Antología de los grandes disparates de la Justicia en Cali

Antología de los grandes disparates de la Justicia en Cali

Noviembre 03, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas | Editor Unidad de Crónicas de El País

Todas las semanas, casi a diario, los fiscales de esta ciudad deben atender casos que parecen salidos de un filme de Almodóvar. Crónica de disparates que entorpecen la justicia.

“Estaba con un amigo en una bomba de gasolina. Yo estaba atracando a alguien con un arma hechiza. Estaba de espalda y el policía comenzó a dispararme por detrás, como a lo loco. Mi compañero huyó en la moto, a mi me alcanzó un proyectil en la pierna izquierda. Yo caí al piso cuando el policía se arrimó sin chaleco, ni placa. Allí me cantó mis derechos y me trasladaron al Departamental, yo teniendo mi seguro. Me dijo que no estaba en condiciones de exigir nada. Entablé una denuncia ante la Procuraduría, de la Procuraduría trasladaron el caso a la estación de Fray Damián, donde lo cerraron por falta de pruebas. Por eso denuncio ante la Fiscalía”.Aunque parezca salido del absurdo, todo esto es real. La denuncia fue puesta a las tres y diez de la tarde del 17 de marzo del 2011 ante la Unidad de Reacción Inmediata, URI, del centro de Cali. El hombre que la interpuso, 18 años, estado civil unión libre, con estudios completos de primaria, llegó hasta ahí reclamando por lo que él consideraba había sido un atropello. Suena absurdo, sí, pero es real: el tipo creyó que la forma en que el policía interrumpió el atraco que él y su compinche hacían a mano armada, había sido una brutalidad. Pese a que el delito referente en la denuncia es abuso de autoridad, lo que hizo este pobre ladrón ofendido fue, prácticamente, acudir a la justicia reclamando su derecho al trabajo.***Un tipo conoce a una mujer mayor por internet. Se envían fotos, se coquetean, se dicen las infalibles mentiras piadosas que permite el cortejo virtual. Semanas después se citan en un hotel, tienen un encuentro sexual, el tipo desaparece. Pasado el tiempo, luego de buscarlo por todas partes, ella, herida en su orgullo, se desahoga escribiéndole en Facebook. Entonces ese muro que la gente utiliza para colgar fotos y frases y pensamientos que exponen su realidad inmediata, es convertido por la mujer en un muro de los lamentos. Y entre queja y queja, acusa al tipo de ser mal amante. Y con nombre propio lo sindica, también, de ser dueño de un muy pequeño recurso, casi diminuto, para hacer feliz a una mujer. Con su declaración de probada infelicidad, advierte a otras mujeres incautas de lo que es capaz, e incapaz, de hacer ese tipo que ella ahora señala. Ese es el comienzo de la historia.Porque la continuación sucedió en la Fiscalía. El tipo, hasta entonces invisible, apareció meses más tarde para interponer una denuncia contra la mujer abandonada. Aunque parezca un disparate, el fulano sintió que sus derechos habían sido violentados y decidió emprender una acción legal para hacer respetar la ruptura de su honor. En la argumentación que hizo ante un fiscal de Cali, dijo que esa mujer había dañado su buen nombre. Y pese a que trataron de disuadirlo para que conciliara con ella, para que hablara, resolvieran el conflicto sin necesidad de abrir un proceso con todo lo que eso conlleva, el tipo insistió. La mujer fue denunciada penalmente por injuria.***Este es un hombre cercano a los 50 años. Por razones que no quedaron expuestas, decidió aceptar el ofrecimiento y convertirse en mula del narcotráfico. Así que un día hizo lo que han hecho tantos: se tragó un racimo de cápsulas de látex rellenas de droga. Su intención era descargarse en Chile. Pero antes de poder hacerlo, una de esas cápsulas estalló en su estómago. La Policía, alertada por la bestialidad de los dolores, llevó al hombre a una clínica donde fue operado de urgencia para salvarle la vida. Y los médicos lo lograron. Después de la clínica, el hombre, claro, fue a dar a la cárcel. Y hasta allí, en medio de lo absurdo que resulta que todavía haya hombres con delirios de mulas, todo es normal. Lo descabellado aparece después, cuando el hombre recupera la libertad: su estómago, lleno de una rabia infundada, lo llevó hasta la Fiscalía para interponer una denuncia. Llegó hasta ahí alegando que la cirugía que le habían hecho para extraer las cápsulas de droga que llevaba dentro, quedó mal hecha. Que la cicatriz que le dejaron en el vientre era un esperpento inadmisible. Aunque suene graciosamente ridículo, esto también pasó. Una fiscal de la Unidad de Lesiones Personales de Cali conoce el caso, que ya fue archivado: la mula, denunció al cirujano que le salvó la vida argumentando irresponsabilidad médica.***Todas estas escenas, que podrían alimentar la extravagancia fílmica de Almodóvar, son película repetida en Cali. Todos los días, en esta ciudad donde hasta el 29 de septiembre se habían contado 1.528 muertes violentas, en esta ciudad donde Urabeños y Rastrojos se pelean las ollas de vicio a bala, en esta ciudad con 137 pandillas, en esta ciudad donde han sido robados 1.251 carros, en esta ciudad donde hace cinco años no hay Palacio de Justicia, en esta ciudad donde cerca de 200 fiscales tienen que arreglárselas para atender más de 60.000 procesos, en esta ciudad donde hay tanto por resolver, la gente también acude a los fiscales pidiendo que se investiguen cosas tan ridículas como esas: el supuesto derecho al trabajo de un ladrón, el honor roto de un embaucador de mujeres, la cicatriz antiestética de una mula del narcotráfico. De acuerdo con estadísticas de la Fiscalía seccional, 82.125 denuncias por distinto orden fueron interpuestas el año pasado en Cali. En lo que va del 2013 ya van 66.824. ¿Cuántas de esas hacen parte del absurdo? ***Elizabeth Sánchez Gaviria, fiscal coordinadora de la Uri de Cali, dice que aunque cerca de un 30% de las denuncias que reciben a diario nada tienen que ver con el derecho penal, la justicia no puede considerar disparatado ningún caso: “No hay denuncias absurdas. Uno, como funcionario público, no las puede considerar así. Si la víctima cree que el derecho que está exigiendo es exigible, uno lo tiene que escuchar. Nosotros, en la URI, tenemos funcionarios que se encargan de hacer un filtro en la recepción de denuncias. En la URI de San Francisco (frente a la iglesia), de 150 casos llegados a las manos del filtro, un promedio de 60 pueden ser reorientados”. La reorientación es, en otras palabras, una asesoría especializada para que el reclamante vaya la instancia exacta a la que corresponde la resolución de su problema. Entre los casos más comunes están los de la gente que llega a la Fiscalía para denunciar a alguien que ha incumplido en el pago de una deuda. Esos conflictos deben ser resueltos por jueces civiles porque, explica la Fiscal, son contratos. Otros de los casos comunes son los de las empleadas domésticas que llegan a denunciar la injusticia de algún despido o la demora de un pago. Ellas, entonces, gracias al filtro, son direccionadas a la Oficina de Trabajo.Pero el filtro no es infalible. Y muchas veces la gente se rehúsa a entender. Después de la inasistencia alimentaria (casos que deben ser atendidos en primera instancia por el Icbf) y la custodia de menores de edad, las amenazas entre vecinos son los casos más comunes entre denunciantes que se niegan a ser reorientados. “Hay personas a las que si se les niega la denuncia, alegan denegación de administración de justicia”, dice la Fiscal. Solo en el mes de octubre, en la sala principal de recepción de denuncias fueron interpuestas 3.887.Elmer Montaña, exfiscal de la casa de justicia de Aguablanca y abogado del exdiputado Sigifredo López, cree que la frecuencia en el disparate de las denuncias aún no ha podido ser conjurado porque en el país la ley sigue siendo muy flexible con quienes formulan falsas denuncias o denuncias sin fundamento. Eso, sumado que todos los servicios de la Fiscalía son gratuitos y a la difusión que ha permitido la popularización de los medios digitales, ha empujado a que cada vez haya más gente denunciando por cualquier razón. Muchos, además, dice Elmer, buscan la plataforma de la Justicia para legitimar sus fantasías.Cuando él era fiscal, recuerda ahora desde su despacho de abogado litigante, era usual que llegaran a buscarlo supuestas víctimas atribuladas por cosas espantosas que empezaban a contar de forma maravillosa. Y era coincidente que esas narraciones siempre quedaran suspendidas cuando él llamaba a su asistente para tomar la declaración formal. Camila, por ejemplo, fue una de esas supuestas víctimas que llegó hasta su oficina varias veces con el mismo pretexto: contarle que había sido abusada sexualmente por un policía de la estación de Los Mangos. Entonces, cuando empezaba el relato, daba detalles que al fiscal no le interesaban. Pero ella insistía y contaba y enumeraba y explicaba y dramatizaba. Y cada que Elmer le preguntaba cómo es que el policía había entrado hasta la casa que ella cerraba todas las noches con cadena y candado, la respuesta de Camila era la misma: “Por debajo de la puerta, doctor, es que él se vuelve un espíritu”.Detrás de un escritorio al que los legajadores de procesos irresueltos apenas han dejado espacio para que mueva el mouse de su computador, una fiscal de la Unidad de Lesiones Personales hace una cuenta que no debería hacer reir a nadie: cada mes, a esa unidad, llegan entre 35 y 40 denuncias. En esa unidad hay 15 fiscales. Por más absurdo que parezca un caso, después de que llegue a sus manos, el fiscal debe darle curso e investigar. En el caso del embaucador de mujeres, por ejemplo, fue necesario pedir a la Unidad de Delitos Informáticos que investigara la IP del equipo de donde salieron las supuestas ofensas, comprobar que efectivamente fueran hechas por la mujer señalada, conciliar entre las partes. Y un caso como ese, todos los casos como esos, dice ella, pueden tardarse un mes o dos o tres en ser investigados. El 90% de las denuncias por injuria, no tienen mayor sustento que una ofensa como la del tipo que sintió sus derechos violentados porque la mujer a la que engañó criticó sus estatura sexual. La fiscal mira a su al rededor y toma un respiro. Afuera, bajo el sol, hay una fila de gente tan larga como si esperaran por una película.

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