ENTRETENIMIENTO

Gerardo de Francisco, el constructor de notas

Septiembre 03, 2011 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de El País

Gerardo de Francisco es más que el padre de Margarita Rosa y de Martín, un gran amigo de su esposa Merceditas, un sobreviviente de la bohemia y un ícono musical de Cali: El Zaguán del Viejo Conde.

Su razón de vivir, como dice la canción de Víctor Heredia que le gusta tanto, y que describe su amor por Merceditas Baquero, es ella y sus hijos, Adriana, Margarita Rosa y Martín. Pero la música es su vida misma. Gerardo de Francisco, reconocido en el país entero como actor y arquitecto, es para Cali en realidad un ícono de la música.Por eso ayer, a nadie le extrañó que en el XIX Festival de los Mejores Tríos, organizado por la Fundación del Artista Colombiano, se le rindiera homenaje. Había razones de sobra: fundó en 1954 el Trío Calima, con el que grabó seis Cd; creó El Zaguán del Viejo Conde, bohemio rincón de la Cali de los 80, y con su grupo de planta editó otros seis trabajos musicales. Con El País conversó sin la guitarra en las manos, pero con la nostalgia del caleño que quiere siempre volver. ¿Hace cuánto no venía a Cali?Vengo cada que puedo, me fascina mi tierra, me hacen falta mis amigos de toda la vida. Estuve con mis hijos y mis nietos en diciembre y hace unos meses volví. Estoy pensando a estas alturas de mi vida comprar apartamento, para venir más a menudo y no molestar a mis amigos.¿Pero va mucho a Ginebra?Yo me crié en Ginebra, allí aprendí a nadar, a montar a caballo, a manejar carro. Soy hijo putativo de Ginebra. Durante 11 años fui integrante de la junta del Mono Núñez.¿Cómo era la Cali de su juventud? Viví de muchacho en Santa Rita, iba en bicicleta al colegio, era una época sana, de serenatas los fines de semana. Cuando a mi papá lo nombraron gerente del Banco de la República nos fuimos a vivir a la Plaza de Cayzedo. Luego me fui a la Javeriana de Bogotá a estudiar arquitectura y regresé recién casado con Mercedes.¿Nunca pensó en vivir en el exterior?No me gusta. Aparte de mi patria chica, de mi Valle del Cauca, lo único que me gusta es Santa Marta, por el mar y porque tienes una brisa fresca, dulce, de la sierra. ¿Cómo nace su pasión por la música?Yo molestaba a mi papá pidiéndole un instrumento desde los 6 años. Mientras los hermanos jugaban y montaban a caballo, yo me quedaba con los grandes escuchándolos cantar. Mi papá cantó desde los 6 años, lo hacía en el Teatro Municipal de Buga y me llevaba a recitales.¿Y su papá al fin le regaló el tiple?Vino a regalármelo cuando tenía 11 años. Tomé clases de tiple; un año después, de guitarra, y en el Colegio Berchmans, hace 60 años, me paré por primera vez frente a un público a cantar con un trío que conformamos junto a Rodrigo Guerrero y Néstor Londoño. Cantamos en veladas, dando serenatas. Tuve ese tiple 20 años, pasé con él muchas bohemias, hasta que se dañó. ¿Cómo fue esa época de la Cali bohemia?Bellísima. Cuando estaba muchacho fundé, junto a dos grandes amigos, Toño Saavedra y Alonso Ángel, el Trío Calima; era 1954. El trío duró medio siglo y la muerte fue la única que pudo disolverlo, a Toño lo perdí hace cuatro y a Alonso hace cinco. Me dio durísimo, eran más que mis hermanos.¿Su fama de anfitrión no es infundada?Mis amigos saben de sobra que cuando la invitación corre por mi cuenta la van a pasar bueno. Cuando voy a Cali los llamo para pasar una buena noche con música...¿De esa cualidad nació la idea de crear El Zaguán del Viejo Conde?Sí, en 1984 abrí el Zaguán en la Avenida Estación, a media cuadra de la Sexta, y comencé a vivir de la música. Por los laditos le ‘jalaba’ a la arquitectura, pero durante 8 años la prioridad fue la música. Duró hasta 1991 cuando inicié en la Tv. Es que me era complicado permanecer entre Cali y Bogotá. Así que abrí el Zaguán en Bogotá, que duró varios años; y también allá monté el sitio ‘Viva Cali, Chipichape y Yumbo’, por Cajicá. Y ese Zaguán marcó una época en Cali...Era un lugar encantador, se hacía buena música. Tenía un grupo de planta de ocho personas e invitaba a artistas como María Martha Serra Lima, Los Chalchaleros, Los Visconti y muchas orquestas. Eso sonaba muy bueno, en la noche cantábamos 45 canciones.¿Le da nostalgia haberlo cerrado?Sí, claro. Varias veces he tenido el arranque de volverlo a abrir, pero apenas recuerdo lo duro que es, de día con proveedores, facturas y bancos, y de noche tarima y músicos, pienso: “No otra vez”. ¿Y dónde quedó la arquitectura?La música y la arquitectura han sido para mí algo serio. En Cali, recién graduado, me integré a una firma de arquitectos paisas y me fui para Riopaila con mi señora, allá nacieron mis hijos. Fui secretario de obras públicas en la administración de Emilio Sardi, defendí ante el Concejo Municipal la creación de Emsirva, fui el primer gerente de ésta y de esa época me quedó uno de los aportes más gratos a mi ciudad, la fundación del Zoológico de Cali.Pero eso pocos lo saben...Sí, pero yo tuve la idea, lo diseñé, conseguí los recursos y pensé que el mejor lugar era el lado norte del río Cali. Lo diseñamos con el director de Parques Édgar Ocampo y con el Zoológico de Milwaukee.Pero no nos desviemos tanto de la música, ¿qué canción siente que lo define?La que yo le dedico a mi mujer ‘Razón de vivir’, es un tema precioso y define lo que pienso yo sobre nuestra relación. Y hay una de Los Chalchaleros, ‘Merceditas’, que se la canto a cada rato. Esa sensibilidad suya para la música le debió servir para enamorar...Fui noviero antes de casarme. La música, que va de la mano con el amor, me ayudó bastante con las muchachas. Aún me acuerdo de todas mis novias. Y, ¿qué tal le va como coleccionista?Pude haber sido un mejor coleccionista. No tengo mucha, pero sí muy buena música. He tenido muchos LP, luego fui migrando a los CD. No me acostumbro mucho al Ipod porque te limita mucho.¿Se considera un señor bolero?No es lo que más canto. Me identifico con el folclor de Argentina, Venezuela, México (la jarocha, de los guapangos y corridos, la música de la época de la Revolución Mexicana es preciosa).¿Cómo recibe ese homenaje del Festival?Con alegría y humildad. Es un honor, pero pienso que no me lo merezco mucho.

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