Tribuna. Por: Rodrigo Guerrero
Homilía para no creyentes
Abril 07 de 2007
En columnas anteriores he mencionado que la influencia de los genes en el comportamiento humano es tan importante, si no más, que la cultura. Los humanos estamos al final de la escala evolutiva y nuestra conducta refleja, al mismo tiempo, dos naturalezas: la biológica, arraigada en la evolución y plasmada en los genes a lo largo de millones de años, que por la necesidad de sobrevivir nos impulsa a la reproducción y a la autodefensa a través de la agresión; y la espiritual, arraigada en la cultura, cuyos aprendizajes se transmiten en el brevísimo tiempo de la vida de cada individuo y nos mueve a vivir pacíficamente en sociedad. La primera, nos hace propensos al desenfreno, la segunda, nos propone ideales de autocontrol y convivencia y nos invita a construir comunidades de paz. El mismo San Pablo vivió este conflicto cuando dijo: “No entiendo mis propios actos: no hago lo que quiero y hago las cosas que detesto… cuando quiero hacer el bien, el mal se me adelanta. Romanos 7:14–24.
Revisemos, desde un plano natural, algunas de las recomendaciones que los filósofos y las religiones han propuesto para ordenar el conflicto entre el ‘hombre’ y el ‘animal’.
En el Siglo V antes de Cristo, Sidarta Gautama, más conocido como Buda, les recomendaba cinco preceptos a sus discípulos principiantes para ponerse en el camino de la felicidad: abstenerse de atentar contra la vida, abstenerse de tomar lo que no es propio, abstenerse de mentir e incurrir en conductas sexuales inmorales y no consumir sustancias que alteren el estado le la conciencia. A los discípulos más avanzados les recomendaba leyes más estrictas de alimentación, abstinencia de la bebida y conducta sexual.
En la tradición judeo-cristiana, compartida también por el Islam, aparecen los diez mandamientos que Yahvé le entregó a Moisés: No mates, no robes, no atestigües en falso contra tu prójimo, honra a tu padre y a tu madre, no codicies los bienes ni la mujer de tu prójimo y no cometas adulterio. Acuérdate de santificar el sábado en honor de Yahvé, tu Dios […](Éxodo 20: 1–20)
Las normas propuestas por Cristo, descritas en los evangelios, desarrollan aún más las normas de convivencia propuestas por Buda y Moisés. Cito a San Lucas (6:27-–38): “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen y oren por los que los injurian. Si alguien les pega en una mejilla, ofrezcan la otra y si alguien les quita la capa, déjenle también la túnica. Den al que pide, y al que les quita lo suyo, no se lo reclamen. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los malos aman a los que los aman. Y si hacen el bien a los que les hacen el bien, ¿qué gracia tienen? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestan cuando esperan que les paguen ¿qué mérito tienen? También los pecadores se prestan unos a otros, con intención de recobrar lo prestado. Amen más bien a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada, y será muy grande la recompensa... No juzguen y no serán juzgados. No condenen y Él no los condenará. Perdonen y Dios los perdonará. Den y Él les dará, les llenará la medida con creces, hasta el borde. Pues la medida con que den será la medida con que reciban”.
El modelo de convivencia propuesto por el cristianismo es una meta difícilmente alcanzable, a la cual sólo se aproximan los santos, pero no cabe duda de que, si todos las practicáramos, viviríamos más felices y en paz.
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