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Registro. Por: Gustavo Moreno M.
Colombia en la economía global
Septiembre 14 de 2007

El mundo se volvió un solo sistema comercial, financiero y, sobre todo, social. La integración comercial del mundo, interrumpida con la Primera Guerra Mundial, revivió después de la segunda y en años recientes se ha profundizado. Además, se han establecido el libre flujo de capitales a través de fronteras y la divulgación de ideas y valores con las telecomunicaciones e internet. En contraposición, no hay un clima propicio al libre flujo de trabajadores entre los países del mundo.

La Organización Mundial del Comercio ha fallado. La articulación comercial internacional ha ocurrido con desorden. EE.UU., la primera economía del mundo, optó por suscribir acuerdos preferenciales bilaterales bajo el rótulo impreciso de tratados de libre comercio. Colombia va a firmar un acuerdo de esta naturaleza, modificado por el Congreso de la contraparte, para el beneficio de nuestros enfermos. Además, ha liberado el ingreso de capitales y estableció en la Constitución de 1991 una autoridad monetaria más o menos independiente, cuya misión es proteger el poder adquisitivo de la moneda. Aunque su economía no tiene suficiente tamaño para evitar absurdas fluctuaciones en la tasa de cambio como consecuencia de flujos especulativos, ha logrado tener su propia moneda sin que el sistema colapse, como ha sucedido en otros países de América Latina. El rezago del país en ciencia y tecnología lo hace receptor de nuevas ideas y es evidente la disposición del país a recibir influencias culturales e intelectuales externas. Las vicisitudes de la economía y el desarraigo suscitado por la rápida transformación social, han motivado una costosa emigración que construye más lazos internacionales.

Colombia es, pues, representativa de los procesos de la economía global, sin capacidad para construir ventajas comparativas, pero con muchas posibilidades de avanzar de manera consistente. Enfrenta, sin embargo, un obstáculo serio: su fragilidad institucional, por el inadecuado diseño de los procesos y estructuras de sus poderes públicos y, sobre todo, por la prohibición del consumo de estupefacientes en las economías desarrolladas, con consecuencias perversas. No se encuentra la felicidad en las generosas normas de protección social que imperan en Europa Occidental ni en las oportunidades de construir patrimonio rápido, abundantes en EE.UU. Para atender la necesidad fisiológica de lograr estados alterados de conciencia se consumen sustancias que, entre otras razones, por el bajo costo de evadir la represión, se producen y distribuyen desde Colombia. Si se legalizaran los estupefacientes en los países ricos, el precio caería y el poder de las mafias desaparecería, como en EE.UU. cuando se admitió el consumo de alcohol tras la prohibición de los años 20. Esta propuesta es inaceptable para los votantes de esos países, aun en el largo plazo. Vivimos la guerra de la coca y asumimos el costo de la corrupción asociada sin posibilidad de triunfo. No hay estudios serios sobre las consecuencias económicas de las distintas estrategias para enfrentar estos flagelos ni un plan para crear conciencia entre las dirigencias de otras latitudes, incapaces de ofrecer satisfacción a sus asociados, así se produzca riqueza material. ¿Es esta la globalización que queremos?


 


 

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