Veinte años a bordo del Barco Ebrio

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Dos décadas atrás, en el seno del TEC, surgió una aventura creativa que apostó por fusionar la dramaturgia con la poesía y la pintura. El resultado fue un colectivo que sigue renovando y abriendo espacios al teatro caleño. Una historia de motines, marineros y lagartijas.

Veinte años a bordo del Barco Ebrio

Abril 04, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Ossiel Villada Trejos | Especial para GACETA
Veinte años a bordo del Barco Ebrio

'Orgía', de Enrique Buenaventura, ha sido uno de los montajes más exitosos de Barco Ebrio.

Dos décadas atrás, en el seno del TEC, surgió una aventura creativa que apostó por fusionar la dramaturgia con la poesía y la pintura. El resultado fue un colectivo que sigue renovando y abriendo espacios al teatro caleño. Una historia de motines, marineros y lagartijas.

Como en los viejos relatos de navíos errantes, la historia de este barco comienza en un motín. Ocurrió hace 20 años, a bordo de un enorme galeón que ya entonces ajustaba casi cuatro décadas de navegación por los océanos del arte.En la proa de la nave, gastada por el salitre, brillaba un nombre al que todos reconocían como poderoso: Teatro Experimental de Cali, TEC.Su capitán, un viejo lobo de mar llamado Enrique Buenaventura. Su bandera, la creación colectiva. Su misión, hacer teatro puro, sin concesiones de ningún tipo.Buenaventura llevaba la blanca espuma de las olas en la espesa barba y la alborotada melena. Y la fuerza de la marea alimentaba su corazón. Sabía cómo reglar las velas para que su barco permaneciera siempre a flote, aún en las peores tormentas. Tenía la pasión y la sabiduría para aventurarse en los viajes más largos y arriesgados. Y contaba con el poder y la seducción necesarias para liderar su tripulación diversa. Una mezcla temeraria de marineros curtidos y entusiastas grumetes le veneraban como a un padre y le seguían hasta los recónditos mares de la creación teatral.El TEC navegaba por los océanos del mundo, y en cada puerto en el que atracaba se admiraba su figura imponente. Basado en un régimen de férrea disciplina, el viejo capitán no solo había construido uno de los más destacados grupos de teatro de Colombia, sino también una de las mejores escuelas de formación teatral del continente. Era, sin duda alguna, el lugar soñado para que se embarcara quien eligiera la escena como forma de vida.A bordo se hacía solo el teatro que el gran capitán determinaba. Cada texto, cada forma, cada palabra, cada montaje, cada expresión del cuerpo, eran un reflejo de su visión de la dramaturgia. Y aquello no era cualquier cosa: la sabiduría del maestro provenía de las grandes fuentes clásicas. Quienes alcanzaban el privilegio de ser admitidos a bordo del TEC se formaban en un proceso lento y tenaz que le otorgaba al actor el máximo respeto como artista, pero le exigía la máxima entrega. Las jornadas diarias, de hasta 15 horas de trabajo, incluían todo lo necesario, y más aún, para estar sobre el escenario: desde la secuencia de ejercicios del gran maestro Konstantine Stanislavski, hasta clases de solfeo tres veces por semana. Desde ejercicios de yoga y extensas horas de investigación, hasta complejas sesiones de análisis de textos. Desde costura de vestuario y pintura de máscaras hasta recitales de poesía. Desde la práctica de esgrima o de instrumentos musicales diversos, hasta el aprendizaje de idiomas. Todo ello se alternaba con sesiones en las que los actores proponían escenas sobre los textos que el maestro escribía febrilmente. Con ensayos en los que se repasaban todas las obras montadas. Y, por supuesto, con las funciones para el público. Hasta tres en un día y varias los domingos. En el TEC, literalmente, se respiraba, se comía, se vivía teatro. Era el servicio militar sobre el escenario.Y, por tanto, el enorme barco era el lugar en el que centenares de jóvenes artistas soñaban con estar algún día. El recio capitán no daba concesiones a nadie. Quienes siquiera aspiraran subir a bordo debían hacer un semestre completo de ‘stage’. Seis meses de sentarse todo el día, todos los días, en las graderías del TEC, a observar lo que pasaba en el escenario: cada ensayo, cada rutina diaria de ejercicios, cada escena, cada segundo de silencio contenido mientras los actores meditaban durante horas. Toda una prueba de fuego para la conciencia.Alguna vez, después de varias semanas, uno de los aspirantes decidió ojear un periódico que llevaba en su mochila, mientras actores y director repetían sobre el escenario la misma rutina que él ya había visto una y otra vez hasta el cansancio. Al terminar, el capitán se le acercó, llevando entre sus manos una enorme pila de periódicos viejos, y le dijo suavemente: “Mirá, como te gusta tanto leer periódicos, aquí tenés muchos más. Podés ir a tu casa a leerlos todos”. Fue su manera de decirle que para un actor de verdad el teatro no es solo una pasión, sino, ante todo, una religión, y solo quien fuera capaz de entender el ritual de observar, podía aspirar a subir al barco.Si muy pocos tenían el privilegio de pertenecer a esa tripulación soñada, ¿cómo fue, entonces, que estalló la chispa de la rebeldía en los oscuros recovecos de aquel barco legendario?Así comenzó el motínBeatriz Monsalve, una de las protagonistas del levantamiento, recuerda que fue en el mes de septiembre de 1993, al regreso de una gira por Europa. Una tarde, reunidos en un cafetín del barrio Santa Rosa, a pocos pasos del TEC, cinco de los más jóvenes alumnos de Buenaventura coinciden en sus emociones: “Ya cumplimos un ciclo. Tenemos que construir nuestro propio barco”. Junto a Beatriz estaban los actores Henry Castillo, Erick Aguilar, María Fernanda Agudelo y Hoover Delgado. En cuestión de días los cinco tomaron valor para enfrentar a Buenaventura, anunciar el retiro, armar los corotos y abandonar el barco. En realidad, fue un motín contra sí mismos. Contra los afectos y las seguridades que los mantenían atados al mástil del TEC, aunque todos querían surcar otros mares y descubrir otros puertos.“Hasta entonces solo habíamos trabajado los textos, las visiones y las formas de la dramaturgia de Enrique, y necesitábamos mucho más: construir nuestras propias ideas, poder expresarlas libremente en el escenario; indagar en otros autores, explorar nuestra propia dramaturgia desde lo colombiano, pero también confrontarla con otras miradas universales”, dice hoy Beatriz al revisar la primera página de la historia.El rompimiento no fue fácil para nadie. Buenaventura había depositado sus afectos, conocimientos y confianza en su tripulación. Que cinco de sus mejores marineros se fueran afectaba, de alguna manera, la navegación del TEC. Los que se iban, por su parte, debían soltar las amarras del sentimiento y comenzar a navegar, con su propia brújula, en medio de la incertidumbre. Varados en tierra firme, los rebeldes deciden montar un astillero improvisado para construir un nuevo barco. Beatriz le pide a su esposo, el pintor Diego Pombo, que le permita al grupo ensayar en el primer piso de la vieja casona de San Fernando donde ambos vivían. Y así, las lagartijas, asiduas visitantes de aquel lugar, pasaron a compartir espacio con cinco actores apasionados y urgidos de gritar sus ideas al mundo. Pombo recuerda que los animalitos que se paseaban por las paredes de su casa fueron la inspiración para darle nombre al astillero: Salamandra. Y los versos de Arthur Rimbaud sirvieron para que el actor, escritor y nuevo director, Hoover Delgado, definiera el nombre de la nave en construcción: Barco Ebrio. Eligió ese nombre al releer el célebre y extraño texto en que el poeta maldito francés hace un guiño a los actores de la antigüedad: “…He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos, alumbrando con gruesas pinceladas violetas, que recuerdan a actores de dramas muy antiguos, las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos”.Siete meses después del motín a bordo del TEC, el nuevo Barco Ebrio estaba listo para ser botado al agua. 20 años después...Dos décadas después, ya sin varios miembros de aquella tripulación original a bordo, Beatriz Monsalve revisa la bitácora de navegación y ríe con incredulidad: “Nunca imaginamos que esto fuera a durar tanto”.Hoy, el Barco Ebrio avanza. Es una de las 12 salas independientes que tiene Cali. Salas en donde hombres y mujeres apasionados luchan, contra todo y contra todos, para mantener arriada la bandera del teatro en esta Cali del siglo 21 en la que muchos todavía no entienden ni valoran la importancia de la dramaturgia para una sociedad.Gracias a Salamandra, el espacio que lo vio nacer, el Barco Ebrio ha logrado mantenerse a flote. Porque la sala de las lagartijas no solo les dio un espacio para ensayar y presentar sus obras. También se convirtió en un proyecto artístico que les permite financiar la obra teatral y obtener un ingreso para vivir. Salamandra es una sala concertada del Ministerio de Cultura en la que los caleños tienen acceso a diferentes actividades y eventos, como el cineforo CineMandra, y el encuentro literario Palabra Suelta, ambos de carácter gratuito. Allí también ensayan otros grupos de teatro que aún no tienen sede propia. Cada año, por el mes de agosto, la sala se revoluciona por cuenta de otro evento al que Beatriz y Diego le dieron vida propia hace poco más de diez años: el festival Ajazzgo.Los marineros del Barco Ebrio tienen un papel dentro de la escena y fuera de ella. Cuando no están sobre las tablas, unos se encargan de la logística de la sala, de mantener su programación artística, de barrer, trapear, limpiar, arreglar el vestuario de los montajes o llevar la contabilidad. “Eso es lo que nos ha mantenido como un proyecto sólido, como una familia igual a la que tenía en el TEC", afirma Beatriz.Y siguen haciendo el teatro que les gusta. Ese que les ha dado un sello característico desde su primera obra, titulada con el extraño nombre de ‘Crápula Mácula’.Cuando recuerda la actividad febril de aquel primer montaje, los ojos de Beatriz Monsalve se iluminan con un brillo diferente. Hoover Delgado se apareció con un texto titulado ‘En un bosquecillo’, del autor japonés Ryunosuke Akutagawa, en el que cinco personajes dan su versión sobre un asesinato.Y esa fue la brújula de un viaje que los llevó a donde querían: investigar realidades de otras culturas, fusionarlas con la identidad colombiana, explorar los estrechos lazos entre el teatro y las artes plásticas, poner la poética en escena.En ‘Crápula Mácula’, no solo el concepto estaba ligado a la visión literaria de un autor japonés. El maquillaje, el vestuario, la música, los movimientos del cuerpo y en general todos los detalles de la escena, reflejaban la investigación e interpretación del teatro oriental.¿Y eso qué tenía qué ver con nuestra cultura? “Que la verdad sobre un hecho tan grave como un asesinato siempre es relativa, independientemente de que suceda en Japón o en el Valle. Porque no hay grandes diferencias entre lo universal y lo local cuando el elemento humano está de por medio. Eso es lo que queríamos mostrar”, dice Beatriz.Aquel primer montaje fue casi como un exorcismo. “Hicimos todo en solo siete meses y fue como liberar una pasión que estaba maniatada. Y el mundo lo notó porque tuvimos mucho éxito”. Ganaron el premio a la a la mejor escenografía en el Festival Nacional de Teatro y el derecho a viajar a Europa con su obra. Apenas en su segundo año de vida, Barco Ebrio atracaba en el puerto de Cádiz, como una de las grandes promesas del teatro latinoamericano.Santo OficioHacer teatro en Colombia en los años 90 –en cualquier momento de la historia, dirían los maestros–, era necesariamente reflexionar sobre un país convulsionado que se ahogaba entre la guerra y las luchas intestinas de los grandes poderes.Y eso fue lo que vino después para Barco Ebrio, cuando estrenó ‘Santo Oficio’, su segundo montaje, escrito y dirigido por Hoover Delgado. Sobre el escenario apareció el resultado de una investigación de varios meses en la que los actores exploraron la crítica situación social del país, el asesinato de muchos de sus amigos artistas, la persecución sangrienta contra la Unión Patriótica, las amenazas contra actrices y actores que debían trabajar con chaleco antibalas, la guerra despiadada.Barco Ebrio continuó navegando. Vendrían después los montajes de ‘Pombo por Pombo, cuentos pintados’, ‘Casting’, ‘La leche de las hienas’. Vendrían más aplausos, nuevos reconocimientos. Y, como siempre ocurre en las historias de los marineros, vendrían tiempos de decir adiós.El grupo inicial, inevitablemente, se fue desperdigando. Algunos, como Henry Castillo, encontraron puertas abiertas en la televisión. Otros, como Hoover Delgado, eligieron la academia. Y otros más optaron por navegar en sus propios barcos por otros mares de la vida.Antes de la primera década, en el barco solo quedaban tres de los antiguos marineros: Beatriz Monsalve, Iván Montoya y Diego Pombo.El retiro de Hoover Delgado obligó a Beatriz Monsalve a asumir la dirección del barco, algo que apenas si logró hacer después del nacimiento de María, su hija menor. Entonces, en un nuevo arrebato de pasión, decidió un día tomar el timón y navegar sola.“Me dije: no nos podemos quedar así. Y entonces empecé a trabajar en un monólogo, con el apoyo de la única persona que podía darme la guía para seguir adelante: el maestro Enrique Buenaventura”.Así nació ‘La Maestra’, montaje escénico de un texto concebido y escrito por el viejo capitán del TEC, que hace parte de una de sus grandes obras: ‘Los papeles del infierno’.Nuevas generacionesDos décadas después de aquel motín, el Barco Ebrio ha visto pasar sobre su cubierta a una generación de nuevos actores. Algunos, como Jhon Alex Castillo, ahora triunfan en la televisión y el cine. Otros, como Luz Marina Arboleda, inician su carrera dando testimonio de los milagros que solo puede hacer el arte. Porque ella pasó de ser una mujer desplazada por la violencia, que se ocupaba de los oficios domésticos de Salamandra, a ser una de las protagonistas del montaje de ‘Caperucita Colorá’. Julián Correa, egresado del Instituto Popular de Cultura y la Universidad del Valle, lleva once años a bordo. Además de actuar, coordina la programación de Salamandra y la logística del festival Ajazzgo. Y está seguro de que Barco Ebrio no solo le cambió su visión del teatro, sino también la vida misma.“Traía en la cabeza la idea de un teatro muy popular, con un tinte bastante político. Y me encontré con un teatro donde se trabaja para construir siempre la imagen poética a partir de la escenografía, la música, el cuerpo, la palabra, la voz. Es eso lo que distingue a Barco Ebrio, donde además encontré una casa, una familia, un lugar en el mundo”.Cuando mira hacia atrás, hacia los años duros y felices a bordo del TEC, Beatriz Monsalve recuerda al viejo capitán que soportó el motín en su poderoso galeón. “Todo mi trabajo como actriz y directora se lo debo a Enrique y al TEC”. Y ahora entiende la dureza del maestro con aquel aspirante distraído del periódico. El teatro exige máxima concentración y entrega. Por eso pide a sus actores, antes de cualquier ensayo, que pongan en silencio sus teléfonos celulares. En los grupos de teatro de hoy, dice, “hace falta mucho de la disciplina y la mística del maestro”.En 20 años de navegación, el Barco Ebrio ha formado público capaz de apreciar el arte. Y aunque muchas veces los actores debieron actuar ante un espectador solitario que ‘ocupaba’ las graderías de Salamandra, la función nunca se canceló. Porque valía la pena formar a ese único asistente. La fusión de actores, trabajo en escena y espectadores es lo que da vida al teatro desde el inicio de los tiempos. Así lo enseñó el viejo capitán. No es fácil hacer teatro en un país como este, donde muchos prefieren ver la triste comedia de actores que les mienten, como los políticos.El teatro, dice Beatriz Monsalve, “es un arte para minorías, un arte que no llena estadios ni con las boletas regaladas”.¿Para qué sirve el teatro?¿Por que, entonces, persistir en el teatro? El maestro Santiago García, fundador de La Candelaria, responde siempre a esa pregunta con una frase lapidaria: “El teatro no sirve para nada”. Y el maestro Enrique Buenaventura se burlaba siempre de quienes le preguntaban por el mensaje de sus obras. “Los mensajes los da Telecom. Hacemos teatro porque nos gusta”, decía.Beatriz Monsalve tiene una respuesta diferente: “El teatro invita, obliga a pensar. Pero yo creo que la gente no quiere pensar. Por eso es un arte de minorías”.Aún así, está convencida de que es más fácil hacer teatro hoy que hace 20 años. Y tiene un argumento claro para explicarlo: “Fanny Mikey, con su Festival, impulsó mucho el teatro de la comedia fácil, pero también abrió espacios para el teatro profundo, y logró que las élites lo aceptaran. Gracias a ella el teatro dejó de ser un arte paria en Colombia y se acabó el paradigma de que solo lo hacían comunistas, marihuaneros y mochileros”.Hoy, dice Beatriz, “el teatro tiene un mayor reconocimiento social y se puede vivir solo del teatro, sin hacer cine ni televisión”.Los actores de Barco Ebrio son una muestra de ello. Por estos días preparan el próximo estreno, después de tres años de quietud en el campo creativo. Será, justamente, una obra sobre la vida aventurera de los marineros y su destino jugado al azar de las tormentas y las olas.Estará basada en la historia de ‘Simbad, el marino’, y al igual que hace 20 años, Barco Ebrio se empeñará en mostrar que los hombres de otras tierras y sus ideas frente a la vida no son tan distintos a lo que vemos en la Colombia del día a día.El ancla ya fue levada. Las velas están izadas y el mar es una fiesta de viento y espuma. El Barco Ebrio está listo para partir de nuevo hacia el horizonte infinito, como obliga la memoria de Rimbaud.

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