Viaje al corazón de la tierra: así viven los Koguis de la Sierra Nevada

Julio 09, 2012 - 12:00 a.m. Por:
Elpais.com.co | Gaceta - Lucy Lorena Libreros
Viaje al corazón de la tierra: así viven los Koguis de la Sierra Nevada

La vida de un Kogui se mueve sin afanes entre sembrar Yuca, ñame, fríjol y con suerte caña. También criar gallinas y chivos. A veces cazar animales silvestres o pescar. pero, sobre todo, mambear y mambear.

No son pocos quienes llegan hasta la Sierra Nevada de Santa Marta en busca de generosas dosis de sabiduría. Quizás sea porque allí, sobre sus faldas, reposa el secreto del principio y el fin del universo. Encuentro con la filosofía kogui en su estado más puro.

La llaman ceremonia de aseguranza. Con ella se marchan los malos espíritus, los de la tristeza, la enfermedad y la ruina. Eso me dice, en un español a media lengua, Ramón Gil Barros, a quien minutos después veré levantar los brazos hacia el cielo. Lo hará de frente al mar, vestido con su túnica blanca de algodón pesado. Lo hará con los ojos cerrados y mascando las hojas de ayú que carga regadas en su mochila. Ramón es un mamo kogui, una de las cuatro etnias indígenas que sobreviven hoy en la Sierra Nevada de Santa Marta. Y aquí, en las faldas milenarias de la montaña costera más alta del mundo, es donde nace esta historia. Silencio. El viejo sabio tiene en frente suyo a cerca de 250 chicos de toda América y Europa. Son los participantes de la Ruta Quetzal, un programa académico y de aventuras que incluyó al Parque Natural Tayrona como una de las estaciones de su recorrido por Colombia. Es de mañana y es un sábado, y en un día de cielo sin nubes como el de hoy el sol castiga con 39 grados a la sombra el paisaje de montañas boscosas y playas de olas altaneras que dominan el lugar. Los muchachos están sentados en forma de círculo. Observan con curiosidad los preparativos del ritual. Los chicos europeos se preguntan, entre sí, si acaso indígenas como Ramón fueron los que hallaron los conquistadores cuando descendieron de sus naves de agua, hace 500 años, dispuestos a sembrar a España en América. A muchos les cuesta creer que sea verdad.El mamo está en el medio, con su cara de trazos fuertes, su mirada de hombre manso y sus palabras en castellano a las que le cuesta trabajo dominar. Lo suyo, lo sabré después, es la lengua damara. “Yo no hablo bien, yo no soy estudiao —reconoce ante todos— no conozco letra, pero soy estudiao propio mío para la cultura, la sabiduría, el pensamiento”. No es verdad. El mamo Ramón Gil Barros tiene la extraña cualidad de ser llamado uno de los hombres más sabios del mundo, sin necesidad de títulos ni diplomas con su nombre estampado pendiendo de alguna pared. Es filósofo y es astrónomo, tiene 75 años, muchos kilómetros caminados a lomo de alpargatas y ha sido una de las voces que se ha levantado durante años para reclamar la protección y el respeto de los pueblos indígenas de la Sierra. Conoce bien la historia del universo desde su creación, esa que te enseña que la Sierra es el principio y es el fin. El corazón del mundo. El hombre recita esa historia de memoria, sin bibliotecas. Su único libro de consulta es la soberbia tradición oral que durante siglos ha crecido silvestre por los senderos de este sistema de cumbres que se desprenden de la cordillera Oriental. Sus ancestros lo quisieron así. No todos los kogui nacen para convertirse en líderes espirituales y repartir conocimiento. Así ha sido desde mucho antes de la llegada de los españoles, a comienzos del Siglo XVI. A su arribo, la región estaba ocupada por los indios tayrona, que a través del Atlántico habían llegado desde Costa Rica y vivían en asentamientos formados por gran número de casas construidas con cimientos de piedra sobre sitios de terrazas. Eran una comunidad con conocimientos avanzados de arquitectura e ingeniería, sabían de muros de contención, de escaleras y canales de drenaje.Fue esta sabiduría la que deslumbró a los españoles. Esos hombres blancos que hacia el año 1600, tal como cuenta el mamo, derrotaron a sus antepasados tayrona. Los pocos sobrevivientes de esos años de exterminio, entre arhuacos y kogui, huyeron a lo más fragoso de la Sierra.Ha sido esa misma sabiduría, también, detrás de la cual han acudido presidentes recién posesionados. Otros con gobiernos en crisis. Y algunos más que incluso han cruzado el océano para llegar ante él, como el propio expresidente español José María Aznar. Unos y otros aterrizan en la Sierra buscando la sabiduría kogui.Ramón hace por ellos lo que puede. Es que lo suyo no es magia. Aquí no se trata de beber pócimas amargas de receta desconocida. El único que ingiere algo durante la ceremonia es el propio mamo. Y lo que come son las benditas hojas de ayú —hojas de coca, para que nos entendamos— que su mujer previamente ha puesto a tostar sobre piedras calientes. El viejo las masca ‘aderezadas’ con ambil, una pasta viscosa elaborada con tabaco y con cal extraída de conchas y caracoles del mar. Dicha mezcla, dicen, reposa el corazón, baja la frecuencia cardiaca y permite un estado de calma que abre el pensamiento. Esta tradición tiene su nombre: se llama mambear. El de la aseguranza es, pues, un ritual sencillo, pero atesora la esencia del pensamiento y cosmogonía de esta comunidad descendiente de los tayrona. Termina con la imposición de un delgadísimo cordón blanco, generalmente de algodón, que se anuda a la muñeca de la mano. Al anudarlo, explica Ramón, se cierra el círculo dentro del cual habita cada ser humano y para éste solo será posible vivir bien si se encuentra en paz y equilibrio con el entorno que le rodea. Filosofía kogui en su estado más simple. De eso es que se trata todo esto: el hombre sabio entra en trance para que los demás alivien el alma. Después de tres horas y media de caminata entre una playa de arena gruesa y senderos de montaña dominados por grandes rocas, le pregunto a Roberto de Jesús Daza, líder de esta comunidad indígena, si falta mucho para llegar hasta Chairama, una antigua población kogui construida en forma de terrazas y que desde hace años es inspiración para antropólogos y arqueólogos de todo el mundo, entre ellos el conocido Gerardo Reichel Dolmatoff, padre de estas disciplinas en Colombia.Es ese el lugar donde, horas más tarde, tendrá final la ceremonia de aseguranza.El joven aventura una sonrisa burlona. Es que caminar es parte esencial de la vida de los kogui. Aquí el tiempo no se mide en horas, se mide según cuánto camines. Nuestro almuerzo, por ejemplo, está a dos horas más de marcha sin pausa y a buen ritmo. “Caminar es sagrado para nosotros —asegura— porque nos pone en contacto con los lugares sagrados de nuestros antepasados, por eso siempre nos sentimos bendecidos por ellos”. La de Roberto es una vida excepcional dentro de su comunidad. Es uno de los poquísimos kogui que se han acercado sin aspavientos a los hermanos menores, como llaman ellos a quienes no hacemos parte de su etnia. Roberto entonces es un hermano mayor especial: estudió derecho en la universidad, ha viajado al interior del país varias veces, porta celular y viste de jeans y camiseta; y desde el otro lado de la Sierra, en la Fundación Tayrona Ribumduna con sede en Santa Marta, trabaja para preservar el legado de su etnia. No ha sido fácil, en todo caso. Los hermanos menores llegaron un día a la Sierra y lo alteraron todo: lo hicieron con sus gobernantes, sus jueces y sus leyes, su corrupción y sus políticos, sus documentos de identidad, sus armas y sus odios. Los cerca 17 mil indígenas kogui que hoy habitan Colombia —repartidos en sesenta comunidades por los departamentos de Magdalena, Cesar y La Guajira— son los sobrevivientes, en palabras de Roberto, de siglos injustos de historia: primero los españoles con su fiebre de oro y de sangre; después los colonos del interior del país, que aterrizaron en la Sierra huyendo de la violencia partidista de mediados del siglo pasado. Arribaron buscando tierras para cultivar café, desalojaron a los kogui y les arrebataron sus animales. A estos indígenas no les quedó más remedio que huir con sus tradiciones cuesta arriba. Creyeron ingenuamente que los hermanos menores no los alcanzarían en las cumbres nevadas. Todavía con el recuerdo de esos días de horror frescos en la memoria, comenzó el auge de la marihuana. Año 74. Esta vez la invasión corrió por cuenta de guajiros mestizos, todos ellos armados, que iniciaron entre ellos una guerra intestina en la que los dedos de las manos ya no alcanzaron para contar los muertos. Saúl, un joven kogui de 28 años, solía escuchar a su padre preguntarse por qué los blancos iban desde tan lejos de sus casas a matarse por unas simples matas de hierba. Nadie entendía por qué en sus lugares sagrados, usados durante siglos para ceremonias de pagamento a los dioses, aparecían de repente cadáveres sin dueño. Cundió el sálvense quién pueda. Y lo propio sucedió, hace poco más de dos décadas, cuando otra guerra, esta vez de paras y de guerrillas, ardía mientras luchaban por el dominio de los cultivos de coca. “Qué tiempos malos estos”, le escucho quejarse al mamo Ramón. Nadie por esa época pudo reclamar ni denunciar. El único rancho en el que todos pudieron acomodarse fue en el del miedo. Roberto recuerda que, años atrás, el promotor de salud de la comunidad, un indígena que sabía algunas palabras de español, reclamó por tanto atropello y fue hallado después con tres tiros en el pecho. Desplazados en sus propias montañas, la única salida era seguir subiendo, inventarse la vida cuesta arriba de la Sierra. Algunos se refugiaron en los bosques de quina cerca del páramo; los demás no tuvieron más camino que resistir. “Todo esto ha resultado incomprensible para nosotros. Nuestras profecías decían que a nuestras tierras un día llegaría el hombre blanco, el hermano menor. Eso ya lo sabíamos, pero nuestra tradición oral nos enseñó que llegarían a aprender de nosotros no a destruir”, reflexiona Roberto.Juan Ramón, hermano de Saúl, se pregunta por qué llamar civilizados a “unas personas como ustedes, que viven como bárbaros, que se matan sin dialogar, que destruyen la tierra que les da de comer”. No envidia la vida de los hermanos menores. En la suya, la palabra de un ‘dzhuikuma’ o comisario es suficiente para calmar los ánimos más encendidos. Aquí nadie habla de cárcel. Nadie habla de cepos. “De los que le pegan a su mujer o les gusta andar borrachos se encargan los espíritus”. A los 22 años Juan Ramón prefiere esa rutina más contemplativa que productiva que hace parte de su cultura. La vida de un kogui se mueve sin afanes entre sembrar yuca, ñame, fríjol y con suerte caña. Tejer y mambear. Criar gallinas y chivos. A veces cazar animales silvestres o pescar. Pero, sobre todo, mambear y mambear sin pronunciar palabra. Si eres un kogui varón mayor de 18 años puedes hacerlo. Debes hacerlo. No solo quiere decir que ya eres un adulto, también que puedes pretender a una mujer. Tener una familia. Preservar tu etnia. Pero antes de todo eso debes mambear, mambear y rumiar historias y pensamientos. La vida por momentos puede resultar demasiado silente entre estas montañas del Parque Tayrona.Ese silencio se nota especialmente en sus mujeres. Seres por momentos invisibles, que aparecen y desaparecen con sus niños en brazos y sus tejidos a medio terminar. Solo unas pocas, las mujeres de los mamos, conocidas como sagas, alcanzan cierta relevancia social y se convierten en líderes que ‘predican’ entre viejas y jóvenes la cosmogonía kogui.Para Roberto el asunto tiene lógica: “Aquí no hay más preocupaciones que cumplir la misión que nos fue asignada en la tierra: cuidar la madre naturaleza. Aquí ningún ser es más importante que otro, todos somos seres vivos; incluso por eso mismo si quieres cortar un árbol debes pedirle permiso a la naturaleza, ese fue el mandato que nos dejó el creador. Esa es la forma en que podemos cuidar del corazón de la tierra”.

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