Así se vive en las 'fronteras invisibles' del conflicto entre pandillas en Cali

Octubre 29, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Adolfo Ochoa Moyano | Reportero de El País
Así se vive en las 'fronteras invisibles' del conflicto entre pandillas en Cali

Solamente en barrio El Vergel hay 16 pandillas que tienen en sus filas a menores de edad y se dedican al sicariato y el microtráfico.

Al menos el 80% de las pandillas que existen en Cali prestan sus servicios a bandas criminales como los ‘Rastrojos’. La guerrilla de las Farc también usa a miembros de estos grupos para realizar acciones terroristas y homicidios.

Desearía poder decir mentiras a continuación. Quisiera poder fingir que no es cierto que hace dos semanas a Jacobo, un cerrajero de 38 años, con dos hijos y una moto recién comprada, lo mataron a pedradas un puñado de muchachos solo porque él no era de su barrio. Es más, no me gustaría siquiera saber que en el barrio El Vergel, al oriente de Cali, hay 16 pandillas en una guerra de todos contra todos y que en Cali cada semana se podrían armar dos equipos de fútbol con la cantidad de muertos que genera ese conflicto.Pero, es imposible. No se puede mentir. No se puede ocultar la verdad. No se puede simplemente ignorar que en Cali hay 137 pandillas que se nutren de las vidas de niños, que se financian matando, vendiendo drogas por toneladas en las calles.No hay forma de ignorar que desde 1992 y hasta hoy, según la Personería Municipal, la cantidad de pandillas de Cali aumentó en 1240%, un porcentaje que raya en lo absurdo. Y es que en 20 años Cali pasó de tener 10 agrupaciones a 134. Y empeora: cada año se crean 6 más de estos grupos y hoy 2134 jóvenes, algo así como la tercera parte de los miembros de las Farc, integran estas estructuras. La calle, la cárcel, lo mismo daLo de Jacobo, el cerrajero, no es fantasía. De verdad lo mataron a pedradas. De verdad lo mataron pandilleros. Dicen que fue por mala suerte. Es que cuando se vive en un sitio en el que matar es más fácil que comprar un almuerzo, la mala suerte es un lujo que nadie se puede permitir.Era de noche. Hace dos semanas. Él iba a ir a recoger a su hijo mayor que trabaja en el barrio San Judas como maestro de obra. Pero, se demoró en salir. Ya no lo encontró y tuvo que regresar solo a casa. Y entonces, la mala suerte: su moto recién comprada se varó. Cuentan que el cerrajero no tenía problemas con nadie. Era un tipo apreciado en su barrio. Pero es que no se varó en su territorio. Los habitantes de El Vergel dicen en voz baja que el crimen lo cometieron ‘los Lecheros’, una de las 16 bandas del sector. Dicen que lo apedrearon porque así se manda un mensaje más claro: quieren guerra. Jacobo murió como un perro, es cierto. Víctima de una batalla que no es suya. Unas pandillas quieren provocar a otras, decirles de la manera más directa posible que tienen un espacio que reclamaron como suyo y que están dispuestas a lo que sea para mantenerse allí.Casi nadie parece aterrarse con eso. La violencia de pandillas se ha convertido en algo tan común en algunos barrios de Cali que nadie parece siquiera querer gastar tiempo en preocuparse. Cuestión de seguir las normas: no cruzar las fronteras invisibles, no relacionarse con estos o aquellos, no andar en la calle luego de las 9:00 p.m.Y eso es lo que hace, precisamente, Julián. Es un estudiante de mecánica dental. Vive en el barrio Popular, en el norte de la ciudad. Hace un año el cáncer de seno mató a su mamá y para poder pagarse la universidad debe permanecer en esa casa, en ese barrio donde hace apenas un mes y medio le dispararon ocho veces a uno de sus mejores amigos.Julián solo puede moverse de día en el barrio. Si es muy tarde, prefiere pasar la noche en casa de algún compañero de universidad porque sabe que si alguno de los 40 muchachos que hacen parte de la pandilla de ‘la Isla’, lo ve caminar por ahí, puede dispararle.Lleva un estigma. Vivir en ese barrio. Por haber crecido junto a chicos que venden drogas o que engrosan grupos de sicarios. Entonces es un blanco móvil. Nunca ha sido pandillero, nunca ha cometido un crimen. Pero, creció con muchos que sí y eso lo hace un objetivo. Tiene enemigos sin ser enemigo de nadie. Es solo un estudiante de mecánica dental. Pero ha aprendido a vivir con eso. Dice que le da lo mismo no poder ir a un estanco a tomarse una cerveza. No le importa estar atrapado en su propio barrio porque jura que un día se va a largar del Popular a un sitio en donde las calles no sean la cárcel, pero que, entre tanto, se va a aguantar porque, “¿qué más da estar aburrido y encerrado si al menos estás vivo”?“La muerte suena como una abeja”Las autoridades confirman que en Cali las pandillas se pelean las cuadras de 17 de las 22 comunas que componen la ciudad. Pero el principal problema está en la Comuna 13, en el Distrito de Aguablanca. Sólo en ocho barrios hay 23 pandillas. En ocho barrios 475 personas hacen parte de las filas de ‘la Tatabrera’, ‘los de la U’, ‘la Calle del Humo’, ‘los Sardi’, ‘los Langostinos’... El peor caso es el de El Vergel. Allí hay 16 pandillas.Hay quienes tienen que vivir sus vidas encerrados en dos calles. “De la Carrera 42 a la 44 puedo ir tranquilo. Si cruzo para allá me matan. Y también para allá o allá”. Le dicen Chinga y mientras habla gira 360 grados sobre su eje. Cuando me da la espalda puedo ver las cicatrices de los disparos sobre su omoplato. También tiene una marca redonda y rugosa en la nuca. Me cuenta que le dispararon unos tipos de ‘los Calvos’ hace cuestión de dos años. No se molesta en explicar por qué.Lo único que dice es que ahora todo anda muy mal por ahí. ‘Los Lecheros’ han impuesto un toque de queda obligado para todos, pandillero o no. Los locales comerciales tienen que cerrar antes de las 9:00 de la noche y los profesores que dan clases en colegios de la zona, no quieren turnos luego de que cae el sol.Una docente que ruega que no repita su nombre dice que la guerra de ‘los Lecheros’ contra otras 15 pandillas ha hecho el barrio invivible. Las fronteras invisibles ya no son por calles sino por metros. Hay al menos 200 personas que no pueden hacer nada más que recorrer la misma calle de arriba a abajo una y otra vez.“¿Y los niños?, ¿cómo se divierten?”. Un hombre de la zona ríe. La pregunta, de verdad, le causa gracia. “Pueden fumar marihuana, meterse con mujeres o robar. Cada quien decide qué prefiere”. Es cierto. En muchas zonas de Aguablanca no hay parques de uso libre. ‘Popeye’, de 16 años, dice que desde niños se acostumbran a encerrarse dentro de paredes invisibles que están en los andenes. Pero, ni siquiera eso los mantiene a salvo. Mientras habla nunca me mira. Siempre gira la cabeza sobre los hombros, alerta a cualquier movimiento extraño. Explica que allí donde hay pandillas la muerte suena. Zumba, en realidad, como una abeja. “Si oye el zumbido es una bala. Y así no sea para uno, pues igual mata”.En Comuneros II los profesores de Educación Física no dictan esa clase ya. No pueden sacar a los niños de los salones. Sólo en el colegio Humberto Jordán Mazuera hay 66 menores amenazados. Si alguno sale de ese sitio será una tragedia. Quisiera, entonces poder decir que eso es mentira, pero no se puede. Es verdad. Hay gente que está presa en una calle. Y muchos son niños. Lástima, en serio, que no sea mentira.

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