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Literatura
Rastros de erotismo en ‘María’
En pocas obras de la literatura colombiana hay un tratamiento del erotismo trágico, tan profundo y sutil como en María. El sólo tacto de las manos, de la mejilla interioriza una ansiedad de la cual Dios es partícipe de ese ritual amoroso, en el cual dolor y éxtasis se funden en un ímpetu fortísimo. Tras la imagen espiritual subyace la mujer enamorada.
Entre todas las mujeres de la literatura latinoamericana, María parece haber sido objeto de una maldición privilegiada. Su mundo espiritual, de una pureza moral intachable, está regido por una sortilegio en el cual el amor y el mal cohabitan en su corta y desdichada vida, como almas en pena. Pocos personajes femeninos de la literatura colombiana han sido tan carismáticos y llenos de virtudes y a la vez desgraciados como María, quien, a pesar de todo, conoció la traición, el engaño y el mal por los caminos del amor puro.
Ya desde el segundo párrafo del primer capítulo, cuando aún eran niños los dos protagonistas de la historia, se percibe esa carga de dolor sublime que regiría como en una especie de encantamiento el camino de María. Efraín cuenta: “En la noche víspera de mi viaje, después de la velada, entró a mi cuarto una de mis hermanas, y sin decirme una sola palabra cariñosa, porque los sollozos le embargaban la voz, cortó de mi cabeza unos cabellos; cuando salió, habían rondado por mi cuello algunas lágrimas suyas”.
De entrada, Jorge Isaacs puso en juego unos símbolos de pertenencia libertaria de unos niños que se dan esa licencia del juego que propende a la atracción física. Porque cabe imaginar, más allá de la historia, un antecedente que tiene como consecuencia unas lágrimas y el recuerdo de cabellos, nada gratuito, para lo que se avecina. Y esa manera narrativa de sugerir sin señalar, es clave para la compresión del relato interior, en el cual fervor y sensualidad se juntan en la precisión verbal.
Erotismo trágico
Isaacs escribió una obra de gran riqueza literaria, en la cual imaginación y sueño se amalgaman en un cuadro perfecto de una sociedad regida por un cristianismo oscurantista y conservador. Y, sin embargo, a pesar de tocar los últimos albores del romanticismo con algunos cuadros de costumbres, el autor, en el mejor de los sentidos, era un revolucionario que fue más allá de escenas realistas y que tocan el simbolismo.
Su vida, llena de riqueza aventurera, estuvo regida por la acción, las ideas y la palabra, También por la traición. Al morir dejó una vasta obra entre la cual figura una de las más hermosas novelas de amor y de una violencia vedada: ‘María’. Porque en el fondo, Isaacs, quien era un hombre apasionado y conocía el amor, la violencia y la muerte, creó un personaje de sensibilidad sublime que no escapa a los rigores del destino: la muerte.
Es difícil compartir el juicio crítico de José María Vergara y Vergara: “María es un idilio, un canto del hogar; una crónica casera, un conjunto de escenas dichosas y tristes, hábilmente descritas”. Conceptos como el anterior, tomados por la crítica tradicional han hecho que María sea vista como una novela simplista, de sentimentalismo lacrimógeno y visión errada, que penetró en las aulas y en la conciencia de la mayoría de los lectores, quitándole a la obra su profundidad dramática del amor.
La pasión que conlleva el personaje María es de una fuerza desgarradora y trágica, y va más allá de un idilio casero con escenas dichosas. Se puede decir que en pocas obras de la literatura colombiana hay un tratamiento del erotismo trágico, tan profundo y sutil como en María. El sólo tacto de las manos, de la mejilla interioriza una ansiedad de la cual Dios es partícipe de ese ritual amoroso, en el cual dolor y éxtasis se funden en un ímpetu fortísimo: “María esperó humildemente su turno, y balbuceando su despedida, juntó su mejilla sonrosada a la mía, helada por la primera sensación de dolor”.
Efraín, por el contrario, a pesar de ser el narrador de su biografía y de gozar de una aureola seráfica y una espiritualidad beatífica, no tiene el talante de María. De todas maneras, como dice Bataille, el fundamento de la efusión sexual es la negación del aislamiento del yo, que sólo conoce éxtasis excediéndose, trascendiéndose en el acto amoroso, en el cual se pierde la soledad del ser. Tanto si se trata de erotismo puro (amor-pasión) como de sensualidad de los cuerpos, la intensidad es mayor en la medida en que se vislumbran la destrucción y la muerte del ser.
En ese sentido, la unión de Efraín y María es una quimera anticipada; ese amor aleatorio está atrapado en la red de la tragedia, del dolor y el desgarramiento. El éxtasis que hace parte de toda la filosofía erótica, toca a Dios en el alumbramiento del dolor y la muerte. Fernando Charry Lara, en el prólogo al ‘Saulo’ de Isaacs, escribió: “Como Paolo y Francesca, como Romeo y Julieta, los amantes Abelardo y Eloísa son símbolos del amor desgraciado. Su conocida historia es parte del misticismo erótico”. Igual ocurre con María que se postra en un misticismo trágico de un amor sublime.
Sensualidad en suspenso
En la novela hay todo un sutil juego de la seducción que va más allá de la palabra, que contiene una carga erótica y que está dominado por el lenguaje de los gestos: las manos de Efraín al recibir las flores de manos de María, las miradas cruzadas, el roce de los cuerpos, los paseos, las lecturas compartidas con risas y palabras que se ciernen en toda una relación que enerva el cuerpo de los enamorados. El mismo ambiente que rodea a los protagonistas de la historia, está habitado por el lenguaje silencioso del deseo y, por momentos, todos esos gestos seductores parecen caer en la clandestinidad, lo que da a las escenas un sabor de pecado, sobre todo en María que parece desfallecer. El idilio del amor está trastrocado por el deseo de los cuerpos.
La doctrina cristiana, la prohibición como telón de fondo de la historia, es la lucha suprema entre el bien y las fuerzas del mal, que impiden la consumación física. Pero el erotismo en cuanto dolor y sublimación del deseo no realizado (el beso y el acto sexual), está presente en la novela. Los personajes se mueven por el camino de la incertidumbre, de la separación y lo imprevisto creando una situación trágica. En esa situación María corre a rezar a la virgen por su deseado Efraín.
Si bien es claro que el amor entre Efraín y María dejan la sensualidad en suspenso, plantea, a propósito de la pasión, la cuestión del mal. Bataille diría: como si el mal fuera el mejor medio para expresar la pasión. El peor mal para María es verse alejada de su amado Efraín; esa es su desgracia: “Las almas como María ignoran el lenguaje mundano del amor; pero se doblegan estremeciéndose a la primera caricia de aquél a quien aman, como la adormidera de los bosques bajo el ala de los vientos”.
Este pasaje, de una fuerza interior palpable, muestra a María como si caminara por una cuerda tensa entre el bien y el mal, en medio de una angustia constante, en la cual, ante una sola mirada fugaz de Efraín, ella se doblega en un hechizo gratificante y su rostro se arroba en colores.
Pero todo este discurso lingüístico va más allá de la simple quimera del amor platónico, como es la creencia. El fuego que corre por las venas de esta virgen devota, no es completamente ajeno a Efraín, que prefiere el lado quimérico.
El éxtasis de la muerte
Él suspira quedo por algo que escapa a su espíritu de lucha. Sus convicciones espirituales, regidas por un patriarcado atroz, conllevan, en el fondo, el lado oscuro que encierra la prohibición.
Pesa mucho en la historia de la novela el eje patriarcal, con sus leyes y su centro de poder. Las leyes, la prohibición que impone el padre. María, por el contrario, está dispuesta a darlo todo por él, incluso la vida. La prohibición es una singularidad de la literatura erótica y en María es omnipresente.
Si bien la novela está narrada en la primera persona del singular, hay momentos en que la voz del autor se funde con la del narrador, viajando por unos vasos comunicantes que tienen como receptor a Efraín. En algunos pasajes, como el anterior, que tocan la interioridad de María, se puede percibir la voz de Isaacs de manera objetiva.
Isaacs al pintar a María, revierte un poco su alma. En ese sentido, es acertado el criterio de Fabio Martínez, quien escribió en ‘La búsqueda del paraíso’: “Isaacs recordaba el último viaje que hizo Efraín, aquel personaje de tinta y papel que él inventó una noche lluviosa en La Víbora y que encarnaba el ideal de su padre y la antítesis de Isaacs”.
Efraín en nada se parece a su creador y sí mucho a María. Se puede decir, como en Flaubert, que Isaacs es María, el enamorado trágico. También un soñador y María un sueño de su conciencia trágica.
El amor, la experiencia mística y la muerte son la constante del discurso narrativo en María y todo ello tiene que ver con el lenguaje erótico de la novela. Ya en el capítulo XV, cuando María cae a cama y se evidencia su enfermedad, las sombras de la muerte bordean la cama, la naturaleza, los corazones de los presentes, que parecen caer en el oscurantismo, mientras una ave del mal agüero ronda la escena.
Luego el padre y la madre llaman aparte a Efraín y le reconvienen la conducta de su apasionado amor. Queda claro que Efraín ama a María y, sin embargo, los tres acuerdan, de manera tajante y perversa, callar ese amor por un plazo de cinco años. Después de lo cual, si se dan las condiciones ella será su esposa.
El criterio del padre es que el silencio es la mejor cura para María. Pero además de esta componenda que encierra el mal, hay otro pacto: aceptan que M... quien ha pedido la mano de María para su hijo Carlos, los visite: “Mía o de la muerte, entre la muerte y yo, un paso más para acercarme a ella, sería perderla; y dejarla llorar en abandono, era un suplicio superior a mi muerte”, dice el desdichado Efraín, impotente frente a las pruebas que le ha puesto su padre.
Efraín sufre, y su estado espiritual ambivalente queda abocado a los designios del porvenir que se cifra tormentoso y ruin: “Nada le debes prometer a María, pues la promesa de ser su esposa una vez cumplido el plazo que he señalado, haría vuestro trato más íntimo, que es precisamente lo que se trata de evitar”, le reconviene el padre a Efraín en conspiración con la madre.
Efraín acepta la visita de Carlos (su amigo de colegio) y promete no manifestarle su amor a María. Lo cual, como se puede ver entre líneas, a la larga, ella se va a dar cuenta del engaño, pero su amor está por encima de odios y rencores.
Luego, con el viaje de Efraín, María desfallece cayendo en un ostracismo místico y de ahí a la muerte sólo hay un paso. Sin lugar a dudas la ausencia de Efraín socava el frágil corazón de María llevándola a la muerte. En ese sentido Eros y Tánatos, son sinónimos de ese amor trágico de María.
El padre de Efraín, haciéndose necesario que su esposa procurase darle una conformidad que ella misma no podía tener, exclama, en un acto de culpabilidad: “Yo, decía él, yo, autor de ese viaje maldecido, ¡la he muerto! Si Salomón pudiera venir a pedirme su hija, ¿qué habría yo de decirle?”.
Quien ama sin reticencia se pierde, escribió Walter Muschg en la ‘Historia trágica de la literatura’. Todo amor auténtico es también una muerte. Los débiles no pueden, los egoístas no quieren entregarse hasta tal punto.
El reino del amor es ilimitado. La mujer puede significar absolutamente todo: la seducción a la perversidad, la suprema realización terrenal o la liberación de lo mundano, y en ese sentido Jorge Isaacs hizo del amor entre Efraín y María una tragedia del hechizo erótico. Y como muy pocos, proclamó el éxtasis con un sutil toque voluptuoso hasta el amargo fin. Y como en Romeo y Julieta, el éxtasis amoroso se convierte al fin en éxtasis de muerte |
Eduardo Delgado Ortiz,
especial para GACETA
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