La salsa de mi confusión: monólogo apócrifo de Andrés Caicedo

La salsa de mi confusión: monólogo apócrifo de Andrés Caicedo

Abril 17, 2017 - 10:09 p.m. Por:
Por Yefferson Ospina Bedoya
Andrés Caicedo

Andrés Caicedo. Foto inédita de Rosario Caicedo, hermana del escritor.

Rosario Caicedo, especial para El País

Así que después de que llegué a Houston y volví a ver a Rosarito y escuché el “te extrañaba mucho, Andrés. Estás como que más flaco…, y ¿seguís con la mariguana? Y pues ni para qué te pregunto si seguís yendo a esos barrios, porque obvio que seguís yendo…” y las preguntas sobre papá y mamá y mis hermanas; después cada interrogación hecha de inercia y las frases obligadas de nuestras convenciones, después de todo eso, yo se lo dije a Rosarito.

Sí, se lo dije: “Ve Rosario, ya tengo todo el bosquejo de la novela”, y Rosario me miró con alegría, con esa alegría de ella que yo había extrañado tanto desde el 70, tres años atrás, cuando ella se casó con su novio de toda la vida y se fue pa’onde los gringos y me dejó a mí un poco más solo, más abandonado.

Y mientras me miraba sonriendo se quedó como suspendida, como a la espera, y entonces se lo solté de una vez: “La protagonista va a ser una alumna del Liceo Benalcázar, Rosarito”, y entonces ella volvió a reír pero sin saber que todavía faltaba que llegara lo mejor. “Va a ser puta también. Sí, Rosarito, una puta del Benalcázar, imaginátelo”. Y fue ahí que yo me eché a reír y Rosario no sabía si reír ella también y solo atinó a decirme: “No digás esa palabra, Andrés, no digás eso”.

Claro, cómo iba Rosario a reírse por eso. Ella, Rosarito, que había estudiado en el Liceo Benalcázar, la hija de mi padre y de mi madre que sí pudo masticar y tragar toda la herencia puritana y conservadora. Cómo iba a reírse Rosario.

Porque aquello era lo que yo quería hacer con esa novela: decirlo claro y de una vez por todas, decir que odiaba y me asqueaba toda esa clase burguesa y provinciana de Cali, decir que me asqueaban todas esas costumbres de gente que vivía sin saber que Cali era mucho más que los barrios del nortecito rico y clase media, descendientes de conservadores payaneses y exterratenientes dueños de las grandes haciendas de la colonia que se creían los dueños de una ciudad que hacía rato, mucho rato, había dejado de ser de ellos.

Porque sí, yo ya lo había dicho en todos mis cuentos y lo había dicho incluso en las primeras obras de teatro que escribí en el colegio y que me censuraron los curitas del San Luis Gonzaga. Pero ya lo quería decir más fuerte, a gritos si tocaba, como un loco, lo quería decir en esa novela de la que le hablé a Rosarito recién desempacado en Houston.

Hablar de la otra ciudad y sobre todo de eso, mi rechazo, mi repudio a la burguesía conservadora y represiva de señoras bien vestidas que se sentaban en las tardes a escuchar cumbias mientras en el otro lado retumbaban los parlantes con la salsa.

Hablar del norte, pero no del norte de mis papás, sino del norte de mi generación, el de los suicidas, de los que no encontraban nada sino la música y la rumba para prenderse de la vida. Y sobre todo eso, de la música. Hay instantes particulares en los que se define el rumbo de toda una vida. Yo no sé exactamente cuál fue el mío, pero se me hace que debió ser por allá, a mis quince o dieciséis cuando fuimos por primera vez con Alfonsito Echeverry al prostíbulo en el que conocí a Berenice. Quedaba, o queda, porque seguro que aún sigue, en toda la Calle 27 con Carrera 15, del Teatro Asturias pa’bajo. Debió haber sido allá en donde yo empecé a escuchar la buena música, sobre todo la salsa.

Sí, el golpe lo debí escuchar por esos lados. Porque yo ya había recorrido a todos los Stones, ya me los sabía, la historia de Can’t Get No Satisfaction, la historia de Richards y Jagger que se conocen en un tren y cómo crean la banda y se traen a Brian para que les diera el alma. Yo ya los había escuchado, al menos todo lo que habían hecho hasta esos días: Ruby Tuesday, Let’s Spend the Night Together, She is a Rainbow, todo.

Y también a The Beatles, aunque detestaba sus caritas de niños bien arreglados y siempre bien vestidos. Y también había escuchado a Robert Jhonson, a Jhon Lee Hooker, Muddy Waters, a los maestros de verdad. Pero lo de la salsa no, eso debió haber sido por allá, en aquel prostíbulo en donde también conocí a Berenice, a la que le leía el cuento de Poe que lleva su nombre sin que ella entendiera un carajo de lo que le leía. Y entonces fue ahí que la música terminó por convertírseme en un ancla, pero en un ancla invertida, en eso que te saca del día, que te saca de la vida y te pone en otro terreno en donde toda la angustia y la consciencia, ese monstruo que no descansa y no tiene piedad, no existen.

Sí. Te saca de la vida, aunque al otro día, después de la fiesta y de la música, te levantes para encontrártela de frente otra vez. La consciencia mañanera con todas sus vergüenzas, con todas sus angustias. La consciencia. ¿Con qué objeto, tan implacable, tan irreversible?

Pero hablaba de Rosario, de Rosarito. Yo ya le había dicho: Rosario, yo de Houston cojo para Hollywood a tratar de vender mis guiones, y la puse a trabajar en la traducción. A ella, que llevaba tres años en EE. UU., y sabía inglés pero no como para una traducción. Y sin embargo las hizo y yo me fui para Los Ángeles y mierda, “aquí en Los Ángeles no hay ángeles” le dije luego a Rosarito. Y me regresé a Houston y luego fuimos a ver esa película que a mí me fascinaba, quizá una de mis preferidas que yo ya había visto en Cali: ‘The red shoes’. La volví a ver y luego pensé que tal vez en el fondo esa película inspiraba la novela que tenía en mi cabeza.

Sí, tal vez, inconscientemente. ¿La recuerdan? La historia de esa mujer que cuando usa sus zapatos no puede parar de bailar, hasta que muere bailando. Bueno, como que sí, como que me influyó. En fin.

Y quería hablar de la ciudad. Yo se lo decía a Rosarito cuando estábamos en Cali: “Sabés qué, aquí en este barrio no tienen ni idea de lo que pasa de la 25 para abajo, no tienen ni idea de lo que pasa en el centro, allá en pleno Sucre o San Nicolás o San Pascual, o más allá de Miraflores. No tienen ni idea, Rosarito, no tienen ni idea de que esta ciudad es negra”.

Cómo no va a ser negra, esta ciudad en donde el sol pega como una fiera hambrienta que no se cansa todo el día, todos los días… Cómo no va a tener el alma negra esta ciudad. Y seguro por eso también es así: como que erige postes y tapias impenetrables de lo invisibles que lo rodean a uno por todos lados, a todas horas, como para querer matarse, como para querer liberarse. Calabozo.

Entonces, decía: esa novela tenía que ser como la declaración de todos los principios, de los míos, claro. La música sobre todas las cosas, y el placer, todos, sin titubeos, todos los placeres que se pudieran, sin medirse. Todas las cosas que pisoteaban y escupían de una vez y para siempre a esta Cali de monjas y sacerdotes pedófilos y familias que van a misa los domingos y jovencitas vírgenes ardientes por conocer a un hombre y a esta Cali que escuchaba música de paisas. Los infames Graduados de Gustavo Quintero. Y meterle a Joyce con sus monólogos interiores y a Cabrera Infante y algo de los ambientes de Poe y Lovecraft y de lo que he aprendido de Marito, los diálogos de gente de la calle, vos sabés, de gente que tenga alma, un lenguaje con el alma de estas calles de esta Kali.

Y que en todo, como atravesándolo todo, como un muerto atravesado, todos los síntomas míos, o los de mi generación. Ya se sabe: el miedo, la sensación de no ir a ninguna parte, la sensación estar encerrado, en un calabozo, de hundimiento, de puro desgaste, de puro correr a la muerte. Claro. Esta generación que anda con la muerte adentro y lo único que hace es sacársela, hasta que de pronto la muerte ya se queda agarrada a las costillas o al cráneo o al hígado o al tabique y entonces te come con sus colmillos que saben a hongos de Pance, de esos que te hacen vomitar y ver a los árboles mientras hablan y luego todo se vuelve negro. “Oh I’m sleeping under strange strange skies…”. Puta canción más hermosa y triste. Ah, y el Richie, con esa música filuda y su Diferente… (La caseta panamericana). Claro, y eso no podía faltar: 26 de diciembre de 1968, Ricchie Ray y Bobby Cruz y esa cantidad universal de alegría encerrada en un local de Juanchito. Sí, Richie y Bobby alternando con Los Graduados, con los infames Graduados. Ah, bueno, lo digo de una vez: esa noche, con ellos, se justificó esta ciudad. Esa noche Cali tuvo una razón para para no ser destruida por las bombas y la peste.

Pero más allá: sacarme, o intentar otra vez sacarme esta noche que me chorrea por la garganta desde el cerebro y se me mete en todas partes, en los intestinos, en las manos, me sale por los ojos y los oídos, como gusanos. Sacármela, esta muerte, este naufragio constante. Habría que hacerlo, no darle chances a la muerte de que lo coja a uno, no, más bien irle por delante, y pum que te tengo, que perdiste el año conmigo, marcaste calavera, mamita, porque yo llegué primero.

Y también, a mi despecho, escribirlo en algún lado. Pero esto se me ocurrió más bien fue en Silvia, no en Huston ni en Los Ángeles sino en el Cauca, en ese pueblo hermoso al que me llevaba mi papá a veranear, cuando escribía las últimas líneas, en ese pueblo en donde la hierba es más verde y los árboles más negros. Escribir lo que he mantenido en mi diario desde el 72. Escribir: “El libro miente, el cine agota, quémenlos a ambos y no dejen sino la música”.

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