¿Y dónde está la guitarra de Gustavo Niño?

Julio 16, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | Gaceta - Ricardo Moncada Esquive
¿Y dónde está la guitarra de Gustavo Niño?

El músico Gustavo Niño, es egresado con Grado de honor y Concierto de Grado Laureado del conservatorio Antonio María Valencia y del IPC de Cali.

En un violento asalto ocurrido en la ciudad de Pasto, el Maestro Gustavo Niño perdió la guitarra de conciertos que le había acompañado los últimos doce años. Un grupo de amigos hará un concierto en solidaridad con el músico este 25 de julio en la Sala Beethoven, para recolectar fondos.

El músico Gustavo Niño tiene tres heridas indelebles. Dos están alojadas en su brazo izquierdo. Una, arriba del codo, en forma de un pequeño hoyo que mide un centímetro; la otra debajo del hombro, es una rasgadura de piel tres veces más grande. La tercera herida la lleva en el alma. Su guitarra, aquella que lo había acompañado por doce años en sus conciertos, le fue hurtada violentamente. Él, un hombre de paz acostumbrado a crear armonía en el espíritu a través de sus composiciones y recitales, vivió el más disonante momento de su vida. Ocurrió el 31 de mayo pasado, en San Juan de Pasto, a eso de las 10:45 p.m. A esa hora, tres hombres lo asaltaron cuando iba en un taxi en compañía del maestro Clemente Díaz, poco después de haber dado un concierto.Mes y medio después el músico recordó aquél hecho de terror. En su brazo las dos heridas que uno de los asaltantes le propinó con un punzón ya cicatrizaron. Pero aún no se explica el motivo de tanta sevicia. No hay palabras para explicar cómo del canto se puede pasar al miedo. Los delincuentes los llevaron a las a fueras de Pasto. Fueron diez minutos y un largo infierno. Luego de despojarlos del dinero, de la guitarra, de los libros de partituras y hasta de sus zapatos, los dejaron tirado en el asfalto. Suponían que era el fin.Tras caminar por casi un kilómetro encontraron ayuda en una vivienda. El cuadro no podía ser más contrastante: Niño iba elegantemente vestido con una camisa clara color verde menta, un pantalón negro y sin zapatos. En la manga de su brazo izquierdo una mancha de sangre era el indicio de que las cosas no andaban bien. Ahora, sentado en la acogedora sala de la casa de sus suegros, el artista recordó que hace cuatro años compuso ‘Eclipse’, un tema dedicado a las víctimas del secuestro. “A mí me secuestraron por sólo diez minutos, dice con una sonrisa nerviosa, pero pude percibir lo que se siente, esa impotencia de quedar rebajado a la nada, a merced de unos captores”.Se busca guitarraA simple vista es difícil distinguir una guitarra de otra. Para Gustavo, no. Aquella simplemente era “su guitarra”. La que tiene en su tapa dos manchas, cada una cerca de la curva entrante. También dos peladuras, una en la parte inferior saliente y otra, detrás del puente de amarre; son recuerdos de una cuerda reventada.La descripción la hace el músico como si le preguntaran por un ser querido que ha desaparecido. Es que perder su instrumento, lo dirá después, fue el primer golpe que le propinaron sus agresores. Eso lo tuvo claro, aún frente a la angustia por la supervivencia. Al día siguiente comenzó a sentir su ausencia.¿Y ahora qué me pongo a hacer?, se interrogaba. Ese era el instrumento que había usado en los últimos doce años para sus conciertos. Era algo así como el mejor vestido que tenía para lucir sobre el escenario. Esa guitarra lo había acompañado en sus recitales por todo el país. Fue su cómplice en escenarios de Inglaterra, Cuba, Puerto Rico, Argentina, Perú, Chile y Bolivia.Con esa guitarra en su regazo fue solista en conciertos ofrecidos por instituciones musicales de la talla de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, la Orquesta Sinfónica y Filarmónica del Valle, la Banda Departamental, la Orquesta Sinfónica del Conservatorio del Tolima, el Ensamble Metropolitano de Bogotá, la Orquesta del Conservatorio de Puerto Rico. Fue esa guitarra que estuvo bajo la batuta de maestros como Leo Brouwer, Francesco Belli, Jaime León, Sergio Bernal, Germán Céspedes, Paul Dury. Con ella, solo con ella, grabó los cuatro álbumes de su carrera. Fue gracias al poderoso sonido de sus cuerdas que una noche de 2003, en Ginebra, terminó convertido en el mejor solista instrumental del Festival ‘Mono’ Núñez y el mejor compositor del Concurso Autores Vallecaucanos ‘Jorge Isaacs’ de 2008. Es una guitarra llena de recueros. El maestro Niño evoca, sentado en esa sala, un concierto realizado en 2010 en el teatro del Maule, de la ciudad de Palca, al norte de Chile. Allí presentó un programa de música de guitarra con orquesta, en la que interpretaba una obra del maestro caleño Álvaro Ramírez Sierra, junto a otros tres guitarristas de gran trayectoria. Dos chilenos y un español. Lo interesante es que aunque sus colegas tenían una guitarras muy finas, pudo comprobar que la suya estaba a la misma altura “no fue el parche del concierto”, recuerda Niño, esbozando de nuevo su nerviosa risa.Durante doce años, él y su guitarra fueron inseparables, era el instrumento que lo hacía sentir cómodo, con el que la gente identificaba su arte. Es que el oído de un músico de raza se acostumbra a la sonoridad de su propio instrumento y a la cantidad de fuerza que le puede aplicar. Niño conocía cada centímetro de su ‘niña mimada’, sabía bien dónde acariciarla para sacar las notas que satisfaciera su búsqueda, ya fuera en la interpretación o la composición de piezas instrumentales. Sonora tradiciónJosé Ramírez fue un artesano de instrumentos de cuerda que nació en Madrid en 1858. El hombre, hacia 1880, fundó su propia casa de luthería en la capital española, dando así inicio a una prestigiosa dinastía en la construcción de instrumentos musicales. Maestros de la talla de Andrés Segovia, considerado el gran renovador de la guitarra clásica, tuvo entre sus preferidos los instrumentos de Ramírez. Su fama es tal que a estos guitarreros los llaman con frecuencia orfebres: sus manos expertas son capaces de elaborar verdaderas joyas a punta de rústica madera.Y fue allí, en Madrid, donde en 1981 el guitarrista y luthier caleño Hernán Romero compró el instrumento que años más tarde llegaría a manos de Gustavo Niño. Romero llegó hasta la casa Ramírez buscando una guitarra 1A Gran Concierto; elaborada con las maderas más finas y de mejores acabados. Pero, luego de ensayar varias, le llamó la atención una 5E, que corresponde a la guitarra de estudio de mayor nivel y que le sigue en categoría a las de Gran Concierto. Fechada en 1981, tenía la espalda y los aros elaborados de palo santo índico, una madera dura y resistente, que recoge con potencia el sonido y lo dispara hacia la tapa haciendo que vibre. Hecha de cedro canadiense, la tapa lucía su color natural, una mezcla entre café, morado y rojizo. El diapasón, se fabrica con ébano muy fino, y la parte del brazo, en la base del diapasón, con caoba hondureña. Romero no lo dudó un segundo: cayó rendido a los pies de ese sonido “redondo, muy claro y con una proyección increíble”.De regreso en Cali, Romero le vendió la guitarra a un músico, quien en 1994 la cambió por otra en la casa de instrumentos musicales de Carlos Norato. Fue allí donde por primera vez Gutiérrez la vio. Pero, por casualidades del destino, Romero decidió recuperarla para su colección. Niño tendría que esperar hasta el 2000 para reencontrarse con esa joya de madera. La que lo acompañaría doce años. La que le arrebataron en Pasto.Gustavo acudió entonces a la casa de Romero. Enfrente de él, el luthier le dispuso valiosas piezas: guitarras tipo 1A, de gran concierto, de hasta US$20.000. Ninguna lo convencía. Bastó con posar sus dedos en las cuerdas de aquella 5E para que algo mágico pasara. Sintió que se ajustaba, perfecta, a la curvilínea caja de madera, como un guante de seda a la mano. Aquella guitarra había estado esperando por el joven músico. Era como si hubiese sido hecha solo para que él la tocara.Seducido por la magia de aquél instrumento Gustavo Niño hizo un gran esfuerzo para adquirirla. Desde entonces la tuvo consigo. A pesar de su larga trayectoria como músico el maestro Clemente Díaz admitió que el sonido de la guitarra es un misterio y que podía asegurar que aquella Ramírez fue una de las mejores que había tocado. Por eso no le sorprendió que durante aquél concierto de Niño en Pasto alguien se le acercara y le preguntara si esa guitarra estaba amplificada y no era así. Genio y figuraGustavo Niño nació en Yumbo, en 1973, y a los diez años comenzó su formación en la guitarra. Primero quiso ser estrella del heavy metal, género en que los guitarristas deben ser virtuosos. Fue solo hasta terminar el bachillerato que tomó la decisión de estudiar música. Desde entonces su patria ha sido al arte.Para el músico Andrés Correa, alumno de Niño en el Conservatorio de Bellas Artes, su maestro ha marcado un camino en este difícil campo de interpretar y componer. “Pocas veces uno tiene la oportunidad de interpretar la obra de un compositor y saber de sus propias palabras cómo surgió esa pieza qué quería expresar”.Para Correa, ver a Gustavo interpretar su guitarra es en un acto de fe. Niño, dice, es un hombre muy sensible lo mismo por la música y que por la condición humana. “Sin necesidad de hacer ‘show’, transmite de modo sutil y profundo el humanismo que hay en su interior”.El maestro Clemente Díaz, a quien Niño rindió homenaje al grabar un disco con sus composiciones, destacó el talento del guitarrista y su capacidad para interpretar obras de gran dificultad técnica. El compositor destacó la prodigiosa memoria del músico yumbeño, quien para grabar el álbum con sus obras se aprendió las trece piezas que incluyó en tan sólo mes y medio. “Yo, que soy el compositor, me tomo ese mismo tiempo para aprenderme unas tres o cuatro”.Es por ese virtuosismo que duele ver a Niño huérfano de su guitarra. Porque, pese al esfuerzo de las autoridades y la comunidad artística en Pasto por dar con el paradero del instrumento, no hay rastro alguno. Pensando en una solución, su pupilo Andrés Correa, quien coordina el programa de conciertos Beethoven 7.30, del Conservatorio de Bellas Artes, junto a varios condiscípulos están programando un acto, este 25 de julio en la Sala Beethoven para recolectar fondos para la nueva guitarra del músico. De vuelta, en la casa de sus suegros, al norte de Cali, Gustavo se encoje de hombros, cuando se le pregunta cuánto extraña su guitarra. Arrinconado en el sofá de la sala y desprovisto de su guitarra, el músico semeja un guerrero que ha perdido su armadura. Con escasos 1.68 metros de estatura y contextura mediana, su figura proyecta una aire de timidez, su voz es grave, pausada y tranquila y sus gestos serenos. Una expresión distante a la que solía mostrar sobre un escenario.Abrazado a su guitarra todo era distinto, sus gestos cambiaban. Con la mirada entrecerrada, la mano izquierda en el diapasón firme y diestra, y la derecha rasgando cada cuerda, provocaba con cada nota emoción en la audiencia. “No puedo decir que una obra es más difícil que otra; cada pieza tiene un grado de dificultad, musical o técnica. Yo simplemente pienso en interpretar la guitarra. Un concierto te reta a tratar de dar lo mejor en cada nota y es la emoción lo que te impulsa a alcanzar la máxima expresión. Al final solo queda el aplauso o el silencio del público”. Un tanto resignado y sin ocultar el dolor de la pérdida, Niño reconoce que no hay por qué apegarse a las cosas materiales. Con sus manos vacías, sin esa joya de madera y sus vibrantes chispas sonoras, Gustavo sabe que deberá buscar otra guitarra. No hay de otra. Pero, ¿qué es un artista sin su instrumento? Él lo sabe: un pentagrama sin notas, vacío.

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