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La plana. Por: Julio César Londoño
La noche de Miranda Lindsay
Abril 07 de 2007

Aunque el erotismo de la obra de Gabo no se caracteriza por la delicadeza, hay un pasaje de El general en su laberinto que parece armado con pinzas. La primera escena transcurre en una reunión social en Kingston, Jamaica. Bolívar hipnotiza al auditorio con sus relatos de páramos y batallas, de triunfos y traiciones. De repente entra una mujer que lo deja mudo. Es Miranda Lyndsay, esposa de un agrimensor inglés. Es altiva, pero su expresión delata el enorme esfuerzo que le demanda la fidelidad.

Ella también está impresionada. Es la primera vez que está frente al Libertador. Le parece mucho mayor de sus 32 años, óseo, pálido y con el cabello largo hasta los hombros. Tiene una corbata blanca y una gardenia en el ojal. “Vestido así, en una noche libertina de 1810, una puta galante lo había confundido con un pederasta griego en un burdel de Londres”.

A la hora del té, Bolívar aprovecha un momento de voces altas para pedirle una cita. Miranda le regala su mejor sonrisa y sus ojos dicen mil cosas, entre ellas NO.

Días después, él recibe un mensaje insólito. Es una boleta de ella para que vaya en la noche del sábado, solo y a pie, a cierto paraje. Bolívar sopesa la situación. Sabe que Kingston hierve de conspiradores, reconoce que acudir a esa cita es no sólo un riesgo inútil sino una insensatez histórica, pero al final tiene que aceptar que no hay nada más tentador que el enigma de una mujer hermosa.

Ella lo esperó sola a caballo en el lugar previsto y lo llevó en ancas por un sendero invisible hasta una ermita abandonada. Se sentaron frente a frente en dos bancas rústicas, iluminados por el fuego de una atorcha clavada en el muro. Él iba en mangas de camisa, con el cabello recogido en cola de caballo con una cinta roja, y Miranda lo encontró más atractivo y juvenil así.

Sus rodillas casi se tocaban. Bolívar le tomó las manos y le recitó un poema que mezclaba requiebros amorosos y fanfarrias de guerra en octavas reales. Miranda sonrió como la primera vez y él trató de besarla, pero ella volteó la cara: “Todo se hará a su tiempo”, dijo.

El Libertador contraatacó varias veces, pero siempre fue esquivado con fintas gráciles. Al alba, desesperado, sacó el as: “A las tres de la tarde me voy para siempre en el barco de Haití”. Ella se levantó con una dignidad casi ofensiva: “Entonces buen viaje, Libertador. Los hombres afanados no son buenos amantes”.

Cuando Bolívar regresó a su casa, encontró a su amigo Felix Amistoy desangrado en la hamaca donde él hubiera estado de no ser por la falsa cita de amor. Lo había vencido el sueño mientras esperaba que él volviera para darle un mensaje urgente. Un sirviente manumiso, pagado por unos conspiradores entre los que figuraba el marido de Miranda, le había asestado once puñaladas.

Ella conocía la conspiración. Amaba a su marido y admiraba a Bolívar. La cita fue la única manera que concibió, luego de largas noches de insomnio, para salvar al Libertador sin delatar a su marido.

Bolívar siempre creyó que todo fue un golpe de suerte. Nunca supo que Miranda había tenido que burlarse de él y traicionar a su marido para salvarlos a ambos.
 


 

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