Así se entrenan los ‘rambos’ criollos que dieron de baja a 'Alfonso Cano'

Noviembre 20, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Laura Marcela Hincapié, reportera de El País.
Así se entrenan los ‘rambos’ criollos que dieron de baja a 'Alfonso Cano'

Prueba de la muerte. En los entrenamientos de las Fuerzas Especiales, tanto urbanas como rurales, los miembros son enterrados vivos. Respiran por un tubo que se pegan a la boca y sale a la superficie. El reto dura una hora. Así demuestran su resistencia.

Un ex miembro de las Fuerzas Especiales relató detalles de las pruebas extremas que enfrentan. El último operativo de este grupo terminó con la baja del ex jefe de las Farc, alias Alfonso Cano.

La misión: meterme en la boca del lobo. Acercarme lo que más pudiera al objetivo militar. Encontré un escondite a cien metros del campamento. Me camuflé entre la tierra y el monte. Si los guerrilleros estaban muy cerca, debía sumergirme por completo y respirar por un tubo que me llevaba aire de la superficie. Un mínimo ruido podría delatarme. Así pasé doce días: 288 horas.Otros cuatro compañeros estaban en las mismas condiciones, enterrados como cadáveres. Debíamos tomar las coordenadas del enemigo y memorizar su rutina. Todo eso siendo invisibles. Imagínese qué le pasaría a cinco militares en un lugar por donde circulan 200 guerrilleros. Nos comen vivos. Parece una historia de película, lo sé. Pero es real. A los comandos de las Fuerzas Especiales nos preparan para volvernos casi inmortales. Aprendemos a estar al lado de un guerrillero sin que nos note. ¿Cómo lo logramos? Con un entrenamiento más cruel que la misma guerra...En los últimos años, los golpes fuertes a las Farc han estado a cargo de un grupo selecto de hombres del Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada: las Fuerzas Especiales. Su último operativo terminó con la baja de ‘Alfonso Cano’. A esta élite sólo ingresan aquellos que logren sobrevivir a seis meses de pruebas que llevan el cuerpo más allá del límite. Un martes llegó la propuesta más esperada. El comandante de mi unidad -no me pregunte lugares ni fechas- me postuló para el curso de Fuerzas Especiales. ¿Se siente preparado?, me dijo. Aunque muchos no se le miden, para mí era un privilegio. Mi coronel no había terminado de hablar y yo ya tenía el morral en el hombro. El curso arranca en la escuela de Tolemaida, donde nos dan la bienvenida a los que somos conocidos como los hombres con las mejores capacidades físicas y psicológicas. Entonces, teníamos que demostrarlo. Las primeras pruebas fueron de tiro y saltos desde torres de 30 metros. Luego viajamos al Guaviare a la fase de selva. Allí empezó la pesadilla. Uno de los retos más duros fue el de secuestro. En la madrugada, cuando todo está oscuro y los animales pueden devorarte, nos tiran a la selva. Minutos después, aparecen hombres barbados que usan uniformes de las Farc. Se tratan hasta de ‘camaradas’. Nos amarran, nos golpean y luego nos encierran en jaulas a las que les prenden fuego. El calor se vuelve insoportable. Uno sabe que es un entrenamiento, pero el dolor es tan real que la mente te empieza a traicionar. Lo que se busca es demostrar que somos resistentes a condiciones extremas como el encierro. En otras pruebas nos preparan a ser invisibles. Cuando llegamos a esa fase ya habían salido diez hombres que no soportaron la presión. No es que hayan sido débiles, es sólo que estar en las Fuerzas Especiales requiere de una resistencia que, a veces, parece sobrenatural.El experimento consiste en no dejarnos atrapar. Nos llevan en helicópteros hasta un sitio de unas 20 hectáreas de selva. Al descender de las sogas, debemos escondernos de los entrenadores. Recuerdo que a mí me salvó una manguerita. Un día escuché que ésa era la clave para poder respirar debajo de cualquier hueco. Entonces busqué un sitio no muy llamativo y me hundí en el lodo. Así estuve cinco horas mientras los profesores nos buscaban. No me encontraron. Pasé la prueba. Los que se dejaron ver fueron amarrados a un palo. Se quedaron toda una noche sin comida y con los zancudos chupándoles la sangre.Esa dureza del entrenamiento es la que nos enseña a camuflarnos en los campamentos de las Farc. Así montamos puntos de observación. El operativo más duro fue en el que estuve doce días inmóvil. No puedo revelar a quién dimos de baja. En esas operaciones tan largas, la comida se empieza a acabar, pero no se puede salir hasta no tener toda la información para planear la acción de asalto, es decir, el bombardeo. En las misiones de camuflaje las Fuerzas Especiales nos alimentamos de los paquetes que caben en los bolsillos. Por ejemplo, una panela del tamaño de un celular nos tiene que durar varios días. Se saborea y se vuelve a guardar. También usamos mucho los cubos Maggi. Se muelen en un poquito agua y esa es la sopa. Otras veces nos llenamos a punta de chocolates o colombinas. Y cuando ya no hay nada que meterse a la boca, recurrimos a unas pastillas milagrosas. Uno se toma eso y queda tan satisfecho como si acabara de comerse un pavo entero. Esa es la magia de la guerra.En la Operación Camaleón el rescate de los secuestrados se logró gracias a hombres de las Fuerzas Especiales que se arrastraron dos días por la selva para llegar al campamento. En otros operativos como los que dieron de baja al ‘Mono Jojoy’ y a ‘Cano’, este grupo selecto de militares logró infiltrase en los campamentos de los cabecillas y vigilar cada movimiento.La gente se pregunta cómo sobrevivimos comiendo eso. Pero créame que estamos entrenados para cosas peores. En el curso nos dejan ocho días a merced de la selva. Aprendemos a matar una gallina con los dientes y comérsela viva. El ‘menú’ también incluye gusanos y otros insectos. Para rematar nos tomamos la sangre del chivo, porque sus nutrientes nos dan fuerzas. Cuando se trata de sobrevivir, nada es descabellado. ¿Cómo vamos al baño? La respuesta es simple: somos animales de guerra. Un comando de las Fuerzas Especiales está capacitado para hacer todas su necesidades en el hueco donde hace inteligencia. Sea líquido o sólido, todo se entierra. Pero hay que hacerlo muy bien, porque un mal olor nos puede delatar. Hay que cuidarse, especialmente, del olfato de los perros. Tenemos debilidades, claro. La mía es la familia. En los seis meses que dura el curso permanecemos incomunicados, como si el resto del mundo no existiera. Sólo antes de pasar a las filas de las Fuerzas Especiales nos dan un permiso para visitar el hogar. Mi esposa y mis hijas fueron muy pacientes. Yo no les contaba nada. Sólo les decía que estaba en lo mejor y que dos veces al año, sin falta, iba a verlas.No le niego que esa ausencia me partió el corazón. Sobre todo en esas miles de noches que se pasan en vela, porque lo máximo que uno duerme son dos horas. Pero por encima de ese amor al hogar está la fe en la causa. Esto no se hace por obligación. Es una convicción que te vuelve inmune a todo dolor.Esa fe en la causa explica por qué el hombre que cuenta esta historia, cuando tenía 18 años y sus padres querían comprarle la libreta militar, prefirió escaparse de la casa para irse al Ejército. De él sólo se puede decir que es atlético: mide 1.70 y pesa 74 kilos. También que es amable y risueño. Revelar otro detalle sería imprudencia. Su compromiso al entrar y salir de las Fuerzas Especiales fue mantener una identidad secreta. Como si fueran fantasmas.Cuando digo que el entrenamiento nos vuelve casi inmortales no me refiero a que seamos unos rambos inmunes a la muerte, sino a que aprendemos a no doblegarnos. Recuerdo que una vez me encontré de frente con un guerrillero. Fue en pleno operativo. Estábamos a unos diez metros de distancia. El fusil no me funcionó. Me desesperé. No podía creer que fuera a morir de esa forma tan estúpida. Me calmé y recordé el lema del entrenamiento: dejar que la mente controle los miedos del cuerpo. La munición reaccionó. El bandido sólo me hirió en el pie izquierdo.Más pruebasEl entrenamiento de las Fuerzas Especiales también incluye una prueba de agua. Los militares son tirados a lo profundo de un río como el Guaviare con un peso de 50 libras. Deben aprender a quitarse todo su equipo y salir a flote sin un rasguño. También hay una fase de páramo, en la que tienen que probar su resistencia en condiciones climáticas extremas como el frío. Algunos sufren de hipotermia. El tiempo promedio que un hombre está en las Fuerzas Especiales es cuatro años, sin embargo se puede ascender dentro del comando. Cuando no están en operativos de observación o bombardeos, los miembros de este grupo selecto entrenan durante todo el día.

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