Zygmunt Bauman, el hombre que predijo en qué se convertiría el mundo

Enero 20, 2017 - 12:00 a.m. Por:
Bernard Rieux / Especial para Gaceta
Zygmunt Bauman, el hombre que predijo en qué se convertiría el mundo

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La paradoja, o más bien la ironía, fue que su muerte se hizo viral: tuits con sus sentencias, frases terminadas en el manido Qepd, llantos que no fueron llantos, tristezas en pocos caracteres, tristezas de segundos brevísimos. 

Hasta se podría aventurar la expresión: “tristezas líquidas”, para usar esa palabra tan de él, esa palabra que, en su muerte, acaso se volvió contra él mismo e hizo que su funeral se convirtiera en un ruido triste en el Twitter y en el Facebook y en algunas televisiones y radios y periódicos. 

 Se podría decir, para continuar con la ironía, que el suyo fue un funeral líquido. 

 Ironía, sí. Ironía que el hombre que  diseccionó el mundo para decirnos que nuestros sentimientos apenas duraban unas pocas horas -y que nuestras convicciones se extinguían cada fin de semana, que en nuestra época ya no queda nada que perdure, que todo huye, como el agua; que carecemos de lealtades, de ideas, de propósitos, de fines que no sean otros que los que se nos imponen cada temporada, cada vez que hay que renovar el clóset, cada vez que hay una nueva estrella de rock, una nueva ‘celebrity’, un nuevo presidente- haya terminado convirtiéndose en eso mismo, en el producto por excelencia de lo que no perdura: en una noticia viral. Ironía. 

Zygmunt Bauman murió el 9 de enero de este año. Han transcurrido trece días desde entonces y yo mismo pensaba en que era demasiado tiempo y escribir sobre su muerte ya era anacrónico; pensaba en que treces días después ya no valía la pena. Ironía.

El espejo del mundo

En alguno de sus libros Borges escribió que Schopenhauer descifró el universo. Si se usa la fórmula de esa hipérbole se podría decir que Bauman, por su parte, descifró el mundo. 

Salvo que en este caso no se trataría de una exageración. Basta leer alguna de sus obras para conceder que la idea de que el anciano polacó descifró el mundo es casi como un axioma matemático: es probable que haya muy pocos pensadores en nuestro tiempo con una lucidez siquiera comparable a la de Bauman. 

 Las razones para justificar ese enunciado son numerosas y su obra más reconocida, ‘Modernidad Líquida’, es un compendio de ellas.  

El libro fue publicado por primera vez en el año 2000. 

Para esos días Mark Zuckerberg era apenas un muchachito imberbe de 16 años que pasaba las noches en vela pensando en algoritmos y soñando con ingresar a Harvard. 

Por supuesto, Facebook no existía, no era ni siquiera un proyecto, una fantasía, una invención de películas de ficción. Ni eso. Mucho menos Twitter ni Instagram y, para más claridad, en el 2000 la población mundial que sabía lo que significaba la palabra internet no era superior al 20 %. Google era un bebé de solo 2 años. 

  Y sin embargo, todo lo que acarrería el advenimiento de  internet, las tecnologías de la información, las redes sociales y la llamada “democratización de la información” ya estaba, no prefigurado, sino minuciosamente diagnosticado en su libro.   

Este párrafo no deja dudas sobre ello: “Estamos quizá mucho más ‘predispuestos críticamente’, más atrevidos e intransigentes en nuestras críticas de lo que nuestros ancestros pudieron estarlo en su vida diaria, pero nuestra crítica, por así decirlo, es incapaz de producir efectos en nuestras políticas de vida”. (2000. Pag: 29). ¿Acaso no es eso justamente lo que se puede palpar a diario en el mundo  rabioso y ruidoso de las redes sociales? 

 Críticas, exposiciones de ideas, de formas de ver el mundo; críticas a esto, a aquello, a lo otro, porque, como lo dice Bauman, “somos más atrevidos e instransigentes” de lo que fueron nuestros padres. Pero esas críticas se quedan allí, son ruido y furia, “revoluciones de sofá”, como dice el sociólogo; indignaciones digitales que terminan por ser inocuas, por ser incapaces de producir efectos en “nuestras políticas de vida”. 

La muerte de niños indígenas wayúu por desnutrición cristaliza en una tendencia en Twitter; el escándalo por corrupción entre funcionarios gubernamentales y una firma constructora no deja otra cosas que memes; la fotografía de Aylan Kurdi, el niño sirio muerto en playas turcas solo sirve para un día de indignación. Meses después veremos otras fotos, otros niños, otros muertos. El siguiente escándalo. 

 En una entrevista publicada por el diario El País un año antes de morir, el 8 de enero de 2016, Bauman lo dijo sin contemplaciones: “Las redes sociales son una trampa”. Y lo son, entre otras cosas, porque dan la falsa impresión de “permitir establecer comunidades”: mis amigos de Facebook, mis seguidores en Twitter. Pero, continúa el sociólogo, esto es  falso: no hay comunidades en las redes sociales porque en Facebook no te involucras en un diálogo con los otros, no tienes que lidiar con las diferencias y con la necesidad de escuchar y sentir al otro. 

En las redes sociales es mucho más simple: agregas  a quien consideras tu amigo, a quien secunda tus intenciones, a quien respalda tus posturas, a quien termina por alabar la figura que tienes de ti mismo: un ‘like’, un ‘share’, un comentario. 

 “Las redes sociales no enseñan a dialogar porque es tan fácil evitar la controversia… Mucha gente usa las redes sociales no para unir, no para ampliar sus horizontes, sino al contrario, para encerrarse en lo que llamo zonas de confort, donde el único sonido que oyen es el eco de su voz, donde lo único que ven son los reflejos de su propia cara”, dijo en la entrevista.

 Pero sus análisis van más allá. En ‘Modenidad Líquida’ se puede encontrar el mapa exhaustivo del mundo.  Cuando se publica la obra faltaba un año para el 11-S, tres para la invasión a Iraq por parte de EE. UU., once para los levantamientos de la Primavera Árabe en el mundo Musulmán y doce para el inicio de la guerra en Siria y, sin embargo, su libro ya explicaba el origen y las causas y los efectos de cada uno de esos sucesos.  “La conciencia de clase de los más acomodados fue un efecto parcial y en cierto modo derivado; surgió cuando la distribución desigual de los recursos fue desafiada y puesta en peligro”. (2000. Pág: 38). 

Se trata de un párrafo que perfectamente resume, en términos abstractos, el vasto drama de los refugiados de Medio Oriente y la indiferencia atroz de una Europa que solo se preocupa de los otros, que solo mira hacia afuera cuando siente las bombas en sus ciudades y cuando ve sus fronteras atascadas de hombres y mujeres niños que huyen de la muerte. 

 En el último artículo que publicó para el diario El País de España, titulado ‘Mensajeros de la globalización’, expone algunas de las tesis de ‘Modernidad Líquida’ sobre el fondo de la crisis de migrantes en Europa. 

“Es una costumbre humana, demasiado humana, culpar y castigar a los mensajeros por el odioso contenido del mensaje que transmiten”, refiriéndose a que los migrantes no eran sino los hombres que vivían los efectos de una globalización descarnada, del deseo de consumir, de ser, de aparentar, de tener, que obliga a crear una comodidad al precio de negársela a otros. 

 El efecto de una “sociedad líquida”, en la que nada dura, en la que “los encumbrados y poderosos son quienes rechazan y evitan lo durable y celebran lo efímero”, en la que los individuos ven como única forma de justificarse en el mundo el hecho de entrar en el mercado: consumir, viajar, adquirir lo nuevo, lo que llega, lo que trae la nueva temporada. 

Una sociedad de líquidos, de personas que corren demasiado, de velocidades vertiginosas que, sin embargo, parecen conducirnos a la nada.

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