Así se lucha en el Distrito de Aguablanca para alejar a los niños de las pandillas

Abril 17, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Ana María Saavedra | Editora de Orden.
Así se lucha en el Distrito de Aguablanca para alejar a los niños de las pandillas

Las Casas Francisco Esperanza son un modelo de justicia restaurativa que funciona en barrios del Distrito de Aguablanca. Los jóvenes aprenden desde temas de política hasta cómo respetarse ellos mismos y reconocer al otro.

Las casas Francisco del Distrito de Aguablanca son modelos de justicia restaurativa para jóvenes. Historias.

Desde pequeño siempre en mi alrededor, veía cosas que me daban temor. Pero después que tanto las viví, me acostumbré y algunas aprendí. Algunos niños que mi barrio vio crecer son mis amigos y otros, nada que ver, pues hoy ya viven en otro sector, y nos matamos por esa razón. 

Hasta que llegó Francisco Esperanza, y nos ayudó. Nunca me ofreció dinero, pero me extendió su mano. No me regaló pescado, pero me enseñó a pescar. Cuando hay problemas se buscan causas, como el principio para cambiar.

Este es el himno de las Casas Francisco Esperanza, escrito por dos egresados, que describen como este  modelo de justicia restaurativa para adolescentes les enseñó un proyecto de  vida, diferente al de las pandillas.

En El Retiro, un barrio del corazón del Distrito de Aguablanca, sí que saben de esas bandas. 

“En la cuadra de allá está ‘La Ponceña’, allí al otro lado de la Carrera 39 está la de ‘Los Menores’. Acá a dos cuadras, cerca al colegio es zona de ‘Los Hollywood’...”. Así describe la realidad de su barrio, Luis, un  niño de 13 años, que empezó hace poco  el proceso en la Casa Francisco de El Retiro. Y como en un mapa pinta las fronteras de las diferentes pandillas que dividen el barrio al que sus padres llegaron hace años desde Tumaco.

 Está en quinto de primaria en el colegio del “padre Alfredo”, el cura que hace décadas fundó la Corporación Señor de los Milagros. Estudia en la jornada de la mañana y todas las tardes, después de las 2:30 p.m. llega a la Casa Francisco Esperanza. 

20 niños reunidos en una vivienda de rejas azules, ubicada en la Carrera 39, que cruza este barrio, están en una de las jornadas del proceso. 

El proyecto, en el que participan jóvenes desde los 12 hasta los 26 años, dura tres años. Sin embargo, esa estrategia sostenida solamente se está realizando en 4 de las 14 casas que funcionaban el año pasado. Las casas de Potrero Grande, La Pradera y El Retiro  se mantienen con un convenio de cooperación internacional. El resto tienen un convenio del municipio. El proyecto se presenta cada enero y deben esperar la firma de la Secretaría de Gobierno.  El año pasado solamente arrancaron en junio y este aún no han iniciado.

Luis lleva menos de un año en el proceso. Pero dice que en ese tiempo ha aprendido a no hacerle tanto ‘bullyng’ a sus compañeros. También que no quiere ser pandillero como su tío, que fue el jefe de una pandilla de El Retiro.

“En las pandillas a uno lo matan muy rápido.  Es mejor vivir sin ‘liebres’ (enemigos)”, piensa.

II

Ubuntu: “Soy porque nosotros somos”.

Es una de las frases que está escrita en una cartulina colgada en la pared de  la casa Francisco Esperanza del Sector 6 de Potrero Grande. Es una palabra que proviene de las lenguas africanas zulú y xhosa y se convirtió en un concepto africano tradicional. A la hermana Alba Stella Barreto, directora de la Fundación Paz y Bien y creadora de las Casas Francisco Esperanza, le enseñó este concepto de justicia restaurativa monseñor Desmond Tutu, el obispo africano que participó en la lucha contra el Apartheid.

Sol tiene 13 años, el cabello ensortijado y una diadema con corazones. Sonríe mientras cuenta que en los dos años y medio que lleva en la Casa Francisco Esperanza ha dejado de ser tan agresiva. Aprendió el Ubuntu.

También a quererse y a no dejarse presionar para tener relaciones sexuales o para pertenecer a una pandilla. En su colegio sus amigos le hacen ‘bullyng’ por decir que no. Sus primos hacen parte de estas bandas delincuenciales. A uno de ellos lo mataron el año pasado. Una de sus amigas, de 12 años, quedó embarazada. Tiene cuatro meses y el papá del bebé no quiere responder. Otra, un adolescente de 13, ha abortado tres veces. “ya se puso la pila en el brazo para no embarazarse más”, cuenta Sol.

[[nid:527523;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/ep001112046.jpg;full;{Lexan (de camisa blanco sin mangas), junto con sus amigos, tiene la Compañía Musical Walking on Money.Jorge Orozco | El País.}]]

 “Ahora, después de todo lo que he aprendido aquí, soy más segura, me siento más libre, más relajada para ser como soy.  Antes todo el mundo me caía mal. Me daba rabia que no hicieran lo que yo quería, aprendí que no es así, que se puede conciliar con los otros. Hablar. Tampoco quiero estar en la pandilla, como mis primos”. Sol quiere terminar el bachillerato y estudiar para azafata.

III

La calle está dura, maniga. Para estar aquí hay que conocer la movida. Un man puñalea a Sofía por un celular le quita la vida.

Salió en la prensa que dos gatilleros mataron a uno en el barrio Potrero Grande. Esperá parcero lo que viene. Unos matan por dinero y otros porque estudio no tienen.

Lexan canta mirando a la cámara. El antiguo jefe de una de las primeras pandillas de Potrero Grande ahora es integrante de una Compañía Musical. Canta, baila y compone. El video lo hace Diego, un ingeniero de sonido graduado del instituto Lasos,  que con una cámara prestada, hace las imágenes para luego unirlas a las voces en el estudio del Tecnocentro Somos Pacífico.

 Ellos, con otros amigos, hacen parte de la Compañía Musical Walking on Money. Rap, hip hop y dembow son sus ritmos.

“Hace años apenas empezaba Potrero Grande y yo ya tenía mi banda. Era el jefe de la pandilla de Los del Ponche de las Frutas, así nos pusieron. Ahora tengo mi banda pero de  baile y mi  música. Yo estaba como todos los días en las maquinitas. Sin camisa y descalzo, jugando cuando pasaron los de Paz y Bien, con su camisa azul, y me hablaron de la casa Francisco. Me invitaron. 

“Al otro día volvieron, yo estaba otra vez en la maquinita y me volvieron a decir que le dijera a amigos. Yo tenía a los del Ponche de las Frutas y los invité. Tres de ellos fueron pero cuando yo iba a entrar no me dejaron porque estaba sin camisa. Me quedé parado viendo desde la reja. Todos los días iba, cómo es que no me iban a dejar entrar, me quedaba ofendido,  si yo llevé a un mundo de gente. Un día la profesora me tenía una camisa y me la dio para que entrara”, cuenta Lexan.

 Cada vez que Lexan llegaba le tenían su camisa lista. Al principio no les creía mucho. “Aquí viene mucha gente a prometernos cosas y no cumplen, pero ellos se ganaron nuestra  confianza. Me hablaban como amigos, no era de una la carreta de te vamos a cambiar, no, eso no lo decían sino que eran algo como queremos ser tus amigos. Los lunes nos preguntaban qué hicimos el fin semana. Los martes era talleres de integración para aprender la Alteridad, entendí que lo que a mi me dolía a los demás también. Antes veía a alguien que no conocía y lo miraba rayado”, dice.

Ahora, Lexan tiene un grupo musical. Cuenta las historias de su ciudad: su Distrito. Y lucha por cumplir su anhelo, ese que escribía en la Casa Francisco Esperanza en hojas de papel: “Mostrarle a la gente que Aguablanca no es mala. Que Potrero Grande no es malo. Aquí hay gente buena, que estudiamos, que trabajamos, que soñamos. Con nuestro arte, con nuestra moda, con nuestra rumba”.

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