vallecilla, los abuelos, fueron sus padrinos. Había estudiado con los hermanos maristas de la escuela San Antonio, con los franciscanos del Colegio Seráfico y en el Noviciado de la Porciúncula en Bogotá. De chico, el tipo sindicado de trabajar para ese diablo de Hitler, había querido ser cura.Con licencia para enamorarYolanda, una entre los seis sobrinos que tuvo Lañas en Cali, confirma por teléfono lo que había dicho un primo suyo: “Nadie en la familia, a ciencia cierta, sabe cómo fue que Roberto terminó convertido en eso”. Pero hay pistas. Y de nuevo, es posible rastrearlas gracias a los latidos del corazón de este espía enamorado. Yolanda, por ejemplo, cree que el primer contacto con esa vida secreta se dio en Roma. Roberto llegó a Italia a través de una beca que los franciscanos le habían conseguido para que estudiara en el Instituto Sapienza y se convirtiera al fin en sacerdote. Todo había iniciado bien; con los curas aprendió inglés, griego, latin, alemán, francés, italiano. Su vocación parecía inquebrantable. Hasta que los estudiantes tuvieron que empezar a hacer labores religiosas fuera del seminario y comenzaron a ser conducidos, todos los días, por una calle empedrada que ofrecía frutas y flores silvestres en sus orillas. Entonces Roberto, muchacho alto, rubio, de cabello ondulado, dueño de una mirada inocentemente provocadora y la fidelidad floral de un colibrí, se enamoró de una vendedora de ramos por la que un día colgó los hábitos.En Cali nada se volvió a saber de él. Sus padres, durante un tiempo, siguieron enviándole dinero pero llegó el día en que le perdieron el rastro por completo. En un artículo publicado por este diario el 1 de mayo de 1983, en el que se daba cuenta de la pena de muerte que para entonces recaía sobre otro colombiano, el periodista Álvaro Nieto Hamann reconstruyó parte de su vida. La nota dice que un tiempo después de renunciar a su vocación regresó a Cali y trabajó en el Hotel Alférez Real. “El caso era sorprendente. No me acuerdo bien cómo fue que llegó a mis manos, pero todo lo que supe lo vacié en el papel”, recuerda ahora Nieto.En el relato de prensa el periodista reseñó que después de pasar unos meses con la familia, Lañas volvió a Europa para estudiar Ciencias Políticas en la Sorbona de París. “Y posteriormente, en 1938, encontró trabajo como traductor en la Oficina Interamericana de Trabajo, con sede en Suiza. Ahí tuvo la oportunidad de conocer a quienes posteriormente serían señalados por el FBI como cómplices del espía nazi”.La importancia de Lañas en el convulso escenario de la Segunda Guerra Mundial llegó a tales dimensiones que su nombre fue citado por Ladislas Farago en El Juego de los Zorros, famoso libro en el que al autor húngaro hace una radiografía del espionaje alemán en los Estados Unidos, durante el conflicto que mató a 60 millones de personas.En un capítulo donde narra que en 1941 a los alemanes sólo les quedaban seis espías en territorio norteamericano, Farago lo describe así: “El hombre singular del sexteto era el lingüista colombiano Roberto Lañas Vallecilla, que llegó a los Estados Unidos en septiembre de 1940 bajo los auspicios del Abwehr (servicio secreto alemán). Le fue muy bien como lingüista, como espía e incluso como soltero atractivo, combinando las tres vocaciones en beneficio de sus empleadores”.En total, Lañas hablaba siete idiomas. Vestía trajes oscuros de paño inglés que combinaba con camisas y mocasines, hechos a la medida, comprados en Gran Bretaña. Bebía poco. Sólo vino español. A veces whisky. Además de lingüista y abogado, era historiador y literato. Tenía un encanto personal hipnotizador. Y sus amistades estaban al nivel de las que en el cine le acomodan al agente 007. O eso cree su primo, quien cuenta que una vez, en una fiesta a la que asistieron juntos, le preguntó por qué no bailaba. Lañas le contestó con una simpleza que lo dejó sentado: “La última vez que bailé, lo hice con la archiduquesa de Hungría”.La suerte con las mujeres, quien iba a creer, fue su cruz en el espionaje. Cuando es capturado por el FBI, Lañas también era sindicado de ser el organizador de una red de espías en Nueva York. La denuncia había sido hecha por la bellísima modelo Adrey Duval, a quien el caleño le había ofrecido 450 dólares mensuales de sueldo. Sin embargo, luego se sabría, la denuncia no era consecuencia de los principios morales de la rubia de kilométricas piernas, sino de una milimétrica herida en su corazón: el colombiano la había rechazado.El mañana nunca muereLañas, como abogado, asumió su propia defensa y logró salvarse de la silla eléctrica demostrando que la información contenida en la carta que le interceptaron la había copiado del Boletín Panamericano y algunos periódicos gringos. Aunque tenía el hermetismo de un submarino, un familiar que conversó con él, dice que para ese momento lo único que intentaba era ganarse unos dólares. “No niego que haya sido un espía, pero en la última etapa lo que reportaba era intrascendente”.Gracias a la intervención del presidente López Pumarejo fue deportado y llegó a Cali en enero del 48. Aquí fue subinspector de Aseo, inspector de Policía, secretario de la Oficina de Circulación y Tránsito. Y luego trabajó 19 años en la Universidad del Valle, donde fue profesor de Filosofía, jefe de Información y Relaciones Públicas y Secretario General. Una generación de ex alumnos graduados ahí tienen sus diplomas firmados por él. “Lo amaban, era un tipazo y ayudó mucho a la gente”, recuerda un ex profesor de Administración de Empresas.Ya jubilado regresó a Europa y se radicó en España. Vivió en la capital. Trabajó en la Universidad Autónoma. Fue amigo de la élite madrileña. Pero ya nada tenía que ver con épocas pasadas. Yolanda, su sobrina, dice que incluso antes de irse había hecho votos de castidad. La vuelta a Europa en realidad tenía que ver con una cuestión de arrepentimiento. Por ello se fue a Jerez de la Frontera (Cádiz) y buscó a Los Cartujos, la comunidad contemplativa que quizás profesa la mayor austeridad entre todas las órdenes religiosas. Monjes que al enclaustrarse no vuelven a salir a la calle, que no se hablan entre sí, que se levantan a las tres de la mañana para rezar. Durante 15 años trabajó allí como portero. Eso fue hasta el 26 de noviembre de 1988, cuando, después de haberse confesado en la noche, su corazón fue partido una última vez. El espía murió de un infarto.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad