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Registro. Por: Gabriel Rosas Vega
Cambiar las preguntas
Diciembre 06 de 2006

Ante el panorama que muestra el desarrollo social de nuestro país, cabe pensar sobre si vale la pena seguir preguntando: ¿cuánto produce la Nación?, o más bien: ¿cómo se encuentran sus habitantes? En realidad, desde mi punto de vista, es indispensable evitar la aparente dicotomía que suponen los dos interrogantes, porque el objetivo fundamental del desarrollo es mejorar las condiciones de vida de la población y ampliar las oportunidades de progreso de las personas. Pero para que eso se pueda lograr es indispensable, al mismo tiempo, que la economía crezca, pues sin este ingrediente no es factible obtener ningún mejoramiento permanente del bienestar humano.

Con todo, el sólo crecimiento tampoco es garantía suficiente para alcanzar el sano propósito. Es claro que elevadas tasas de crecimiento no se traducen de manera automática en grados más altos de bienestar. Así, entonces, de lo que se trata es de establecer un vínculo muy estrecho y fuerte entre la evolución cuantitativa de la economía y el desarrollo humano, dado que los dos interactúan en forma recíproca para llegar a la meta deseada por toda la sociedad.

El meollo del asunto consiste, pues, en conciliar los objetivos de crecimiento y equidad o, más exactamente, incorporar el de la equidad en la formulación y ejecución de la política económica, tanto de corto como de mediano y largo plazo. En pocas palabras: borrar el divorcio que suele darse entre política social y política macroeconómica.

La preocupación por la equidad debe combinar el control de los equilibrios macro con el crecimiento y el mejoramiento de las condiciones de vida de los sectores mayoritarios de la población. Y aunque el asunto no es fácil de llevar a la práctica, no podemos olvidar que el éxito de la gestión depende de lo que se pueda hacer en este terreno.

Dentro de esta orientación, el elemento fundamental es cambiar la tendencia a separar la política económica de la social, subordinando esta última a los dictados de la primera y a creer que es la única responsable por la equidad. Este enfoque ha favorecido la coexistencia entre una política económica que con mucha frecuencia impulsa la concentración de la riqueza y del ingreso –ahora más que antes– y una social que trata de compensar las desigualdades derivadas de aquella.

De manera tajante hay que decir que para el buen suceso de una concepción equitativa del desarrollo, es indispensable modificar este enfoque. Y la razón es sencilla: la preocupación por la equidad no puede estar encasillada en los servicios sociales tal como lo pretenden los planes de los gobiernos y la insistencia de los parlamentarios, sino que debe trascender todos los aspectos de la política. Los problemas sociales y sus soluciones deben tomar su lugar en la planeación global, evitando su aislamiento y su subordinación al objetivo del crecimiento económico.

Si por un milagro de la vida logramos salir del estereotipo de política económica imperante, se podría comprobar rápidamente que cuando se otorga un papel decisivo al aumento de la demanda efectiva de los estratos de ingresos medios y bajos en el impulso del crecimiento, la defensa de sus condiciones de vida contribuye a dinamizar el conjunto de la economía.

Parafraseando una expresión del informe sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas, cabe decir que el ser humano es el centro de atención y no se puede permitir que él se forje alrededor del desarrollo, sino que el desarrollo debe forjarse alrededor de él.
 


 

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