El indígena cubeo que se convirtió en actor para ser la estrella de 'El abrazo de la serpiente'

El indígena cubeo que se convirtió en actor para ser la estrella de 'El abrazo de la serpiente'

Enero 24, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de El País
El indígena cubeo que se convirtió en actor para ser la estrella de 'El abrazo de la serpiente'

“Siento orgullo porque representé a mis ancestros y porque mostré el dolor que ellos vivieron hace tanto tiempo”: Nilbio Torres Vargas, indígena cubeo que actuó en la película 'el abrazo de la serpiente'.

Nilbio Torres no ha dejado de ser el indígena que caza tapiros en la selva, pese a la fama que le llegó con su papel en la película nominada al Óscar.

Nilbio Torres acaba de llegar a casa después de una faena de pesca en el río Cuduyarí,  cerca de Mitú. Lo  hace a diario  antes de las 6:00 a.m., mientras Nubia, su mujer, aprovecha los primeros soles para labrar la ‘chagra’, esa porción de tierra que los indígenas cubeo dejan para cultivar. Lea también: Lo que hay que saber sobre ‘El abrazo de la serpiente’

De no ser por esta entrevista, cuenta que estaría limpiando los tapiros, las gallinetas y las lapas (animales parecidos al cuy), que cazó  la noche anterior al pie de Santa Marta, el pequeño caserío ubicado a  cinco minutos de la capital del Vaupés que 27 familias habitan en casitas fabricadas en madera y techos de zinc.

Hasta allá, hace siete años, llegó la noticia de que por esos lados  andaba un “señor blanco de apellido Guerra”, que investigaba y tomaba fotos para hacer una película sobre la selva.  

El personaje de esta historia era por entonces un joven parecido al que es ahora: un campesino tímido de 32 años y español escaso, que habla como si las letras tropezaran dentro de su boca.   El papá de Miyerladi, Judith Marcela, Jonnier Arley y Johan Alexánder, que sostiene a los suyos arrancando de la  tierra lo que le enseñaron sus mayores a sembrar desde niño: yuca brava, piña, caña, maíz, guayaba y ají.

 Un tipo  que había aprendido a vivir a orillas de la realidad, sin periódicos, sin noticieros, sin radio, esquivando, quizás sin proponérselo, ese otro país que se extiende más allá de los límites de Mitú.

Lo único que ha cambiado desde entonces es que ahora a Nilbio Torres Vargas le toca, a cada rato, reconocer su rostro publicado en las revistas y en un aparato que confiesa le gusta muy poco, el televisor. 

Porque ocurrió que Ciro Guerra   lo convenció  de que podía convertirse en ‘Karamakate’,  último sobreviviente de una etnia, en cuya sabiduría reposaban los conocimientos de la ‘yakruna’, planta sagrada que perseguían dos exploradores.

 Nilbio, pues, se hizo actor de la noche a la mañana;  el protagonista de  ‘El abrazo de la serpiente’, el filme colombiano que este 28 de febrero espera ser la Mejor Película en Lengua Extranjera de los premios Óscar. 

    Fue una oportunidad que no cortejó. Nilbio buscaba servir inicialmente como ayudante de producción. Con suerte, le darían un papel de extra. Pero, tras un breve cásting, el director de actores de la película, Andrés Barrientos, advirtió su fuerza interpretativa, lo fácil que le resultaba  memorizar diálogos y llevarlos a la pantalla como un asunto creíble. La soberbia tradición del relato oral de los pueblos  indígenas.

Entonces lo llevaron a tomar clases de actuación a Bogotá. A él, que nunca había montado en avión y creía que esa ciudad era “lugar de atracadores que matan a la gente”.  Pero allá aprendió cómo pararse ante una cámara, cómo hacer de borracho y rugir como  tigre,  como lo exigía  su personaje. En las noches  repasaba lo aprendido. “Incluso dormido”. Porque los  cubeo, cuenta al teléfono, “planeamos la vida según los sueños. Ellos nos dicen el destino”. 

Fue después de eso que abandonaría su ‘chagra’ para participar del rodaje durante quince días. Que comenzaría a sorprenderse al ver cómo  Jan Bijvoet y Brionne Davis —intérpretes de los exploradores que buscaban la ‘yakruna’— se bañaban en repelente cada cinco minutos cuando él había aprendido a ser feliz caminando descalzo por la selva.

Fue también después que llegaría la fama. Desde su casa en Mitú, Nilbio intenta encontrar palabras para explicar todo esto que le ha pasado desde entonces: las entrevistas, los viajes, pisar una alfombra roja. “Ni sabía que esos premios Óscar existían. Y cuando me dijeron Cannes pensaba que era otro pueblo de Colombia. Cuando supe que a la película le estaba yendo tan bien por allá al extremo (en el exterior), me dio alegría. Pero eso don Ciro no me lo debe a mí. A mí solo me dijeron ‘actúa lo que te salga del corazón’. Y de mi corazón fue que salió todo”. Lea también: Esta es la competencia de 'El abrazo de la serpiente' por el Óscar

Eso  mismo les repetía, una y otra vez, a los periodistas de todos los rincones que se le acercaban en el Festival de Cine de Cannes, intrigados ante su brillante interpretación en el filme que fue ovacionado durante más de diez minutos.

 Que él nunca había entrado a una sala de cine, les decía. Que ni siquiera se interesó por ver películas por televisión. ¿Crispetas? No, gracias. “La única forma en que hay que comerse el maíz es después de que Nubia, mi mujer, lo ha cocinado en la olla”.  

Lo contaba también delante de las personas del común que extrañamente le tocaban la piel y el pelo y hasta lo olían. “Algunos me decían que por qué no había ido vestido con el ‘guayuco’ (taparrabo). Creían que yo mantenía tal como salgo en la película. Pero yo intentaba explicarles que eso lo hacían  mis ancestros... Hubo un fotógrafo que me ofreció plata para que me vistiera así y me dejara tomar una foto. Era para una revista. Pero yo no quise caer”.    

Fue quizá la misma curiosidad que sintió el actor californiano Robert Redford, quien no se aguantó los deseos de retratarse junto a ese muchacho de rostro de ojos mansos y cuerpo esculpido en trazos fuertes. 

Para ese momento, Nilbio ignoraba que quien posaba a su lado era nada menos que uno de los actores más célebres del cine y el creador de ese festival que muchos consideran el más importante del mundo. Aquello lo sabría mucho después. 

 Es que sus angustias allá en Cannes, donde permaneció por ocho días, eran otras. Entender, por ejemplo, por qué cuando en Europa amanecía, allá en el caserío de Santa Marta aún era de noche. O cómo era eso de que cuando lo llamaban a cenar, casi siempre sobre las 8:00 p.m., la luz  seguía encendida en el cielo. “Si eso mismo pasara en la selva, yo no podría sembrar. Allá en el ‘extremo’ el clima está loco”.

Lo venía presintiendo ya durante el largo viaje que lo dejaría en el glamuroso puerto francés. Sentado en el avión junto a Antonio Bolívar, el indígena uitoto con quien actuó en ‘El abrazo de la serpiente’, comentaba que hasta  entonces el único mundo que conocía era el que podía pisar en tierra firme para sembrar.      

Fue durante ese vuelo que Nilbio se sintió desamparado, como nunca antes, en ese mundo civilizado del que siempre ha sido ajeno. Pasadas varias horas, a los dos comenzó a acosarlos el hambre, pero les daba pena pedir comida en el avión.  

Don Antonio advirtió de pronto que en los bolsillos de los asientos había una bolsa con un objeto redondo en su interior. “Debe ser una galleta”, le escuchó decir Nilbio. Solo cuando abrieron el paquete comprobaron que se trataba en realidad de unos audífonos enrollados. 

La anécdota la cuenta sin pudor. Es que dice que por más que ahora lo llamen actor, él seguirá siendo en realidad el vecino de Santa Marta que sale de pesca todos los días al Cuduyarí. “Yo puedo trabajar en otra película. Eso sí, que me llamen antes de que se oculte el sol porque salgo a cazar. Voy y actúo, pero regreso a mi ‘chagra’. Aquí la paso contento”.

Nombre: Nilbio Torres Vargas. Edad:  32 años. Nació en Mitú, Vaupés.Estudios:  llegó hasta tercero de primaria.  Familia: tiene cuatro hijos. Miyerladi, de 12 años; Judith Marcela, de 9; Jonnier Arley, de 7, y Johan Alexánder, de 5. Su esposa se llama Nubia Sarto Rodríguez.  Lengua: la mayor parte del tiempo habla en cubeo, la lengua de su etnia.Tradiciones: su vida la dedica a sembrar, a pescar y a cazar animales en la selva. En sus ratos libres le gusta leer la Biblia.
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