Conozca de cerca el infierno que viven los menores infractores en Cali

Octubre 13, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera, Reportera de El País
Conozca de cerca el infierno que viven los menores infractores en Cali

La delincuencia juvenil es de gran complejidad: pasa por la violencia intrafamiliar, la deserción escolar, la pobreza, el entorno social de prostitución y drogas, falta de afecto y de valores en el hogar. Esta niña se fugó de la casa a la edad de 10 años y vive sola desde hace 5.

Los centros de atención para estos jóvenes en Cali, no dan abasto. Adolescentes permanecen hacinados o en pasillos a la espera de nuevos cupos.

Es como asomarse a una letrina. Por la única ventanilla que da al pasillo, sale un vapor caliente que hiede. Los adolescentes se turnan frente a los seis barrotes que los separan de la libertad para respirar algo de aire fresco, algo distinto a ese aire reciclado de jóvenes hacinados en un calabozo donde supuestamente debería caber solo uno.El bochorno previo al mediodía calienta más el ambiente. Ahora solo hay 9, pero los cuerpos sudan, muchos se sacan la camiseta que deja ver sus cuerpos tatuados, se quitan los zapatos, el desespero abunda y la paciencia escasea. “Este encierro es inhumano. Aquí uno se asfixia, hay unos que se han desmayado, a otros les da asma, nos tratan mal y entonces a uno no le queda más que sacar ‘el portátil’ y tirarlo por la ventana”, dice un joven que lidera el grupo. Pero ‘el portátil’ del que él habla no es ese adelanto de la tecnología que a todos los jóvenes les fascina. Es la chuspa con sus orines o excrementos que lanzan a los agentes que estén de guardia, o a los funcionarios de este Centro Transitorio de Menores, ubicado en pleno centro de Cali. Es su manera de protestar, hastiados del lugar, del calor, del encierro, del hacinamiento y de tener que hacer sus necesidades en medio de los demás, en frascos y en bolsas plásticas, cuenta el joven, hoy de 18 años, pero que sigue en el sistema para adolescentes porque infringió la ley cuando era menor de edad.Esto sucede en un calabozo oscuro, al que le entra un hilo de luz artificial por una claraboya que hay en la plancha del techo. El cuarto de tortura, como ellos lo llaman, no mide más de tres metros de ancho por dos de fondo. Tampoco tiene más de dos metros de alto. Si ellos alzan las manos, tocan el techo.Así de estrecho es ese cubo donde deben pernoctar y sobrevivir los menores infractores de Cali en el Sistema de Responsabilidad Penal para Adolescentes, en el centro de la ciudad, a donde son llevados los jóvenes capturados para que un juez defina su situación judicial.Allí estos chicos solo tienen opción de ir al baño, a las 8:30 de la mañana, cuando los llevan a las duchas a bañarse, después del desayuno, y a las 5:00 de la tarde, después de la comida. “Uno trata de acostumbrar el cuerpo a esos horarios, pero a veces no puede, uno vive torturado”, explica uno de los detenidos. Mientras tanto, los chicos se asoman, sacan sus manos, exhiben sus tatuajes, hacen señas intentando llamar a padres, madres, abuelas y hasta novias que llegan hasta el andén para saber de ellos.Al ver llegar la prensa, los menores infractores ya saben qué hacer, cómo posar: se suben la camiseta a la cara, se giran de espalda y comienzan a rapear “saquénnos de aquí, esto es puro encierro, encierro, ayúdennos, necesitamos soluciones...”.Los más ‘aletosos’ juran y perjuran que son los que se escaparon del Centro de Formación Juvenil, CFJ, Valle del Lili, el pasado viernes 4 de octubre y que voluntariamente se entregaron. Por lo tanto, reclaman el cupo que poseían en ese centro.Sin embargo, un funcionario de Policía Judicial de turno los desmiente: con excepción de dos que portan la camiseta con el logo distintivo del CFJ Valle del Lili, casi todos son recién capturados por conductas delictivas que van desde porte ilegal de armas, hurto, secuestro, extorsión, tráfico y/o consumo de estupefacientes y hasta homicidio.Sobre las causas por las cuales su vida está reducida a ese cubículo maloliente, la mayoría calla. Uno o dos se arriesgan: “porte”, a secas. O “hurto”, a secas. Esta es la primera causa de detención de menores en la ciudad.- ¿Hurto simple?- Hurto agravado y calificado. –¿Qué iba a hurtar?–Una moto, pero yo apenas la frené y en eso llegó el tombo y me llevó–, dice en tono de protesta un joven trigueño, bajito y con peinado estilo Ronaldo.El muchacho se justifica: “es que a los jóvenes no nos dan trabajo, por eso, porque somos jóvenes, entonces toca salir a robar y a matar”. Un joven moreno confiesa el mismo delito. “Le cogí a un señor un maletín con un celular. Me dieron la domiciliaria porque era la primera vez, pero ahora me recapturaron, entonces quiero saber qué va a pasar conmigo, si yo me presenté a todas las audiencias”, reclama.Otro adolescente rompe su timidez y dice que a él lo capturaron solo porque estaba peleando con su hermano (violencia intrafamiliar es la octava causa de sanción de menores en Cali). “A nosotros nos cogen de gancho ciego para ganar dinero”, ratifica.Entonces el del peinado al estilo Ronaldo toma la vocería del grupo y argumenta: “El padre Guillermo Pulgarín –sacerdote capuchino director del CFJ Valle del Lili– no nos quiere recibir porque supuestamente dañamos unas puertas y no hemos dañado nada. Los cupos están pero él dice a quien recibe y a quien no. Y a él no le debe importar si nos volamos o no, si el Gobierno (ICBF) paga por nosotros, nos tienen que recibir”. El moreno lo secunda: “Como el padre Pulgarín está durmiendo bien, no le importa, a ellos solo les interesa la plata que pagan por nosotros; allá (CFJ) nos toca dormir en colchones que por su mala calidad es como si durmiéramos en pavimento. Nos sacan a estudiar solo dos días a la semana y en seis meses nunca me ubicaron en talleres, allá uno va a ‘toposiar’, a no hacer nada”, dice el joven.El chico moreno se queja de que en el cubículo de tortura “nos maltratan, nos dan pata, bolillo, nos echan gas (lacrimógeno) y a uno lo estaban ahorcando”. Y cuando nos quejamos, añade, “nos piden que no digamos nada, que porqué nos dejamos grabar (de la prensa) y nos dan un jugo para tenernos dopados”. Versiones que desmienten los agentes de turno.La conversación se interrumpe porque un policía trae a otro joven para internarlo en la minúscula celda. “¿Más? Nooo, aquí ya no cabe más gente”, reclama otro de la montonera humana y remata: “El sábado pasado metieron 25”. Es un chico con el pelo teñido color zanahoria, que sonríe con cierto cinismo como si no le preocupara estar allí. En la celda reconoce a otro que en la judicialización declaró algo de “una vuelta que no era así” y comienza a reclamarle en voz alta y manoteando. “Yo le dije que eso no se podía hablar a nadie” (sic), dice furioso. El otro calla. La estrechez sirvió, porque de haber espacio suficiente se hubiesen cogido a golpes. El agente de Policía se acerca y les dice: “Bueno muchachos, cálmense por favor, cálmense”.Sin desparpajo dice que él ya llevaba 38 meses de los 60 meses que pagaba en el CFJ Valle del Lili. Se reserva el motivo de su sanción, pero fue recapturado: “Ya soy mayor de edad, no tengo porqué estar aquí”, y muestra su cédula donde luce de saco y corbata –una proyección de lo que pudo ser–, la antítesis del que se seca el sudor con la camiseta.El nuevo ‘inquilino’ alcanza a ver de soslayo a su papá, que se asoma desde donde la valla de la Policía se lo permite, en el andén de la céntrica Calle 11. El muchacho extiende el brazo por en medio de la reja y comienza a gritar: “Hable apá, hable para que me den la domiciliaria”. “Solo nos dejan ver de la mamá los sábados 5 minutos”, aclara otro.El papá se tranquiliza cuando alcanza a divisar a su hijo, así sea en ese calabozo. El hombre, en voz baja para que su hijo no alcance a escuchar, comenta: “lo quiero mucho, pero para que esté en la calle, siga en las mismas y lo maten, prefiero que esté allá (CFJ Valle del Lili), que piense y salga otra persona”.Aunque su esperanza es que lo remitan de nuevo al CFJ, el hombre cuestiona la seguridad de ese centro. “Él se vuela cada que quiere, hace 15 días se escapó y la mamá lo entregó, pero lo soltaron no sé porqué, entonces volví y llamé y lo recapturaron”, dice el hombre que vive en el Distrito de Aguablanca. El propio padre admite que el “(CFJ) Valle del Lili se volvió un despelote, sacaron los educadores buenos que había, los de ahora son unos sinvergüenzas que les entran vicio, celulares, de todo a los muchachos, eso es una alcahuetería, lo mejor es que les metan el Inpec”. Una madre también cuenta que cuando llegó de trabajar, encontró a su hijo en la casa. “Él llevaba tres años (38 meses) allá (CFJ), pero se escapó; creo que él corre porque ve correr a los demás”, dice con cierta ingenuidad la mujer que declara abiertamente que su hijo fue sancionado a 60 meses por homicidio. “Con la rebaja por buen comportamiento podía ser menos, entonces lo entregué porque quiero que cumpla su proceso. Además es por su seguridad, en la calle corre mucho peligro”, dice la señora.En este pasillo de los lamentos, una jovencita y una niña pasan frente al calabozo de torturas. Una, de 17 años, reconoce a uno y lo saluda con un “¿Q’hubo, me va a regalar desodorante?La menor, en un gesto muy infantil juega con su pelo teñido con mechones, muy rojizos para sus 15 años, recibe el desodorante en sobre. Ella lo entrega a su compañera de cautiverio, con quien ya ha hecho amistad a fuerza de dormir en un pasillo interno de esta dependencia, lejos del cubículo de los varones, desde hace nueve días. La mayor, de dos meses de embarazo, dice que está allí porque “iba a matar a mi mamá”, mientras se aplica el desodorante en sus axilas delante de policías, funcionarios, transeúntes. Cuenta que estaba perdida en la droga y no sabía lo que hacía, pero que la recapturaron por “un delito que ya había pagado” y se explica: “Me dieron libertad condicional, me tenía que presentar cada mes, ya llevaba 18 preventivos (meses), pero los dos últimos no los cumplí”.–¿Por qué?– Mi marido no me dejaba, estaba enferma, el bebé se me iba a venir.– ¿Qué hace su marido?– De-ge-ne-ra-do. Ponga allí ‘degenerado’, enfatiza, siendo la única respuesta en la que no esquiva la mirada.El hombre es un consumidor, expendedor de drogas y pandillero, dice. Son novios hace 5 años, desde cuando ella tenía 12 años. La joven está en 10° en la nocturna, pero si la remiten al CFJ Valle del Lili, no sabe qué será de ella. Mientras tanto, la quinceañera revolotea como una mariposa, siempre sonriente, con su pantaloneta amarilla y su blusa morada. “Me abrí de la casa cuando tenía 10 años, llevo cinco viviendo sola y sin estudiar” en un barrio del Oriente de Cali, dice la recién capturada por porte de una ‘pacha’ con doble cañón que le dio un amigo.– ¿Qué iba a hacer con el arma?– Yo solo la iba a guardar. “Las noches aquí han sido de terror, dormir en el piso, sin cobija”, dice esta niña extraviada de la vida. Última de nueve hermanos, solo hizo hasta 5° de primaria porque “los de mi barrio no podíamos, no podemos –corrige– pasar al otro lado”, donde queda el colegio de bachillerato Antonio Macedo.Huérfana de padres vivos, con sus hermanas que no hacen nada porque todas ya tienen bebés, mientras el mayor purga una pena en la cárcel, la calle ya le ha enseñado tanto, que tiene claro su diagnóstico de vida: “A mí me faltó amor” y regresa a su pasillo con la esperanza de que resulte un cupo para ella en el CFJ Valle del Lili. Allí, cree que de pronto pueda darle un giro a su vida.Una luz en la oscuridad porque de los jóvenes recluidos en el cuarto de torturas, a la pregunta de quiénes quieren cambiar su vida, solo uno levanta el índice derecho: “Yo”, dice seguro. Los demás callan, desvían la mirada.

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