“El planeta se me está quedando vacío”: actriz Vicky Hernández

Marzo 18, 2013 - 12:00 a.m. Por:
Margarita Vidal
“El planeta se me está quedando vacío”: actriz Vicky Hernández

La actriz Vicky Hernández aseguró que no tiene prisa por morirse pero "pienso que no hay mucho más que ver en esta vida, ni mucho más que hacer. Yo ya he vivido”.

La actriz Vicky Hernández dice que fue criada diciéndole “al pan pan y al vino vino, cosa que nunca se ha usado en Bogotá”. Confiesa que en la vida ya no le queda nada más por hacer, pero la disfruta.

Cuando Vicky Hernández tenía 16 años abandonó el bachillerato para interpretar a Carlota Corday, en Marat Sade, bajo la dirección de Santiago García. La obra llevaba tres meses agotando boletería.Vicky cuenta en una entrevista que era tal la efervescencia entre el público y los actores que: “Fui entrando en un estado de excitación tal que empecé a temblar. Antes de matarlo, Carlota tenía que recitar un parlamento ante la tina donde Marat se bañaba. Yo pensaba: lo voy a matar, pero este es Gustavo Angarita, mi amigo, y yo no soy Carlota Corday. Me puse a llorar y me desmayé. Cuando desperté me dijeron que no había pasado nada grave, pero la verdad es que le hice a Gustavo unacortada superficial del pecho al estómago. Por fortuna, Angarita se diocuenta de mi estado de frenesí y de alguna manera, se movió. Si no lo hace, le clavo el cuchillo. Un sicólogo a quien consultamos, opinó que yo había sufrido un desdoblamiento; había tenido un momento de empatía tan intenso, que realmente me había sentido Carlota Corday porque llevaba tres meses representándola. Eso me impresionó tanto, que desde entonces no permito que Vicky Hernández se convierta en el personaje. Actúo intensamente pero soy yo”.Eso ocurrió hace más de 40 años, cuando Vicky mostró de qué madera estaba hecha, de qué era capaz actoralmente hablando, y se convirtió en una señora actriz. En la mejor.¿Por qué se fue a vivir a Subachoque?Porque es una región visualmente espléndida, sin contaminación. Yo quería coger las hierbas en mi propia huerta y cocinar mirando el jardín a través de grandes ventanales. Vivo feliz, rodeada de mis libros y, fíjese que, aunque creía que yo lo único que podía sembrar era pánico –risa- ignoraba que tenía unas manos maravillosas para las plantas, con las que he entablado una relación mágica.¿A qué horas aprendió a cocinar?Cocinar es un acto de amor. Yo he ido ganando en creatividad e inspiración, porque a eso se llega con la edad: saborear algo y poder decir: esto tiene cúrcuma, ¡echémosle un poco de jengibre! y aplaudir el resultado. Mis fogones son abiertos y allí cocino para mis amigos, como quien elabora una pócima de encantamiento. Risa.¿Cómo recuerda a su mamá?Era una mujer maravillosa, licenciada en español. Era vallecaucana, nacida en Buga. Vivimos en Pereira, Tuluá y Cali, y esa mezcolanza forjó el espíritu de mi mamá quien, aunque en el fondo nunca dejó de ser provinciana, tuvo el toque de la modernidad. Era una mujer extraordinaria: libre pensadora, de personalidad abierta y decidida, amante de la literatura y de las artes.¿A ella le heredó su legendaria franqueza?Risa. Resulta curioso analizar la educación que uno recibe y a dónde van esos saberes. Yo fui criada diciéndole al pan pan y al vino vino, cosa que nunca se ha usado en Bogotá. Encuentro que una de las cosas más difíciles de manejar en el mundo social y laboral de la capital es no poder decir lo que se piensa. Aquí hay que adaptarse no solo al frío, sino a una manera determinada de ser, decir y actuar. Yo nunca pude.¿Pero no ha hecho usted todo lo que le ha dado la gana?Lo he intentado, pero no me he salido totalmente con la mía. Lo seguiré intentando, porque no me rindo fácilmente. Quisiera no involucrarme tanto con aspectos que supuestamente no me competen, pero que siento que sí, porque conforman el contexto que me apoya para hacer creíble a mi personaje.Usted acaba de ganar dos premios India Catalina por su papel en dos telenovelas. ¿Cómo logra hacer bien dos roles simultáneos?Con más de 50 años de experiencia (risa). Ya lo había hecho antes, con papeles en Romeo y Buseta y en La Estrategia del Caracol. Algo demencial, pero lo logré, y también en teatro. La gente cree que para actuar no hay que pensar. Yo no solo creo lo contrario, sino que aunque deba considerar también el pensamiento de los otros, cada actor debe formarse un pensamiento propio que comienza desde que lee el texto.Antes era vanidosa y un poco ‘sobrada’, ¿no?Reconozco que hubo un tiempo en que estaba muy soberbia, pero eso pasó hace ya rato. La explicación es que siempre he peleado por mis personajes, y mis peleas han sido desde ese punto de vista: con Vicky haz lo que quieras, con mi personaje, no.¿Siente que ha valido la pena?A veces pienso que todo ha sido inútil, que he podido dedicarme a otra cosa y que las cosas deberían haber llegado ya a otro nivel. Pero no puede negarse que ha habido avances: por ejemplo, ya no da pena decir que se es actriz, cuando antes eso se asimilaba a puta. Puede sonar muy duro, pero así fue en los comienzos y no hay por qué negarlo.¿Cómo se sintió interpretando a la mamá de Pablo Escobar?Como pisando cáscaras de huevo. No soy nadie para juzgarla a ella, ni a ningún ser humano, pero quería imaginarme cómo vivió ella esa dualidad brutal frente a las actuaciones de su hijo. Debía ser una mujer muy inteligente porque en los años 50 había sido maestra. En esos tiempos hubo mujeres muy importantes en la formación de varias generaciones, que supieron romper el cascarón, la esclavitud mental y el círculo de la ignorancia. Que irrumpieron en la escena pública y lo hicieron de forma abnegada, muchas veces afrontando distintas formas de violencia. Los maestros han sido la autoridad moral en los pueblos, los que han dado lecciones de civismo, de humanidad, de amor por la poesía, por el canto, por la flor, por el ángel. Yo pensaba que la madre de Escobar debió haber sido así, en un momento dado.¿Cómo recuerda la época de sus inicios en el Teatro La Candelaria?Yo he adorado siempre a Santiago García, que ya tiene 83 años. Influyó mucho en mí. Yo fui fundadora de la Casa de la Cultura, una hermosa locura orquestada por Santiago y su grupo de actores, por Rogelio Salmona, Enrique Grau, David Manzur, Umberto Giangrandi y muchos más. Allí confluían locos divinos como Jodorosky, María Escudero, Atahualpa del Chopo, Perozzo, los nadaístas. Había una efervescencia de gentes que se movían en la arquitectura, las artes, la sociología, la antropología. Eran los tiempos de Camilo Torres y de Fals Borda, del Ché, de la píldora, de la minifalda, del existencialismo, de los cine -clubes, de las discusiones ideológicas hasta el amanecer. ¿Cómo vivía usted esa euforia?Aparte del teatro, como mi hermana estudiaba sociología en la Nacional, la casa vivía llena de compañeros que hacían monografías, discutían sobre Webber o Hegel y tenían un gran entusiasmo por la política. Había proyectos colectivos. Hoy eso se ha perdido mucho, lo cual me parece lamentable. Pienso que la Universidad está más bien ausente de los problemas del país y detecto mucha apatía, egoísmo, e individualismo, en todas partes. Pienso que hemos caído en la banalidad y es una lástima porque las nuevas generaciones se pierden el aporte que representa soñar mundos, edificar sueños, acceder a otras latitudes y a otras dimensiones a través del arte, de la lectura, de la controversia y del pensamiento.Usted se casó dos veces, pero lleva ya mucho tiempo sola. ¿Querría hablar sobre el amor?¡Caray! Por qué no me pregunta mejor qué sentí cuando hice mi primera escena en la vida... Risa. Antes me preocupaba por sentir amor y porque lo sintieran por mí, pero dejé de preocuparme por el amor de pareja hace muchísimos años, cuando de pronto todavía valía la opción de un compañero. Pero eso se fue quedando rezagado y se fue sublimando. Hoy ese amor abarca un espectro mucho más amplio: por el país con su fauna y su flora, sus ríos y montañas, sus relieves, sus luces y sombras; por los dolorosos problemas que manchan ese fresco inmenso y hermoso país que es Colombia.Y hay cosas que me duelen hondamente en este país de profundas injusticias, donde hay miles y miles sin oportunidades, viviendo en cinturones de miseria, comiendo mal, o no comiendo. Todo eso me conmueve y despierta en mí un sentimiento de rebeldía y, a la vez, de amor y de piedad. También siento amor por todo lo que permanece en mi memoria, la gente querida que se fue: Fanny Mikey, Yolanda García, Delfina Guido, Gustavo Londoño, Betty Rolando, Enrique Buenaventura, Jorge Villamil, Enrique Grau. ¡Tantos! Gente de mi familia. Gente a la que vi y oí, que me acarició y acaricié. Siento que el planeta se me ha ido quedando vacío, poco a poco.Con tantos amigos idos, ¿cómo ve el tema de la muerte?No quiero sonar desafiante, pero en cualquier momento que venga, está bien. No tengo prisa por morirme, pero pienso que no hay mucho más que ver en esta vida, ni mucho más que hacer. Quiero decir, yo ya he vivido: nací, crecí, amé, tuve mis hijos, he trabajado duramente y pienso seguir haciéndolo. He sembrado árboles y he escrito boludeces, que están por ahí, diseminadas. He sufrido, he gozado, he actuado con pasión, he reído, he llorado, he aguantado hambre y frío y sueño, he tenido esperanzas y me he decepcionado. Quizá la muerte traiga cosas nuevas. Gustándome la vida, no creo que esta me reserve todavía algo extraordinario, salvo tener nietos y ver a mis hijos realizados y contentos. Si ello pasara, quizá querría vivir otros 300 años. ¿Se siente sola?Sí, de varias soledades: la de mis muertos, la ausencia física de aquellos que quiero y que no veo casi nunca, la que me deja el haberme comprometido a fondo con la actuación. Me entregué a ella tan totalmente que dejé de lado muchas cosas de la vida que otros cultivan: mi familia, que se ha ido desgranando. No fui a los entierros, ni a los bautizos, ni a las primeras comuniones. No celebré matrimonios, ni cumpleaños, por estar trabajando.Para terminar, me tomo la licencia de hacerle una pregunta de cajón que siempre he detestado, pero que aquí se justifica: ¿cómo se define?Como una persona buena, en el buen sentido de la palabra buena, como decía Machado.

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