Actualidad. Por María Antonia Garcés
Viaje a Sicilia
Enero 23 de 2006
María Antonia Garcés
En diciembre pasado, un nuevo proyecto de investigación me llevó a incursionar otra vez en Sicilia, esa isla mediterránea que cuenta con tres mil años de historia tempestuosa. La extraordinaria belleza de Sicilia, el intenso azul de su mar Mediterráneo y la grandiosidad de las montañas que descienden hasta sus costas, impactan al visitante. Nada es sutil en esta ínsula de paisajes esplendorosos que contrastan con montañas agrestes, de playas espectaculares que chocan con volcanes imponentes, como el Etna.
Ciertamente, Sicilia refleja la mezcla de civilizaciones que se asentaron en su suelo durante milenios: En el siglo VIII A.C., los griegos fundaron colonias y ciudades que posteriormente fueron desarrolladas por los romanos en su conquista de la región. A su vez, los árabes invadieron la isla en el siglo IX, construyendo magníficos edificios que, tres siglos después, serían convertidos en palacios por los nuevos conquistadores normandos. Las fachadas de estas mansiones ostentan ora el severo estilo gótico, ora el exuberante barroco, introducido por los españoles en el Siglo XVI. Los avatares históricos de Sicilia influyeron en la riqueza de su cultura y de su gastronomía, que refleja tanto las tradiciones mediterráneas como las artes culinarias del norte de África y del Medio Oriente.
Desde la ciudad medieval de Taormina, erigida sobre un acantilado, con su magnífico teatro griego; a la antigua urbe de Siracusa, donde vivió Platón; a la sofisticada Palermo, con sus palacios arabo-normandos y barrocos; al espléndido Valle de los Templos de Agrigento, donde se alzan varios templos griegos, el viaje a Sicilia constituye una exploración de las civilizaciones mediterráneas. Se comprende, entonces, que eminentes viajeros, como Goethe en el XVIII, hayan plasmado sus impresiones del viaje a Sicilia en cartas o ensayos que reflejan la emoción del descubrimiento. Los monumentos clásicos de la isla, sus iglesias barrocas, la vitalidad de sus gentes, la fecundidad de sus campos, la visión del alba divisada desde el cráter del Etna, se plasman en historias deliciosas.
Goethe consignó sus impresiones de su excursión a Italia, realizada entre 1786 y 1787, en una serie de relatos. El poeta alemán se interesó por las gentes de Italia, por sus paisajes, por sus monumentos, por su arte clásico, por su naturaleza. Su aventura italiana culminó en Sicilia. El 2 de abril de 1787, Goethe desembarcó en Palermo. Dos semanas después tuvo una intuición sorprendente: “Sin la Sicilia no se puede uno hacer una idea de Italia: Sicilia es la clave de todo”. Luego partió a caballo, acompañado por su amigo, el pintor Kniep, hacia Agrigento. La visita de los templos griegos -el de la Concordia, el de Juno, el de Zeus y el de Esculapio- conmovió profundamente al poeta. Al finalizar su viaje, Goethe se pregunta por el sentido de su periplo siciliano: “Resumiéndolo todo, no vimos sino los vanos esfuerzos del hombre por resistir a las fuerzas de la naturaleza, a la perfidia [...] del tiempo, al furor de su propia discordia y hostilidad. Los cartaginenses, los griegos, y no sé cuántas otras razas más, han construido y han destruido”. Sicilia le había revelado a Goethe a Grecia, y con Grecia, al mundo clásico. Estas notas son un homenaje al ilustre viajero que me precedió en esas tierras y, a la vez, un canto a Sicilia.
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