El Editorial
La década de Blair
Mayo 12 de 2007
Diez años después de haber llegado a dirigir una de las naciones más poderosas sobre la tierra, Tony Blair abandona su cargo como primer ministro de Inglaterra por su propia voluntad. Tras de sí queda una larga estela de hechos positivos y un lunar, la guerra de Iraq, por los cuales será recordado.
Su triunfo del 2 de mayo de 1997 significó el inicio de un Gobierno laborista que, bajo los principios de La Tercera Vía propuestos por su joven líder, hizo el tránsito hacia los principios liberales. Fue esa, la transformación de su partido de un socialismo exigente a los principios del pragmatismo y el libre mercado, la principal razón para convencer a su partido y a los ingleses de la importancia de su elección. Y fue también la base para construir una economía confiable para los inversionistas, a partir de independizar el banco central y la política monetaria, generando crecimiento constante, más empleo y la inflación más baja de los últimos 30 años.
Por eso Blair logró gobernar rodeado del respaldo que le permitió manejar con amplitud asuntos como la paz en Irlanda del Norte entre católicos y protestantes. O hacerse reelegir con una amplia mayoría en los comicios del 2001. Su pragmatismo y su capacidad de producir respuestas políticas apropiadas a cada una de las situaciones le hicieron merecedor de la confianza de los ingleses, que incluso lo reeligieron en el 2005, aunque con una mayoría muy reducida y en medio de cuestionamientos por haber involucrado a Inglaterra en la invasión a Iraq.
Ese fue quizás el episodio más gris de toda su carrera como Primer Ministro. Cuando se iniciaba su gobierno, Blair afirmó su compromiso de lograr que Inglaterra y su generación de entonces no participaran en una guerra. Cinco años después, en el 2002, su alianza con George W. Bush y los fuertes lazos que unen a su nación con los Estados Unidos lo llevaron a respaldar e impulsar en Europa la cruzada para derrocar a Sadam Hussein, basada en los falsos supuestos de armas de destrucción masiva inexistentes.
Eso bastó para que dentro de su gobierno se dieran divisiones profundas que terminaron con la salida de varios ministros. Y para que la opinión pública empezara a darle la espalda, llevándolo a un triunfo justo en las elecciones nacionales, aunque el laborismo perdió un terreno importante en los ámbitos locales. Esos síntomas, sumados a la evidente fatiga de su partido por los largos años de su vigencia, y a la impaciencia de su ministro de Hacienda, Gordon Brown, por ocupar la casa de Downing Street, donde despacha el Primer Ministro, lo convencieron de que había llegado la hora de la partida.
El próximo 27 de junio, Brown, su correligionario y a quien se le reconoce papel primordial en los éxitos y la estabilidad económica de Inglaterra, recibirá la misión de continuar la obra que Blair construyó durante una década. Será el momento en que los ingleses empiecen a juzgar la obra de quien significó un aire renovador en el espíritu rígido y tradicional del que un día fue conocido como el Imperio Británico.
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alberto furman / cali
aunque no comparto la idiosincrasia inglesa,admiro al sr.blair,un gran lider, merecedor de un editorial
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