Cartas de colombianos desde una prisión en China: historias de una esperanza moribunda

Septiembre 15, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina Bedoya | Reportero de El País
Cartas de colombianos desde una prisión en China: historias de una esperanza moribunda

La ciudad con mayor número de presos colombianos es Hong Kong, seguida de Guangzhou y Beijing.

En China, según datos de la Cancillería de la República, hay 104 presos colombianos. Entre ellos 6 están condenados a muerte. Desde allá, los condenados escriben con un solo deseo, la repatriación.

Adelante, a menos de tres metros están los barrotes de la celda. Atrás de él y a sus lados se extienden las paredes, blancas, sin las marcas de los días que se cuentan, ni fotografías de su esposa o su hijo o sus padres ni fotografías de mujeres desnudas.Sobre la cama, que es un rectángulo de cemento a medio metro del suelo, yace el colchón, delgado, duro, blanco. Todo es minuciosamente limpio. Las sábanas, el suelo, el orinal, sus ropas. Le está prohibido hacer cualquier marca sobre las paredes o los barrotes. Ha pensado en escapar. Lo ha pensado, como un puro deseo agónico. Pero escapar sería imposible. José Fredy Henao está en la prisión Stanley de Hong Kong. Una prisión construida en enero de 1937 al borde de la península de Stanley, sur de Hong Kong, como el más complejo lugar de reclusión del imperio Británico. Ahora es una de las seis prisiones de máxima seguridad de China. Como la antigua prisión de Alcatraz, en California, EE.UU., está rodeada en uno de sus lados por el mar y sobre los techos caminan francotiradores sin descanso. Le sería imposible escapar, José Fredy Henao no es un criminal. Carece del oscuro ingenio de los criminales que cincelan el metal de los barrotes con cucharas que ellos mismos afilan y ahorcan a guardas y cruzan largas extensiones de agua nadando. José Fredy es un taxista que vivía en Pereira, acosado de deudas, con la perspectiva de perder su casa hipotecada y con una familia para alimentar. Un taxista que quiso resolver sus problemas llevando un kilo y medio de cocaína a China, por el que le pagarían $10 millones y que terminó condenado a 14 años y cuatro meses de prisión en una cárcel que alberga a los más peligrosos criminales de Hong Kong. Le esperan doce horas de la misma jornada desesperada que ejecuta hace más de un año: a las 7:00 a.m. comerá un arroz sin sal con agua para luego pasar dos o tres horas en el patio. Al mediodía comerá el mismo arroz de la mañana, esta vez con algunas hojas de repollo, y luego tendrá que volver a la celda, con algunos libros que no comprende porque están escritos en Mandarín o en Inglés, hasta la noche, cuando intentará dormir, en un aislamiento que ya le ha empezado a robar las palabras: puede pasar días enteros sin hablar. Nadie en el patio comprende el español. Si hubiera aceptado llevar 500 gramos más de coca, José Fredy habría sido condenado a muerte. Pero aunque ningún gobierno lo sentencie, la muerte lo sigue. Tiene tres enfermedades terminales y el frío y la humedad y el aislamiento de la prisión y la poca atención médica lo roen. El 23 de julio de este año escribió a Colombia a una mujer que lidera un proyecto para la repatriación de presos colombianos en China: “le pido, le solicito, le suplico, le ruego de la manera más humilde por favor AYÚDEME para una repatriación lo más pronto posible”. Lo escribió así, usando las mayúsculas como para expresar un grito. Sabe que está muriendo. “Solo quiero estar un tiempo no muy lejano con mis seres queridos en mi país y compartir los últimos días que Dios me permita vivir”, termina la carta. Ruta a prisión Arturo vivió parte de su vida en Salento, en el Quindío. Aprendió de sus padres la labor de la tierra, el ciclo de la luna y su influencia en los sembrados. En su finca, un ancho fragmento de tierra incrustado en la montañas del Quindío, atravesó toda la trágica experiencia del hombre campesino: vio cómo las moras y las granadillas de las que sus padres habían sacado el sustento para él y sus hermanos ya no bastaban para comprar las semillas que las harían surgir de nuevo. Así que decidió vender su tierra. Viajó a Pereira e intentó venderla a un precio que no le hacía justicia. Un día de febrero de este año le dijo a su única hija que viajaría al sur del país a sellar la venta. El viaje lo hizo el ocho de febrero. Quince días después, el 23 de febrero, su hija recibió una llamada desde Shangai. El cónsul le decía que su padre había sido detenido en el aeropuerto de esa ciudad con 1,300 gramos de pasta de coca y que se enfrentaba a un proceso penal. Fue un anuncio aturdidor. María había pasado diez días de angustia pensando en su padre. Meses después le comunicaron que había sido condenado a muerte. Ahora María se enfrentaba a la certidumbre de la ejecución de su padre en China. Una certeza que no aceptaba, pero que poco a poco se le convirtió en un dolor que no cura, siempre presente, siempre intacto. Desde ese día María se comunica constantemente con el consulado de Colombia en Beijing. Le dicen que su padre está bien, que no ha sido ejecutado. Sabe que está en la cárcel de Shangai, pero no ha hablado con él una sola vez, no ha recibido de su parte una sola carta. El caso de Arturo viene a sumarse a otros seis colombianos que, según datos de la Cancillería, están condenados a muerte en China por el delito de narcotráfico. Seis colombianos entre los 104 que están presos, enfrentando condenas superiores a los 14 años de prisión. *** El envío de droga a China desde Colombia a través de correos humanos, dicen las autoridades, es un fenómeno de aparición reciente, concentrado en Risaralda y el Valle del Cauca. Un investigador de la Policía dice que los fuertes controles impuestos en EE.UU., y Europa, que han sido históricamente los mayores destinos para el envío de drogas desde Suramérica, ha hecho que los grupos de narcotraficantes se empiecen a fijar en Asia, exactamente en China. El investigador dice que los narcotraficantes buscan sus ‘correos’ en los barrios marginados de las ciudades, especialmente Cali y Pereira. Encuentran una persona cualquiera, anciano, adolescente, mujer y le plantean la situación. Una vez se acepta, los narcotraficantes se ocupan de realizar los trámites del visado y de justificar el ingreso al país asiático: las personas son enviadas como trabajadores de una empresa inexistente en Colombia.Invierten cerca de 6 mil dólares en cada uno de los trámites y el pago por llevar la droga, que es de $10 millones por cada dos kilos. Esos dos kilos de cocaína les representa a los delincuentes un valor aproximado de 50 mil dólares, casi cien millones de pesos. La Policía ha logrado detectar una ruta para el envío de la droga. Las personas salen hacia Brasil, desde donde abordan un avión que hace escala en Qatar para llegar a China. Según datos de la Cancillería, la ciudad con el mayor número de detenidos colombianos en China es Hong Kong, con 52, entre ellos, 47 por narcotráfico. Cartas de angustia“José Sánchez comparte prisión con Harold Carrillo, y el trabajo que los dos desempeñan en la prisión es armar linternas. El gran problema de José es de salud, sufre de artrosis degenerativa y hasta la fecha no ha recibido asistencia médica al respecto. Sus familiares le enviaron un gran paquete con elementos personales pero un par de guantes no le fueron entregados por los directores del pabellón. Los guantes son para protegerlo del frío en las manos por los problemas de artritis...”La carta, enviada por la Cancillería de Colombia a la esposa de José, tiene fecha de enero del 2013 y fue enviada desde la ciudad de Guang Zhou, que en el mundo occidental se conoce como Cantón, sur de China. Informa sobre la situación del colombiano José Sánchez, prisionero en la cárcel Dongguang. La artrosis de José no cesa. Inicialmente, el dolor en los dedos de sus manos aparecía mientras armaba linternas en la cárcel, cumpliendo jornadas de doce horas, con derecho a ir al baño dos veces al día sin tardar más de tres minutos. Luego el dolor llegó también en las noches, mientras intentaba dormir. Los primeros meses del año, las temperaturas en Cantón llegan a los 13° centígrados y el cemento de los muros de la prisión agrava el frío. Nunca recibió los guantes que su familia le envío para cubrir sus manos de la baja temperatura. En junio de 2013, José envió una carta a la Dirección de la Prisión. Decía: “Me dirijo a ustedes con todo respeto para solicitarles atención sobre mi caso. He sido objeto de discriminación por los reclusos nacionales. He venido con muchos problemas desde que me ingresaron al Bloque 6, en la habitación 203. El líder de la habitación se ha encargado de que yo tenga maltrato físico y psicológico (…) Les rugo me concedan una entrevista personal. En ella les contaré todos los detalles. Temo por mi salud y vida. Es de mucha importancia lo que tengo para decirles”. La carta estaba firmada con su nombre y el número 4418026201. Hasta junio de 2013, José Sánchez habitaba una celda con Harold Carrillo. Eso fue lo último que se supo de Harold, oriundo de Cali, quien fue condenado a muerte el 12 de abril de 2011 por el Tribunal Superior de la Provincia de Guangdong, por llevar a China más de 1.700 gramos de pasta de coca. En ocasiones José había escrito que Harold hablaba poco. Parecía que pensara en su muerte, en la soledad en la que habría de morir, en esa atmósfera extraña y destructora, sin ver de nuevo a sus hijas o a su esposa. La Cancillería no ha informado a la familia de Harold sobre su estado. Su familia ignora si vive o muere o de si su pena ha sido modificada. Nada se sabe tampoco de Luis Leoncio Pérez Correa, salvo que fue condenado a la pena capital el 21 de junio de 2013 por un tribunal de Shangai. Nada se sabe de los otros cuatro colombianos condenados a muerte, entre los que se cuenta Jhon Guerrero, otro caleño de 23 años capturado el 30 de abril de 2011 con 3,997 gramos de cocaína. Podría ser que ya hayan muerto. Según datos de la ONG china defensora de los Derechos Humanos, Dui Hua, el promedio de ejecuciones oficiales en ese país supera los 3,000 por año, aunque no se tiene una cifra exacta ni un listado de los ejecutados, pues esos datos son considerados un secreto de Estado. El gobierno del país asiático no informa sobre el avance de los procesos judiciales de los condenados ni sobre las fechas de las ejecuciones. En 2007 China ejecutó a más de 5,000 prisioneros. En 2011, la cifra fue de 4,000, una cifra superior a la de las muertes violentas en todo el Valle del Cauca cada año. Un número superior al promedio de personas que mueren por año en Medellín, Cali y Bogotá, por la guerra entre pandillas, entre bandas criminales, por las venganzas, la intolerancia. Una cifra que es el resultado de los 55 crímenes que la legislación de ese país considera como crímenes capitales, entre los que se cuentan el tráfico de metales preciosos, el tráfico de animales silvestres, el robo y la evasión de impuestos.Hasta 1997, en China se llevaban a cabo las ejecuciones con un fusil de asalto, utilizando una única bala de punta hueca que era disparada a la cabeza del condenado. Desde ese año se implementó la inyección letal como método humanitario: el Gobierno chino afirma que de ese modo el condenado sufre menos. *** “Bueno mi familia hermosa quiero que se enteren del infierno que me tocó vivir (…) Acá son unos verdaderos locos pues no creen en DIOSITO. Primero lo amedrentan a uno diciendo que lo van a matar, le pegan a la gente se sufre lo tienen a uno sentado todo el día en una sola posición, la comida es pésima, el desayuno mera agua. Encandenan a la gente de los pies y los dejan en un planchón las 24 horas. Son unos verdaderos torturadores, solo buscan enloquecer a la gente, no les basta con este encierro y la incomunicación todo el tiempo este Gobierno es desquiciado y al mundo exterior le muestra solo lo que le conviene...”. La carta está firmada por “el gordito”. Fue escrita el 8 de agosto de este año con una letra desordenada, sobre un papel sucio y tachonado. Una escritura enloquecida. En Colombia, una mujer recibió la carta. Vendió su casa e hizo un préstamo para irse a China a ver al autor de esa carta, su hijo, preso en Guang Zhou, en la prisión Dongguang.Desde el Centro de Detención Número tres de Guang Zhou, otro hombre escribió el 20 de noviembre de 2012: “(...) la comida aquí es muy pésima, lo único que como es arroz sin sal y una que otra cosita en contra de mi voluntad. Los días aquí son muy largos, los únicos que nos pueden ayudar son la embajada pero vienen cada dos o tres meses; la verdad necesitamos más presencia de ellos aquí. Familia perdónenme por todo el daño que les pude haber causado a todos, los amo y me hacen una falta enorme. Que Dios los bendiga todos los días de sus vidas. Atte el mosquito”. La esposa del hombre que escribió esa carta vive en Bogotá. Dice que su esposo, que conducía un taxi en esa ciudad, había viajado a la Feria de Cantón en un plan de trabajo el 8 de abril del 2012. Viajó a Perú, luego a Brasil y desde allí habría volado a China. El 23 de abril, 15 días después de ese viaje, un funcionario de la embajada de Colombia en China la llamó para informarle que su esposo estaba hospitalizado. Dos meses después, el funcionario llamó de nuevo, dijo que su esposo tenía un proceso abierto por tráfico de drogas. El hombre, a sus 41 años, había viajado con droga hacia China para pagar la hipoteca de su casa, de la casa en la que vivían sus cuatro hijos de 20, 17 14 y ocho años. Su esposa vendió la casa para pagar la hipoteca y para costear un tratamiento de uno de sus hijos que sufre de los riñones.Sabe que su esposo aun no ha sido condenado y que le preocupa una enfermedad en la columna vertebral que padece. Dice que recibe muy pocas llamadas del consulado o de la Cancillería. Que anhela ver a su esposo, “aunque sea en una cárcel, pero en Colombia, en donde puede ver a sus hijos”.Pulse aquí para ver la segunda parte de este informe.

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