Una hermana desaparecida, hecha novela

Una hermana desaparecida, hecha novela

Abril 16, 2017 - 08:19 a.m. Por:
Paola Guevara / Editora de Gaceta
Enrique Patiño

Enrique Patiño, periodista y escritor, autor de la novela 'La sed'.

Especial para El País

Un día como cualquier otro, Clara salía de su trabajo y unos hombres la doblegaron y la introdujeron a la fuerza en un carro. La única testigo de los hechos fue una vendedora de chiclets y dulces que, con impotencia, presenció una escena que no terminó de comprender pero que sí terminó, de muchas maneras, con la vida normal de una famlia colombiana que sigue a la espera de esa hija, de esa madre, de esa hermana que no regresó y qué, 25 años más tarde, quizá ya jamás regresará.

“Cuando Clara desapareció, creímos, como todos los que caen de repente al mar y se saben náufragos, que era sólo cuestión de esperar a que alguien llegara a rescatarnos de la zozobra. Incluso el infortunado que cae en altamar, y sabe que no hay embarcación a la vista, escruta el horizonte a la espera de que un barco errante lo encuentre y le arroje un salvavidas. Hasta el último pataleo en el agua persigue una esperanza. Aún quisiéramos que alguien viniera al rescate. Aún lo estamos esperando. Pero las cosas fueron distintas”, escribe el novelista y periodista Enrique Patiño, una de las voces más potentes de la literatura colombiana actual, en ‘Cuando Clara desapareció’.

Patiño deja la piel en esta novela donde, finalmente, rompe el tabú del “asunto familiar” privado y desnuda con valentía los terrores, los anhelos y los sueños frustrados de una familia fracturada que no tuvo más opción que seguir viviendo con una herida abierta, sin que haya cuerpo qué llorar, tumba a la cual peregrinar o razón a la cual apelar para paliar el desasosiego.

Enrique Patiño entró con pie derecho a la literatura con su novela ‘La sed’, que ha sido reeditada 7 veces y que se convirtió en lectura obligada en los colegios del país, pues vaticina una realidad no muy lejana: la de una Colombia sedienta que aniquiló las fuentes de agua dulce. Ahora habla con Gaceta sobre su proceso creativo en ‘Cuando Clara desapareció’.

¿Cómo se toma una decisión tan radical como escribir una novela sobre la desaparición de una hermana?
Fue muy difícil. Es una historia que no tiene respuestas, entonces hay que acudir a los relatos de la propia familia. Es difícil, para empezar, por la necesidad y el derecho que tienen todos ellos de participar, de opinar, de decir “no me parece” e, incluso, de bloquear.

¿Cómo empezó el proceso de escritura de ‘Cuando Clara desapareció?
Arrancó como una investigación policiaca, hasta que supe que con esta historia no quería hacer periodismo sino otra cosa. Me atreví a hacerlo como periodismo, en la primera etapa, para que no me tocara las fibras. Porque en el periodismo uno es externo... Pero cuando entré de lleno en la historia de la familia ya no podía mantener el relato en la distancia de la tercera persona, y entonces surgió la voz unificada de la novela: “Nosotros”. Solo al final pude añadirme a mí mismo como un “Yo”.

Fueron varias capas de escritura, entonces...
Sí, la primera etapa fue la investigación periodística. La segunda, el relato en tercera persona. La cuarta, la reescritura en clave de “nosotros” y, finalmente, la narración más íntima. Y después de las cuatro fases, a reescribirlo todo.

Imagino que debió pasar la novela por el filtro final de la aprobación de la familia, ¿cómo explicarles que ahora Clara iba a ser del mundo?
De alguna manera confiaban en mí, y hubo un momento decisivo en que mis padres tenían que leer la versión final de la novela y yo estaba asustadísimo, pero mi papá lo leyó en dos días y mi madre en otros dos, y comprendieron incluso las licencias literarias que tomé. En el caso de la hija de Clara, le cambié el nombre a su personaje por petición suya; ella no quiso leer la novela ni piensa leerla, es una historia muy dolorosa que ella quiere dejar atrás para poder seguir adelante.

En la novela usted narra la angustia de tener que hacer fila
en mil instituciones y someterse  a esperas, papeleos, procedimientos eternos, ante funcionarios  que no lo miraban a los ojos y para los que su pregunta por el paradero de su hermana resultaba incómoda...

Yo siento que esto nos ha pasado alguna vez en la vida a todos los que somos colombianos pero, en mi caso, potenciado. Porque uno no suele ir a una institución del Estado a hablar de un tema tan complejo como la desaparición de un familiar, problema para el que no hay ni siquiera procedimientos claros. A la gente le da pereza escuchar que algo anda mal. Más allá de la burocracia y de la corrupción hay algo inherente al colombiano: la tentación de culpar a la víctima.

Mucho peor el prejuicio si la desaparecida es mujer, imagino...
“Si desapareció es que a lo mejor se metió con un tipo” y cosas por el estilo tiene uno que escuchar, como si la desaparición en Colombia no les ocurriera a tantísimas personas de bien. Nuestra señalada favorita es la víctima.

Cuando comenzó esta novela venía de hacer su extenso reportaje sobre Luis Carlos Galán, ¿cómo fue el cambio de tema y de enfoque?
Cuando se publicó ‘Ni un paso atrás’, sobre Galán, se cumplían 25 años de su muerte y me dije: “En dos años se cumplen los 25 de la desaparición de mi hermana”. Con Galán había exceso de información, de personajes, de datos, de archivos, de testimonios, de contexto. Era casi abrumador. En cambio, con Clara no había nada o casi nada, el recuerdo familiar se va borrando con los años.

Usted confiesa que cuando su hermana desapareció era uno de esos adolescentes apáticos y distantes. ¿Usted ‘se perdió’ a su hermana y escribir esta novela fue un intento de recobrarla?
Hablo desde la perspectiva de alguien que se lo perdió. Hablo desde la culpa. Soy consciente de que nunca la viví, se me pasó, la conozco más a través de los relatos de mis hermanos. ¿Sabes que ni siquiera teníamos muchas fotos juntos?

Pero al mismo tiempo tuvo algún sentido literario, pues hubo distancia, la distancia suficiente para narrar, ¿quizá?
Me permitió buscar una Clara que no fuera perfecta, una hermana de carne y hueso, con todas sus contradicciones. Yo liberé a mi hermana para ella misma, y para mi familia.

La historia de los desaparecidos en Colombia es larga y dolorosa. ¿Qué reacción ha tenido de los lectores con experiencias similares a la suya, hasta ahora?
En el lanzamiento de la novela, ayer, entre el público estaba un representante de la Asociación de Familiares Desaparecidos, y me dijo: “Este libro es del país”. Y cuando firmaba algunos libros se me acercaron cinco personas y me confesaron: “A mí también se me desapareció alguien”. Es duro y muy bello a la vez. Uno es el canal.

El título de su novela se repite a lo largo de cada capítulo, lo que me recordó ese hermoso recurso de la reiteración que aplica Antonio Tabucchi en ‘Sostiene Pereira’.
Quizá viene de él, de Tabucchi, no lo hice conscientemente pero leí ‘Sostiene Pereira’ hace muchísimos años y pudo ser una influencia involuntaria. Repetí ‘Cuando Clara desapareció’ en cada capítulo porque me pareció que así esta novela sería una plegaria.

¡Un mantra!
Es una hermosa manera de verlo.

¿Cómo es escribir lejos de la seguridad de los medios, ahora que es independiente?
Es duro, no es nada fácil, hago de todo, libros, fotos; fui jefe de prensa de la Feria del Libro dos años, lo cual es extenuante; escribo a la media noche, en las madrugadas, y persevero en este camino de escribir a ver si la vida me responde poco a poco. Uno hace su parte y la vida le abre camino.

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