Un pueblo, una fiesta

Un pueblo, una fiesta

Agosto 16, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Lucy Lorena Libreros | Periodista de GACETA.
Un pueblo, una fiesta

Desde la primera versión la gobernación puso recursos así como el Ministerio de Cultura, a través del programa Nacional de Concertación.

El Festival Bandola de Sevilla celebra 20 años, desde el día en que un grupo de músicos decidió crear un encuentro en el que los artistas se reunieran por el puro placer de tocar y no de competir. El asunto funcionó y, de paso, le devolvió la vida a todo un pueblo.

Alguien que quiera dar con ellos en Sevilla los encontrará fácilmente en este lugar, en el barrio Tres de Mayo. Una casa de ladrillo y piedra a la vista, de estilo moderno, que desde la entrada advierte de su espacio generoso y de lo que ocurre allí dentro: notas afinadas de guitarras, tiples y tamboras, también voces que entonan pasillos y bambucos. Es la sede del grupo Bandola, cuatro amigos que en 1982 se unieron para dedicarse a la música andina. Esta casa es su sitio de ensayos. Y es, también, el principio de esta historia.

Fue aquí, hacia 1994, donde esos mismos artistas decidieron sentarse un día a repensar lo que estaba ocurriendo con la nueva música colombiana. Porque sucedía que Bandola viajaba cada año a presentarse en el Festival Mono Núñez, lleno de expectativas, pero regresaba a casa con las manos vacías, con el sinsabor de no figurar en los primeros lugares. ¿Qué era lo que pasaba si hacían música con honestidad, si ensayaban a diario, si ellos componían sus propias letras? Eran las mismas preguntas que se planteaban por esa época otras agrupaciones.

De esa suerte de malestar compartido nació un encuentro para la reflexión. Bandola convocó a decenas de músicos que exploraban los ritmos andinos para sentarse durante días, allá en Sevilla, a discutir sobre derechos de autor y sobre la puesta en escena de los grupos. Debatían a qué le cantaba la nueva música andina —con sus cuerdas, sus vientos y sus zampoñas— y las nuevas sonoridades que rondaban al bambuco y al pasillo. Al final, claro, la excusa de un encuentro aparentemente académico terminaba convertido en una fiesta gratuita para el pueblo que se volcaba por completo a la Plaza de la Concordia.

El encuentro tuvo dos versiones. Hasta que Óscar Gallego, uno de los integrantes de Bandola, quiso aprovechar el espíritu animoso que quedaba flotando en medio de la cordillera y los cultivos de café para pensar en otro espacio musical, proyectado esta vez como un encuentro donde los músicos se reunieran durante varios días, no a competir sobre una tarima, ni a esperar a que el otro se equivocara para poder ganar. La idea, mejor, era propiciar un encuentro festivo donde los artistas intercambiaran sus saberes y participaran por el simple gusto de interpretar sus canciones.

Aquello fue hace ya dos décadas. Óscar piensa en eso, en medio del ensayo que lleva horas sonando en esta casa del barrio Tres de Mayo. Es un viernes de agosto y falta poco para que se inicie la versión número veinte del Festival Bandola de Sevilla. ¿A qué hora pasó tanto tiempo? ¿Qué hace que los integrantes del grupo estaban buscando apoyo para el Festival apostados en la oficina de Germán Patiño, para entonces Gerente Cultural de la Gobernación del Valle?

Sentados en un rincón de la casa, Óscar, junto a María Elena Vélez, Julián Gil y Rodrigo Muñoz

—los demás integrantes del Grupo Bandola— recuerdan el espaldarazo inmediato de Patiño. “Que hasta nos dio ideas para mandar a diseñar e imprimir el afiche, pues ninguno de nosotros tenía idea sobre eso. El objetivo, en un comienzo, era que en Bandola se presentaran los grupos que ganaban en los festivales que se hacían por todo el país. Pero este ha sido siempre un festival de buenos amigos y como casi todos nuestros amigos se dedicaban a la música andina, fue por eso que al principio esos eran los ritmos que más predominaban”, cuenta María Elena.

La primera versión costó unos $20 millones. La gobernación ayudó y también el Ministerio de Cultura, a través del Programa Nacional de Concertación. Y los buenos amigos comenzaron a sumarse: los Hermanos Calero de Palmira; John Jairo Torres, uno de los más reconocidos músicos y compositores de Medellín; Música para el Pie Izquierdo, agrupación que ya comenzaba a quebrar la tradición; los maestros Gustavo Adolfo Rengifo y Luz María Castañeda.

Y detrás de todos ellos, exponentes de otras regiones del país a los que un día les hablaron de un pueblo enclavado en las montañas de una cordillera, en una esquina del norte del Valle del Cauca, que con agrado se convertía en un inmenso salón de fiestas durante cuatro días: Petrona Martínez, la reina del bullerengue; Jorge Velosa, el cantautor que sacó la música carranguera de las minas de Boyacá; y hasta Viviano Torres, el creador de ese ritmo casi prohibido de los cartageneros, la champeta.

Todos se dan cita desde entonces en la Plaza de la Concordia. El alma de Sevilla, un lugar centenario en donde suelen reunirse, durante el resto del año, los campesinos recolectores de café con los agregados de las fincas de Caldas, Risaralda y Quindío, que suben hasta el pueblo dispuestos a pagar mano de obra durante los tiempos de cosecha.

Es también la sede del café Ginebra, del templo de San Luis Gonzaga, declarado hace poco —para orgullo de los 35 mil sevillanos que viven en el municipio— como basílica menor. El lugar donde uno se puede tomar un tintico de La Mina, una de las mejores marcas de café que se producen aquí. Donde se ve pasar al Loco Suaza, de quien se dice fue un deportista y profesor muy sabio. Donde le hablan de doña Nidia Gil, ex reina de la Caña de Azúcar, y una de las mujeres más bellas que ha nacido por aquí.

Una plaza en la que usted puede averiguar por la suerte de don Alonso Gallego, uno de los fundadores del célebre Conjunto Serenata, responsable de atizar con sus guitarras tantos amores contrariados que acabaron convertidos en matrimonio; o preguntar por la familia Bastidas, los famosos lutieres, que se han ganado la vida durante décadas fabricando tiples, guitarras y bandolas afinadas.

Es que nada volvió a ser igual en Sevilla desde el Festival Bandola. Desde que en este pueblo aprendieron qué era eso de bailar un pasillo ‘aletiado’. Lo sabe don Rafael, taxista, que durante los cinco días de jarana ve incrementar sus ganancias hasta en $100 mil. Lo saben los dueños de Mony’s, la hamburguesería más famosa del pueblo, que varias veces se ha visto obligada a cerrar temprano sus puertas durante el Festival por una razón que parece sacada de una prodigiosa imaginación: venden tanto, que sobre la media noche se quedan sencillamente sin ingredientes para seguir produciendo.

Lo saben también los dueños de los hoteles. Faltando una semana para el comienzo de Bandola, ya no es posible conseguir una de las 240 camas con las que cuenta el pueblo para sus visitantes. Esa es su máxima ocupación hotelera. Si se tiene algo de estrella, probablemente quien haya decidido sumarse a la fiesta a última hora podrá alquilar el cuarto de una casa de familia por $30 mil. Con eso garantiza la dormida y, al despertar, un buen tinto sevillano. En todo caso, se cree que el Festival Bandola convoca anualmente a unas 13.500 personas, provenientes especialmente del Valle, el sur del país y el Eje Cafetero.

Otros, como los propios organizadores de Bandola, alquilan casas completas. A veces hasta 13. En ellas hospedan a los músicos invitados, que cada año suelen promediar los 350, integrantes de unas 40 agrupaciones. Para lograrlo con éxito se apoyan en el Festival Mono Núñez, que les prestan sábanas, fundas y hasta camas y camarotes, dotación que llega en un camión, todos los años, desde el municipio de Ginebra.

Nada de eso ocurría veinte años atrás, cuando Sevilla terminó convertida en un pueblo triste, casi fantasma, apenas mencionado en los libros de colegio que documentan su protagonismo en la llamada colonización antioqueña. Todo por culpa de la Carretera del Alambrado, que cortó abruptamente el paso obligado que era Sevilla hacia ciudades como Armenia.

Quien suele contarlo es el Mono Marulanda, uno de los pobladores que más sabe sobre la historia de Sevilla. Ha escrito varios libros sobre eso. Y al hombre, uno de los más célebres del pueblo, usted puede preguntárselo cuando lo encuentre sentado, fumándose su cigarrillo de todos los días, en la mismísima Plaza de la Concordia.

Le dirá lo que ya es un secreto a voces: que Sevilla volvió a ponerse en el mapa de Colombia gracias a este festival. Que miles, cada año por el mes de agosto, suben hasta sus lomas para disfrutar de sus casadillas, esas galleticas elaboradas con quesito y panela. Para tomarse un buen tintico en Tres Esquinas. Y para comprender, después de apreciar sus paisajes de nevados, cafetales y valles, por qué lo llaman el ‘Balcón del Valle’.

Y que en realidad Sevilla merecía esa suerte: porque la música en este lugar ha sido parte de su historia. Aquí la gente ha aprendido lo mismo a cosechar el café más suave que a conocer de tangos, de milongas y de fox. De joropos, de curralos. De pasillos y de guabinas.

Incluso de otras cosas. Ahí está, por ejemplo, el mítico Café Casablanca, ubicado en el Parque Uribe, donde sus clientes encontraron la fórmula para que bajo el mismo techo convivan los seguidores gardelianos con quienes se levantan, digamos, con deseos de escuchar a Serrat.

Por eso a nadie se le hizo raro que el Festival Bandola fuera acogido de inmediato. Y que permanezcan colmadas todas las actividades que se programan durante esos cinco días. Que la gente aplauda con entusiasmo ‘El Cantorío de Mujeres’, que reúne en una sola noche a las voces femeninas más bonitas; incluso las de fuera del país. Este año, por ejemplo, lograron que llegara desde Argentina el grupo Aguamarina, que interpreta chacareras, sambas y músicas de la Pampa, para que entonaran sus melodías al lado de las Cantadoras del Patía.

Con el mismo fervor se acoge el Concierto Campesino, que cada mañana congrega hasta el mediodía, en la Plaza de la Concordia, los aires de esa música gozona que en el resto de Colombia suele escucharse solo por el mes de diciembre, pero que en realidad es la banda sonora diaria de la gente del campo.

Y, claro, también el Carnaval de Abrazos, en el que al son de tambores y cintas de colores y de ‘Tiempo de festival’, el himno de este encuentro, se recorran las calles de Sevilla para celebrar la música, la amistad, la vida misma... Es que lo que comenzó, dos décadas atrás, en esa casa del barrio Tres Mayo no fue solo un festival. Fue una afinada conspiración que transformó la vida de todo un pueblo.

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