Basuco, un negocio millonario sostenido por los indigentes en la galería de Santa Elena

Basuco, un negocio millonario sostenido por los indigentes en la galería de Santa Elena

Abril 12, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

Su venta en la galería de Santa Elena deja ganancias de más de $10 millones diarios. Viaje al interior de una costosa adicción.

Rostro 1

Me pidió que lo llame Lemar. No puedo usar el nombre con el que lo conocen en la galería de Santa Elena. Me ha acompañado a conocer cómo funciona el negocio de la venta de basuco en esa zona. Si los dueños de ese negocio se enteran, simplemente lo asesinan. Lea también: Extorsiones y drogadictos, el azote de la Galería Santa Elena

Lemar es delgado, demasiado, la piel de un color como de aceite opaco. Los huesos de la mandíbula y los pómulos se destacan en su rostro, rodeado de una barba escasa, gris, sucia. Lemar vive bajo una carpa en la galería de Santa Elena. De joven, me cuenta, fue socialista, fue fotógrafo, tuvo un negocio de fotomecánica, insiste en que fue guapo.  Ahora recicla basuras y fuma basuco, mucho.  

Es el principal centro de abastecimiento de alimentos para las zonas del oriente, suroriente, y parte del centro de Cali. Los registros oficiales dicen que en esa plaza de mercado a diario se mueven alrededor de 300 toneladas de alimentos.  También, es uno de los principales expendios de drogas de la ciudad. 

Hay una zona llamada el Planchón:  una especie de terraza constituida por una plancha de cemento extendida desde la Carrera 29 hasta la Carrera 32, a un costado de la Calle 26. En el Planchón se pueden comprar legumbres, tomates, papas, plátanos, carnes, también ropa usada, ollas de segunda, herramientas, cuchillos, bicicletas usadas, robadas, celulares, cigarrillos de marihuana, marihuana en bolsas, prensada, cocaína en polvo, cocaína en pequeñas rocas y basuco, mucho basuco.

Es domingo y camino con Lemar en Santa Elena. Se siente como en su reino. Camina de un lado para otro, los saluda a todos, se ríe, grita. Los conoce a todos, a las decenas de indigentes que como él se pasan sus vidas en la galería. Todos, dice Lemar, meten basuco. Trabajan en lo que sea, descargando bultos de alimentos, reciclando, llevando carretillas, lavando carros. ¿La plata? Para el basuco, luego la comida, luego la dormida, luego otra vez el basuco.

El negocio está controlado por un grupo de hombres que se conocen como ‘los Paisas’. Lemar dice que nunca los ha visto pero que todos saben que ellos son los patrones. Hay dos puntos para vender el basuco. Uno está sobre la Carrera 29 con Calle 25, en el extremo norte del Planchón. El otro, sobre la Carrera 32 con Calle 25, extremo sur del Planchón. 

En esos puntos todo el tiempo hay un vendedor. Cerca de él hay dos niños que se encargan de alertar  cuando la Policía se acerca y un hombre armado para evitar los problemas. El vendedor tiene una caja pequeña que se conoce como ‘una panela’. La ‘panela’ tiene 40 bolsas pequeñas, que llaman bolas. Cada bola tiene 48 cigarrillos de basuco que se venden en un promedio de 10 minutos. Lemar me dice que todo el tiempo, todos los días, a cada hora, se vende basuco. La venta solo se detiene cuando la Policía hace operativos. 

Cada cigarrillo de basuco cuesta mil pesos. En diez minutos, por tanto, en un solo punto de venta, se venden $48 mil. En una hora se venden $288 mil. Lemar dice que se vende día y noche. En un día, entonces, un solo puesto de venta de basuco recoge más de $6 millones. Los dos puntos, más de $12 millones. 

Sin duda, un negocio rentable. ‘Los Paisas’ lo saben. Así que tienen toda una estructura de seguridad y logística para maximizar las ganancias, para reducir las pérdidas. Los vendedores trabajan en cuatro turnos de ocho horas. Por cada turno trabajan al menos  diez personas. En el extremo sur del Planchón hay una persona que tiene el control sobre las cajas que contienen el basuco y que llaman ‘panelas’. Esa persona está acompañada de otra que recibe el dinero de las 'panelas’ vendidas y de una persona armada. Cuando en un punto de venta se agota la droga, hay una persona encargada de ir hasta el lugar en donde tienen las cajas, entregar el dinero de lo vendido, recoger otra ‘panela’ y llevarla hasta el vendedor.

  Asimismo, en determinados edificios de los alrededores se acopian grandes cantidades de la droga para abastacer la constante demanda. La droga llega desde el Cauca, principalmente de Corinto, y es llevada a barrios como El Vallado, en el oriente de Cali. De allí es transportada a la galería escondida entre los bultos de frutas y verduras que llegan en los jeeps. Un grupo de hombres la recibe y la llevan a los centros de acopios en los alrededores, en donde es empacada para luego ser vendida.   

 Es todo un mercado, con sus agentes, con una de las ecuaciones de costo y ganancias más eficaces de todos los movimientos económicos de la ciudad. 

Hay algo en la historia de Lemar que le avergüenza. Se niega a contarme cómo fue que empezó en el consumo de basuco. Hay algo que le avergüenza, que tal vez le duele. Lemar tiene un hijo al que le enseñó lo que sabía de fotografía y que ahora es fotógrafo. Me cuenta, vaga, evasivamente, que fue por allá, como en 1999, que empezó. Pasó de la marihuana, la coca, el alcohol, al basuco. Luego -sin contarme los pormenores de esa decadencia– llegó a la calle, a la indigencia. Hace unos cinco años que se recuperó, volvió a vivir en su casa, la de su madre, y hace unos dos que regresó, al basuco, a la calle, a las basuras... Lemar recicla, rebusca en las bolsas de basura cartón, plásticos, metales, ropa vieja, lo que sea que pueda venderse. Dice que no le va mal, que por noche se hace mínimo $25 mil. -¿Qué hacés con esa plata?- -Pa mi vicio- responde Lemar. Me confiesa que ha tenido noches en las que se ha fumado hasta 50 cigarrillos de basuco.

Lemar  me explica que la palabra basuco son las tres primeras sílabas de las palabras que componen la frase “Base Sucia de Coca”. “Eso es basuco, viejo, ¿no te parece chistoso?”, dice, y ríe de comprobar mi ignorancia.

Apareció a principios de los 80, paradójicamente, como una droga exclusiva de extracciones sociales altas. De hecho, un artículo de El País de España de 1986 titula: “Basuco, la droga de moda de los ejecutivos en Colombia”.  El basuco son los residuos del procesamiento de la hoja de coca para obtener lo que se conoce como base de coca. Ese residuo es un compuesto de coca, gasolina, ácido sulfúrico, soda cáustica, cal y amoníaco; esa mezcla se combina a su vez con querosene y se obtiene la que se conoce como la más tóxica de las drogas. 

Lemar ríe y dice: “es el vicio más marica  que hay en el mundo”. Me explica que el efecto no dura más de diez minutos. Al principio es una sensación de tranquilidad, de felicidad, que se mezcla luego con  un poco de euforia y que termina con un sentimiento de miedo y paranoia.

“Eso es lo que hace sentir”, dice y  aclara que es falso que sea la droga preferida de los indigentes porque es la más barata. “Un bareto (cigarrillo de marihuana) cuesta mil pesos, lo mismo que un cigarrillo de basuco, y el efecto del bareto dura más. Uno prefiere el basuco porque con esto se te olvida todo, deja de importarte todo, que estás en la calle, sin bañarte, que tenés una familia que te espera, que no tenés casa en donde vivir, se te quita el hambre, todo te deja de importar. Por eso es que lo prefieren los indigentes”, dice Lemar, y vuelve a reír. 

En la galería pueden verse mujeres, niños, hombres viejos y jóvenes, semidesnudos, sucios, muy sucios y flacos, consumiendo. Lemar dice que muchas de las mujeres consiguen el basuco teniendo sexo con quien se los regale. Me sorprende que Lemar se ríe demasiado cuando habla de él mismo, pero es solemne, casi trágico, cuando habla de los otros. “Niños”, dice, “Vos los viste. ¿No te dio pesar?”, me pregunta. Me quedo en silencio. En Cali, dicen las estadísticas, hay al menos 3.500 personas en la indigencia, viviendo en las calles. En Colombia, según un informe de la ONU, hay al menos 29 mil consumidores de basuco.  

 Un día, mientras hablábamos, me pidió que le invitara a una Coca-Cola con una empanada. Luego me pidió mil pesos. Le dije que no tenía y me contestó riendo que de saberlo no hubiera desperdiciado la plata en comida. Su risa, sin embargo, es como una monstruosa expresión de su drama, el mismo drama multiplicado por cientos: el hijo que ya no ve, la carrera que perdió, la esposa que ya no besa, la cama en la que no descansa. Lemar me dice que conoce a ingenieros, abogados, contadores, matemáticos, profesores, en Santa Elena. 

Cada noche  sale a reciclar, a separar la basura de lo que puede reusarse. Como él, decenas de hombres desintoxican la ciudad para ganar el dinero que les permite intoxicarse a ellos mismos.

Resultados de la Policía

 

El comandante operativo de la Policía de Cali, coronel William Sánchez,  confirmó que hay identificada una banda responsable del microtráfico en la Galería de Santa Elena, aunque no confirmó su nombre.  La Policía ha realizado en los últimos cuatro años  constantes operativos de captura e incautación de droga en esa zona, sin embargo, el problema persiste.  Otro de las complejidades de la galería tiene que ver con las bandas que cobran extorsión  a los comerciantes. La Policía capturó en marzo pasado a 18 personas responsables de ese delito y, de acuerdo con varios comerciantes, esas capturas han mitigado el problema.  En noviembre del año pasado la Policía desarticuló  las bandas denominadas ‘el Realengo’ y’los Primos’. De acuerdo con testimonios del personas que habitan en la Galería, esta última banda se está rearmando.   El tráfico de armas  es otro problema.
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