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Perfiles. Por: General Álvaro Valencia Tovar
Objeción de conciencia
Diciembre 07 de 2009

La Corte Constitucional, en su infinita –y algo petulante- sabiduría, aprobó la objeción de conciencia para diversos aspectos de la vida pública de las personas en su relación con el Estado, entre ellos el servicio militar obligatorio. En medio de un conflicto armado en el cual está en juego el destino de la Nación, lejos de brindar una puerta de escape a la juventud, se debería estimular el cumplimiento del precepto constitucional. “Todos los colombianos están obligados a tomar las armas cuando las necesidades públicas lo exijan para defender la independencia nacional y las instituciones públicas”.

En un país donde se glorifica la trampa, se miente, se defrauda al Estado y se incumplen los mínimos deberes ciudadanos, aducir la objeción de conciencia es recurso ideal para eludir el servicio militar, que si obligatorio antes lo es más ante la amenaza armada de pandillas de toda laya, movimientos terroristas y narcotraficantes. ¿Querrán los inefables magistrados explicarnos cómo se comprobará la objeción de conciencia? ¿Aparte de la palabra del jovenzuelo y de sus padres y acaso de conocidos o maestros, qué prueba fehaciente podrá exigirse? En el caso improbable de que la objeción fuese rechazada, la tutela será fallada a favor de la ‘víctima’, con base en el libre desarrollo de la personalidad, otro argumento favorito de la Corte.

El 30 de noviembre, una ilustrada dama escribió en El Tiempo, bajo el título ‘Dar la vida por nosotros’, una crítica mordaz contra las vallas que enaltecen el heroísmo del soldado y su determinación de dar la vida por sus compatriotas, aun cuando no los conozca. Asimilando las frases militares a propaganda comercial, señala: “...en eso consiste la publicidad. A usted le dicen ‘La Fina’ y usted canta ‘la Margarina’, sin darse cuenta. A usted le dicen ‘los héroes en Colombia sí existen y usted completa inconscientemente el enunciado: ‘Ejército Nacional”.

De esta cáustica y absurda comparación pasa la columnista a una diatriba contra la guerra, de la cual inculpa subliminalmente al Estado, que considera culpable de que ésta exista y de que “los tiranuelas en sus despachos necesitan nuestro miedo”. En este juego de la sinrazón, el servicio militar resulta un oprobio. La dama no quiere que algún día su hijito muera por un desconocido ni que otro desconocido muera por ella. Muy bien. Para que nadie muera, entreguémosle la Nación a las Farc.
 


 

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