Juan Carlos Uribe, el dandy caleño

Agosto 02, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Paola Guevara / Editora de Vé
Juan Carlos Uribe, el dandy caleño

Juan Carlos Uribe, relacionista público.

La cara que más se repite en las páginas sociales es la de Juan Carlos Uribe. Perfil de un galán con dos metros de irreverencia.

Para caminar al lado de Juan Carlos Uribe hay que andar sin afanes. Poco se puede avanzar junto a él pues, a cada paso que da, la gente lo detiene para saludarlo, para estrechar su mano, para abrazarlo, para preguntarle por su salud, en fin. 

No es actor, no es modelo, no es cantante, no es estrella de reality, no es deportista. No es un pájaro, no es un avión. Es el no famoso más famoso de Cali.    

Un día  su mamá, la elegante y refinada doña ‘Chila’, le pregunta: “¿Quién es esa señora que te saludó  con tanta efusividad, esa a la que le dijiste  mi corazón y mi vida?”. A lo que Juan Carlos  responde: “No tengo  idea”.  

Por alguna razón la gente siente que lo conoce de toda la vida y él, incapaz de responder con un desaire, es siempre asequible y afectuoso con los extraños. Una posible hipótesis para este fenómeno es que su cara es la que más veces se repite en las páginas sociales y en la revista Gente. Es tan popular que ya  le preguntan si tiene acciones en El País.

La editora Catalina Villa lo confirma: “Puede asistir de tres a cuatro veces por semana a eventos sociales.  Lo que ocurre es que la gente lo invita a los eventos porque él rompe el hielo con su sentido del humor, une a los grupos, es una figura integradora”. 

Ese es Juan Carlos Uribe, el fashionista  de dos metros de altura al que la gente  voltea a mirar  cuando se sube a un avión, el que mata a todos de risa en los almuerzos de prensa y al que le cuesta pasar inadvertido no solo por su tamaño sino por su pinta de galán de Telemundo. 

Un día, un psiquiatra  le dijo: “Te gusta demasiado llamar la atención”, y le recomendó pasar desapercibido, caminar rápido sin saludar a nadie y con  la mirada fija en el suelo. 

No lo logró ni tres días, pues mantener el bajo perfil no está en  su naturaleza. Tiene un desparpajo natural que decidió usar para las relaciones públicas y por eso ha sido tan  exitoso como director de protocolo y relaciones públicas de la Alcaldía de Cali  y  la Gobernación del Valle, de la Biblioteca Departamental, la Secretaría de Salud y un sinfín de instituciones públicas y empresas privadas con las que se ha ganado la fama de perfeccionista. 

Elegante como siempre, enfundado en  ropa Perry Ellis  y luciendo las más recientes  gafas  de Cartier, acudió a su cita con El País en el Hotel Marriott al que  asesora en materia de   relaciones públicas.

¿Su vida es tan V.I.P como parece?

La gente me ve salir en las páginas sociales y se imagina que yo vivo la vida loca, que me la paso  de farra, de fiesta en fiesta, y la verdad es que no  necesito el trago para estar contento y mi único vicio son los postres.

También se imaginan que soy millonario,  el hijo de Aristóteles Onasis, pero lo cierto es que tengo dos pesos en la billetera, soy malísimo para el ahorro porque tengo debilidad por lo bueno, vivo de mi sueldo, tengo el carrito ‘chichi’ de siempre y a mis 51 años aún vivo con mi mamá.   

¿De quién heredó su habilidad social?

Yo creo que de mi madre, una dama bugueña que siempre fue regia, con mucho garbo, elegante y a la vez con un carácter muy fuerte. Ella era el centro. Donde quiera que llegaba dominaba la escena y aún hoy lo hace. Mi  madre tiene un sentido del humor muy fino, está llena de frases, de chispazos  y de cuentos, nos enseñó a reírnos de nosotros mismos y por eso parezco una Mini-Uzi.    

¿Se considera un hombre bello?

Me parezco mucho a mi papá. Él tuvo mucho éxito con las mujeres en su momento. A él no le importaba si nacíamos vivos o muertos, sanos, enfermos o con tres ojos, solo le interesaba que fuéramos bonitos. Se asomaba a la cuna y si nos veía buena pinta, respiraba tranquilo. (Risas).  

Dios lo castigó con presencia. ¿Y qué tal le va con  la salud? 

He tenido una salud muy frágil, me han operado del apéndice, de las amígdalas, del corazón, de la sinusitis dos veces. Tengo esteatosis hepática heredada, me hicieron sleeve gástrico y tuve un infarto hace poco  pero sigo dando lora. Mi mamá dice que al concebirme me completaron con miaos. 

Entonces ha pasado buena parte de su vida en una camilla...

No. He pasado la mayor parte de mi vida  en el    diván de un psiquiatra (risas).  Mis papás me llevaron  porque  veían que era un niño distinto, diferente a los demás, y se preocupaban. Yo no sabía que era distinto, era  un niño feliz que jugaba a la lleva, a las escondidas, con los carritos de mis hermanos o las muñecas de mis hermanas, era libre, inocente y no  entendía por qué los  niños en el colegio me agredían, eran muy crueles conmigo,   me decían palabras muy duras. Guardo dolores muy profundos de esa época. 

¿Cuál es el mejor consejo que le ha dado un psiquiatra?

He pasado por muchos psiquiatras y psicólogos a lo largo de mi vida, en el intento por comprenderme mejor. Me han dado dos buenos consejos: Uno, que me goce mi diferencia y la lleve con la frente en alto, siendo regio. Otro fue un consejo de tipo sentimental:  que aprenda a leer mejor a las personas, porque tengo un defecto, soy inmediatista, quiero todo ya y me enamoro rápido. 

Pero hoy en día decidí no ir más al psicólogo y me cansé de que me recetaran pastillas para el estrés, para la ansiedad, para todo. Ya no necesito eso.   

Y entonces, ¿qué le da paz ahora que no va a terapia?

Soy muy devoto de la Virgen, rezo el Rosario con mucho fervor, tengo mucha fe en Dios y adoro a los  ángeles. Entré a los retiros de Emaús y eso me ha permitido sanar muchas experiencias duras de mi vida. No es que haya cambiado mi forma de ser,  yo sigo siendo el mismo de siempre. Mis amigos me dicen: “Cuáles  retiros espirituales si sos el mismo imprudente, el mismo burletero, esa platica se perdió” (Risas).      

¿Cómo llegó a ser el director  de protocolo de la Alcaldía de Cali?

 Yo trabajaba organizando eventos y un día tuve que planear una cena a la que asistió, entre otros, Mauricio Guzmán. Cuando estoy a cargo de un acto social siempre procuro  ser  espléndido, me ocupo hasta de los más pequeños detalles, quiero que todo sea perfecto, así que al final se me acercó Mauricio Guzmán  y me dijo: “Juanquita, si algún día llego a ocupar un cargo público tú vas a estar a cargo del protocolo”. Yo me desentendí del asunto, hasta cuando un día, en efecto, se convirtió en el Alcalde de Cali y cumplió su promesa. 

Algún chascarrillo ha tenido que ocurrirle al comienzo de su carrera...

Hay uno que recuerdo mucho. Un día yo tenía que entregar tres condecoraciones muy importantes en un acto solemne de la Alcaldía. Yo no descuido nunca las medallas porque al fin y al cabo son joyas muy preciadas y, para que no se pierdan, las llevo  conmigo.

Resulta que el evento estaba por comenzar cuando sentí algo extraño en el estómago y fui al baño. Y allí estaba ocupado cuando oí la voz de la  presentadora que decía: “A continuación, el señor Juan Carlos Uribe entregará las medallas al mérito a los homenajeados”. Yo no sabía qué hacer, no podía salir en ese momento y oí:  “Segundo llamado a que el señor Juan Carlos Uribe salga y entregue las medallas...”.

A la tercera vez que dijeron mi nombre no tuve más opción que subirme los pantalones y salir corriendo y el alcalde al verme me llamó con el dedo, como solía hacerlo cuando estaba muy bravo.

Me reclamó: “Juanquita, usted dónde estaba”,  yo me  acerqué con disimulo y le conté lo que me pasó en el baño, con tan mala suerte que le  hablé directo al micrófono que el alcalde tenía en la solapa  del saco y todo el mundo escuchó.

La gente no paraba de reír, el presidente Ernesto Samper  se destornilló de la risa, cuando pasé al frente a entregar las condecoraciones la gente se seguía riendo, cada vez que yo iba a hablar se carcajeaban... 

¿De qué se enorgullece?

Siempre ha prevalecido mi buen trabajo. Nunca he tenido padrinos políticos, todos los trabajos los he conseguido por mi talento y nadie puede decir que fui pícaro o que me enriquecí. Hasta los recibos los guardo  y las monedas las devuelvo  porque en mi casa  me enseñaron honestidad a toda prueba. La plata que consigo, paradójicamente, nunca es para mí.

¿Cómo es eso?

Tengo talento para pedir, pero siempre  para otros.  Si me dicen que unos niños necesitan 300 helados yo no tengo problema en llamar al presidente de una  compañía y conseguirlos.  Eso sí, nunca abuso de la confianza de la gente, siempre que pido algo  lo hago con todo el protocolo y todo el respeto del mundo.  Obtengo donaciones para eventos benéficos, recursos para campañas culturales, ayuda para niños de escuelas públicas, hospedajes, tiquetes, en fin,  soy mejor   para ayudarles a otros que para ayudarme a mí mismo.   

¿Qué le ha hecho falta por hacer?

Me pesa haber dejado pasar muy buenas oportunidades, hay muchas cosas que he dejado de vivir porque  siempre he antepuesto, por encima de mis propias necesidades, a  mi familia. Me ha preocupado mucho lo que   piensen, pero me quedan unos años para intentar ser más libre y salir a comerme el mundo. 

 

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