Un viaje a los versos de León De Greiff

Un viaje a los versos de León De Greiff

Marzo 07, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Catalina Villa | Editora de GACETA
Un viaje a los versos de León De Greiff

Siendo un niño, Darío Jaramillo se deslumbró con León de Greiff. Cincuenta años después regresó a él para descubrir que la euforia seguía intacta.

Es curioso, hasta hace poco, quien quisiese sumergirse en la obra del genial poeta antioqueño León De Greiff, no podría haberlo hecho sin antes pasarse por una biblioteca, pues tomos de su obra eran prácticamente inexistentes en el mercado editorial. La reciente antología, editada por el Fondo de Cultura Económica y la editorial Pre-textos, a cargo de Darío Jaramillo Agudelo, llena con creces ese vacío.

Que un niño de 12 años se interese hoy por la poesía podría sonar, más que a rareza, a franca extravagancia. Pero hace 50 años, cuando ni google ni whatsapp ni facebook soñaban con existir -ya no hablar de desplazar a las librerías en su santo oficio de servir como fuente inagotable de viajes a mundos extraordinarios-, podía suceder que un día cualquiera un niño se extraviase en sus anaqueles, leyese un libro de poemas y quedase prendado de las palabras para siempre. Así le sucedió a Darío Jaramillo Agudelo. Así le sucedió con los poemas de León De Greiff. Años después, Darío no solo se convertiría en poeta –y novelista y ensayista y crítico literario- sino que desarrollaría una admiración particular por el fundador de Leolandia, ese genial hacedor de palabras sin cabida en el diccionario, considerado el más importante poeta del Siglo XX en Colombia. La culpa de ese deslumbramiento precoz, recuerda ahora Darío, la tuvo el viejo Alberto Aguirre, entonces librero y luego célebre periodista antioqueño quien, con la complacencia de su padre, lo alentaba en lecturas imprescindibles. “Que me hubiese interesado por León De Greiff no fue más que un acto de fe en Alberto. Para entonces yo ya era un animal lector y le creía mucho, además él había editado ese libro de 748 páginas que eran las Obras Completas del ‘poeta vivo más famoso del lugar’”, cuenta. Lo que siguió fue una sucesión de ires y venires a la obra de De Greiff, tal y como es la relación de todo el mundo con los libros y los poetas. “Uno lee un libro, se apasiona con él, después lo olvida. Pero más tarde regresa a él y puede suceder que sigue el encantamiento o simplemente se derrumba. El asunto con De Greiff es que nunca se me derrumbó”. Nunca. Ni siquiera en 2004 cuando, por solicitud de un editor, emprendió la dispendiosa tarea -¿o tendría que decir farragosa?- de hacer una antología de su obra, para lo cual leyó más de 4.500 páginas escritas por el autor. Ni siquiera en 2011 cuando, tras una pausa inexplicable, regresó a dicha empresa literaria para descubrir, con el placer de quien reincide, que la euforia que le producía leer la “summa greiffiana” permanecía intacta. El resultado de esos diez años de trabajo intermitente es una bellísima antología coeditada por el Fondo de Cultura Económica y la editorial Pre-textos que reúne, a juicio de Jaramillo, lo mejor del poeta de Bolombolo o, en fin, de ese misterioso y lugar por él fundado: Leolandia. Para Jerónimo Pizarro, profesor de literatura de la Universidad de Los Andes, encargado de presentar el libro en Bogotá, nada más pertinente y oportuno por estos días que esta antología, que viene a un llenar un vacío inexplicable en un mercado editorial que tenía olvidado a León De Greiff, particularmente fuera de Antioquia. “Es curioso, pero quien quisiera acercarse a su obra, probablemente tendría que haberlo hecho a través de una biblioteca, leyendo unos mamotretos de miles de páginas”, anota.Darío, después de la gran antología de crónica latinoamericana con la que nos sorprendió hace dos años, ahora aparece usted con otra gran antología, esta vez dedicada a De Greiff. ¿Cómo sucedió?Más allá de mi admiración por su obra, lo cierto es que había una carencia de una antología de León De Greiff en el mercado. Eso lo detectó un editor, que resultó ser mi editor en Valencia, España. Él habla con el hijo de De Greiff, Hjalmar, que es quien administra la obra del poeta; adquiere los derechos y se ponen de acuerdo en que sea yo el que haga la antología. Y así terminé embarcado en el asunto hace ya muchos años. Fueron diez años dedicados a esta tarea de manera intermitente...Yo arranqué con un entusiasmo loco. Hice una selección, leía, señalaba los varios de los tomos que hay, tomé un montón de notas para un ensayo que acompañaría la antología. Luego no sé qué me desvió, pero la cosa se quedó ahí, como paralizada, y tuve siempre un sentimiento de culpa de que era algo que no había terminado. Muchos años después, Hjalmar me pregunta por la antología y a mí me sacude la pregunta, entonces me dedico de nuevo al asunto. Leo de nuevo todo De Greiff, hago una nueva escogencia, eso me sirve para cruzar la primera con la segunda, y de ahí sale ya la selección definitiva. Cojo las notas, las complemento, y de pronto me doy cuenta de que he escrito un montón de páginas sobre León de Greiff y es cuando le propongo al editor que publiquemos el epílogo.Un epílogo que, a mi juicio, debió haber precedido los poemas, a manera de prólogo. Es tan completo el análisis que casi funciona de manera autónoma...Quizás por eso, por lo extenso, propuse que fuera al final, para que no fuera tan invasivo, para dejar que la gente entre directamente a los poemas y solo si necesita ayuda, pues allí está el texto mío para consultarlo. Una de las cosas que uno descubre en su texto, es lo tímido y huraño y hosco que era De Greiff, cuya obra, paradójicamente, siempre estuvo salpicada por el humor...Casi que podría contestar esa pregunta en primera persona: porque los hoscos nos defendemos con el humor. No sé si era lo que le pasaba a De Greiff, tal vez sí, que de lo tímido resultaba hosco y esa hosquedad la manifestaba con humor. Pero además, De Greiff era un hombre completamente lleno de paradojas: se proclamaba perezoso pero trabajó 40 años en horario de empleado de baja categoría de ministerios y de bancos; se llamaba perezoso pero escribió casi 5000 páginas de poesía. Se proclamaba noctámbulo, y tenía que estar trabajando todo el día. Parecía muy orgulloso de sus orígenes antioqueños y suecos, y sin embargo, todo el tiempo está escribiendo contra los antioqueños y sus hábitos de trabajo y sus ganas de conseguir plata. En fin, el suyo es un universo de paradojas casi infinito…Otra de las características fundamentales en la obra greiffiana es el juego con el lenguaje. ¿Cómo llegó De Greiff a desarrollar ese estilo tan particular?Hay una primera cosa y es la identificación de la poesía con la música. La poesía es forma pura, la música es forma pura. Asimismo, la poesía es música y la música es poesía. Hay una identidad allí y eso le da una libertad enorme, porque ya no depende del diccionario sino de la música. Muchas de las deformaciones que él hace de las palabras del diccionario las hace con sentido musical: siempre está jugando con palabras, inventando palabras. Eso parece muy difícil, pero no lo es tanto en realidad. Uno encuentra que la palabra no está en el diccionario, pero el tipo deja la suficiente cantidad de huellas, las etimologías, o de dónde sale la palabra, que uno es capaz de encontrarle sentido. Por otro lado está el momento que le toca vivir a él. Él es un joven en 1914, tiene 20 años, está fundando una revista con sus amigotes. En ese momento lo que domina en el mundo es la sensibilidad modernista y ese mismo año están apareciendo en el mundo las primeras manifestaciones vanguardistas: los primeros textos de Apolinaire, por ejemplo. Entonces él crece entre el culto modernista, es decir el culto a la forma, a la palabra, a la elegancia, pero a la vez con el atrevimiento vanguardista que le permite hacer lo que le da la gana. El producto final es un poeta absolutamente único, como lo fue De Greiff, que no es ni modernista ni vanguardista, es él simplemente, y no hay nada que se le parezca. Ahora que menciona su invención de palabras, uno podría quedarse horas maravillándose solo con ellas, con esa rarezas como ‘abracadabrantes’ aventuras o ‘nefelibato’ de cenitales... Usted, que tanto lo ha leído y releído, ¿se sigue sorprendiendo con algunas de esas palabras? Los ejemplos que usted pone son muy buenos, pero hay muchos y yo no sería capaz de decir ninguno porque no tengo el libro a la mano. Pero, por decir alguno, él repite todo el tiempo la “simplatía”, que es la falta de plata. Y es muy simpática. Pero en definitiva lo que me interesa es la riqueza de ese vocabulario, palabras que logran ser muy precisas para describir cosas o acciones. Darío, ya tuvo usted suficiente trabajo seleccionando los poemas que van en esta antología... pero quisiera preguntarle, de todos esos, ¿cuál es ese poema de De Greiff que usted siente más cercano, que lee con euforia?Me pide uno y le doy cinco. Los dos primeros son poemas muy desconocidos, extremadamente largos, con más de 25 páginas cada uno. Y son unas maravillas absolutas; se trata de ‘El relato de los oficios y mesteres de Beremundo’. Beremundo, claro, es un otro-yo de él, y en el poema enumera los trabajos que tuvo. Es muy curioso ese poema, porque ese esquema ha sido muy copiado el Colombia; hay un poema de Álvaro Mutis enumerando oficios de gente, y creo que uno de Rivero también. El otro se llama ‘El poemilla de Bogislao’, en el que Bogislao cuenta los sueños que ha tenido. Ambos son maravillosos.Los otros tres, muy conocidos: ‘Ritonerlo’, aquel que empieza “Esta rosa fue testigo / de ése, que si amor no fue, / ninguno otro amor sería”. Este es, talvez, el más conocido de sus poemas de amor. Yo creo que sus poemas de amor son maravillosos, y son el otro lado del disco, no hay nada ahí de invención de palabritas, él lo que está es declarando su amor y piensa en un castellano para que le entienda la novia. Van tres. Otro, te hablaría de ‘Villa de la Candelaria’, que es uno de sus primeros poemas, muy corto, contra los antioqueños. Y es muy bueno porque se burla de la gente de Medellín, una burla muy acertada, satírica, de los defectos de los paisas. Y el último, lo adivino: juego mi vida, cambio mi vida...Sí, ‘El relato de Sergio Stepansky’, que demuestra una faceta interesante suya: los poemas que son relatos. Como este tiene diez o quince relatos: el de Ramón Antigua, por ejemplo, en fin hay varios allí. Este, y todos, por supuesto, demuestran por qué De Greiff fue único. El poeta irrepetible.

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