Un hombre entregado al arte, la cualidad del curador Miguel González

Un hombre entregado al arte, la cualidad del curador Miguel González

Agosto 10, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Isabel Peláez | Reportera de El País
Un hombre entregado al arte, la cualidad del curador Miguel González

Miguel González y Juan José Madrid alistando las obras de Rayo y Botero para los 30 años del Museo Rayo.

Cuentan sus ex discípulos que el curador Miguel González era una persona muy estricta. "No hay ninguna excusa para llegarme tarde a una clase, ni siquiera una trepanación de cráneo”, decía.

“Miguel González es un ser humano maravilloso, que vibra con lo artístico. Me magnetiza ese contenido y contexto que él maneja en torno a las obras de arte, es muy sensible con los artistas y un gran representante de la cultura del Valle y Colombia”, dice la poeta Dolly Enríquez, quien ha disfrutado con él muchos vinos tintos, en sitios culturales de Cali y en sus exposiciones cuando él ha sido curador.Cuenta ella que hace unos meses, en Bellas Artes, en una exposición de María Thereza Negreiros, Miguel le puso una copa de vino en la cabeza: “’Vibra como las diosas del vino, tú, poeta, maravillosa’”, me dijo.Afectuoso, sociable y buen anfitrión como es, Miguel tiene formas particulares de saludo, hace sonar mucho los besos cuando se trata de amigas como María Thereza Negreiros o saluda dando un zarpazo al aire.Se entrega tanto a la curaduría de una obra, que es explícito, detallista y a veces explota. “Un día en Bellas Artes, estaba alborotado, en punticas de pies, porque algo no le había salido bien con sus alumnos”, según Dolly. Según ex discípulos suyos, su frase de advertencia era: “No hay ninguna excusa para llegarme tarde a una clase, ni siquiera una trepanación de cráneo”, y con su humor negro les explicaba cómo hacerse el corte de venas perfecto para quitarse la vida y no fallar en el intento. Quienes trabajaron con él cuando era curador del Museo La Tertulia, recuerdan que llegaba a las 9:00 a.m., pero no se iba aunque ya se hubieran cerrado las exposiciones, y así fuera en la oficina o por las calles, seguía divagando sobre un nuevo proyecto. Incluso considera la muerte como un proyecto de vida. “Es una presencia inminente y un argumento inevitable en el arte. Me gustaría morir de forma instantánea, como en una explosión de un avión o que me caiga una bomba, en vez de padecer una enfermedad larga y penosa”, le dijo a El País en una ocasión.

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