Lisandro Duque cuenta cómo es vivir en carne propia 'El soborno del cielo'

Abril 03, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Isabel Peláez | Reportera de El País
Lisandro Duque cuenta cómo es vivir en carne propia 'El soborno del cielo'

El realizador Lisandro Duque ha recibido múltiples reconocimientos por ‘Los Niños Invisibles’ (2001), y ha dirigido películas como ‘Los Actores Del Conflicto’ (2008), ‘Visa USA’ (1986) y ‘El Escarabajo’ (1983).

El realizador de la polémica película ‘El soborno del cielo’, Lisandro Duque, pudo ser guerrillero pero se refugió en los libros y se hizo autodidacta del cine. Entrevista.

Con ‘El soborno del cielo’, una comedia negra sobre la intransigencia religiosa, el realizador  de Sevilla, Valle, Lisandro Duque, ha demostrado que el buen cine colombiano sí  tiene público. En dos semanas y media que lleva la película en cartelera, ha estado en 48 salas, más de 50.000 espectadores la han visto y la empresa alemana Media Luna  la está promoviendo en festivales del mundo.    

Con la actuación magistral del actor manizalita radicado en Nueva York, Germán Jaramillo, el filme cuenta una historia real sobre un párraco del municipio de Sevilla que declara el templo en entredicho y se niega  a oficiar sacramentos hasta que la familia Zapata traslade el cuerpo del suicida Aymer Zapata del camposanto católico al  laico. Sus seres queridos se niegan a cumplir la orden y exigen que esta se haga extensiva a los familiares de otros  suicidas sepultados en el cementerio, al punto de rebelar un listado de nombres con ayuda de la  ciudadanía.

Duque escribió  con Gabriel García Márquez ‘Milagro en Roma’, ha recibido múltiples reconocimientos por ‘Los Niños Invisibles’ (2001),  ha dirigido películas como ‘Los Actores Del Conflicto’ (2008), ‘Visa USA’ (1986) y ‘El Escarabajo’ (1983). Fue gerente del Canal Capital, fundó la carrera de cine en la Universidad Central y por invitación de ‘Gabo’, dirigió  la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, en Cuba.   

¿De niño notaron en casa su habilidad  para contar historias?

En estos días leí un diario  que nos hacía mamá, en el que  nos dibujaba la huella plantar y describía tempranamente nuestras características. Dice de mí que  era travieso, que empecé a hablar muy rápido, de corrido. En esa época se asumía como  precoz que uno empezara a hablar de corrido a  los tres  años.

¿Qué  imagen tiene de su infancia?

Con mi hermano Fernando nos criamos como  mellizos, aunque  me llevaba un año y pico,  fue socio de mis travesuras, que  no fueron excesivas.  Donde mi tío Tulio  el  mayor placer que teníamos era subirnos a un palo de aguacate criollo   a comer con arepa y  sal.  Pese a que  era una ciudad violenta,  hacíamos muchos  paseos dominicales, de olla, al río San Marcos y a fincas. 

¿Y había espacio para el cine?

A los ocho años podíamos ir a matiné. Había dos salas de cine. En el Teatro Real veíamos cine gringo, películas de vaqueros, y en Alcázar,  de cantantes mexicanos como  Pedro Infante y  Jorge Negrete, y   los sábados a las 10:00 a.m. pasaban cine infantil doble, y el domingo se repetía  en  otro teatro.  Ir a cine era una fiesta. Uno toda la semana no hacía sino hablar de las películas. Había compañeros hábiles para  contarlas o  interpretarlas. En  casa  jugábamos a los bandidos, a los indios, a los vaqueros, imitábamos a Tarzán, a Flash Gordon. Era la forma de mantener excitada la  imaginación.

¿En qué momento surge su necesidad de contar historias visualmente?

Te confieso que la primera necesidad que tuve de contar historias fue en lo literario, escribía poemas  que no volví a ver nunca, y a mis 16 años, en quinto de bachillerato,  fundé Idearium, mi primer periódico literario en el Colegio Santander. Tuve buenos profesores de literatura clásica griega, francesa, nos hablaban de grandes poetas y   de  escritores prohibidos por la iglesia, como  Franz Kafka, el rey de los prohibidos  era Vargas Vila  y los  radicales colombianos,  como Rojas Garrido. La bibliotecaria nos  prestaba clandestinamente libros de Sartre, de Albert Camus. Casi todo lo que uno leía eran textos   pecaminosos, según los que los prohibían.

¿Cómo lo influenciaron intelectualmente los colegios por los que pasó?

Estudié primaria  en el Colegio Uribe y  bachillerato en el Santander. Entre el 57 y 59 mi papá nos llevó a vivir  a Pereira y estudié en un colegio público, el Deogracias Cardona,  al que llegaban los desplazados por la violencia en los 50. Y había gente   con costumbres que a uno, como niño recién llegado de Sevilla, lo dejaban atónito. Era una aventura sobrevivir al matoneo de  condiscípulos   burdos en su temperamento, fuertes en el físico,   que incitaban a la pelea a puñetazos. A uno le tocaba defenderse como pudiera. Terminamos con mis amigos refugiándonos en los libros tempranamente,  nos parecía que era lo único  que nos podía dar cierta inmunidad. Éramos una pequeña élite de intocables. Y como fuimos  troncos para  el fútbol, el basquetbol, la lucha libre y la  jabalina, nos escondimos en los libros  y no sólo de los que incitaban la pelea, sino de los  que nos querían dirigir   la consciencia: los curas.

¿Le hacían bullying los curas?

  Sí. Uno estaba obligado a confesarse los primeros  viernes, a comulgar los primeros sábados, a ir a misa  y  arrodillarse. Era tan fuerte la  presión     de quien  mandaba en el pueblo, el cura párroco, que uno se sentía acorralado. El párroco Buenaventura, que nada tiene que ver con el que recreo en ‘El soborno del cielo’, fue  un patriarca religioso, flaco, se parecía al Papa Pío XII,   elegante, pero muy severo. Desde el púlpito y por los parlantes de la torre daba los nombres  propios de quienes “estaban yendo mucho a la zona de tolerancia”.  Escarmentaba  públicamente a quienes vivían en concubinato, daba  nombres de las parejas “desavenidas”,  casadas y católicas que peleaban. Se opuso a la construcción de una piscina en el Colegio Santander porque hombres y mujeres no podían estar semidesnudos al tiempo allí. 

Agradezco que mis padres fueran suscriptores de la revista  Life en Español, de Selecciones del Reader's Digest, de la colección de literatura Tor, unos libros que había que despegarlos con cortapapeles,  adonde llegaban La Eneida, La Odisea, El Conde de Montecristo, las novelas de Víctor Hugo. Por fortuna, en mi casa y en las de otras familias,  como no existía la televisión o si ya se había inventado,  no teníamos,  uno leía mucho, no perdía el tiempo viendo TV. Empezamos a leer José Carlos Mariátegui,  escritor peruano, y a  Jorge Enrique Camilo Rodó, uruguayo. Y mientras  ciertos sectores culturales  se aprendían de memoria poemas de Jorge Robledo,  yo leía a Eduardo Cote Lamus y a Jorge Gaitán Durán.   Robledo me pareció rústico. 

¿Cuando decide ser ateo?

A los 16 años. La quema del pesebre que  narro en ‘El soborno del cielo’  fue un  6 de enero de 1960, por parte de mis amigos Mario Pineda y Humberto Pino, de  18 años.  Yo era de la línea junior  de esa patota de muchachos inquietos intelectualmente. Fue una  respuesta radical a las historias que narraban la espeluznante complicidad de los curas vallecaucanos con los pájaros de los años 48, 49 y 50, que sacaban a la gente de sus propiedades en Restrepo, en Trujillo,    y que quemaron pueblos como  Ceilán, Betania, La Tulia, Naranjal y  provocaron   masacres en la cordillera central, en El Cairo, El Dobio, El Águila. Esos desplazados   espantados de allá y liberales, cruzaban el río Cauca y se venían a vivir a Sevilla, capital cafetera de Colombia.  Eso hizo mella en la  virtud religiosa  que  los jóvenes teníamos. Dejamos de creer en los  curas.

¿Si no cree en Dios, en qué cree?

En el estudio,  la racionalidad, la ciencia, pero sobre todo  en el amor y en la felicidad. Las religiones son creaciones del ser humano, de las instituciones, para distraernos de los  deberes éticos. Me di cuenta de que  los pobres creen en Dios y Él cree en los ricos.

¿La violencia  afectó  a su familia?

No. Mi papá no era agricultor, ni propietario de tierra, era comerciante, artesano, se dedicó a la relojería. No tenía un rango económico que lo hiciera víctima deseable  de esa violencia.

¿Pese a su agnosticismo, su familia era católica?

Mi mamá era muy católica,  y aunque  mi papá era agnóstico, siempre fue prudente. A mi papá y a sus hermanos les gustaba la literatura esotérica,  de reencarnación. Un día le pregunté a  mamá qué era rosacrucismo y me dijo “mijo,  es una doctrina que hace suponer que usted  se muere y se vuelve  una mata de plátano”. 

¿Y  ahora qué piensa que va a pasar con su cuerpo cuando usted  muera?

 Como ser físico me disuelvo, me diluyo, me transformo  en cenizas, en semillas, en tierra, en  naturaleza. Terminé creyendo lo que antes me parecía terrible, que   uno se muere y se puede convertir en una   mata de plátano.

¿Qué tipo de publicaciones escribía en su periódico Idearium?

Eran reflexiones con unas pretensiones de trascendentalidad  grandes,  sobre problemas cívicos, la  pavimentación de calles, que los toques de queda  no fueran desde tan temprano. En estos días,  cuando me doy cuenta que se respiran  aires de tranquilidad en muchos pueblos afectados por el conflicto armado,  a pesar de que vivo en Bogotá, me instalo en la sicología de un joven de una región remota en  Caquetá o Catatumbo y siento  alegría de que  experimenten un cese al fuego, porque en esos años se sentía un tiroteo a tres cuadras, a medianoche y uno esperaba al día siguiente a ver qué había pasado. 

¿Qué película viene a su cabeza de esa  violencia que vivió Sevilla?

Cuando estaba pelado, de 13 años, apostaba con mis amigos carreras en bicicleta y la primera etapa era Sevilla-Cementerio,  llegábamos y recostábamos las bicicletas en las paredes del anfiteatro, nos trepábamos en ellas y veíamos por las ventanitas, fácilmente acomodados,  doce degollados, y  decíamos “empieza  la segunda etapa: Cementerio-Tres Esquinas”. Esa morbosidad por lo violento  ha estado  presente en las generaciones  en los últimos 60 años. Era  habitual ver   las volquetas  del municipio llegar del campo  con ocho cadáveres cuyos pies colgaban, empantanados y llenos  de sangre. No es una memoria grata.  Uno trataba, por instinto, de fugarse de eso metiéndose a   un rincón de casa a leer literatura que lo remontara a otros países y épocas.

A propósito de literatura. ¿Cómo se da la relación con  García Márquez?

Yo estaba en Cali para la premier de mi película ‘Visa USA’ en 1986, en abril o mayo, en la casa de mi hermana, y allá me entró  una llamada de Gabriel García Márquez. Yo con él nunca había  hablado. Creí que era algún amigo tomándome del pelo, pero  le reconocí la voz, sentía ese feedback que  producían las llamadas internacionales. Me dijo que había visto mi película ‘Visa USA’ y que le había encantado.  “Es un guion sin fisuras, no tiene una grieta.  Y  los diálogos son excelentes. ¿Cómo los haces?”.  Me ruboricé, se lo agradecí y dijo: “Puedes utilizar mi nombre para la premier y para efectos de publicidad, di que yo considero que es muy buena”. A los 20 días me llamó para  proponerme  hacer con él ‘Milagro en Roma’.

¿Cómo fue trabajar con él?

Muy fluido. Él, por fortuna, no fue al rodaje porque no hay cosa más incómoda que tener al coguionista ahí. Trabajamos en el guion en La Habana, en México y en Bogotá, por cuatro meses. Él hizo la versión última. Me enseñó a trabajar en computador. Una vez en su casa, en Ciudad de México, me dijo: “Voy a hacer una siesta, sigue  redactando” y  le dije “Es que  no sé escribir en computador” y me enseñó a manejar el Mac. Me dijo: “Si ves que te queda grande o que se te va a borrar el material, escoge una máquina de escribir ¿Quieres esta en la que escribí ‘Cien años de soledad o  esta otra en la que escribí ‘El Otoño del Patriarca’, que es eléctrica?” y yo, “No, maestro,  me da miedo, no me atrevo a tanto”. “Te toca entonces escribir en computador”.

 ¿Cuál fue la última vez que hablaron?

La última vez que hablé con él y estaba en el ejercicio de su lucidez fue en 2003, me llamó para hablarme de un proyecto  de  siete películas   que haría en América Latina y España, con Antonio Banderas: “Ponte pilas,  hay que empezar a cranear un guion”. Pero luego salió la noticia de su   cáncer linfático y permanecía largas temporadas en Los Ángeles haciéndose la quimioterapia.  Cuando  celebraron los 80 años en Cartagena, lo saludé en el hotel y, te confieso, que tuve la certeza de que él no se había dado cuenta de con quién  había conversado. Me dio mucha tristeza porque sentí que estaba entrando en una fase  terminal de su enfermedad. Sobrevivió seis años en esas circunstancias,  no distinguía bien a la gente. Pero una vez a un amigo le dijo “Yo no me acuerdo quién eres tú, pero me acuerdo que te quería mucho”.

[[nid:523328;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2016/04/lisandro-duque-familia.jpg;full;{Arriba. Fernando, Lisandro y Rafael Duque y abajo María Teresa con sus padres, Inés Naranjo y Lisandro Ossa.Foto: Especial para El País}]]

La película 'El soborno del Cielo' está en la cartelera de Unicali este domingo a las 9:30 p.m.
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