Tras el ritmo del bailarín Carlos Paz, 'el resortes caleño'

Septiembre 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | El País.

Esta es su historia, como abrebocas del Mundial de Salsa de Cali.

Parado frente a los doce muchachos que ensayan una coreografía en la escuela Libertad Latina, del barrio Cristóbal Colón, lo que Carlos Paz va dibujando con sus elásticas piernas parece un asunto imposible: el reto es deslizar con suavidad el pie derecho, después de sacar el zapato desde bien atrás, y enseguida rozar el suelo delineando un círculo.   El hombre les muestra el paso varias veces. Siempre con un movimiento impecable. Los chicos se esfuerzan en seguirlo, pero todos fracasan en cada nuevo intento. Solo entonces Carlos hace detener la música para arrojarles sobre la pista un salvavidas: “Aprendan una cosa, cuando uno no tiene el paso claro en la cabeza, no lo podrá sacar con los pies”. Son casi las 10:00 de una noche de miércoles y esos jóvenes de pasos torpes y distraídos afinan los detalles de la presentación que darán en el Concurso Salsa Hombres, que les sirve de vitrina a los nuevos bailarines caleños. Han corrido casi dos horas de ensayo y cada que hay una pausa y el volumen baja, Carlos Paz insiste en la misma prédica: “No importa solo que seas bueno —les dice—. Hay que aprender a marcar la diferencia y eso se logra practicando fuertemente, todos los días, como si uno no supiera hacer nada más”.  Restan apenas tres semanas para dejar la coreografía lista, pero el grupo aún no logra verse coordinado. Carlos lo sabe y por eso atravesó la ciudad, a bordo de su vieja  moto Honda, para llegar hasta aquí y librarlos del naufragio; aunque sin la esperanza de cobrar algún peso. Solo hasta el día siguiente, en medio del ensayo del espectáculo Delirio, contará sus razones: es que cada vez que imparte clases de salsa  a muchachos que sueñan convertirse en grandes bailarines, él remonta —sin querer— el río de su propia vida y llega a la postal de ese ‘pelao’ flaco y de cabello afro que un día fue tan bueno, tan pulido, que se hizo necesario declararlo fuera de concurso en las competencias. Las ganaba todas.  Porque los pasos que esos bailarines se esfuerzan por memorizar en una academia, él los aprendió por su cuenta en las calles del barrio Calima, el mismo donde se crió y del que nunca quiso irse. Corrían los años 70 y por las calles de los sectores populares del norte de Cali  se comentaban con envidia los pasos con los que un tal Watussi y un tal Jimmy Boogaloo dejaban a todos descrestados. Carlos, que no sumaba más de 15 años y que había sido arrullado con las guarachas alegres de la Sonora Matancera, caminaba por entonces hasta Salomia o hasta el Popular para convertirse en otro más de los que terminaba aplaudiendo los movimientos precisos de esos negros gozones. Lo que sucedía después es un recuerdo que se quedó a vivir para siempre en su memoria: llegar a casa, al cuarto de doña Berta, su mamá, para improvisar frente a un  espejo los pasos que él mismo inventaba. Ya desde entonces comenzaría a cultivar esa técnica que convertiría en su marca indeleble: danzar con el tacón del zapato —un tacón cubano, medio redondo y ligeramente alto— y no con la punta del pie, como siguen haciéndolo los bailarines de la vieja guardia. Eran otros tiempos. Los días en que los vecinos de los barrios humildes asistían al nacimiento de una tradición que permitió el ascenso de  esas leyendas que luego escribirían la historia del baile caleño. Se llamaba ‘Darse zapato’. Un duelo que se libraba en los ‘agüelulos’ sin más armas que los pasos que había creado cada uno. Al cabo de unas horas, ya sin gasolina  en el cuerpo, el asunto llegaba a su fin y cada contrincante se marchaba  convencido de que había vencido al otro.   Carlos, muchas veces, fue uno de ellos. De eso se acuerda Félix Veintemillas, bailarín de la época y amigo de Carlos desde entonces, quien también trae al presente otro ritual infaltable: ‘pedirle chico’ al discómano de algún grill conocido para que “nos permitiera bailar un mambo o una descarga y así  nosotros después pasar a recoger algunas monedas entre el público”.    Y cuenta que la inspiración para tanto bailoteo nacía de los pasos que personajes como ‘Clavillazo’ y ‘ Tin Tán’ dejaban escapar en las películas mexicanas que proyectaban los teatros del centro.  A otro de esos  célebres actores se le conocía como ‘Resortes’ por su pasmosa elasticidad  de las rodillas hacia abajo. Lo conocía el joven Carlos Paz que, después de ganar varios concursos, fue llevado ante el mismísimo Jimmy Boogaloo, que en los 70 animaba las tardes de fiesta del balneario Estambul. El hombre repasó de arriba a abajo la figura de ese muchacho con catadura de hombre  bajo y grácil  y sin mayores expectativas preguntó:  “¿Y este sí baila?”.  Solo cuando el cuerpo del joven comenzó a brillar sobre la pista vino a entender que se trataba de un pelado que bailaba ‘calidoso’; suave y elegante, sí, pero extrañamente elástico, como un caucho. Fue desde allí, año 74, que por culpa de Boogaloo  a ese muchacho del barrio Calima comenzaron a identificarlo con un remoquete que nunca cortejó: ser el ‘Resortes colombiano’.   Es que nadie había hecho lo que él hasta entonces. Y hacerlo sin fórmulas y con curiosidad inagotable. Quiso fundar  un estilo como bailarín solista y lo logró. Uno tan difícil de imitar que según otro de sus amigos, Luis Carlos Caicedo, director de la escuela Nueva Dimensión, “ni siquiera un campeón mundial de salsa es capaz de imitarlo. Si tú le pides a uno de estos bailarines de ahora que intente bailar con los tacones, fracasa. Carlos Paz es único. Él entendió que era mejor no perder tiempo buscando  parejas de baile porque es de los que baila según lo que le dice la música y no lo que un coreógrafo le indique”. Con casi 58 años a cuestas, su estilo permanece intacto. Es que Carlos Paz inventó otra cosa que es aún más difícil de enseñar en salón de clases:  lograr que la picardía que aún le brilla en los ojos tampoco se le haya marchado del cuerpo cada vez que suena la música.

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