Las luchas de las parejas del mismo sexo tras la aprobación del matrimonio gay

Abril 10, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros, reportera de El País
Las luchas de las parejas del mismo sexo tras la aprobación del matrimonio gay

Parejas del mismo sexo reconocen que tienen otras metas por alcanzar. Conquistas que no pasan por la Constitución sino por la mentalidad de un sector del país.

Su boda fue noticia de primera plana en los principales periódicos de Canadá. Es que nunca antes en la historia de ese país dos ciudadanos extranjeros del mismo sexo, en calidad de refugiados, habían decidido declarar su amor frente a un notario. Sucedió el 18 de octubre de 2003. Y aquella vez, como en toda boda que se respete, hubo champaña, invitados, francachela y comilona.

El recuerdo le pertenece a Felipe Zuleta Lleras, el periodista, el columnista, la voz de decenas de polémicas en la radio de las mañanas y el hombre que un día, para ponerse a salvo de los tormentos del corazón, no tuvo más camino que confesarle a su esposa, Juanita Castro -su novia de toda la vida-  y a su pequeña hija, María -adoptada por la pareja con apenas meses de nacida- que se había enamorado de otro hombre. 

Después de esa revelación su lugar en el mundo acabó por transformarse sin remedio. Él, nieto del dos veces presidente Alberto Lleras Camargo, amamantado en la alcurnia bogotana, le tuvo que confesar al mundo que César Castro, con quien se había conocido en un programa de televisión en el que ambos trabajaban, era la persona con la que, en adelante, deseaba recorrer  la vida.

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El camino que se abrió delante de no fue fácil: “o tienes una vida doble, como la que llevan miles de colombianos casados, que se dedican a recoger a un amante de ocasión en las esquinas, o asumes una vida en la que lloverán las críticas y te convertirás en el menú de cientos de almuerzos y tés de las distinguidas señoras bogotanas que, para ocultar a los maricas en el clóset que tienen en sus propias familias, se dedican a despotricar contra parejas como la mía”. 

Gente a la cual le cuesta mucho  comprender que dos personas del mismo sexo pueden fundar una familia. Casarse. Quererse. Hacer mercado. Pasear la mascota. Domesticar el afecto como lo haría cualquier par de esposos. 

Casarse como Felipe y César, que supieron ser felices durante doce años hasta que el amor devino en tedio y se divorciaron. Hoy Felipe Zuleta, al repasar los días pedregosos en los que debió salir del clóset y asumir su real sexualidad, dice que no volvería a casarse, pero que desde entonces carga en los bolsillos una certeza: “ser marica es cosa de machos”.

Lo sabe también Germán Durán, un odontólogo de Zarzal, norte del Valle, que desde hace nueve años unió su vida a la de John Haiver Betancurt, laboratorista dental con quien se conoció una noche en el pueblo.

Germán, que en sus años de estudiante en la Universidad Javeriana de Bogotá tuvo varias novias, dice que la vida lo confrontó hasta entender “que no puedes estar engañándote a ti mismo. Fui feliz en mis relaciones con mujeres, pero descubrí que no era lo que realmente quería”.

Hoy comparte varias fotos en las que aparece junto a su pareja. Dichosos, vestidos con guayaberas blancas y pantalones en colores. La vida en su mejor versión. 

Son las postales del día de su boda, una fecha que Germán repite con orgullo: el 18 de noviembre de 2013. 

Germán Durán, un odontólogo de Zarzal, norte del Valle, que desde hace nueve años unió su vida a la de John Haiver Betancurt,Especial para El País

Fue el día en que un valiente juez, Carlos García,  que despacha en una notaría de San Estanislao de Kostka —un olvidado municipio que se levanta a 47 kilómetros de Cartagena, conocido por algunos como Arenal— hizo a un lado las excusas que esgrimían otros colegas del país y se dedicó a casar, casi al escondido, como si se tratara de un delito, a  parejas del mismo sexo. 

César y John  decidieron cruzar  la puerta que había dejado abierta de par en par la Corte Constitucional, en el año 2011, cuando reconoció que las parejas del mismo sexo tenían el derecho de conformar una familia y estableció que, si al 20 de julio de 2013 el Congreso no regulaba el tema, estas podrían libremente acudir a los juzgados a formalizar su unión. 

Pero el asunto, como muchas otras cosas en este país, se volvió una ley de papel y, ante la falta de claridad sobre el tema y el rechazo del procurador Alejandro Ordóñez, muchos notarios se abstuvieron de realizar las bodas. 

“Pero lo que yo tengo en mi poder, desde aquel día, es un acta de matrimonio y a John lo llamo delante del que sea mi esposo”, relata Germán. 

Lo que pasa, dice, es que “la gente cree que lo que la Corte Constitucional aprobó el pasado jueves es el matrimonio entre parejas del mismo sexo, pero ese era un derecho civil que ya se había conquistado. Que los notarios fueran negligentes frente al tema es otra cosa. Lo que sucedió en realidad el pasado jueves es que ahora los notarios están obligados a casar a este tipo de parejas porque de lo contario caen en desacato”.

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Antes de eso, cuenta el odontólogo, “las parejas gais estábamos desprotegidas. No podíamos construir un patrimonio juntos. Pasaba que al morir uno de los dos, pese a los años de convivencia que tuvieran, su pareja no podía reclamar porque se creía que quienes tenían ese derecho eran los familiares directos. Pero, a pesar de que a muchos les cueste reconocerlo, las cosas han cambiado. Porque está demostrado que una familia no es solo la que conforman un papá y una mamá con sus hijos”, reflexiona Germán. 

Sin embargo, quedan otras conquistas por alcanzar, reconoce. Conquistas que no pasan por la Constitución sino por la mentalidad de un sector del país. 

En eso piensa Germán cuando recuerda que no hace mucho, menos de un año, tuvo que escuchar de labios del recepcionista de un hotel de Popayán, en plena Semana Santa, que las políticas del lugar impedían que una pareja del mismo sexo compartiera una cama doble. “Yo le repetía ‘es que él es mi esposo’. Pero eso no bastó, como si estar casado no valiera. Y sé que muchas otras parejas viven todavía situaciones de rechazo”.

454 uniones maritales, entre parejas del mismo sexo, se celebraron en el país entre enero del 2015 y enero de este año, según la Superintendencia de Notariado y Registro. 

60,57 por ciento correspondió a parejas de género masculino y el 39,43 por ciento, del femenino. Risaralda fue el departamento donde más se casaron las lesbianas.

Fue la misma discriminación que sintió Jennifer Murillo, una joven realizadora audiovisual de 23 años que desde hace tres convive con su pareja, de 27. Cuenta que una noche, en la discoteca La Maldita Primavera, del sector de Menga, el administrador del lugar se les acercó para impedirles que siguieran bailando juntas, bajo el argumento de que otros clientes del local se habían quejado.

“Pero eso no ha impedido que vivamos libremente nuestra relación. Que nos tomemos de la mano cuando vamos por la calle o entramos a un supermercado. En Colombia faltan aún muchas cosas por cambiar, pero a mí se me salieron las lágrimas de felicidad, frente al televisor, el pasado jueves, cuando contaban en el noticiero que se permitían los matrimonios entre personas del mismo sexo. ¡Al fin!, pensé ”.

Mucho antes de que la Corte Constitucional levantara su voz en este tema,  Jennifer y su novia habían certificado en una notaría que vivían juntas, que la suya era una unión de hecho. Hasta entonces creyeron que era lo único que podían permitirse. 

“Pero, a pesar del fallo de la Corte, uno sigue sintiendo que el país no está preparado para este tipo de uniones. El día que fui a afiliar a mi pareja a la EPS, enseguida de su nombre, colocaron que era mi esposo, que era sexo masculino, porque de lo contario el sistema no aceptaría el ingreso de la solicitud”, relata la comunicadora. 

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En otra ocasión, sentada en un local  de venta de motos, tuvo que sentir el desconcierto que le produjo el comentario de un vendedor, quien le sugirió que se consiguiera a un amigo que se hiciera pasar por su esposo, “pues si colocaba el nombre de mi pareja como fiadora era posible que rechazaran la solicitud”.

Pero el fallo de la Corte comienza a poner las cosas en orden. Eso cree Jennifer, que confiesa que varias veces había conversado con su novia sobre la posibilidad de casarse y establecer una familia al lado de Lula, Negra, Índigo y Tarantino, sus cuatro gatos. Hacerlo en un país donde el 60 % de los niños no son deseados y unos 10 mil esperan la oportunidad de un hogar. 

“La idea no sería adoptar sino la  inseminación. Que sea el hijo de una de las dos. Ojalá, quién quita, que después de esto, ¡mi novia me proponga matrimonio!”.

El valiente juez que casó gais

El día que Germán Durán, un odontólogo de Zarzal, se casó con John Haiver Betancurt (quienes aparecen en la foto), otras 31 parejas de todo el país también lo hicieron.

Quien permitió que pudieran tener ese derecho que había sido otorgado por la Corte Constitucional desde 2013 fue un valiente juez, cuya notaría, desde el 2011, se encuentra en el municipio de Arenal, en el departamento de Bolívar. 

Se trata de Carlos García Granados, un abogado samario de 34 años, egresado con el mejor promedio de su promoción de la Universidad de Cartagena, y con un doctorado en derecho en España.  

Lo que falló la corte

El  fallo que emitió  la  Corte Constitucional, al avalar el matrimonio igualitario,  es considerado   el último paso que hacía falta para que la comunidad  LGTBI, tuviera plenos derechos en Colombia.

La Sala Plena estudió  cuatro tutelas que buscaban que se definiera si las uniones del mismo sexo se hacían por un contrato civil de matrimonio, que implica obtener los mismos derechos que los de una pareja heterosexual, o  si seguían formalizándose mediante un contrato innominado que tiene el aval de la Procuraduría, pero que no tiene todas las garantías jurídicas.

El caso estaba en  manos del polémico magistrado Jorge Ignacio Pretelt, quien proyectó una ponencia contraria a los intereses de la comunidad  LGTBI,  pero que fue derrotada por la mayoría de tendencia liberal de la Corte actual, con una votación 6-3.

La Corte determinó  que se vulneran derechos por parte de los notarios cuando se niegan a unir en matrimonio a las parejas del mismo sexo y por eso concedió las tutelas, en una decisión que es histórica: le da  el sí al matrimonio igualitario.

La sentencia final quedó en manos del magistrado Alberto Rojas Ríos, quien dio su aval al matrimonio igualitario al estimar que a pesar de que en el Código Civil se entiende matrimonio como el celebrado entre un hombre y una mujer, a todo ser humano le asiste el derecho a contraer matrimonio.

En su pronunciamiento ante la Sala Plena, Rojas dijo era necesario remediar la situación de discriminación secular contra una minoría sexual en Colombia, en términos de dignidad humana, libertad e igualdad para contraer matrimonio en las mismas condiciones que lo celebran parejas heterosexuales.

Tras conocerse el fallo de la Corte Constitucional,  del pasado 7 de abril, que permite el matrimonio entre parejas del mismo sexo, muchos se preguntan a qué derechos pueden acceder realmente estos ciudadanos en caso de que  se casen. 

La Senadora Ángela Robledo, lo explica:

 

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