Y después del Petronio, ¿cómo suena la música del Pacífico?

Y después del Petronio, ¿cómo suena la música del Pacífico?

Agosto 09, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Redacción Gaceta

¿Qué sucede con la música del Pacífico cuando el Festival Petronio Álvarez silencia sus marimbas y chirimías? A punto de comenzar su versión número 19, críticos musicales, periodistas y los propios músicos debaten sobre la supervivencia de los aires tradicionales de esta zona del país.

Las cifras son halagadoras: 250 mil espectadores se reúnen durante cinco días de fiesta; unas 30 mil personas, en promedio, por cada noche.

Y esa cantidad no es nada despreciable, es como colmar casi por completo el estadio Pascual Guerrero, cuyo aforo suma 38 mil hinchas.

Alrededor de la tarima, que convoca a unos 594 músicos nacionales y extranjeros, se agitan más números: 208 expositores, entre vendedores de artesanías, comidas típicas, bebidas tradicionales y expertos en moda y peinados afro. Su trabajo logra ventas cercanas a los $6 mil millones.

A punto de comenzar su versión número 19, este miércoles 12 de agosto, el éxito del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez parece no tener discusión.

El maestro Hugo Candelario González conoce de cerca esa cara amable. De hecho, junto al investigador y antropólogo Germán Patiño, fue uno de los músicos que hace dos décadas viajó hasta los pueblos más remotos del Litoral para rescatar saberes que amenazaban con extraviarse para siempre.

Su tarea consistió en convencer a los viejos lutieres de que siguieran cortando la chonta en menguante para seguir construyendo sus marimbas.

Rescatar a las pocas cantadoras que aún amenizaban sus faenas de la vida cotidiana al son de alabaos. Comenzar a formar a los jóvenes en el currulao pues parecían rendidos, sin remedio, ante las músicas que les llegaban de otras partes.

La génesis de lo que un año más tarde, 1996, se convertiría en el más importante festival de los aires tradicionales del Pacífico.

Compositor, arreglista y saxofonista —y sobre todo un músico que supo transformar el triunfo del grupo Bahía durante las dos primeras versiones del Festival en una de las agrupaciones de más renombre en Colombia— Hugo Candelario se pregunta qué sucede después de que se apaga la fiesta, el ‘corrinche’, como bien dicen en el Pacífico.

¿Qué suerte corren acaso, durante el resto del año, todos esos músicos que parten desde los rincones más remotos de la selva para compartir sus melodías durante el Petronio?

“La verdad es que siguen siendo escasos los escenarios que quedan una vez se acaba el festival”, se le escucha decir a Hugo Candelario. “Es poco el espacio que la música del Pacífico sigue teniendo en las emisoras, en las discotecas. Nuestros espacios de participación se reducen, casi siempre, a presentaciones en centros culturales. Y eso pasa porque, claro, esto es un proceso que toma su tiempo. Veinte años atrás la gente no sabía qué era una chirimía o un currulao”.

Y la lista de razones que enumera es larga. Que hace falta profesionalizar a los nuevos músicos. Que aún los afecta la ausencia de un reconocimiento histórico a la región del Pacífico, “de su inmensa riqueza cultural”.

Que es necesario investigar más sobre los aires de la marimba y, a partir de esa labor, proponer nuevos lineamientos musicales.

Y que falta mayor interés por parte de los productores de la industria de la música que “siguen mirando al Pacífico como una zona del país pobre y llena de necesidades; y no como lo que es en realidad, una oportunidad”.

A punto de subirse a la tarima de la Feria de las Flores de Medellín, donde participará del concierto Las Músicas del Mundo, el maestro Hugo Candelario lanza una última reflexión: “Hay que pensar que la costa Caribe, con la que siempre nos queremos comparar, nos lleva un siglo de diferencia de su proceso cultural. Porque vallenatos y cumbias se vienen grabando y difundiendo desde comienzos del Siglo XX”.

Jaime Monsalve, jefe musical de Señal Radio Colombia, la emisora pública más grande del país, también hace memoria. Recuerda que las primeras noticias amables que llegaron sobre la música del Pacífico se dieron en la década de los 60, cuando Luis Enrique Urbano Tenorio puso a cantar a medio país la letra de la canción que compusiera Petronio Álvarez, ese maquinista trovador del ferrocarril, que un día alabó al “bello puerto precioso circundado por el mar”.

‘Mi Buenaventura’ fue melodía obligada por ese entonces. Y Luis Enrique, a quien todos conocían como ‘Peregoyo’, supo sacarle provecho con su Combo Bacaná.

Casi una década más tarde la gente comenzó a preguntarse quién era también esa mujer de voz poderosa, integrante además del ballet de Delia Zapata Olivella, a la que después bautizaron la Negra Grande de Colombia: Leonor Gonzales Mina.

Fueron ellos los que abrieron el camino para la música del Pacífico —agrega Monsalve—. “Luego vendría un largo bache. Un periodo en el que no volvimos a saber qué pasaba con la música que se hacía desde esta región del país, salvo algunas canciones con aires del Litoral que llegaron a la radio comercial de la mano de Niche o de Guayacán. Mientras tanto, el folclor del Caribe era el que nos hacía sentir colombianos. El que nos identificaba afuera. Era un proceso que venía cocinándose desde hacía muchísimos años. Porque personajes como Lucho Bermúdez y José Barros ya habían llevado su música al exterior e incluso grabado en países como Cuba y Argentina”.

Pero, ¿qué es lo que sucede en la actualidad? ¿Qué tanto se ha capitalizado esa labor de recuperación de ritmos autóctonos que ha hecho durante los últimos 18 años el Festival? ¿Se queda solo en los cinco días de ‘corrinche’ como se quejan algunos músicos, varios de los cuales desistieron de participar este año en el evento?

La respuesta tiene varias voces. Yesid Rivera es un gestor cultural que completa un lustro trabajando con agrupaciones folclóricas de Buenaventura como Knuto, Bogando y Marimba y Son. Entre ellos promueve la grabación de sus propios temas musicales y de video clips. Pero ocurre, dice, que no todas las agrupaciones persiguen ese mismo propósito. Que no asumen la música como un proyecto de vida.

“Para muchos integrantes de las agrupaciones, la música es una segunda opción. En el caso de Buenaventura me atrevería a decir que son mayoría. Solo quieren ganarse unos pesos tocando en ferias. No están preocupados en proponer, en repensar la música”.

El problema real, el que les impide surgir a las agrupaciones que de verdad sí desean hacer un camino, es la difusión. “Si vas a una emisora, de entrada te cobran $800 mil, que te garantiza que hagan sonar tu canción tres veces al día y hacer parte de los 20 mejores éxitos de la semana. Y ese dinero, para una agrupación que apenas está empezando, es mucho”, asegura Yesid.

Y cuenta que en Buenaventura —que se proclama permanentemente cuna de Petronio Álvarez y que completa dos años sin sacar adelante su propio Festival Folclórico— solo existe una emisora (Voces del Pacífico) dedicada exclusivamente a difundir currulaos, pangos, berejús, patacorés, jugas de arrullo, adoraciones y bundes. “Si uno sintoniza la de la Armada, Marina Estéreo, una de las más escuchadas, solo programan vallenato y bachata”.

Lo que sucede, piensa Juan Carlos Garay, crítico musical, es que ningún festival puede garantizar la difusión de la totalidad de los grupos que participan. En medio de una calidad tan alta, explica, de repente despegan proyectos como Choquibtown o Herencia de Timbiquí, que consiguen el proceso completo: grabar, alcanzar la radio comercial, sonar con éxito.

“El reto que realmente tiene el festival, la expectativa que existe de cara a esta nueva versión, es cómo mantener vivo el legado de Germán Patiño, su creador, ahora que no está. No se trata de volvernos puristas y pretender que la música del Pacífico siga sonando como si aún estuviera en la selva, las agrupaciones pueden fusionar otros aires, pero el Festival debe conservarse como un espacio folclórico y no, como ocurre con otros de su misma naturaleza, que terminan por volverse comerciales”, sostiene Garay.

Y pone de ejemplo el Torneo Mundial del Joropo, que lleva 40 años de tradición en Villavicencio, y que sin embargo en su reciente versión remató a ritmo de los vallenatos de Pipe Peláez. O el Festival de la Cultura de Tunja que decidió llevar a su tarima a la cantante Paulina Rubio.

“Por supuesto que aún falta mucho camino para que la música del Pacífico y la del Petronio deje de ser especialmente de consumo local. Pero el proceso va por buen camino. Yo mismo les he compartido esta música a productores de Argentina y es verdad que existe ‘el embrujo de la marimba’; les gusta, les suena muy latinoamericano. Lo que demuestra que puede funcionar fuera del país, hacer parte del World Music”, agrega el crítico.

Precisamente, en aras de una mayor difusión, crece entre varios de los músicos que han participado en años anteriores la idea de que se cree una corporación, independiente de la Secretaría de Cultura de Cali, que opere no solo el Festival sino que programe actividades el resto del año. Una entidad como Corfecali.

De esa propuesta ha escuchado hablar Teodomira Luna Obregón, coordinadora general del Petronio Álvarez. Pero asegura que no es viable pues colocaría en peligro una de las grandes virtudes de este espacio cultural: la gratuidad de las presentaciones musicales.

“Obviamente, los dineros que maneja la Secretaría de Cultura de Cali solo se pueden aprovechar para proyectos que funcionen dentro de la ciudad. Así que no es función del Petronio promover o capacitar a las agrupaciones que llegan de fuera. Eso es tarea de las entidades culturales de cada municipio”, dice.

Enseguida, apunta a que tampoco es cierto que no exista difusión de los músicos que participan. “El grupo Changó, por ejemplo, ganador en la categoría de marimba el año pasado, estuvo en México y en Estados Unidos y tuvo presentaciones en Bogotá y Medellín”.

Sin embargo, para Manuel Sevilla, antropólogo, músico y docente de la Universidad Javeriana, justamente una de las grandes limitaciones de los artistas del Pacífico es la “falta de presupuestos asignados a las casas de cultura”. Y, sumado a eso, “las condiciones paupérrimas en las que muchos cultores (compositores, intérpretes y constructores de instrumentos) deben sacar adelante sus prácticas musicales”.

El drama no termina allí. Los músicos enfrentan a diario la amenaza permanente que origina la presencia de otras músicas (reggaetón, bachata, vallenatos) en estas comunidades y la presencia de actores armados que les impiden realizar con normalidad las actividades propias de la construcción de sus instrumentos, cuyos materiales se encuentran en medio de la selva.

A pocos días de que comience el Festival, Teodomira Luna sigue haciendo cuentas. Habla de los cerca de $300 millones que cuesta el hospedaje, alimentación y transporte de los músicos invitados. De los US$200 mil con los que este año se vinculó al Petronio la Fundación Ford, los $200 millones que aportó el Ministerio de Cultura más los $530 millones que puso por primera vez para este espacio una empresa privada: Arroz Blanquita. “Todo ese esfuerzo para que el Petronio Álvarez no pierda su esencia y siga siendo la máxima vitrina de la cultura del Pacífico”.

 

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