Cusi, una trágica historia de superación en el oriente de Cali

Julio 26, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas

Desde hace mucho, José Edwin Quintero, Cusi, trabaja por la gente de su barrio, El Vergel. Desde hace mucho él intenta que lo ayuden pero pocos alcanzan a verlo. Hace seis días, dos balas lo encontraron.

“A uno le da hasta tristeza… hay veces yo lloro solo, cuando estoy por ahí. Es diferente hoy. Diferente porque hasta yo soy con el corazón en la mano de ver cómo los chiquitos se están matando”… “Yo a veces trato de entenderlos porque ha sido difícil y vos no tenés más para donde pegar, siempre con el mismo entorno: se acuestan, se levantan, andan todo el día y se levantan nuevamente para caminar el mismo pedazo: unas cuatro o cinco cuadras a la redonda”… “La gente no dice nada pero sí se siente: usted entra por lo menos tipo nueve-diez y unas partes de las calles, una soledad ni la hijuemadre. Absoluta”… Estos son fragmentos de una conversación muy larga que según la memoria de una cámara ocurrió el primero de octubre del año pasado. Ese día, junto a un grupo de reporteros de este diario, la tarde desapareció en la casa de un hombre, en el barrio El Vergel de Cali, cuando lo entrevistábamos para un video. Era un proyecto sin fecha de publicación que nunca tuvo título. Ahora cuando vuelvo a ver las imágenes, se me ocurre uno ambicioso y triste: la vida de un hombre invisible.El lugar común de la invisibilidad era en él una singularidad que sucedía sin falta: porque a pesar de que lo que hacía podía leerse en letras mayúsculas en cualquier manual de la solidaridad mundial, nadie lo veía. Nadie. José Edwin Quintero, como se llama el hombre, era entonces capaz de armar cada mediodía, junto a un árbol y bajo un pedazo de lata encaramado en unos palos de guadua que había sembrado al otro lado de la calle, un restaurante comunitario del que se alimentaban entre setenta y cien personas en cada sentada; la mitad de ellos casi siempre niños.Primero por quinientos pesos y luego por mil -en realidad por lo que alcanzara-, la gente podía llegar para comerse un plato de sopa con arroz o poner la olla y pedir un poco más para llevar y hacer rendir la ración en otras bocas. “¡Hoooyyy es día de fríjoles!”, anunciaba los viernes caminando el barrio con un megáfono destartalado mientras la comida hervía en un fogón de leña que salpicaba de hollín el andén. Cusi, como todos lo llaman, mantuvo durante tres años ese milagro humeante porque la voz de la barriga vacía ya se lo había gritado en su juventud. Con hambre nadie piensa, es una frase que él suele repetir cada tanto.En una vida que quedó lejos, hace ya muchos años, Cusi perteneció a una pandilla. Pero pudo salir y quedarse al otro lado. Lo suficiente como para haber sido mediador de un proceso de desarme entre parches que hace un tiempo se mataban en las esquinas. Desde ese momento, más o menos, empezó a servir de puente entre algunos chicos y las autoridades y las organizaciones interesadas en desarrollar proyectos sociales en El Vergel. Y así empezó a tener cierto reconocimiento como conciliador. El mensaje de su ejemplo, sin embargo, no llegó a tiempo en su propia casa y los tres hijos varones terminaron extraviados en el laberinto del que el padre lograba escapar.Por eso la lucha que daba a través del restaurante casi tenía una fuerza poética: al tiempo que trataba de evitarle a los niños desconocidos la conocida incomprensión del hambre, todo aquello era en sí mismo un acto de silenciosa persistencia; si sus hijos un día levantaban la cabeza para enderezar el camino, él quería estar al frente como ejemplo.Durante tres años lo había intentado así. Un día tras otro, sin la ayuda de nadie, ningún político, ninguno de los ilusionistas que en tiempo de promesas iban al barrio y en tiempo de cumplimientos no contestaban el teléfono. Un día tras otro madrugando a regatear en la galería lo del almuerzo. Un día tras otro sin que nadie se diera cuenta de lo que también ocurría en la calle 33 de El Vergel, como consecuencia de su empeño: los bostezos frustrados y las barrigas llenas. Se supone entonces que también hubo corazones contentos. Pero nadie alcanzó a saberlo. Nadie. Son las desventajas de ser invisible. Como José Edwin Quintero lo era entonces. Como Cusi lo sigue siendo ahora, cuando en la camilla de un hospital lucha con dos balazos que sí alcanzaron a verlo.***Jesús Darío González, coordinador del Observatorio de Realidades Sociales de la Arquidiócesis de Cali, es un investigador que desde 1988 ha trabajado en el oriente de la ciudad analizando las causas de la violencia que ha ido creciendo a la par de muchos barrios. Allá, en distintos momentos, se ha topado con otros hombres invisibles. Hombres buenos como Cusi que han insistido en alejarse de toda herencia violenta sin haber podido salvarse de las salpicaduras del destino por distintas razones. Para Jesús Darío hay una repetida: “La intervención social en el Distrito de Aguablanca ha tenido momentos muy importantes pero no ha habido continuidad. La política del último tiempo ha sido más policiva que comprometida con los procesos”.Edilson Huérfano, un cura anglicano que lleva más de diez años intentando rescatar ovejas perdidas en el laberinto de las calles, ha visto casi lo mismo: “Mucha gente con la voluntad de cambiar que no cuenta con el apoyo del Estado y después de un avance, cuando se acaba la plata del proyecto, terminan otra vez enredados en el espiral de la guerra”.Cusi tiene 39 años y cinco hijos: Jordi Mauricio, Edwin Jair, Jason Orlando, Ligia Fernanda y Katerin Dayana. Hace diez años, cuando dejó atrás todo el alboroto en el que una vez estuvo envuelto, empezó a vender rifas callejeras: a veces una cobija, otros días una vajilla. Y así, yendo de aquí para allá, el premio del amor se le apareció un día en una muchacha de ojos negros.Dora dice que a ella le gustó la forma de ser que tenía. “Y su sonrisa. Tenía una sonrisa muy bonita”. La muchacha, ahora de 31 años, no habla desde la desproporción del romanticismo: su hombre tiene una sonrisa tan luminosa que casi resulta imposible de explicar con palabras. Porque aún en los momentos más difíciles, cuando la plata no alcanza y el estómago habla, cuando el miedo se asoma y la intuición grita, Cusi sonríe. Siempre sonríe. Así que su gesto solo puede ser comparado con otras cosas, quizás un milagro: como un relámpago que borra la oscuridad de la noche o un arco iris que manda al olvido la tristeza gris del aguacero. Mientras hablamos de todo eso, Dora se soba la panza. Adentro, de cinco meses, Josué, su bebé, se mueve antes de que vayan a visitar a Cusi a la clínica. Es mediodía en la Calle 33 de El Vergel y ya nadie pregona cuál será el almuerzo ese día. El aire está limpio de humo y de olor a sopa. Ningún niño juega afuera. El Vergel hace parte de la Comuna Trece y según las mediciones oficiales es uno de los barrios más peligrosos de Cali. Hasta hace dos años, de acuerdo con el Dane, la tasa de desempleo en toda la comuna era del 70%. En El Vergel viven al menos cinco mil familias y no hay una sola cancha de fútbol. Tampoco un parque. Solo calles de andenes mordidos que se estrechan bajo un cielo cruzado por cables de alta tensión que sirven como cementerio colgante de los zapatos rotos que los futbolistas del barrio lanzan al aire cuando les dejan de servir en su camino desnudo de hierba y oportunidades. En esas mismas calles, la Personería Municipal ha contado 17 pandillas. Y allí mismo, 30 muertos el año pasado. 33, en 2012. 36 en el 2011. Desde hace nueve años, nunca menos de 18. El otro domingo Cusi pudo ser uno más. Le dispararon cuando forcejeó con un hombre que iba a matar a su hijo. Así lo escribió en una libreta el día que fui a visitarlo. Es todo lo que diré de nuestro encuentro y sus palabras. Porque esta es una historia que no quiero contar, pero a la que me obligo por no tratarse solo de un hombre, sino de muchos. Y de muchos barrios. De toda una ciudad ignorada.No es una exageración. Al menos no para mí: el 30 de septiembre del 2013 escribí una columna de opinión hablando del trabajo que aquel hombre hacía en su barrio. En la página A11 de este periódico, bajo el título ‘Ser Raro’, conté de su restaurante y de su empeño. Seis meses después, el 9 de marzo, en ‘Historias de vida que en silencio nacen en Aguablanca’, volví a mencionarlo, esta vez en una crónica que hablaba de los esfuerzos menos visibles que a la vista de todos sucedían en alguna esquina de la ciudad. Y a las dos semanas, el 24 de marzo, lo intenté de nuevo: “La vida es una paradoja con lunares que se heredan: uno de los hijos de este hombre, un muchachito muy parecido a varios de los muchachitos que se alimentaban del comedor bajo el árbol, cayó hace poco. Dos semanas atrás, disparando en un enfrentamiento entre bandas, mató a un niño de 6 años que estaba en la calle. El hombre del que hablo tuvo que entregar a su hijo a la Policía”. Esa columna se tituló ‘Referencia’ y era una suerte de recomendación pública que yo esperaba le sirviera a Cusi para que encontrara un trabajo que le permitiera salir del barrio. Tenía miedo de que se quedara ahí. Y él también. Yo había visto de cerca la consistencia de su humanidad y escribía con la esperanza de que alguien más lo hiciera. Esperando que alguien lo rescatara. Durante algunos días, después de eso, llegaron correos generosos que ofrecían tenderle la mano. Y así apareció la donación de una estufa industrial para que reemplazara el fogón de leña y volviera a activar el restaurante que en diciembre debió cerrar por la humareda que levantaba. Pero después de los ofrecimientos que no se concretaron lo único que ocurrió fueron las amenazas de muerte. Dora, su esposa, dice que por esos días le ofrecieron protección desde Bogotá pero eso tampoco sucedió. Han pasado más de cuatro meses desde entonces. 16 semanas sin que nadie dijera nada. Casi 200 días sin que a nadie le preocupara lo que pasaba con él o con los niños que habían dejado de alimentarse bajo el árbol. Cinco mil horas siendo invisible hasta el domingo pasado, cuando un asesino que nadie ha visto, abrió los ojos sin esfuerzo para apuntarle de frente.

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