Proposiciones o varios. Por: Eduardo José Victoria Ruiz
De viaje con I-pod
Agosto 19 de 2006
¿Se ha hecho la reflexión de qué cada vez que encontramos un gusto pronto le surge una limitante? Miremos: ¿cuántos no desean la jubilación para gozársela merecidamente? Pues, usualmente, ésta coincide con la artritis, la osteoporosis o los problemas de oído que les impiden viajar. Cuando apareció la liberación sexual y pensamos que esa ventanita podría traer su encanto, salió el sida y quietos en primera. Estas reflexiones las hago como consecuencia de que ahora, que tenemos a Uribe y podemos salir a hacer turismo por carretera con la familia unida y podemos gozar dentro del carro a los hijos, sus amigos, yernos y nueras, se nos ha aparecido el I-pod.
Este aparatito es, en principio, una maravilla. Permite seleccionar y grabar miles de canciones con el gusto exclusivo de su propietario. Sin propagandas lobas ni comentarios desabridos de locutores, sin ladrillos musicales y con la certeza que no oiremos la melodía que nos recuerda aquella que nos encarretó y se fue, el I-pod permite que el oyente arranque a oír su música en Tierra del Fuego, Argentina, y cuando pase por Alaska aún le queden canciones pendientes sin que se haya repetido una sola.
Pues precisamente eso tan bueno es el problema. Hoy, a bordo del carro reparado, ‘polichao’, los muchachos se suben, pero con el I-Pod. Sabemos que los chicos van allí porque, de vez en cuando, tararean algo destemplado o mascan chicle. Del resto no hay un comentario ni un suspiro ni siquiera un "tengo hambre". Para ellos, el resto del carro es la estratosfera. Adicionalmente, el sonido del I-pod es tan alto que por las patillas de ellos, o por la depresión del cachete izquierdo, salen los sonidos bajos. No se sabrá jamás a qué canción pertenecen, es sólo una masa de ruidos ininteligibles que harán que el resto del carro no le pueda poner a la abuelita ‘Señora María Rosa’ y, mucho menos, cantársela, pues son varios I-pod contra Garzón y Collazos.
Para romper esta tétrica rutina, los papás tratamos de ser propositivos. Buscamos qué podría concentrar de nuevo la atención familiar. Aparentemente nada. Una luna espectacular, una pinchada de llanta, una cascada invitadora, un burro con tres cabezas, un elefante que se voló del circo, absolutamente nada conmueve a los muchachos con I-pod. A lo notoriamente extraordinario contestaran con el dedo pulgar hacia arriba o con una leve alzada de cejas. A las preguntas, con un adormilado "¿que qué?". A la segunda pregunta con la misma respuesta más alta y grave, pues les implica quitarse ese aditamento que ha hecho simbiosis en su humanidad. Es como arrancarse una ceja o desatornillarse la oreja misma.
Por eso, la felicidad regresa al bajar del carro para entrar a la fonda caminera. Porque para pedir lechona o jugo, o para saber donde queda el baño, es requisito tener libres los oídos. Es en ese escaso momento cuando el I-pod queda abolido, anhelo que éste sea eterno. Que la interacción de la familia perdure alrededor de la mesa, así a ésta le tenga que poner rodachines para seguir el recorrido. Sueño, entonces, que si eso pudiera ser realidad, ¿donde dejaría el I-pod?, pienso que en las orejas del aburrido chancho de la vitrina, bajo el bombillo tolimense. Pero eso es soñar en vano. En lugar de I-pod, siento en mí un I-diot.