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Revolturas. Por: Gloria H.
Y de los celos infantiles, ¿qué?
Agosto 21 de 2007

Al hablar de la infidelidad que, en definitiva, es tan variada, tan difícil de definir, tan natural como humana, pocas veces se hace referencia a los celos que experimentan los hijos y las hijas cuando su padre o su madre andan con otro u otra. El tema de la posesividad de éstos respecto a sus padres es más grave de lo que parece. Porque ya sean hijos e hijas amparados por el padre o la madre ofendidos, ya por la dependencia que tengan de ellos o porque no lo soportan, los celos de los hijos respecto al amigo o amiga de sus padres, son descomunales. Viscerales, diría yo. Nacidos del centro de las entrañas y, por lo mismo, con actitudes muy primarias, estos celos no soportan reflexiones ni mediaciones. Simplemente no. Sus padres no tienen derecho a tener otra persona. Su papá o mamá no pueden voltear a mirar a nadie. Su padres están condenados a aguantar, soportar, sufrir, amargarse o esconderse, pero jamás pueden concebir que tengan otra persona que reemplace en el corazón del progenitor la relación con el padre o la madre de la criatura ‘ofendida’. Deben ser célibes de por vida. Y no son sólo niños los que asumen estas actitudes. Adolescentes, jóvenes y mayorcitos se oponen con fiereza a los reemplazos y papá y mamá terminan casi ‘pidiendo permiso’ para vivir una sana sexualidad. Papá y mamá terminan escondiéndose, justificándose o solicitando comprensión, como si los hijos e hijas fueran los dueños de su mundo.

En mi consultorio escucho todos los desmanes posibles de hijos e hijas celosos porque sus padres han terminado la relación y andan con otro u otra. O porque sin terminar oficialmente, están entretenidos mirando para otro lado. Por aburrimiento, por desilusión, por inestabilidad, por amargura, por enfermedad, por humanos o por todas las anteriores, un ser humano mira para otro lado en su relación y los hijos e hijas se convierten en fieras que reclaman, persiguen, ofenden y generan escándalos. Hay historias de odios donde se llega a perder el sentido de las proporciones: romper la ropa del otro u otra, untar de crema dental los cosméticos, tomar plata del bolsillo, inventar chismes y hasta tirar los pasaportes por la ventana. No importa. Lo que vale la pena es hacer daño, aburrir o volver la relación insoportable para darla por terminada. Claro, se necesita alma de torero para no dejarse engarzar de tal avalancha. Son más fáciles de lidiar los celos de la pareja que los de hijos. Si papá y mamá conocieran cuánto daño les hacen cuando se dejan chantajear por ellos o cuando acceden a ‘terminar’ su relación para que sus hijos no se los reprochen, si conocieran las nefastas consecuencias en el mundo emocional de sus retoños, asumirían una actitud más firme. Los hijos e hijas no deben involucrarse en este problema y, mucho menos, el cónyuge ofendido utilizarlos para hacer gavilla. El plural en el lenguaje es la prueba inequívoca de la confusión familiar: “tu papá nos abandonó”, “la traición que nos hizo tu mamá”. Estos celos, repito, son viscerales y desproporcionados. Pero claro, si el cónyuge ofendido da pedal…
 


 

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