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El mapa de la muerte: 15 años de homicidios en Cali

La guerra civil del Congo acabó con la vida de 10.000 personas entre 1997 y el 2002. El grupo Sendero Luminoso asesinó a 11.021 personas en Perú de 1980 al 2000. En el Sahara Occidental el conflicto independentista dejó 15.000 muertos entre 1975 y 1991. En Cali fueron asesinadas 26.687 personas entre el 2001 y 2015. ¿Cómo llegamos a esa cifra aterradora? Esta es la historia.

La geografía de los asesinatos en Cali

El color naranja identifica las 22 comunas y el amarillo los 5 barrios con más crímenes. Pase el cursor sobre los círculos para ver la información. Click en cualquier zona para mover el mapa.

Es como si toda la población de municipios como Ginebra o Andalucía desapareciera. Esta cifra, 26.687 personas asesinadas en 15 años, convirtió a Cali en una de las ciudades con más homicidios en el mundo.

La radiografía de los asesinatos en la ciudad evidencia una serie de realidades: la mayoría de los homicidios ocurrieron en las comunas del Distrito de Aguablanca y la ladera, que agrupan los barrios más pobres de la ciudad. Y la mayoría de los casos (un 31%) tuvo como móvil la venganza.

¿Y qué es una venganza? El Observatorio Social de la Alcaldía la clasifica como una mezcla de ajustes de cuentas o problemas entre grupos delincuenciales.

Los Móviles

Cifras en número de personas

Es que esta ciudad todavía sufre las réplicas del terremoto que significó el narcotráfico, primero con el Cartel de Cali y luego con el Cartel del Norte del Valle.

Un investigador de la Sala de Análisis Criminal del Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía (CTI) dice que para entender las dinámicas de los asesinatos en la ciudad durante los últimos 15 años se tienen que tener en cuenta dos grandes factores.

El primero son los rezagos de la cultura mafiosa. El segundo es el impacto de las migraciones. Cali es la ciudad receptora de desplazados y migrantes de todo el Pacífico, que llegan especialmente al Distrito de Aguablanca.

“Es una mezcla de culturas. Esas personas llegan sin dinero y sin oportunidades laborales, convirtiéndose en caldo de cultivo para los grupos delincuenciales, que son muy fuertes”, asegura la fuente. Y explica que es toda una economía criminal pues los homicidios, en este momento, no se pueden desligar de otros delitos como el microtráfico, la microextorsión o el desplazamiento forzado.

El actual comandante de la Policía Metropolitana de Cali, general Nelson Ramírez, señala que “hay comunas donde está muy marcado el tema criminal, donde no existe la cultura de la legalidad, sino todo lo contrario, y generación tras generación ven lo mismo como referente y proyecto de vida. Eso hace que los vacíos que en esas estructuras del crimen dejan las capturas de las autoridades, sean llenados rápidamente por otros. Es una cadena, un círculo vicioso que hay que cambiar para ir erradicando la problemática”.

Homicidios por comunas

Durante los últimos 15 años la tasa de homicidios de Cali ha fluctuado entre 57 y 91 por cada 100.000 habitantes, y ese indicador siempre ha estado por encima del de Bogotá y Medellín.

Una de las críticas constantes hacia las administraciones municipales de la capital vallecaucana es la baja inversión social y de seguridad. Del período analizado, el 2006 fue el año en el que más inversión se hizo en seguridad en Cali. Fueron, en total, $33.000 millones. Pero ese mismo año, Medellín invirtió casi el doble.

Además, en Cali no se ha hecho una inversión constante. Según los presupuestos presentados cada año por los alcaldes al Concejo Municipal, las inversiones en seguridad muestran variaciones profundas. Algunos años, incluso, llegaron apenas a los $1.000 millones.

María Isabel Gutiérrez, directora del Instituto Cisalva, una organización dedicada a analizar las dinámicas de la violencia en Cali, sostiene que el problema de la inversión tiene causas mucho más profundas.

“No existe una política clara de seguridad, ni siquiera a nivel nacional. Primero se debe hacer una política de gran envergadura y luego un trabajo de educación, de gestión y de control. Colombia nace cada cuatro años y las ciudades también. Cómo podemos mantener una trayectoria de acciones, si no hay una sostenibilidad en los programas, que trascienda cada mandato”.

Y la religiosa Alba Stella Barreto, de la Fundación Paz y Bien, quien lleva décadas trabajando con las comunidades vulnerables del oriente, explica que la violencia en la ciudad se ha enquistado por diferentes razones.

“Siempre se ha tratado de controlar es con represión policial, y en lo social no hay una intervención profunda y sostenida. Un trabajo con los jóvenes de alto riesgo no se hace en tres o cuatro meses ni dándoles un trabajo. Es un proceso de años, en el que no solo se da educación y empleo, sino que también se debe trabajar en reforzar su proyecto de vida, sus vínculos afectivos y de familia”, expresa.

Esa, según los analistas, es una de las razones por las que la violencia en Cali parece una espiral. Los homicidios tienen picos de hasta más de 2000 anuales en algunas épocas, y periodos en los que disminuyen durante unos años. Pero Cali no ha logrado bajar a menos de 1300 muertos anuales.

Histórico de los homicidios y cifras de inversión en seguridad

Las guerras de los narcos

(2001 a 2011)

Del 2001 al 2004 , Cali vivió una de sus épocas más violentas. Cada día en la capital vallecaucana podían ser asesinadas hasta seis personas.

En esos años, los titulares de prensa hablaban de carros blindados que eran interceptados por comandos sicariales que andaban armados con fusiles, o de balaceras en discotecas de la ciudad que dejaban múltiples víctimas.

En este periodo se presentaron nueve masacres, la mayoría de ellas relacionadas con la disputa entre Diego León Montoya, ‘Don Diego’, y Wílber Alirio Varela, ‘Jabón’, jefes del Cartel del Norte del Valle.

La Policía identificó a 35 grandes estructuras sicariales al servicio de los capos. “Cada uno tenía sus ‘oficinas de cobro’ que trabajaban solamente para él, por eso les pagaba sueldos fijos. Varela, quien manejó el aparato armado del Cartel del Norte del Valle, tenía la mayor cantidad, pero Diego Montoya, a través de Los Yiyos y otras estructuras, también tenía un gran poder armado. Juan Carlos Ramírez, ‘Chupeta’, tenía su propia estructura: la banda de ‘Mazinger, que asesinó a una serie de abogados”, asegura un investigador.

Muchas de ellas estaban conformadas por grupos de más de 20 personas, que a su vez reclutaban menores de edad en las pandillas del Distrito de Aguablanca y tenían sus sedes en barrios de la Comuna 16 como Mariano Ramos, La Unión, La Independencia, el 12 de Octubre o el Rodeo. También usaban compraventas de vehículos para camuflarse.

“Eran grupos que tenían entre sus hombres policías retirados y sicarios, a los que les pagaban sueldo mensual. Sus arsenales contaban con pistolas 9 milímetros, mini uzis y fusiles y podían usar carros blindados”, asegura una fuente de inteligencia policial.

El oficial recuerda a la ‘banda de Molina’, un expolicía, que huyó hacia España y quien lideró una de las agrupaciones más sanguinarias en Cali. Cometieron más de cien homicidios.

“Tenían un sello en algunos casos: a varias de sus víctimas les clavaban una puntilla. Eran un grupo de más de 30 sicarios. Muchos de ellos están ahora detenidos o muertos, pero otros siguen vigentes”, agrega la fuente.

Estas oficinas empezaron a enfrentarse unas con otras durante la guerra y muchos de sus cabecillas fueron asesinados o capturados. La delación del contrincante también se convirtió en un arma.

Los Capos

Juan Carlos Ramírez Abadía, 'Chupeta'
Inició en el Cartel de Cali y luego se asoció con el Norte del Valle. Era uno de los narcos más ricos. Incluso le incautaron en Cali millonarias caletas. Es señalado de matar a una serie de abogados de uno de sus enemigos.
Diego León Montoya Sánchez, 'Don Diego'
Era uno de los antiguos miembros del Cartel del Norte del Valle. Fue capturado el 10 de septiembre del 2007 por el Ejército en zona rural de Zarzal y meses después extraditado a EE.UU. Inició una disputa con Wílber Varela, Jabón. Fue el fundador y jefe de la banda criminal 'Los Machos', que estaba en el norte del Valle.
Wílber Varela, 'Jabón'
Inició en el Cartel del Norte del Valle como jefe de seguridad del gran capo Orlando Henao (asesinado en 1998 en la cárcel). En medio de las disputa con 'Don Diego' creó un ejército sicarial llamado 'Los Rastrojos', que se expandieron a todo el país como una franquicia.
Para evadir a las autoridades, se radicó en Venezuela, donde fue asesinado en febrero del 2008 por sus propios hombres.
Javier Antonio Calle Serna, 'Comba'.
Inició como sicario y se convirtió en la mano derecha de 'Jabón'. Participó en su asesinato y asumió el poder de toda su organización. Negoció con EE.UU. y se entregó en Aruba a las autoridades de ese país en mayo del 2012. La mayoría de sus lugartenientes más cercanos fueron capturados ese año y en 2013.
'Negro Orlando'
Orlando Gutiérrez trabajó para 'Don Diego y fue extraditado a Estados Unidos, pero en el 2011 regresó al país y se asoció con sus antiguos socios, apoyados por 'Los Urabeños'. Fue detenido en el 2013 y extraditado a EE.UU. otra vez.
'Chicho' Urdinola
Héctor Mario Urdinola era otro de los jefes de 'los Urabeños' en el Valle del Cauca. Es sobrino del extinto Iván Urdinola, jefe del Cartel del Norte del Valle.
Fue capturado por la Dijín de la Policía en Villavicencio, Meta en el 2012.

En el año 2005, con la intermediación de alias Macaco y otros jefes paramilitares, Varela y Montoya pactaron una tregua. Aunque esta se rompió por temporadas, el enfrentamiento entre los dos enemigos menguó.

Sin embargo, en 2008, Varela, quien se refugiaba en Venezuela, fue asesinado por sus propios lugartenientes: los hermanos Comba -- Javier Antonio y Luis Enrique Calle Serna --, y Diego Pérez Henao, ‘Diego Rastrojo’.

Tras la muerte del capo, sus subordinados asumieron el control del Cartel del Norte del Valle, pues Diego Montoya ya había sido detenido, junto con muchos de sus hombres.

En esta época se inicia una serie de disputas relacionadas con ajustes de cuentas de estas agrupaciones, como deudas por caídas de cargamentos de droga o rencillas internas.

Entre 2010 y 2011 fuentes de inteligencia empezaron a analizar una serie de homicidios con unas características especiales, que comenzaron por el norte del Valle y llegaron a Cali.

e trató de la llegada de ‘Los Urabeños’, quienes apoyaron a ‘Chicho’ Urdinola, El ‘Negro’ Orlando y ‘Martín Bala’, narcotraficantes que habían delinquido para Diego Montoya.

El regreso de estos delincuentes al negocio llevó al resurgimiento de la banda criminal de ‘Los Machos’, que se creía acabada.

Se gestó así una nueva dinámica de violencia. ‘Los Machos’ iniciaron un enfrentamiento a muerte con los hombres de ‘Los Comba’, quienes en ese momento ya buscaban un acuerdo con las autoridades de Estados Unidos para entregarse. Ese acuerdo se materializó en el año 2012.

El auge del microtráfico

(2011 a 2015)

Desde los tiempos de Wílber Varela, el Cartel del Norte del Valle estaba manejado por antiguos sicarios. Y tras la entrega de ‘Los Comba’ y la captura de ‘Diego Rastrojo’, que fueron sicarios, el cartel y la banda criminal ‘Los Rastrojos’ se dividió en pequeños grupos.

Esos jefes de esos grupos ya no tenían el poder de otros capos. “Ellos no tenían la capacidad de librar las guerras de antes y de enviar solos toneladas de coca. Los mexicanos se quedaron con el narcotráfico internacional. Entonces, muchos de los pequeños narcos colombianos encontraron que en el consumo interno tenían una fuente de dinero”, explica un investigador del CTI de la Fiscalía.

Antes del 2011, las ‘ollas’ funcionaban en casas como negocios familiares. Pero esos nuevos pequeños narcos -- como ‘Boliqueso’, ‘Palustre’, ‘Búho’, ‘Manila’ -- decidieron tener el control de la venta de estupefacientes en los barrios.

“Ya habían usado pandilleros durante la guerra del narcotráfico, pero lo que hicieron ahora fue organizar esas pandillas, dándoles armas, motos y control de territorios, para que ellas se quedaran con el negocio del microtráfico y les entregarán a ellos un porcentaje de las ganancias”, agrega un investigador experto en el tema del microtráfico.

Esto se evidencia en que a partir del 2010 los homicidios relacionados con pandillas aumentaron en Cali, según las cifras del Observatorio Social de la Alcaldía. Mientras ese año se presentaron 236 casos, en 2015 la cifra fue de 445.

Los pequeños capos

‘Fresa’
Jairo Mejía fue arrestado en junio del 2015 por la Policía en el barrio Terrón Colorado, oeste de Cali.
Es señalado como jefe de sicarios en Siloé, Terrón Colorado y el Distrito de Aguablanca.
Presunto integrante de los antiguos ‘Rastrojos’ .
‘Búho’
Gennie Moreno, detenido en el 2014 en Pereira en una finca por la masacre de la Barra la 44. Ya había sido detenido en el 2009 pero se escapó de la detención domiciliaria.
Es sindicado de ordenar la masacre de la Barra la 44, en noviembre del 2014 por una disputa.
‘Lobo’
José Miguel Maldonado. Detenido en el 2015 en Cali, presunto jefe de sicarios.
Es investigado por los asesinatos de un guardián del Inpec y de una anciana en Yumbo.
En su celular hallaron un video en el que torturan y asesinan al empleado del Inpec.
Boliqueso
Eduard Fernando Giraldo, detenido en Brasil, era miembro de 'Los Rastrojos'. Aún no ha sido extraditado
Manila
Weimar Ramírez Vargas es otro de los jefes de Los Rastrojos y las 'oficinas de cobro' en la región. Fue capturado frente al Palacio de Justicia de Cali.

El microtráfico no llega solo. Se trata de toda una economía criminal: microextorsión, ‘gota a gota’ -- hacen prestamos con las ganancias de la venta de drogas, que cobran los pandilleros o sicarios -, maquinitas de juego en los barrios...

“Los pequeños narcos tienen feudos en zonas que son administradas por las pandillas, conformadas en su mayoría por menores de edad. Esos pandilleros en muchas ocasiones no tienen sueldos fijos. Cuando estaban los capos el flujo de caja era inmenso, por eso les pagaban sueldos fijos a los sicarios. Ahora se gana por lo que venda o por los asesinatos que cometan, por eso muchas veces salen a hacer ‘ruleteo’ (robos) o ‘fleteos’ ”, explica la fuente.

Muchas de las armas que usan las bandas de jóvenes delincuentes al servicio de narcos se obtienen en el mercado negro que quedó de los carteles. Por ello se ven atracadores con pistolas 9 milímetros en barrios como Potrero Grande, o pandilleros con mini uzis.

“En estos quince años el crimen organizado en Cali pasó de unos pocos jefes con gran poder, los capos, a una multiplicación de jefecitos y grupos que en muchas ocasiones no tienen control sobre las estructuras y los hombres a su servicio”, concluye el analista del CTI.

Es una especie de Hidra de Lerna, la serpiente de la mitología griega a la que, por cada cabeza que le cortaban, le nacían dos más hasta convertirse en un monstruo de diez mil cabezas.

El rastro de la muerte en 360 grados

En el día y la hora en que más homicidios se presentan en Cali, El País fue testigo del proceso de levantamiento de cuerpos que hacen el CTI y la Sijín. Este fue el resultado de 12 horas agitadas. ADVERTENCIA: Este video contiene imágenes explícitas que pueden herir su susceptibilidad. Recomendamos prudencia al verlo.

(Sitúe el cursor sobre el video y muévase por la escena usando el mouse. Los sonidos de notificación le indican que hay información disponible para leer)

Diez minutos antes de que se inicie la hora en que es más propenso que una persona sea asesinada en Cali -- entre las 6:00 p.m. y las 6:00 a.m. --, ingresamos a la Unidad de Reacción Inmediata, URI, para acompañar al CTI y la Sijín al proceso de levantamiento de cadáveres.

Mientras nos registramos y realizamos los trámites de rigor, siete personas en distintos lugares de la ciudad ignoran que están viviendo sus últimos minutos. Que en algún lugar alguien, creyéndose un ser superior, ha dictado sentencia y decidió que hoy será el último día de sus vidas.

Siete personas que mañana serán solo estadísticas. Como las que revelan que entre 2001 y 2015 murieron en Cali de forma violenta 26.687 personas. Que el mayor número de crímenes se cometió un domingo. Y que 16.601 personas -- el 74% de los asesinados -- cayeron entre las 6:00 de la tarde y las 6:00 de la mañana.

Es domingo 20 de noviembre y la calma en las dos primeras horas pintan una ciudad distinta a la que muestran las estadísticas. La tranquilidad y el aroma del café recién preparado invade las oficinas de la URI, donde algunos investigadores ven televisión o revisan sus celulares.

A esa hora, en una vivienda del barrio Petecuy 3, Jesús Alfonso Herrera, de 59 años de edad, departe con familiares y amigos y ya se han percatado de que licor está a punto de acabarse y que pronto habrá que salir a comprar al menos una botella más.

El ambiente de fiesta se percibe en cada rincón de la ciudad. En el Distrito de Aguablanca jóvenes sin casco aceleran sus motocicletas; en muchos barrios la música se escapa por puertas y ventanas; hay gente consumiendo licor. Siloé es un hervidero.

Con semejante actividad, los investigadores saben que en algún lugar de la ciudad ya alguien ha empezado a morir y que es cuestión de esperar la llamada anunciando que la muerte inició su propia fiesta.

homicidios por día

A las 8:04 p.m. la coordinadora hace el anuncio: “Tenemos un 901 en el barrio Petecuy 3 y sale CTI a hacer el procedimiento”. Tres minutos más tarde, cuatro investigadores se desplazan al CAI de la Ptar para identificar a un capturado, mientras una patrulla con capacidad para cuatro cuerpos llega a la escena.

Sobre el piso yace boca abajo Jesús Alfonso Herrera. Solo le faltaron un par de metros para ingresar a la Panadería Pull Pan a comprar más licor para continuar con la reunión en familia. La misma que terminó convertida literalmente en una fiesta de despedida.

Mientras agentes del CTI buscan elementos materiales probatorios e inspeccionan el cadáver, la familia del muerto inicia una disputa verbal y casi física con quienes intentan hacer fotografías con sus teléfonos celulares.

Cerca de media hora toma la diligencia de levantamiento. El proceso culmina cuando en una bolsa gruesa de color blanco es empacado el cuerpo y la silueta se enmarca con cinta transparente que advierte que la bolsa es material de “Evidencia”. Como si a alguien le quedara duda de que ha muerto.

Aunque en realidad no es tan descabellado, en un país donde los muertos reciben subsidios y deciden en elecciones. En el lugar solo queda un charco de sangre al que los investigadores llaman “lago hemático” y una bolsa de basura de promoambientales que aguarda su propio levantamiento.

Dos horas más tarde, a las 10:40 de la noche, una nueva llamada alerta sobre un segundo homicidio y el turno es para el Grupo de Inspección Técnica de Cadáveres de la Sijín. Esta vez es un joven que ha sido asesinado en la parte alta del barrio Siloé, en el sector de La Antena.

Corremos tras el vehículo de los investigadores hasta un puesto de Policía en la parta baja de Siloé donde nos darán las indicaciones para llegar al sitio. Un borrachito casual nos hace una preocupante recomendación: “Pidan acompañamiento de la Policía porque allá no los van a dejar subir solos”.

La adrenalina fluye, avanzamos muy pegados a la unidad de criminalística y abrochamos los chalecos antibala que llevamos a cubrimientos en zonas de conflicto. Aunque Siloé bien podría ser catalogada una de ellas; 636 personas han muerto en sus calles en los últimos 15 años.

La escena del crimen parece un campo de batalla. Piedras y ladrillos dispersos por toda la vía dan testimonio de la forma como la comunidad atacó a los policías que llegaron a conocer el caso.

El hombre que permanece tendido en el piso y a quien nadie llora lo asesinaron doce veces. Y es que cualquiera de los disparos que recibió habría sido suficiente para quitarle la vida. Un cuadro hecho con cinta amarilla evita que la escena del crimen sea contaminada. El único que irrumpe es un perro amarillo exageradamente criollo que husmea a centímetros del cuerpo.

Los patrulleros Luciano Solarte, fotógrafo judicial, y su compañero Guillermo Tosne, topógrafo judicial, revisan el cuerpo que fue recogido, rotulado y embalado como N.N porque no portaba documentos. En la distancia se siguen escuchando disparos.

Homicidios por edad

Minutos después estamos retornando a la sede de la URI, donde los uniformados deben preparar el informe para entregar el cuerpo a Medicina Legal. Pero casi al llegar una nueva llamada ya anuncia la tercera víctima.

Desde el mismo sector en Brisas de Mayo una motocicleta baja rugiendo con un joven de 22 años que llegó a morir al hospital de Siloé. Todo lo que pudo hacer el personal médico fue refugiarse de los amigos de la víctima, quienes irrumpieron violentamente exigiendo revivir un cuerpo que llegó sin signos vitales.

Una de las enfermeras cuenta que debió ocultarse en un baño para llamar a pedir ayuda de la Policía, mientras un joven asegura que el occiso fue asesinado por un policía. Las versiones oficiales hablan de un enfrentamiento entre las bandas La 30 y La Torre.

Entre llanto, una mujer asegura que su hermano hacía parte de los jóvenes olvidados por la sociedad. Tanto, que ni siquiera fue tenido en cuenta al día siguiente para sumarlo al listado de homicidios en el boletín de la Policía Metropolitana.

Pasadas las 12:00 de la noche un ambiente de tranquilidad se apodera de la URI. Esporádicamente entran con algún capturado, una mujer abusada o un policía que extravió el rumbo y salía por las noches a atracar los restaurantes del barrio San Luis.

Son las 02:15 de la madrugada y mientras revisamos las imágenes, sientan cerca a nosotros a un joven escuálido con camiseta del América. El flaco de pelo chuzudo luce incapaz de hacerle daño a alguien. Sin embargo, fue detenido huyendo de la escena del crimen del hombre que seis horas atrás salió a buscar licor en Petecuy.

Cerca de las 4:00 de la madruga del lunes estamos seguros que el balance de la noche será de tres homicidios. Más de cuatro horas han pasado desde el levantamiento del joven en el hospital de Siloé y la tranquilidad espanta.

Homicidios por sexo

En medio de un café hablamos con la coordinadora de la URI sobre los días en que la misma comunidad de Siloé tenía que bajar los muertos, porque ni la Policía subía. De repente, a las 4:32 a.m., una llamada confirma la cuarta víctima. Es el inicio del caos.

Nos alistamos para salir con la Sijín a la Clínica Valle del Lili, donde fue llevado un menor asesinado. Pero dos minutos después se anuncia una quinta víctima en el Hospital Universitario.

Simultáneamente, a una sexta víctima intentan reanimarla sin éxito en el hospital Carlos Carmona. Sobre una camilla de acero un hombre con la camiseta del América, a quien le faltó solo una semana para ver si su equipo lograba el ascenso, nada en su propia sangre.

En su cuerpo aún quedan vestigios de los esfuerzos del equipo médico por revivirlo, pero el disparo fue certero. Un solo proyectil le entró por el pecho y le destrozó el pulmón. A las 6:00 a.m. en punto, en la radio del vigilante del Hospital Carlos Carmona suena el himno nacional como anunciando que las 12 horas más peligrosas de Cali han terminado.

Pero la muerte sigue trabajando. A las 06:02 a.m. nos anuncian que hace 15 minutos fue reportado un cuerpo entre el caño de la Calle 48 Con 41 E. En medio del agua putrefacta, casi abrazando la piedra con la que fue asesinado, otro NN deja ver una escena dantesca.

Los investigadores están exhaustos. Siete cadáveres en solo 12 horas. El turno que debió terminar a las 6:00 a.m. se extiende más allá de las 7:30 a.m. A esa hora, otro equipo de criminalística se alista para hacer el relevo y permanece atento a que el teléfono suene. Una vez más, alguien en Cali ya ha empezado a morir.

Los talentos que nos roba la violencia

En los últimos quince años fueron asesinados en Cali 10.520 jóvenes. Muchos de ellos hoy estarían aportando al progreso de la ciudad. Este es el costo oculto de la criminalidad en Cali. Click sobre cada foto para ver el video.

Edward Tumiñá Ocoró

Brian Mauricio Piamba

Beiman Rentería Lucumí

Arles Fernando Clavijo

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Barrios más violentos

Barrios
Siloé
Mojica
Manuela Beltrán
El Retiro
Terrón Colorado

Siloé, la violencia vista desde la cima

En 15 años, 636 personas han sido asesinadas. Aunque en 2015 las muertes bajaron, siguió siendo el más violento. Un barrio que lucha por cambiar.

Entre 2001 y 2015, 3 de cada 100 habitantes de Siloé fueron asesinados. Esta cifra lo convirtió de inmediato en el barrio más violento de la ciudad. Muchos no saben que Siloé es tan solo uno de los 11 barrios que conforman la Comuna 20, eso que se ve “de la montaña para allá”. Y entonces esta comuna, que ha sido la cuarta más violenta de Cali en el mismo lapso, tiene un barrio que durante bastante tiempo ha ocupado el primer lugar. Sin embargo, esto podría ser cuento del pasado.

¿Dónde radica el problema? Ángel, que ha vivido 37 años por esas calles, dice que una de las causas más fuertes es la disputa por el comercio de la droga. “Porque los de un lado quieren conseguir más clientes y los del otro quieren lo mismo. En esos líos se van matando, deciden acabarse entre ellos. Los muchachos creen que coger un arma es la fácil, pero se equivocan”, asegura.

Siloé es una especie de rompecabezas conformado por sectores que sus mismos habitantes han delimitado para convertirse en una suerte de dueños de la zona. Así, en el barrio es común escuchar nombres como La Mina, La Estrella, El Hueco, Casa de Piedra, Los Pomos, Las Llantas, Las Delicias, Belén y San Francisco, este último tan peligroso como para que don Ferney asegure que las balaceras se escuchan hasta dos veces a la semana. “¿Y la Policía? La Policía llega cuando ya hay que recoger el muerto”, afirma.

Él mismo fue víctima de la violencia del sector en el que ha vivido desde que nació. Hace cuatro años le mataron a su muchacho, de 14 años, en un intento de robo. Entre 2010 y 2012, en Siloé había identificadas alrededor de 20 pandillas que tenían pelea cazada por los hurtos. En los años posteriores, la vinculación del narcotráfico hizo que dichas pandillas fortalecieran sus estructuras y se incrementara la delincuencia.

Siloé

Vista desde la tierra

Las calles del barrio se parecen a la boca de un niño con los dientes torcidos. Como se construyó sin planeación, las casas se pegan y se sobreponen para tratar de aprovechar al máximo el espacio que ofrece la loma. Hay pedazos con montaña agreste y rocosa, pero de golpe puede aparecer un camino lleno de flores. Se ven construcciones encima, debajo, al lado. Al otro lado. Al frente, diagonal. Calles tan angostas por las que solo cabe una moto. Otras muy amplias y entre esas amplias muchas tapizadas con estiércol de caballo, animal que todavía utilizan con frecuencia para transportar los materiales de construcción.

En el mirador, ahí mismito desde donde se puede obtener la que quizás es la vista más bella de toda la ciudad, realizan cada mes ‘Salsa al mirador’, un encuentro de salsómanos y melómanos al que asiste gente de toda la comuna. El próximo es el 10 de diciembre desde las 5:00 p.m. Y el eslogan reza algo hermoso: ‘Cero problemas, 100 % tolerancia’.

Vista desde el cielo

Una de las formas de llegar a Siloé es tomar el Miocable hasta la estación Tierra Blanca, la primera de la comuna. Ese recorrido de cuatro minutos y medio regala una vista espectacular de toda la ciudad y de una cara de la montaña. A los dos minutos de viaje se empieza a observar el mural insigne del barrio: Yo amo a Siloé, ¿y usted?

Ya en la estación es posible encontrarse con Yusbany, que trabaja como auxiliar de abordaje desde que se inauguró el Miocable hace poco más de un año. La jovencita cuenta que la seguridad de toda la comuna ha mejorado desde que empezó a funcionar este medio de trasporte, porque eso sí, todos los que trabajan ahí son habitantes del sector.

Otra de las razones para que la violencia en el barrio esté mermando es la desarticulación de estructuras delincuenciales. Durante el primer semestre del 2016, la policía adelantó operativos en contra de Los Bríñez, Los Cocos, Las Delicias y La Capilla, bandas dedicadas al microtráfico, el hurto, la extorsión y el homicidio.

Además del trabajo de la Policía, varios líderes comunales y fundaciones han unido esfuerzos para que los niños y jóvenes del barrio tengan actividades en qué ocupar su tiempo libre. Deportes, música, danzas, circo y canto hacen parte de ellas.

El pasado viernes, por ejemplo, en la cancha de baloncesto del Parque La Horqueta, Esteban, Amy, Koaly y David estaban pivotando el balón y haciendo cestas. Esto lo hicieron antes de que llegara el profesor y se incorporaran al juego los demás compañeros. A pesar de sus muertos acumulados, de 636 en 15 años, en las calles de Siloé hoy se respiran nuevos aires de esperanza.

Mojica, la violencia dividida en fronteras

548 homicidios se presentaron entre 2001 y 2015. Sin embargo, este flagelo disminuyó en los últimos dos años. Fundaciones arrebatan a niños de las pandillas.

Hace cinco años Mójica, un barrio que nació en los 80's tras varios procesos de adjudicación de vivienda de interés social en la comuna 15, la tercera más violenta de Cali, era una república federada. En sus pequeños territorios autónomos, que no tenían más de dos o tres manzanas de extensión, las leyes eran hechas por 'Los Abuelos', 'Los Gemelos', 'Los Chimbis', 'Los Almendros' o 'Los Charros', algunas de las alrededor de diez pandillas que se enfrentaban en sus calles.

Los límites de estos territorios, definidos y custodiados por ellos, son conocidos popularmente como 'fronteras imaginarias', y el miembro de una pandilla adversaria que se arriesgara a cruzarlos, se exponía a un encuentro con la muerte.

Mojica

Y es que el enfrentamiento de esas pandillas fue la principal causa para que en este barrio se presentaran 548 homicidios en los últimos quince años y se convirtiera en uno de los cinco más violentos de Cali. Sin embargo, al igual que en el resto de la ciudad, la cifra de asesinatos ha disminuido significativamente en los últimos dos años al pasar de un promedio de 43 entre 2010 y 2012; a 26 entre 2014 y 2015.

De esa época, recuerdan sus habitantes, las balaceras entre pandillas eran “pan de cada día” y al menos una persona era asesinada por esa 'miniguerra' cada semana. Por muchas de sus estrechas calles, donde solo puede pasar un solo carro, el paso estaba vedado después de las 5:00 p.m., incluso para las mismos vecinos. “Hay partes donde no lo dejan pasar porque ya es demasiado pesado. Hasta la policía no puede pasar”, recuerda Gabriela, quien trabaja y reside en el barrio.

Los vestigios de esas disputas aún están presentes en las paredes donde los graffitis pintados con aerosol son prueba del estilo de vida de estas pandillas: “Los que no están, prohibido olvidar”, “Solo Dios puede juzgarme”, son algunos de los mensajes.

¿Por qué han disminuido los homicidios?¿desaparecieron las pandillas? Para María, quien se considera una de las fundadoras de Mojica, el problema de pandillismo ha mutado debido a las presión de las autoridades y la muerte de los líderes de estos grupos, lo que ha dado un segundo aire a este deprimido sector.

“Muchos de los cabecillas se han ido porque tienen 'liebres' y los persiguen, a otros los han matado o arrestado”, explica la líder comunal al señalar que en la actualidad han quedado los “más pequeños”. Además, agrega que ya no es habitual ver 'parches' de jóvenes de las pandillas parados en una esquina porque “los requisan si los ven por ahí parados”.

No obstante, aclara que no es que hayan dejado de existir. “A veces se reúnen dentro de las casas y en las calles uno ve uno que otro, no juntos”, añade.

“Nadie dice que ya no haya muertos, lo que no hay es esa mortandad. Esto ha cambiado”, afirma Julio Cesar Zapata, residente desde hace 25 años en Mojica.

Según este hombre, quien antes de retirarse se dedicaba a la venta de pescado, el CAI y los agentes del cuadrante han ayudado a la mejoría de la seguridad. “Uno llama y ahí mismo llega la Policía”, señala.

La lucha contra el ocio

La baja en los asesinatos y la disminución de enfrentamientos entre pandillas no son los únicos signos alentadores en Mojica. Muchas fundaciones trabajan con los niños y jóvenes de la comunidad buscando a través del arte y la lectura alejarlos de las pandillas.

Una de ellas es 'Juventud Latina', una iniciativa del bailarín Harry Zuñiga, quien en la sala de una vivienda, brinda clases de danza folclórica, hip – hop, salsa, zancos, música, y capoeira a alrededor de 40 niños al día.

“La idea nació hace tres años al ver tantos niños en la calle vagando sin hacer nada. Hay mucho ocio en el barrio, entonces quisimos enseñarles a bailar, cantar y tocar instrumentos para que ocuparan su tiempo”, cuenta el joven que trabaja con cinco instructores más .

Otra de las iniciativas que trabaja en Mojica es la Fundación Arco Iris, la cual está presente desde el 2006 en el barrio, pero por falta de recursos tiene parados sus proyectos; sin embargo, continúa funcionando con la biblioteca comunitaria.

Su sede queda ubicada en uno de los puntos más crítico de Mojica, en la 'frontera' que lo separa con el asentamiento de la colonia nariñense.

Allí los niños, además de acceder a los libres, pueden hacer uso de los 20 computadores portátiles con que cuenta la biblioteca para hacer sus tareas. Además, se adelantan los proyectos: 'Cantando y Contando', Amigos por Siempre' y 'Cuentos Consentidos' que incentivan la lectura de los menores.

El ‘diablo’ insiste en llevarse a Manuela

585 muertes violentas en 15 años convirtieron a Manuela Beltrán en el sector más violento del Distrito de Aguablanca. ¿Por qué allá?

Manuela está lleno de gente buena. Por sus estrechos callejones se ven las mismas caras lindas que inundan esta otra Cali: caras de trabajo y de sudor, de gente de carne y hueso que no se vendió; caras de escuela y de vacilón; de gente que cada mañana tiene algo por pedir y cada noche algo por agradecer a Dios; todo un desfile de melaza en flor. ¿Quién diría que hay un pedazo del infierno concentrado en este rincón?

Las estadísticas de criminalidad dicen que sí. Que al diablo le ha dado en los últimos años por afincarse en este pedazo del Oriente, y no propiamente para alentar al América de Cali. Manuela Beltrán es, según el registro oficial, el barrio más violento de todo el Distrito de Aguablanca, y el segundo con más muertes violentas de toda la ciudad, después de Siloé.

La cifra es aterradora: en sus calles se han presentado 585 homicidios durante los últimos 15 años. Es como si ese diablo hubiera puesto siete buses padrones del MÍO en fila india, cada uno con sus 80 pasajeros a bordo, más otros 25 ciudadanos que hacen fila en una estación, y con un simple chasquido de los dedos hubiera borrado a todas esas personas para siempre del mapa, de la vida.

Manuela Beltrán

En el año 2003 llegó a tener un récord tan triste como sangriento: por las calles de Manuela desfilaron 51 entierros de víctimas de la violencia.

Entre el 2012 y el 2015 la cifra se redujo a entre 30 y 35 crímenes por año. Y este año pareciera que los números siguen mejorando. Hasta octubre se contaban 21 asesinatos. Uno menos que en igual período del año pasado.

Pero los números son solo eso: abstracciones que el hombre inventó para dimensionar al mundo. La realidad es distinta. Son otras 21 cicatrices de dolor sobre la piel oscura de Manuela.

¿Por qué el diablo quiere ‘llevarse’ a Manuela Beltrán, este barrio de la Comuna 14 que concentra un poco más de 30.000 habitantes según el Dane?

No hay ninguna razón en particular. O tal vez sí. La misma que explica las dinámicas del crimen en toda esta Cali del Distrito de Aguablanca, tan distinta y tan distante de esa otra Cali donde miles de personas se quejan todos los días por la criminalidad.

Elizabeth Beltrán, una líder comunitaria que ha pasado casi 20 años trabajando por el barrio, lo resume de forma simple: “Aquí reina el desempleo y el hambre es Ley. En muchos hogares los papás no tienen ni cómo darles el desayuno a sus hijos. Muchos niños y jóvenes se salen del colegio por eso, y se van para las calles a robar o a vender droga porque no encuentran trabajo. La necesidad y la falta de oportunidades son la principal explicación de todo lo que pasa aquí”.

Gran parte de los 585 muertos de Manuela en los últimos 15 años han estado ligados a los ajustes de cuentas entre grupos delincuenciales dedicados al microtráfico, los hurtos y la extorsión. Estos operan como brazos de las grandes bandas criminales heredadas de la era de los carteles de Cali y el norte del Valle.

Una fuente policial de la zona sostiene que aunque en los últimos años las autoridades han propinado duros golpes a esas organizaciones, en la Comuna 14 de Cali existen hoy 17 estructuras de ese tipo. Y la base de su negocio son las pandillas juveniles que abundan en el Distrito.

La geografía de Manuela está marcada por las fronteras invisibles que han trazado esas pandillas.

Los de ‘El Cimiento’, los de la Iglesia, los del ‘antro’, los de ‘La Comuna’, los del ‘smooke’, entre otros, son parte de un polvorín que explota cada cierto tiempo por el control del territorio o por las cosas más mínimas: una mirada, una palabra, un paso de más en la calle prohibida.

“Un joven de esos, si no tiene oportunidades, si no tiene empleo, puede salir a la calle a robar unas 3 o 4 veces al día”, dice uno de los investigadores de la Policía que trabaja en la zona.

Mientras habla, el hip hop de Zalama Crew brota de un radio a la distancia y lanza preguntas que respaldan sus cálculos fríos.

“En mi barrio siempre hay un suceso diferente, cada vez más fuerte: 15 puñaladas, tiros en la frente; ¿qué pasa con mi gente, que nos destruimos lentamente…?, dice la canción.

En medio de las calles estrechas, de la falta de trabajo, del hambre, el miedo y la pobreza, los habitantes de la zona intentan detener el próximo horror.

Hace algún tiempo apostaron por un programa de reciclaje que se acabó por falta de recursos. Y durante los últimos cuatro años han hecho un torneo de fútbol que congrega a 400 jóvenes. Muchos de ellos abandonaron la droga y la delincuencia de la mano del deporte. Pero otros han muerto en las calles.

El entrenador de natación Arlin Valencia Garcés es un ejemplo del esfuerzo que hace el Estado para frenar el avance del diablo en Manuela Beltrán. Es uno de los profesionales del programa ‘Deporvida’, con el que la Alcaldía de Cali intenta formar a niños del Distrito de Aguablanca en la práctica del deporte aficionado.

Trabaja con más de 160 niños en los dos polideportivos públicos de la Comuna 14 y, después de largos años de vivencia y experiencia en la zona, tiene claro cuál es la principal amenaza para su proyecto.

“La descomposición social que padece el Distrito de Aguablanca es el mayor riesgo. Aquí tenemos la amenaza permanente de que a los niños los induzcan a las drogas, el pandillaje o el sicariato. Y de que a las niñas las seduzcan a temprana edad para meterlas en prostitución. Por eso el trabajo con el deporte y la cultura son vitales para evitar que arrebatarle vidas a la violencia”, afirma.

Aún así, en Manuela reclaman una mayor presencia del Estado. “La Policía nos ayuda mucho, no solo con vigilancia, sino también con apoyo a nuestra labor social, pero creemos que hacen falta más cuadrantes porque aquí hay mucha delincuencia”, asegura Elizabeth Beltrán.

Pero ante todo, agrega, “lo que necesitamos es que la Alcaldía nos ayude con programas de generación de empleo, como el del reciclaje, en el que podríamos involucrar a muchos jóvenes que buscan solo una oportunidad para abandonar la delincuencia”

Las esquinas son iguales en todos lados. En Panamá, en Cali o en Borinquen sirven para estar parados. Pero por estos días, en las esquinas de Manuela reina una tensa calma.

En voz baja, algunos vecinos dicen que los capos de las bandas desarticuladas en años anteriores empezaron a salir de la cárcel. Y están regresando a recuperar su territorio. “Uno lo nota. Hay muchos atracos, extorsión, proliferación de droga”, dice un hombre de mirada triste. Lo peor, agrega, “es que vuelven y aquí encuentran muchos niños dispuestos a meterse en eso, porque no tienen ningún otro camino”.

El diablo insiste en llevarse a Manuela…

El Retiro: violencia en la esquina del barrio

Han sido asesinadas 484 personas entre 2001 y 2015. Dividido por fronteras invisibles.

‘Los de la Virgen’ cargaron el ataúd. Las armas en el cinto a punto de dispararse. Caminaron una cuadra y con el muerto al hombro se pararon desafiantes en la Calle 50 con Carrera 39B. Allí, en la frontera invisible, que los separa de ‘Los Chopos’ se armó la balacera.

Ese domingo del mes pasado, el día que la muerte, al contrario que los humanos no descansa sino que intensifica su horario laboral, las pandillas rivales se enfrentaron de nuevo, como llevan años haciéndolo. Separados por una calle del barrio El Retiro los jóvenes de un lado quisieron vengar la muerte de su amigo, a manos de los otros.

Esta realidad lleva años repitiéndose en las calles de El Retiro. Este barrio, el primero en fundarse en la Comuna 15 del Distrito de Aguablanca, también ha sido en los últimos quince años uno de los más violentos. En el Retiro, construido con balastro para tapar el fango por personas provenientes del Pacífico, han sido asesinadas 484 personas entre 2001 y 2015. Esta cifra lo ubica como el cuarto barrio con más asesinatos en este tiempo.

El Retiro

¿Por qué se matan entre ellos? Las autoridades dicen que la mayoría de los homicidios ocurren por disputas por el control del microtráfico.

Pero hay veces, cuando esos jóvenes -muchas veces casi unos niños- consumen ese mismo vicio que custodian, no saben ni por qué se matan. Solo porque el de una banda rival pasa cerca o lo mira mal o no lo mira. Solo porque la ‘traba’ o la borrachera mezclada con el arma cinto los hace sentirse machos y empiezan a disparar sin certeza de a quién le dan, cuenta un líder del barrio.

Y en estos quince años han muerto decenas de miembros de pandilleros pero también niños que juegan en los andenes de su casa. Mujeres que salen al trabajo o abuelas que caminan a la tienda.

En abril del 2006 mataron a Juan Carlos, el nieto de doña Marlene. El niño de 5 años estaba jugando cuando un joven, de 15 años, con una ‘pacha’ (arma artesanal) llegó persiguiendo a otros adolescentes y disparó. En mayo de 2009, el hijo de don Policarpo, un adolescente de 11 años, también murió por una bala perdida. O en marzo del 2008, una joven de 15 años, madre de un niño de un año y cinco meses, falleció cuando un grupo de jóvenes intentó asaltar un camión transportador de alimentos.

Ese domingo del mes pasado en la Carrera 50, en la frontera invisible, no murió nadie. Los habitantes de esas cuadras alcanzaron a resguardarse en sus casas. Cuando la Policía llegó, ‘Los de la Virgen’ corrieron a esconderse en su lado y ‘Los Chopos’ en el suyo.

La multiplicación de las bandas

En el 2001 -año en el que en El Retiro asesinaron a 46 personas- el barrio, según los informes de la Policía, estaba dividido en seis bandas: La Ponceña, Los de la Calle Ancha, Los Areperos, Los Piluis, Los Carrambas, Los de Pepón.

Cinco años después ya eran quince: Los Rosas, La Virgen, Los de la 8, Los Menores, Los Tolosa, Los Cobra, Los África, Los Atauleros.... Y actualmente, cuentan algunos habitantes, se convirtieron en parches de cuadra. Ya se suman nombres como Los Jeka, Los LK, Los Led.....

“Cada cuatro o cinco cuadras tiene su parche. Ese es el problema ahora. Uno puede decir que en los últimos años los muertos han bajado porque hay más control de la Policía pero las pandillas han aumentado y con ellas las fronteras invisibles. Los pelados de un lado no pasan al otro”, cuenta un habitante.

Y aparte de estas pandillas, las autoridades han identificado bandas sicariales, que reclutan a los menores de edad para cometer homicidios. Según la Policía se trata de grupos como ‘El Parche de Suley’, ‘La 8’, ‘Los Rusos’.

‘El Parche de Suley’, localizado entre El Retiro y El Vallado, es reconocido por ser contratado para el atentado contra el exministro Fernando Londoño, en el 2012. Alias Carne, un adolescente de 16 años de ese sector y quien pertenecía la pandilla de ‘Los Jeka’, fue contratado para instalar la bomba lapa en el carro de Londoño en Bogotá.

Ahora, cuenta un líder del barrio, El Retiro está un poco más calmado que años atrás. En 2015, según el Observatorio Social, mataron a 28 personas y este año, entre enero y octubre, van 19. “Pero viene diciembre y no se qué pasa pero los pelados se enloquecen en ese mes y aumentan los muertos”, dice una vecina, pero espera que el programa de atención a las pandillas logre que los pelados no sean seducidos por las armas sino por el estudio y el trabajo.

Y que sus héroes ya no sean pandilleros como ‘Uriel’, el jefe de un parche de los 90, o ‘Carne’, sino que en este barrio, que alguna vez fue una llanura inundada por el río Cauca, se multipliquen historias como la del boxeador ‘Momo Romero’ o el congresista Carlos Cuero.

Muchos sueños han quedado sepultados en Terrón Colorado

Entre 2001 y 2015 fueron asesinadas 454 personas en este barrio de ladera, que es el corredor vial hacia el Pacífico.

Cuentan quienes lo conocieron que era un talentoso con el balón; que tenerlo en su equipo era asegurar un partido. Y debió ser así porque estaba listo para viajar al fútbol de Brasil, pero Ronald Gómez Gómez no pudo gambetear la muerte esa tarde, cuando la enfrentó en una calle de su barrio.

Terrón Colorado se convirtió para él, al igual que para las 454 personas que fueron asesinadas en sus calles entre el 2001 y el 2015, en un cementerio de sueños. Ilusiones caídas que han hecho de este barrio el quinto con mayor número de muertes violentas en la capital vallecaucana.

Y es que por su posición geográfica y su problemática social es difícil que su suerte fuese distinta. El barrio crece al ritmo desafinado que marcan las invasiones, con cinturones de miseria alimentados por desplazados de otras regiones del país, controlado en gran parte por organizaciones criminales y sin fuentes formales de empleo.

Jaime Zúñiga, presidente de la Junta de Acción Comunal de Terrón Colorado 1, explica que el sector alberga gente en condiciones críticas y que han huido del conflicto, en su mayoría procedentes del Cauca y del Pacífico y que llegan a enfrentarse a la ciudad con un nivel académico muy bajo.

“En Terrón Colorado no hay empresas generando empleo; la gran mayoría son empresas comunitarias o familiares de calzado, empanadas, dulces o chuspas, pero son negocios de familia y el alto porcentaje de personas debe desplazarse al centro de la ciudad a rebuscarse con empleos informales o ventas callejeras”, indicó Zúñiga.

Es ante esta situación que la comunidad ha solicitado varios ocasiones la instalación de una sede alterna de la Universidad del Valle o del Sena para que ayude a los jóvenes del sector en formación para el empleo.

Es difícil, justifica la misma comunidad, que los niveles de violencia y la tasa de homicidios se puedan reducir mientras el microtráfico se siga consolidando como la principal fuente de empleo entre los jóvenes del barrio, que son quienes aportan el mayor número de muertos.

Ese mismo negocio de las drogas ha dado pie a las llamadas fronteras invisibles, que no es otra cosa que la disputa por el control territorial. Fue justo por cruzar una de esas fronteras que habría sido asesinado Ronald Gómez, la joven promesa del fútbol que alistaba su viaje a Brasil.

Terrón Colorado

Todo confabula

Pero el problema va mucho más allá. El crecimiento exponencial de la población y las invasiones no dejan ver un futuro más prometedor en este sector de la Comuna 1; que en el papel consta de tres barrios, pero que sobre el terreno se han formado ya 19.

Según cifras y proyecciones con datos del Dane, la Comuna 1 pasó de tener 63.148 habitantes en el 2005 a albergar 91.352 en el 2016. Su población aumentó cerca del 50% y todo apunta a que en diez años habrá doblado el número de habitantes.

Y aunque su posición geográfica, como puerta de entrada y salida entre la capital del Valle y el Pacífico colombiano, bien podría representar una oportunidad y un potencial económico, ha sido la criminalidad la que ha sacado el mayor provecho de esta posición de privilegio.

Así lo deja entrever Octavio Rivera, presidente de la Juan de Acción Comunal de Terrón Colorado 2, quien indicó, no obstante, que en la actualidad el barrio está pasando por un buen momento porque es notoria la disminución en los casos de sicariatos, atracos y vacunas.

“En el tema de la criminalidad en Terrón Colorado tiene mucho que ver la ubicación geográfica del barrio porque por ser el corredor hacia Buenaventura y por ser zona de ladera presenta sitios propicios para que la criminalidad se pueda esconder. De hecho, aquí ha realizado operativos por el sector del Realengo y han encontrado armas que no las tenía ni el Ejército”, aseguró Rivera.

Fuentes de la Fiscalía recordaron que Terrón Colorado se había convertido en la base de operaciones de ‘Martín Bala’, perteneciente a la banda de los Urabeños y que en ese mismo barrió fue capturado alias ‘Fresa’, de Los Comba. Pero también han sido identificadas otras organizaciones y oficinas de cobro que están dedicadas al sicariato, el hurto y el fleteo, además de bandas dedicadas a desguazar autos.

Razones para creer

Pero si bien es la criminalidad la que genera mayor ruido, son también muchos los casos de gente pujante y honesta que se repone cada día a su designio y se levanta a buscar el bienestar propio y el del barrio.
Y aunque ha faltado continuidad, los centros de iniciación y formación deportiva se han convertido en una gran alternativa para que los jóvenes aprovechen el tiempo libre y salgan de esa suerte de radar en que los ha ido ubicando la delincuencia.

El propósito con la práctica del deporte, dice Blanca Lucía Gil, coordinadora cultural de la Comuna 1, “no es sacar ‘Messis’ ni ‘Ronaldos’, sino que el niño ocupe su tiempo libre y que se forme como persona, con disciplina y con valores”.

“No se trata de invertir solo en cemento porque además de necesitar buenas calles, también es necesario que la gente tenga oportunidades, buenos gestores culturales y buenos gestores deportivos para que la gente vea otras oportunidades en la cultura y el deporte”, aseguró Blanca Lucía Gil.

Terrón Colorado cuenta con varias escuelas de salsa, 32 grupos organizados, 18 fundaciones, 5 escuelas de teatro y una banda marcial. De allí proceden varios de los bailarines que representan a Colombia y futbolistas del rentado nacional.

“En los Juegos Municipales acabamos de ganar 18 medallas solo en taekwondo y somos fuertes en patinaje, natación y voleibol. Y seremos mejores en la medida en que tengamos más oportunidades”, dijo el presidente de la Junta de Acción Comunal 2.

Así es el ‘mercado negro’ de las armas

Cali sigue siendo una ciudad armada. Aquí, en los últimos quince años una persona ha sido asesinada con un arma de fuego cada seis horas. En ese lapso, 23.093 personas murieron porque otro ser humano, al apretar el gatillo, decidió poner fin a sus vidas.

Con estas cifras tan alarmantes nace un interrogante: ¿qué tan fácil es conseguir un arma en Cali? La respuesta, de acuerdo con las estadísticas de la Policía, salta a la vista. Y es que tan solo en lo corrido del 2016 han sido incautadas en la ciudad 1333 armas de fuego, de las cuales su gran mayoría eran ilegales y habrían sido adquiridas en el 'mercado negro'. Además, 1225 personas fueron detenidas por el delito de porte ilegal de armas.

Sin embargo, las incautaciones han disminuido en comparación a una década atrás (2005) cuando la cifra ascendía a 5061 armas. Reducción que ha ido de la mano con la baja en homicidios en la ciudad.

El comandante de la policía de Cali, general Nelson Ramírez, señaló que el decreto presidencial que prohibió el porte legal de armas durante todo el año ha contribuido a la disminución de los homicidios en la ciudad. “Eso influye porque generalmente cuando las personas se les restringe portar un arma, esto evita el riesgo de que en alguna confrontación con otra personas la situación lleve a una lesión personal o un homicidio”, señaló.

Además, indicó que la Policía sigue con un extenso plan para controlar el porte de armas en todo Cali, sin embargo, precisa que en la ciudad aún persiste un gran número de armas ilegales, que representan la mayor parte de las que son incautadas.

En las calles de Aguablanca o la ladera de Cali se puede encontrar prácticamente cualquier arma. Desde una ‘pacha’ (arma artesanal hecha con dos tubos de acero y dos tiros) que cuesta entre 80 y 150 mil pesos, hasta una pistola 9 mm por la que se paga entre millón y medio y dos millones, según fuentes de inteligencia.

Alex, un expandillero de la ladera, cuenta que “conseguir un arma en Cali es muy fácil”, solo hay que tener el dinero y “listo”.

Sin embargo, advierte, las armas no solo se cambian por dinero. “Usan a los pelao's que quieren tener su pistola, entonces les dicen venga, usted me 'fuma' (mata) a tal persona y se queda con el arma”, explica.

El tráfico

¿Pero cómo funciona este mercado negro? Lo primero que hay que saber es que las armas que circulan por la ciudad de manera ilegal y que surten este ‘bazar’ del que se abastecen bandas criminales, pandillas y ‘oficinas de cobro’, tiene varios orígenes.

Uno de ellos es el tráfico con envíos provenientes del exterior. Los delincuentes intentando no ser detectados por las autoridades despachan las armas por partes a diferentes destinatarios en Colombia.

Según explica un investigador de la Dijín de la Policía, el tráfico se da a través de dos modalidades de envío: en contenedores, los cuales llegan en barcos a los diferentes puertos de Colombia, entre ellos el de Buenaventura, o a través de encomiendas por medio de empresas de mensajería.

“En las encomiendas, primero le llega una parte a una persona en un lugar, luego a otra en otro lugar, y así a varias personas. Cuando están completas las unen para ensamblar el arma y sacarla a la venta”, afirma.

En estos envíos, las partes son regularmente camufladas en paquetes con televisores, remesas, muebles modulares o juguetes. “A pesar de que las partes del arma sean pasadas por el escáner, las personas que revisan no saben qué son al verlas”, precisa el investigador.

La Policía trabaja para desarticular estas redes, que a diferencia del pasado, no tienen muchos integrantes y trabajan con uno o dos contactos en el exterior. El último operativo contra estructuras que operan bajo esta modalidad en Cali se hizo el pasado 15 de junio en un centro comercial en San Nicolás, donde se incautaron 56 cartuchos (calibre 12), 4 cartuchos (calibre 38), 10 culatas de fusil M4, y 11 tubos de fijación para fusil M4.

Asimismo, muchas de las armas que se comercializan ilegalmente en la ciudad han llegado por el puerto de Buenaventura desde Estados Unidos -principalmente- a través de la segunda modalidad: cargamentos con mercancía. Sobre este método, el miembro de la Dijín aclara que no lo hacen en grandes cantidades como se ve “en las películas” para no ser detectados por el personal de la Aduana.

“Una de las particularidades del tráfico por envío es que las armas son vendidas al mejor postor. Las venden a quien las pague”, señaló el investigador, quien además, agregó que al ser armas nuevas y sofisticadas, los precios pueden oscilar entre $10 millones para una pistola 9 mm y hasta $20 millones por una ametralladora M60.

De acuerdo con las investigaciones de la Dijín, las armas que más se traen son de las marcas Smith & Wesson y las Prieto Beretta en sus diferentes modelos. En cuanto a armas largas son: la ametralladora M60 y el fusil Avtomat Kaláshnikova modelo 1947 (AK -47).

A través de Buenaventura ingresó al país un lote de 10.000 fusiles Norinco, procedentes de China, traídos ilegalmente por un un traficante caleño, asesinado en el 2010 en el sur de la ciudad. Ese hombre las distribuyó las armas a los hermanos ‘Comba’, a ‘Los Rastrojos’, a otros miembros del Cartel del Norte del Valle y a las Farc.

Las autoridades decomisaron entre 2008 y 2010, más de mil de esas armas, la mayoría en Cali.

El mercado 'hechizo'

En Cali existen 'miniguerras', pero estas no se libran entre solo dos bandos, sino entre decenas de pandillas regadas por los barrios de Aguablanca, quienes custodian sus territorios y aportan un significativo número de los homicidios que se presentan en la ciudad. ¿Cómo cuidan sus límites? Con armas.

En el oriente de esta ciudad no existe un Viktor Bout, (el reconocido traficante interpretado en una película por Nicolas Cage), que surta de fusiles, lanzagranadas y ametrelladoras a las bandas para que se maten entre ellas, en cambio, en su lugar hay un gran número de armerías ilegales que hacen sus veces de ‘señores de la guerra’ y que llenan las calles de armamento ‘hechizo’ -de fabricación artesanal- el cual es adquirido a un menor costo.

Este tipo de armas son hechas sobrepedido, explica un investigador de la Sijín, quien indica que en los lugares donde las elaboran no “están exhibidas en los estantes”. Además, señala que el principal problema para hallar estas armerías es que nadie denuncia por temor.

Al respecto, el general Nelson Ramírez, indicó que “la Policía está adelantando un trabajo de identificación de estas armerías acompañado del pago de recompensas para quienes nos den información que ayuda a ubicar estos lugares y termine en el proceso de judicialización de las personas que laboran en ellas”.

Un arma ‘hechiza’ puede ser elaborada por uno de estos armeros en tan solo mediodía. “Las personas que las hacen regularmente han tenido algún tipo de vinculación en el pasado con la Fuerza Pública y debido a su afición continúan instruyéndose de manera empírica. Más ahora que hay tanto acceso a la información para aprender”, señala la fuente.

Armas ‘heredadas’

Tras el ocaso del Cartel del Norte del Valle en donde grandes capos como Diego León Montoya, ‘Don Diego’;y Wílber Varela, ‘Jabón’; tenían a su servicio grupos de sicarios conocidos como 'oficinas de cobro’, que se encontraban armadas hasta los dientes, esas armas quedaron a la deriva y de nuevo salieron a circular en ‘el mercado negro’.

Hace diez años, la Policía tenía identificadas 35 grandes estructuras sicariales al servicio de los capos. Pero con la muerte o captura de los líderes de estas bandas, según una fuente de la Fiscalía, los que estaban más abajo dentro de la organización se hicieron a estos ‘arsenales’ o los vendieron a otros grupos criminales.

“Esas armas quedaron guardadas en caletas y los que estaban más abajo en la organización y que sabían dónde estaban las cogieron”, indicó una fuente de la Sijín.

Algunos de los herederos de ‘Los Comba’, como los alias de Boliqueso, Palustre, Avestruz, Búho, Lobo, Fresa y Manila, se quedaron con el control del microtráfico en la ciudad. Y para eso, armaron a jóvenes pandilleros para que custodiaran las zonas en las que se vende la droga. “Se dividieron la ciudad y le entregaron a las pandillas la droga para que la vendiera y les dieran un porcentaje”, explicó otra fuente de la Fiscalía.

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