Campesinos del norte del Cauca viven con la guerra a su alrededor

Diciembre 17, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Yefferson Ospina Bedoya | Especial para El País

Después de la tregua anunciada por las Farc, en varias veredas del Cauca la gente huye para no morir. Crónica de refugios de los que pocos saben.

Mientras el 20 de noviembre las Farc anunciaban desde Cuba un cese al fuego, en el Cauca, ese mismo martes 20 de noviembre, en la vereda San Luis del municipio de Corinto, sobre la breve planicie de un cerro desde el que puede divisarse el departamento en todas direcciones, soldados se enfrentaban contra guerrilleros camuflados en las montañas: escuchaban los disparos y los golpes de las balas en la tierra y disparaban.No veían a los guerrilleros, sabían que estaban en medio de la vegetación. Acaso adentro de las casas de los campesinos, mientras los niños y padres y madres se escondían bajo las camas. O acaso en la escuela de la vereda. Los soldados disparaban, la orden es que mientras los guerrilleros se refugien en las viviendas de los campesinos hay que disparar. Luego de dos horas el combate cesó. Los soldados se instalaron en el Cerro de San Luis.Había sido otro combate. Otra vez la angustia, correr atrás de la casa, correr hacia algún rincón con las manos en los oídos. “Porque uno no se acostumbra. Uno puede acostumbrarse a hablar de los combates. Pero cuando empiezan, es siempre como la primera vez. A uno siempre le da miedo”. Doña Gladis decidió ese día salir de su casa.Decidió, junto a otras 17 familias, más de 40 personas, irse a un lugar en que no estuviera el Ejército ni la guerrilla y construir cambuches con bolsas y costales y guaduas y esperar. Esperar a que la guerra les diera una tregua: “si los soldados están cerca de nuestras casas, entonces los guerrilleros atacan. Los que mueren en medio del fuego somos nosotros”. Es miércoles doce de diciembre. Dos días antes, Gladis había enterrado a su hermano Nilson. Murió después de que un tatuco cayó sobre el techo de su casa.La tregua es el destierro“Hoy no se ha escuchado plomo por allá. Ayer y antes de ayer sí”, dice un soldado en un retén kilómetros antes de llegar al centro de concentración de la vereda La Cuchilla, en Caloto, Cauca. El centro es un escampado de tierra de unos 20 por 40 metros, en donde los campesinos levantaron un techo de plástico y adentro de él pequeños cambuches hechos con guaduas y costales.Los primeros días eran 17 familias. Ahora, 22 días después de ese exilio, los mismos 22 días que lleva la tregua, hay 20 familias, casi 60 personas, cerca de 30 niños. Inicialmente dormían en el piso de tierra, sobre cartones y mantas. “Yo no era capaz de dormir con ese frío. Yo no sé como hacían los niños, pero yo no era capaz. Mire que varias mujeres se enfermaron de fiebre, dolor de cabeza, se les hinchó el cuerpo y todo”, dice doña Elvira. Tiene 48 años.Días después de que construyeran el centro, la Cruz Roja llegó y les regaló 60 colchonetas, plásticos y alimentos. Durante dos días don Domingo, un hombre de 57 años, construyó diez camas. En cada una duermen hasta cuatro personas. En medio de los cambuches hace frío, porque la tierra es húmeda y lo refresca todo. Durante varias noches había llovido de modo que el plástico que cubre todo el lugar empezaba a romperse por la presión del agua.En el centro de concentración se escuchan los combates, los sonidos de los disparos en las montañas. Nadie sabe muy bien cuántos combates han habido. Solo dicen: “muchos, casi todos los días se escuchan las balas”.El Alcalde de Caloto dice que se han presentado dos enfrentamientos desde el 20 de noviembre. El comandante de la Fuerza de Tarea Apolo dice que ellos están a la ofensiva y constantemente se enfrentan con la guerrilla. No se sabe cuántos enfrentamientos. Es difícil contarlos cuando se ha pasado toda la vida en medio de ellos.El centro de concentración es una espera. Bajo la débil luz que se filtra por la entrada del centro y los agujeros de los plásticos, en medio de carpas azules y rojas, de costales maltrechos y sucios, de manchas de barro y de la tierra removida por el agua de las noches de lluvia, los hombres caminan, se sientan sobre las colchonetas, hablan un rato. Algunos radios están encendidos. Los cambuches están dispuestos en hileras de tres. Los niños corren, juegan con los perros o con las gallinas, beben un agua almacenada en tinajas sucias de tierra.Otros duermen, hay mujeres que lavan platos. La comida escasea. El tiempo no pasa, es un estancamiento que ellos mismos atraviesan con la esperanza penosa que don Domingo tiene hace 57 años. Una tregua, que la guerra termine. “Yo pienso volver cuando todo se calme. Cuando no haya más combates. Tengo tres hijos chiquitos y no quiero que ninguno muera”, dice Gladis.Pero la guerra no cesa. No hay tregua. Los soldados están cerca de las casas para evitar que la gente cultive coca o marihuana y los guerrilleros amenazan a quienes no los cultiven. Así que viven en medio de esa contradicción. No cultivan algo más porque no tienen los medios suficientes, porque el fríjol o el maíz o el plátano lo compran a muy bajos precios en el mercado.Por una arroba de frijoles les pueden pagar entre $70.000 y 100.000. Para la producción de esa arroba se requieren mínimo tres meses de trabajo, además del abono y el transporte hasta el pueblo para venderla. En suma, la ganancia neta podría estar entre los $20.000 y $30.000. Mientras tanto, una arroba de coca es vendida por $25.000. Se produce mucho más rápido y la semilla es regalada, además de que no es necesario llevarla hasta el pueblo porque hay quienes van a las casas para comprarla. Así que cambiar los cultivos no resulta rentable, no es suficiente para vivir, salvo que el Estado les ofreciera un subsidio par la producción o que regulara los precios de los alimentos.En el Cauca, según el último informe de la ONU, hay aproximadamente 6.066 hectáreas de cultivos ilícitos. En Caloto, el 80% de los cultivos corresponde a cultivos de marihuana o coca. Cerca al centro de concentración, una mujer corta marihuana al lado de su hija de 14 años. “Aquí no se puede cultivar otra cosa. Porque no dejan y porque aunque dejen, los otros cultivos no dan lo suficiente para vivir”, dice la mujer. Si los soldados las sorprenden les decomisan la droga.Así que los enfrentamientos continuarán, porque “se trata de subsistir”, dice uno de los campesinos en el centro de concentración. Se trata de la guerra. De ese modo se vive ahí. No en el borde. En medio del fuego, asediados por un conflicto que no entienden.Cercados por la guerraLos han llamado centros de concentración por una especie de lógica elemental: un lugar en el que se concentran a esperar que la guerra les dé un descanso. Pero es un nombre que se asocia a una imagen brutal: los campos de concentración nazis. En la Alemania de la Segunda Guerra Mundial, los judíos mantenían la esperanza de sobrevivir. Pero les esperaba la muerte. Aquí también se espera. No hay pijamas de rayas. Hay solo esa misma esperanza, sobrevivir.“La gente se está desplazando al interior del municipio por la sencilla razón de que en las zonas habitadas hay presencia de actores armados y eso pone en peligro su vida”, dice Jorge Arias, alcalde de Caloto. Es lo que dicen los campesinos. “Nosotros no queremos que el Ejército se retire de aquí de la vereda. Lo que queremos es que no estén cerca de nuestras casas”.Pero no sólo se trata de la presencia cercana del Ejército. Se trata de la guerra en la que están como escudos: “la guerrilla se mete a nuestras casas porque después de todo, aunque los soldados disparen, siempre es más difícil para ellos cuando se trata de gente inocente. Yo una vez les dije a unos guerrilleros que se fueran de mi casa, que me respetaran y a mis hijos también”, cuenta Gladis.“Mire, el domingo pasado hubo dos combates en el cañón que divide al municipio de Corinto con Caloto. El día anterior una casa fue atacada con un tatuco. Tregua no ha habido, al menos en Caloto, no”, declara el Alcalde de la localidad.En la vereda El Jagual, en el municipio de Corinto, los campesinos formaron otro centro de concentración. Hay cerca de 500 personas, entre los que se cuentan 200 niños que abandonaron sus casas.“Sólo queremos que el Ejército no esté cerca de nuestras viviendas ni de la escuela. Si ellos están ahí nos atacan a nosotros”, dice Hernando. Llevan 20 días en carpas y cambuches. A unos 50 metros de ellos, han instalado una pequeña base militar.Por su parte, el comandante de la Fuerza de Tarea Apolo, general Jorge Humberto Jeréz, afirmó que las Farc usan las casas de los campesinos para atacar a las tropas.“Nuestra presencia se hace necesaria en esos lugares para evitar que la población sea tomada como escudo de guerra”, declaró el general Jeréz y agregó que los enfrentamientos son constantes y ellos están en la obligación de combatir a la guerrilla.La esperaEs una mujer menuda, la piel algo morena, el cabello corto peinado hacia atrás. El último ataque a la población civil por parte de la guerrilla causó la muerte de su hermano y dejó a su madre y dos sobrinos heridos.Todos en el centro de concentración pueden contar algo semejante. Alguna vez en la vida de cada uno la guerra dejó de ser no más que disparos para convertirse en la muerte y en el sufrimiento que no termina.Oliver es un hombre de 33 años. Está en el centro de concentración con sus tres hijos. Dos de sus hermanos murieron por balas perdidas. La cruz Roja los visitó hace 25 días. Los alimentos que les dio ya empiezan a escasear. El rostro de Gladis está algo congestionado. Mira hacia donde debe estar su casa. Dos de sus hijos juegan con tierra.-Si se van los soldados llega la guerrilla.-Si la guerrilla está por ahí, yo tampoco me devuelvo- dice.-Pero la comida se está acabando.-Toca esperar a ver qué pasa – dice.Mira hacia su casa. Sus hijos siguen jugando con tierra.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad