Conozca las historias de madres y jóvenes emprendedores en el Cauca

Agosto 24, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina | Reportero de El País

Familias víctimas del conflicto armado renuevan esperanzas a través de pequeñas empresas con las cuales buscan el sustento diario.

Cándido tiene 58 años y 32 de ellos ha vivido sin su pierna izquierda. En su lugar hay una prótesis de madera y plástico con varios tornillos rudos que él mismo adquirió en una ferretería. La prótesis también es obra de sus manos. En 1982, cuando trabajaba sembrando caucho y chontaduro en su finca de Guazimales, Putumayo, pisó una mina antipersonal. Aquel accidente fue el primero de una serie de despojos que el conflicto le depararía: años después perdió a una de sus hermanas, asesinada por las Farc, y luego, en el 2000, su tierra. Cándido fue desplazado, junto a su padre, su madre y sus cuatro hermanos con sus esposas e hijos, del fragmento de la finca que había recibido como herencia. Luego de ese destierro llegó a El Hortigal, un corregimiento de Pradera, Valle, en donde el Alcalde y el Personero de turno le consiguieron una pequeña casa para que se instalara. Ese mismo año, dice Cándido, los mismos que lo obligaron a abandonar su finca incendiaron la casa. Las llamas consumieron gran parte de lo que él llama ‘El ranchito’. Cándido lo reconstruyó como pudo, construyó también como pudo otros muebles de madera y aún vive en esa misma casa semidestruida con su padre y su madre, quienes superan los ochenta años. La prótesis que él mismo hizo le permite recorrer con una carretilla los ingenios que están alrededor de El Hortigal, recogiendo las cañas que quedan en las márgenes de los sembrados. Con eso puede comprar el alimento para él y sus padres. No obstante las contrariedades, en la vida de Cándido se empezó a erigir hace algunos meses una esperanza. La responsable de eso es María Ruth Ortiz, una mujer alta de cabello negro y tez morena que habla sin descanso y que, hace diez años, creó la Fundación Cañaduzal, con el objetivo de desarrollar proyectos de producción para víctimas del conflicto en El Hortigal. María Ruth, madre soltera con cuatro hijos, afirma que la idea de tener la fundación le surgió en el año de 1988, luego de que presenciara la toma de las Farc al poblado y fuera testigo de las muertes y la destrucción que esa acción subversiva causó. Fue en el 2004 cuando pudo concretar la idea, y desde entonces trabaja con alrededor de 45 personas asociadas, beneficiando a más de 25 familias. Entre esas personas están Cándido y Octavio, junto a su esposa y sus hijos, también desplazados del Putumayo, y Daniel y Marta, desplazados de Toribío, en el Cauca. En la Fundación, María Ruth tiene un taller de trabajo artesanal con guadua para madres solteras y un proyecto de recolección de residuos que es el único trabajo con el que cuatro mujeres cuentan. El proyecto más importante de la Fundación, sin embargo, apenas está empezando, y consiste en la producción de ‘madera plástica’, un producto elaborado a partir de los deshechos plásticos que sirve para reemplazar la madera natural en cualquier uso. Gracias al apoyo de la Fuerza de Tarea Apolo del Ejército, el Sena fue hasta El Hortigal y dictó varios cursos para el tratamiento de los residuos y, además, les ayudó a formular el proyecto de la madera plástica. Hace un mes, el Ministerio de Agricultura, por mediación del Ejército, aprobó $44 millones para la capacitación de personas como Cándido y toda su familia, en el tratamiento de residuos y la elaboración del producto. En la terraza de su casa, María Ruth, quien no supera los 40 años, está rodeada por un grupo de hombres y mujeres y ancianos que la observan como si fuera la madre de todos. “Solo nos falta la máquina procesadora y el lote para empezar la fábrica y con esto, al menos 50 familias se beneficiarían”, dice. Mientras habla señala la ‘maqueta’ de lo que será la fábrica: un bosquejo que ella misma realizó con plastilina y silicona sobre una cartulina blanca. Quienes están cerca de ella, miran la maqueta y asienten con la cabeza: cada uno de ellos ha cifrado su esperanza en el significado que encierra esa cartulina. El proyecto de María Ruth hace parte de una serie de iniciativas que la Fuerza de Tarea Apolo de la Tercera División del Ejército apoya en el Cauca y sur del Valle, como estrategia para desvincular a la población civil de actividades ilícitas. Entre los proyectos se cuentan varios criaderos de pollos y gallinas, así como granjas para la producción de abono orgánico en Caloto y Toribío, cultivos de café, mora y plátano en Morales y cultivos de piña en Miranda, Cauca. De acuerdo con el general Wilson Cabra, comandante de la Fuerza de Tarea Apolo, el Sena, por mediación del Ejército, capacita a las comunidades y establece las líneas de comercio de cada uno de los productos. Marihuana medicinal Tres mujeres mezclan hojas de marihuana con hojas de coca, le agregan un poco de vaselina y las cocinan durante algo más de diez minutos. Al final, recogen del recipiente un ungüento verdoso que usan para dolores de dientes, artritis, inflamaciones y dolores musculares.Las mujeres son de tez negra, una de ellas tiene 65 años, otra 38 y otra 23. El ungüento lo han preparado durante toda su vida, aprendieron a hacerlo de sus madres, quienes a su vez aprendieron de sus abuelas en un conocimiento tan antiguo como la tierra misma, que se ha transmitido de generación en generación. Ellas viven en la vereda Santa Rosa de Caloto, Cauca. Hace tres meses varios instructores del Sena les propusieron que hicieran de ese conocimiento un proyecto de producción. Ahora, las mujeres manejan una marca que se llama Natural Sant en la que tienen, además del ungüento, lociones a base de hoja de marihuana. Una de ellas es Flor Alba. Habla con una voz aguda y ronca a la vez y a cada una de sus palabras le imprime la lucidez que solo tienen aquellos que han sobrevivido a la guerra. Dice, por ejemplo, que la única posibilidad real que tiene cada una de las personas que vive en zonas como el Cauca para vivir en paz, es que el Estado les ofrezca oportunidades para desvincularse de la ilegalidad. “En estas zonas, la mayoría de la gente cultiva marihuana y coca, pero es porque no se puede hacer más. Porque los guerrilleros nos obligan y porque, si uno trata de sembrar otra cosa, sale muy caro”. Al preguntarle a Flor Alba si ella se considera víctima del conflicto, su respuesta es otra muestra de su lucidez. “Mire, -dice- a mí no me han matado a nadie y gracias a Dios no me he tenido que desplazar para ninguna parte. Pero yo sí he escuchado muchos bombazos, he escuchado muchos tiroteos y he visto morir a mucha gente, y por eso he vivido con miedo, hablando pasito, poniendo cuidado a lo que digo, sin salir mucho de mi vereda. Y, además, mire que vivimos muy pobremente..., todo eso lo hace a uno víctima también”. Flor Alba dice que las cremas a base de marihuana se venden bien en la vereda y en Caloto. Según comenta, todas las personas las utilizan para sus dolores. Sin embargo, tiene limitaciones para comercializarla, pues el único modo que tiene de acceder a la marihuana es cada vez que la Policía o el Ejército le regalan un poco de las cantidades que incautan. Flor Alba no puede sembrar en su propia casa la marihuana para los ungüentos. Respecto a la coca, Flor Alba tiene unas cuatro matas en el patio, al igual que la mayoría de las personas que viven en la vereda, pues parte de sus costumbres es usar la hoja de coca como calmante de dolores estomacales, cólicos menstruales o inflamaciones. El comandante de la Fuerza de Tarea Apolo, general Wilson Cabra, dice que allí hay un limbo jurídico, pues aunque es evidente que el cultivo de la marihuana es ilegal, el uso que se le está dando no lo es. Cabra cree que la iniciativa de aprobar el uso de la marihuana con fines terapéuticos, presentada por el Gobierno, puede ayudar a que proyectos como el de Flor Alba crezcan.Flor Alba y Cándido desean la paz. Pero saben muy bien que una firma sobre el papel no es más que eso, una firma. Cándido dice que lo de su pierna ya pasó y que es una fortuna estar vivo. Flor Alba, por su parte, cree que también es afortunada de que la guerra no le haya tocado directamente. Ambos coinciden en algo: “la guerra se hace porque hay pobreza y se hace entre pobres. Si el Gobierno quiere acabarla, debe hacer algo por acabar la pobreza”.

CONTINÚA LEYENDO
Publicidad
VER COMENTARIOS
Publicidad