… Y Santiago de Cali, la Sucursal del Cielo, se convirtió de pronto en el núcleo mismo del infierno. Miles de cuerpos mutilados, hierros retorcidos, escombros humeantes y un desfile interminable de almas extraviadas entre el dolor y el miedo, poblaron las calles esa madrugada. Cali no volvería a ser la misma. La explosión del 7 de agosto arrasó para siempre una parte del corazón de la vieja ciudad. Pero de entre sus cenizas también surgió el espíritu solidario que todavía impulsa a Cali. El País recuerda aquellas horas en las que los caleños transitamos de la tragedia a la esperanza.

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La Cali del 56

La urbe en expansión

La ciudad tenía ya unos 400.000 habitantes. El televisor era el electrodoméstico que todos querían. Para comprar uno había que tener en el bolsillo, como mínimo, $750. Se fumaban cigarrillos Cámel, Marlboro, Chesterfield, L&M y, por supuesto, Pielroja. En el almacén Sears ellas podían encontrar lo último de la moda: faldas escocesas a $34,95; enaguas de algodón a $5,95 y carteras italianas a $44,95. La ‘Brillantina de Reuter’ era vital para cualquier peinado. Cali vivía la fiebre del cine mexicano. Cantinflas causaba furor con ‘Abajo el telón’. Y Silvia Derbez brillaba en ‘¿Con quién andan nuestras hijas?’. La noche de la tragedia, el desaparecido Teatro Roma había presentado ‘Mañana cuando amanezca’. Era la víspera de un festivo. En la zona de la explosión, como siempre, se bailaba de noche y día…

El fatídico
7 agosto de 1.956

Este fue el recorrido de los seis camiones cargados con dinámita, que causaron la tragedia más grande de la historia de Cali. El estallido fue tan poderoso que se sintió en Buga, Palmira, Santander de Quilichao y Jamundí. Esta explosión fue 84 veces más poderosa que la bomba del DAS, el 6 de diciembre de 1989, en Bogotá.

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Los Sobrevivientes

Relatos de dolor

Fue como un corto circuito. Como una bola de fuego que caía del cielo. Como el juicio final. Y después, todo fue oscuridad. La polvareda de tantas construcciones de bahareque que cayeron, asfixiaban a niños, mujeres, ancianos, hombres, porque quedaron bajo tierra. Las puertas las ventanas se desprendieron. Otras se atascaron.


Luego, todo estaba oscuro y la gente pasaba corriendo chorreando sangre y gritando como loca buscando a sus seres queridos. Y había muertos, muchos muertos. 


Esos son los recuerdos de ocho residentes de Aguablanca, barrio de los damnificados del 7 de agosto, de 1956, que le contaron a El País lo que han tratado de olvidar durante 60 años. A muchos los tuvieron que sacar de los escombros y pese a la magnitud del desastre, lograron sobrevivir para contarlo.

Esther Julia Trejos

"La vida fue cruel"

Bertha Fajardo de Hurtado

"Creo que también había gente viva"

Alexander Mahecha

"Mi hermano ayudó a recoger cadáveres... y murió"

María Myriam Canaval

"Quedamos bajo tierra"

Eliecer Alarcón e Inés Castaño

"Me voy a Cali a ver dónde quedó sepultada mi familia"

Rosa Elvira Montilla y Gerardo Jurado

"No había puertas ni ventanas"

El padre Hurtado

El sacerdote caleño Alfonso Hurtado Galvis, fallecido a los 89 años de edad en mayo de 2014, fue testigo excepcional de la tragedia ocurrida en Cali el 7 de agosto de 1956, cuando explotaron seis camiones militares cargados con dinamita.

Por ese entonces era el capellán del Batallón Pichincha y fue de los primeros en hacerse presente en el lugar de los hechos.


Por más de 48 horas y sin dormir, estuvo el llamado Santo Varón metido entre los escombros ayudando a recoger cadáveres, asistiendo a los heridos, consolando a los que lo perdieron todo e, incluso, pudo bautizar a una niña a la que ayudó a nacer. 


Poco antes de morir, el padre Hurtado revivió para Elpaís.com.co su experiencia del 7 de agosto de 1956.

El rostro de la tragedia

Los rostros cubiertos de polvo y hollín, el desespero de quienes buscaban a sus familiares en medio de los escombros, y la mirada desconcertada de quienes observaban atónitos cómo en cuestión de segundos lo había perdido todo, describen el drama y el dolor que se vivió en Cali en la madrugada de aquel siete de agosto de 1956.

La zona de la tragedia

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El Rescate

El renacer después de la tragedia

Dicen que en los peores momentos es donde se conoce realmente de qué están hechas las personas. Para los casi 400.000 habitantes que en ese momento tenía Cali, esa prueba llegó en la madrugada del 7 de agosto de 1956. Quienes lo vivieron dicen que el estruendo fue ensordecedor, la tierra tembló y de un momento a otro quedaron borradas 26 manzanas de la ciudad.


Francisco Andrade Mercado, comandante emérito del Cuerpo de Bomberos; Alicia Lourido de Iglesias, expresidenta de las Damas Grises y de la Cruz Roja; y Félix Eduardo López, resctatista voluntario que posteriormente se convirtió en bombero, relataron cómo fue aquella noche.


Ellos y sus compañeros se encontraron cara a cara con la muerte y la desesperanza, pero fue precisamente de esa situación de donde nació el valor y la fuerza que los organismos de rescate de la ciudad necesitaban para crecer y fortalecerse en pro de su vocación de servicio.

PRUEBA DE FUEGO

Armados con equipos rudimentarios, entre ellos seis máquinas de bomberos y una ambulancia, los integrantes de los organismos de socorro de la ciudad se concentraron por más de siete días en la zona de la emergencia. En el sitio no faltaron las manos solidarias de los caleños que voluntariamente llegaron al sitio a apoyar las labores de rescate.

LOS HÉROES

Cuando fue jefe de mantenimiento una máquina no duraba más de un día dañada. Siempre tenía un motor de reserva listo para instalarlo. En 1959 construyó una máquina bautizada como la 'Unidad Milagro'.

Ha sido tres veces comandante de la Institución. Es recordado por su mística, entrega y coraje. En un incendio en una empresa en Acopi le dijo a sus hombres: “necesito diez bomberos que no les dé miedo morir”, e ingresó al sitio y controló las llamas.
Es recordado por ser un hombre callado y muy tranquilo. Dicen sus subalternos que cada que salía a enfrentar una emergencia, su calma para hacerlo con 'cabeza fría' lograba contagiarlos para hacer un buen trabajo.
Murió a comienzos de este 2016. Es recordado por ser un excelente formador de varias generaciones de bomberos. También por contar con una memoria prodigiosa, que ayudó a mantener vivos varios episodios que marcaron la historia del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cali.
Continuó el legado de su padre, quien también fue bombero. Su compañerismo y capacidad para cumplir con los acuartelamientos al pie de la letra lo llevó a ganarse el respeto y admiración de sus compañeros.

Fue conocido cariñosamente como 'Pitón Veloz', porque reaccionaba muy rápido ante cualquier situación, más allá de una emergencia. Era muy disciplinado y estricto. No soportaba ver a un bombero que portara mal el uniforme o que fuera desordenado.
Fue un arquitecto de Univalle que cumplió un destacado papel en la parte operativa de los Bomberos Voluntarios de Cali. Fue uno de los impulsores de la construcción de la estación que está ubicada en el barrio Municipal y que lleva el nombre del Comandante emérito Francisco Andrade Mercado.
Cuando fue la explosión del 7 de agosto, el comandante Andrade le encargó la misión de ir a buscar apoyo de otros cuerpos de bomberos del Valle, así que salió a la carretera a buscar quién voluntariamente lo llevara hasta Palmira, de donde vino una máquina a apoyar la emergencia.
Es recordado por ser un bombero muy responsable y efectivo. También por su gran corpulencia, que lo hacía sobresalir del resto de sus compañeros, quienes cariñosamente le decían 'Lotario'.
Cuando en 1962 la sociedad caleña recaudaba fondos para comprar una máquina de alturas, el sargento puso a disposición las escrituras de su casa para contribuir a la compra del equipo. Este gesto, conmovió no solo a los bomberos, sino también a la ciudad.
Donde había risas y bromas, ahí estaba él, quien es recordado por ser un bombero bromista y mamagallista. A pesar de su sentido del humor, también es recordado por su capacidad de enseñar y por ser arriesgado. Se retiró con honores.

Cali Renace

La explosión del 56 tuvo lugar en un contexto de crecimiento económico y demográfico caleño y, paradójicamente, impulsó el crecimiento de la ciudad.

¿Cómo se recuperó Cali? 

Claudio Borrero, ingeniero civil y exconcejal de Cali, sostiene que no es excesivo afirmar que la tragedia del 56 dividió en dos la historia de la ciudad en en el siglo XX. Cali, para entonces, vivía un crecimiento demográfica consecuencia de las fuertes migraciones de La Violencia y del crecimiento industrial de la ciudad. 


“La tragedia ocurre en ese contexto de crecimiento industrial y demográfico, del regreso de grupos de afros del Pacífico que se empezaron a aposentar en el oriente y de familias paisas que llegaron a la zona de la ladera de la ciudad. La tragedia, asimismo, implica unos cambios en el desarrollo urbanístico”. 


El más evidente, sostiene Borrero, fue el impulso que tomó el desarrollo del norte de la ciudad a partir de la construcción del Edificio Venezolano, erigido por el gobierno de Venezuela en un terreno de alrededor de 100 metros cuadrados en lo que sería el barrio La Flora. Se trata de un edificio de 140 apartamentos, terminado de construir seis meses después de la explosión y que para los años 60 era la construcción más moderna que tenía Cali.


“Con esta obra se le da fuerza al desarrollo urbanístico del norte. Es a partir de la migración de las familias afectadas al edificio Venezolano y del deseo de mucha gente de vivir en zonas alejadas del centro de la ciudad, que empiezan a consolidarse barrios como La Flora, Santa Mónica y Versalles”, dice Borrero.


 El ingeniero afirma también que como un efecto de la destrucción de los barrios centrales en la explosión, esa zona empezó a presentar un repunte demográfico y urbanístico sin precedentes en la ciudad. 


Tal crecimiento se debió en gran medida a la entrega de lotes que la Administración Municipal de entonces realizó en barrios como El Obrero, Sucre y Benjamín Herrera, en donde se entregaron baldíos de hasta 300 metros cuadrados tanto para daminificados como para personas que empezaban a llegar a la ciudad. 


Justamente, de acuerdo con un estudio realizado por el historiador Édgar Vásquez, entre los años 51 y 64, Cali pasó de tener 284 mil a 637 mil habitantes, presentando la tasa de crecimiento más alta desde 1912. 

Cali Renace



Jorge Humberto Rodas, abogado estudioso de la historia de Cali y que, además, vivía en la ciudad para los días de la explosión, sostiene que en los años inmediatamente posteriores a 1956 zonas como el norte se convirtieron en algunas de las más buscadas por la clase media y trabajadora de la ciudad.


“La expansión se vivía sobre todo en barrios como San Fernando y Granada, que habían sido los primeros en tener servicio de agua potable con el acueducto de San Antonio. La explosión causó migraciones internas que cambiaron el esquema de la ciudad y que fueron recibidas sobre todo en el norte y el nororiente”.


 El norte, indica Rodas, se había convertido en un área apetecida para la compra de lotes en gran medida, gracias a la aparición del Edificio Venezolano que le daba un aire de modernidad ciudadana a la zona. 


Ahora bien, la tragedia del 56 también también dio un impulso al poblamiento de zonas surorientales como un fenómeno que coincidió con las migraciones e invasiones producidas por la violencia rural, como lo señala el investigador Édgar Vásquez. 


El barrio Aguablanca, ubicado atrás entre las calles 26 y 27 en la zona posterior del edificio Comfandi El Prado, experimentó un fuerte crecimiento pues allí se entregaron decenas de casas prefabricadas para los damnificados de la tragedia. Lo mismo ocurrió con el barrio El Paraíso, en donde la Diócesis de Cali adquirió un lote y construyó 53 casas para las familias afectadas. 


“Hay que entender que la explosión se produjo en un contexto de crecimiento general de la ciudad. Cali tenía unas ansias locas de salir adelante. Entonces llegaron grandes ayudas humanitarias por la tragedia, además, el jarillón estaba a punto de ser terminado y por lo tanto la zona del oriente dejó de ser pantanosa y empezó a ser habitable y, por otra parte, el desarrollo industrial pedía mano de obra. Con todos esos elementos, la expansión fue imparable y no solo los barrios del centro afectados que se reconstruyeron se repoblaron, sino que el crecimiento hacia el oriente, el norte y el sur eran irrefrenables”, dice Ely Burka, reconocida arquitecta caleña.


Pero no solo se trató del desarrollo urbanístico paradójicamente impulsado por la que el propio padre Alfonso Hurtado Gálviz calificó como la tragedia no natural más grave que haya tenido lugar en Colombia. La explosión de 1956 a permitió también el fortalecimiento de las instituciones de socorro de Cali y el surgimiento de las llamadas ‘Damas Grises’, las mujeres que, por instinto, decidieron dedicarse a socorrer a las miles de víctimas de la tragedia en esa noche abismal. 


Fabiola Pineda, presidenta de las ‘Damas Grises’, recuerda que el grupo de mujeres que se ofrecieron como voluntarias para ayudar en las labores de rescate de la Cruz Roja no tuvieron acceso a ningún tipo de ropa distintiva de esa organización, por lo cual solo atinaron a comprar delantales blancos y pañoletas para sus cabezas en las cuales pintaron cruces rojas. 


Seis años después de aquella noche en la que fueron testigos inmediatos de los cuerpos desmembrados, de los cadáveres de niños, mujeres y hombres que tuvieron que ser sepultados en una fosa común del cementerio central, las ‘Damas Grises’ de la Cruz Roja en Cali tenían una existencia oficial y hoy cuentan con 120 mujeres dedicadas no solo a la atención de emergencias sino también a la alfabetización y formación para el trabajo de mujeres en toda la ciudad. “La tragedia nos permitió descubrir muchas cosas, entre ellas, que podíamos ser solidarios con todos. La explosión del 56, con todo el dolor que causó, también nos enseñó a sacar lo mejor de nosotros”, dice Fabiola Pineda.

Así lo cubrió El País

periodismo en acción

Cuatro ediciones extraordinarias en un solo día, cargadas de información, fotografías, crónicas, mensajes de servicio y detalles de la peor tragedia de Cali en su historia. Hace seis décadas, los reporteros de El País no fueron inferiores al más grande reto informativo de su tiempo.

En la lente de un argentino

Tres años después de haberse establecido en Colombia, al fotógrafo aficionado Nils Bongue lo sorprendió la explosión del 7 de agosto de 1956. Su afán por capturar el suceso lo llevó al lugar de los hechos. El resultado son 20 fotografías que desde ayer se exponen en el Centro de Memoria Étnico y Cultural.

En la madrugada del 7 de agosto de 1956, a doce cuadras de la estación del ferrocarril, un joven fotógrafo aficionado argentino que había llegado a Cali hacía poco menos de tres años, se estremeció con un estallido seco que parecía haber atravesado cada cuadra de la pequeña ciudad. ¿Qué habría ocasionado ese rugido ensordecedor? Sintió curiosidad. Pero en aquellos años de dictadura y de calles militarizadas habría resultado extraño deambular por alguna esquina. Eso pensó.


Sería solo con la salida de los primeros rayos del sol que Nils Bongue entendería que ese pequeño pueblo que lo había recibido con los brazos abiertos y en donde había tenido su primer trabajo como “ingeniero de lápices”, había sufrido una de las tragedias más grandes de la historia de Colombia hasta entonces, luego de que seis camiones provenientes de Buenaventura explotaran sobre la calle 25, justo en frente de la estación del ferrocarril. 


La historia la recuerda Nils Bongue desde un rincón de su biblioteca, en una acogedora casa que habita junto su esposa Emelie Bartelsman, en el corregimiento de La Elvira. Rodeado de cuadros bellísimos pintados en su mayoría por su suegro Jan Bartelsman, Nils muestra cada una de las 20 fotografías que alcanzó a tomar tres días después de la tragedia.


“Al día siguiente la zona de la explosión se transformó en territorio militar vedado para el público. Había un círculo de guardia alrededor y allí no se podía entrar. Todo el mundo estaba tratando de averiguar qué era lo que había pasado y de acudir a sus sitios de trabajo para ayudar a arreglar los daños y cuidar que no hubiera saqueos”, recuerda.


Pero en realidad saqueos no hubo. En aquel año Nils trabajaba en Carvajal, en su sede de la carrera cuarta con calle 13, un edificio de cuatro pisos y ascensor, toda una novedad para la época. “Allí funcionaba el almacén que tenía las vitrinas más grandes del pueblo y que con la onda explosiva se volvieron trizas. Pero en realidad no hubo vandalismo”.


Justamente en Carvajal, Nils tenía un compañero que a su vez tenía un familiar militar. Entonces le pidió que lo ayudara a entrar a la zona de la explosión para tomar fotografías, armado de su inseparable Rolleiflex que había comprado hace años.


Su amor por la fotografía había comenzado un tiempo atrás cuando, luego de haber dejado su natal Argentina tras el contundente triunfo de Perón, fue a ganarse la vida a Chile. Allí conoció a Enrique Bello, un intelectual que lo vinculó con la revista Pro Arte que dirigía, y de a poco se fue convirtiendo en el todero de la publicación semanal.


“Yo venía de un ambiente en el que se respetaban las labores artísticas. Allá en Chile manejaba el Cine Club del departamento de extensión cultural de la Universidad de Chile. Tuve a Neruda en frente mío, a Nicanor Parra que acaba de cumplir 100 años y que varias veces me invitó a almorzar a su casa”, recuerda.


En ese ambiente de cultura y periodismo conoció y admiró a Bermúdez, un fotógrafo reconocido en la época. De él aprendió hasta que pudo tener su propia cámara y empezó a experimentar. Durante un tiempo fue el único que prestó el servicio de revelar fotografías a color; era la época del Ektachrome y del Kodachrome. “Con las películas de Kodachrome, cuando uno las procesaba, tenía que mandarlas a Estados Unidos y esperar 15 días a que llegaran los resultados. Con el Ekta el rollo se puede procesar; toma una hora y media de cambiar líquidos y secar, pero yo lo hacía en combinación con una casa de fotografía y eso me ayudaba a conocer mucho del proceso. Tenía mi propio laboratorio”.


Recién llegado a Colombia, Nils no solo se dedicó a retratar la belleza de esa pequeña ciudad que se le antojaba toda nueva, sino de sitios exóticos como San Agustín y Bueventura. Ya habían pasado por su lente la estatua de Sebastián de Belalcázar cuando el barrio Arboleda ni siquiera existía; el Charco del Burro sin asomos del Museo La Tertulia; las reliquias de San Agustín cuando en Colombia muy pocos conocían el parque arqueológico.


Al sitio de la tragedia pudo acceder tres días después. “Muchos de los cadáveres ya habían sido evacuados, y aunque aún había, a mí lo que me interesaba era que no se viera la sangre sino los efectos físicos de la explosión, que eran impresionantes. El hueco que quedó donde estaban los camiones era como de 20 metros de profundidad. Yo buscaba un compromiso en mostrar estéticamente la tragedia. En ese momento estaba intentando crear un estilo que finalmente nunca terminé de desarrollar”.


Las fotos nunca las mostró. Tras un intento fallido de publicarlas en la revista Life --las envió por correo y le fueron devueltas pues ya Foto Mult había hecho la tarea para ellos-- las archivó y poco a poco fue dejando a un lado la fotografía para dedicarse a otros oficios y a criar a sus cuatro hijos.


Justamente uno de ellos, Erik Bongue, el mayor, egresado de la Universidad de Cornell y de NYU, se dedicó a rescatar esas fotos, a clasificarlas, a digitalizarlas. Hoy el archivo cuenta con cerca de 3.700 negativos de fotos históricas de Cali, Popayán y Buenaventura, muchas de tomadas por su abuelo, el artista Jan Bartelsman. Estas se pueden ver en la página web que creó para su divulgación y donde también se venden a los interesados: bonbar.co


Gracias a ese trabajo de clasificación y rescate, y a propósito de la conmemoración de los 60 años de la explosión del 7 de agosto, el Centro de Memoria Étnica y Cultural de la Secretaría de Cultura de Cali inauguró anoche una exposición con las veinte fotos del suceso ocurrido en Cali. Se trata de una buena oportunidad para rendirles un homenaje a todos aquellos aficionados a la fotografía que, como Nils, nos han permitido recordar nuestra historia; no olvidar nuestro pasado.  

¿Qué tanto sabes de la explosión del 7 de agosto de 1956?

Con este test usted podrá poner a prueba sus conocimientos sobre la que ha sido la mayor tragedia no natural en América Latina y que tuvo lugar en Cali.

1. ¿Qué hora era cuando explotaron los camiones cargados de dinamita?

2. ¿De dónde venían los camiones?

3. ¿Cuántos camiones eran?

4. ¿Dónde estaban estacionados los camiones cuando explotaron?

5. ¿Cuántas toneladas de dinamita explotaron?

6. Los camiones que contenían la dinamita se dirigían hacia:

7. ¿Cómo se llama la plaza de mercado que resultó afectada en la explosión?

8. ¿Cuántos años se conmemoran de la tragedia?

9. ¿Quién era el presidente de la época?

10. ¿Cuántos y cuáles barrios resultaron afectados?

11. El estallido fue tan fuerte que se alcanzó a escuchar en:

12. ¿Quién era el Papa que mandó ayuda a los caleños?

MAL

Sabes muy poco de esta tragedia, pero no te preocupes que en el especial multimedia de El País encontrarás toda la información para que comprendas lo que sucedió la madrugada del 7 de agosto de 1956

REGULAR

Sabes bastante sobre los hechos de aquella noche, sin embargo, aún te quedan muchos datos por conocer.

¡EXCELENTE!

Felicitaciones por conocer la historia de la ciudad y uno de los sucesos con mayor resonancia en Cali en el siglo XX.

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