Irreflexiones. Por: Óscar López Pulecio
La mujer y sus amantes
Agosto 19 de 2006
“Si usted no puede leer mis silencios, usted no es nadie”, le dice la Reina Isabel I de Inglaterra a uno de sus ministros, en una frase que resume la extensión de su poder absoluto. Es 1579 y han pasado 20 años desde su ascensión al trono por una serie de casualidades donde la muerte es su aliada. Su medio hermano, Eduardo VI, ha muerto en plena juventud; su media hermana, la hija legítima a los ojos del Papa, María la ‘Sanguinaria’, quien se ha casado con quien será nadie menos que Felipe II de España, ha muerto sin herederos. Queda ella, la hija de Ana Bolena, el gran amor de Enrique VIII, que va a restituir el carácter protestante del trono inglés y va a convertir su reino frío y distante en una potencia mundial.
Pero es también una mujer madura y apasionada, que se enamora de hombres imposibles. Ese aspecto de una vida que ha sido llevado a la pantalla muchas veces, protagonizada por actrices como Bette Davis, Glenda Jackson y Cate Blanchett, es el tema de la extraordinaria miniserie de televisión de Home Box Office, dirigida por Tom Hooper con Helen Mirren, primera dama del cine británico, en el papel principal. Bette Davis crea una heroína romántica; Glenda Jackson, en una actuación memorable, recrea la tensión entre Isabel y María Estuardo, Reina de Escocia y pretendiente católica al trono; Cate Blanchett es una Isabel temerosa a quien le cae la corona en las manos; Mirren es todo eso y más. Es la monarca absoluta, cuya voluntad es ley; la reina que no puede casarse porque no encuentra un par a su altura; la mujer enamorada que cree poder controlar el corazón de sus amantes como si fueran sus súbditos.
Robert Dudley, Conde de Leicester y Robert Deveraux, Conde de Essex, son los hombres en la vida de Isabel. El primero, el amor de su vida y su consejero; el otro, 30 años más joven que ella, arrogante, apuesto. Su tragedia es que ambos ven a la reina como su amante no su soberana. Ella los ama, los llena de honores y rentas, los castiga, los perdona. El uno muere en sus brazos, el otro pierde la cabeza. La mano que satisfacía todos sus caprichos, aun frente a las razones de Estado, es la que firma su sentencia de muerte. Helen Mirren crea un personaje excepcional. Su rostro ajado brilla con el amor del joven Essex, que se refleja en ella como en un espejo; sus ataques de histeria ante las traiciones de sus amantes con mujeres más jóvenes; la frialdad de sus decisiones que costaban vidas y ejércitos; su aire desamparado de mujer sola sobreimpuesto al férreo carácter del gobernante. Una mujer frágil con el estómago de un rey, como ella misma se describe.
Todo el montaje excepcional de época es apenas una puesta en escena para la gran actuación dramática. La Mirren, sola, en un escenario teatral, con una simple túnica, hubiera logrado el mismo efecto que consigue rodeada de su corte, vestida como una diosa: mandando, humillándose ante su amante, arrancándose el corazón para mandarlo al patíbulo. “Los reyes no hacen trampa, le dice a uno de sus ministros, cambian las reglas para acomodarlas a su voluntad”. Y añade, desde la cumbre de su poder: “Es el corazón el más difícil de gobernar”. A su muerte, sola, envejecida, su trono va a dar a Jacobo VI Rey de Escocia, hijo de María Estuardo, a quien ella ha condenado a muerte. Así, dos reinos enemigos se unen gracias a esa mujer que ha hecho todo por el amor y por el poder, menos lo que se esperaba fuera la más simple consecuencia de uno y otro ejercicio: un heredero. Un ejemplo más de cómo pasa la gloria del mundo.