Un elogio para Estanislao Zuleta

Un elogio para Estanislao Zuleta

Julio 12, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Alda Mera l Reportera de El País
Un elogio para Estanislao Zuleta

Cuando el país conmemora 80 años del natalicio y 25 de la muerte del filósofo antioqueño Estanislao Zuleta, una de sus alumnas de la Universidad del Valle, a quien el maestro dirigió su tesis de grado, retrata en estas líneas al pensador que se rebeló contra el sistema educativo y el matrimonio y que acercó a toda una generación a los grandes de la filosofía y la literatura.

Cuando el país conmemora 80 años del natalicio y 25 de la muerte del filósofo antioqueño Estanislao Zuleta, una de sus alumnas de la Universidad del Valle, a quien el maestro dirigió su tesis de grado, retrata en estas líneas al pensador que se rebeló contra el sistema educativo y el matrimonio y que acercó a toda una generación a los grandes de la filosofía y la literatura.

Aproximarme a la figura de Estanislao Zuleta, al conmemorarse 25 años de su muerte, sigue siendo tan intimidante como cuando llamé por primera vez a su cubículo para pedirle que fuera el director de mi tesis de grado de comunicadora social en la Universidad del Valle.

Demasiado atrevimiento para una joven provinciana que asistía a cuanta clase de filosofía, literatura o psicoanálisis dictaba el maestro. No eran de mi pénsum, pero un hombre de su estatura intelectual atraía público variopinto en la universidad pública que lo consagró en 1980 Doctor Honoris Causa en Psicología y que lo acogió, más que como docente, como un pensador que debatía sus ideas.

Hasta esos claustros de hormigón y ladrillo de la facultad de Ingeniería, sede Meléndez, llegaban señoras y señoritos de los mejores apellidos  a coger puesto junto a estudiantes de mochila y melena larga, de ingenierías y medicina, hasta de sociología; junto a artistas que olían a marihuana; docentes y estudiantes de la Universidad Santiago de Cali e incluso, jardineros y aseadores de Univalle. Es que Estanislao Zuleta no tenía alumnos, él tenía seguidores.

El auditorio se llenaba y a veces el maestro no llegaba. A él no le aplicaban el alegre cuarto de hora. A él lo esperaban hasta una hora y cuarto a ver si aparecía con sus lentes bifocales de marco oscuro, que dejaban ver su mirada cuestionadora, inquietante, llena de preguntas, un eterno signo de interrogación.

En varias ocasiones lo vi llegar con su maletín desgastado y una cabeza agachada que dejaba ver su cabello negro rigurosamente alineado siempre a la derecha, pero no sus ideas. Siempre fue un defensor de los derechos humanos y de una democracia verdadera, que contemplaba todo el abanico de tendencias políticas.  

Otras veces no aparecía y sus admiradores nos íbamos a las cafeterías más aburridos que cuando  nos aplicaba esa inyección letal de existencialismo y cuestionamientos al ser común: ser cómodo, ser absorbido por el sistema y el matrimonio, por la sociedad de consumo y la máquina. Por las religiones, el fútbol y tantas excusas que inventamos para no pensar.

Una vez, el auditorio 5, reservado para él, estaba ocupado. Sin ínfulas de nada, buscó un saloncito en Humanidades y dictó su cátedra. Las sillas no dieron abasto. Unos se sentaron en el piso o en los jardines, otros se colgaron de los ventanales. Lo importante era escucharlo.

Solo se escuchaba su voz grave y pausada, desnudando a Ana Karenina, interpretando a Marx, descifrando a Freud, traduciendo a Kant. Cada frase la remataba mirando por encima de sus lentes caídos sobre su nariz aguileña, con una interjección en tono de pregunta: ¿Ujjj? Mutismo solo interrumpido por  risas del público cuando soltaba sus frases lapidarias sobre la condición humana. 

Nadie tomaba apuntes, pero algunos grababan en caseteras de la época, cintas que sirvieron para posteriores publicaciones de su obra, como Ideología y Ciencia, lograda con la transcripción de una conferencia brillante  en la Eafit en febrero de 1974, en la que analizaba cómo nos escudamos en las ideologías para ocultar la  incapacidad para investigar, pensar y descubrir, esenciales en la ciencia. “El conocimiento requiere de una disposición distinta a la que impone la ideología: exige romper con la actitud de satisfacción y descanso en la apariencia de un saber probado y asumir la valoración del gusto por la búsqueda de un saber cuyos resultados no se conocen de antemano. Conlleva otra imagen de la felicidad, como dice Nietzsche en ‘La gaya ciencia’: no la concebida como reposo, droga, sueño, cielo o muerte, es decir, un estado definitivo y acabado, sino la felicidad concebida como lucha, conquista y trabajo”, dice en uno de sus apartes. 

En ‘Sobre la lectura’ proponía que cada quien lea desde sus carencias, desde su yo. Cada persona es coautora de la obra que lee con su interpretación. Decía que  la elección de lo que  nos gusta  leer no es azar. Es el inconsciente el que elige al autor y al libro.  “No hay sin embargo aquí nada de extraño, ni es necesario negar el azar de la escogencia apelando por ejemplo a una premeditación inconsciente: la selección había sido hecha por el problema durante la lectura misma, el problema buscaba sus conceptos y conexiones y recibía y capturaba todo lo que le pudiera llenar sus lagunas, las discontinuidades entre los puntos que parecían esclarecidos, y desechaba todo lo demás; o mejor dicho, como no lo capturaba no podía verlo pues era el problema mismo el que leía, aquel del que queríamos descansar un poco y que sin embargo seguía trabajando oscuramente como un topo”, reflexiona.

Este concepto vino a revolucionar el acto de leer como búsqueda personal y no como obligación, que aún impera en los salones de clase. De ahí que a menudo recordara en clase su método de calificación: 3.0 por existir. 4.0 por asistir y 5.0 por insistir. Rebeldía contra el sistema escolar y su forma de evaluar.

De eso se aprovechaban sus adversarios que buscaron –sin lograrlo, por fortuna– minar su influencia. “Una vez nos dejó un análisis para aplicar los conceptos que habíamos visto”, recuerda Antonio Dorado, director de cine que años después realizaría el documental, ‘Estanislao Zuleta, biografía de un pensador’. “Como todos sacamos 5.0,  otros docentes lo criticaron pues nadie perdía la materia. Ante el reclamo, el maestro volvió a calificar  y a todos nos puso 4.0”, evoca Dorado.

 La anécdota muestra la elegancia para burlarse de sus detractores el autor del ‘Elogio de la dificultad’, como bautizó el discurso con el que recibió el honoris causa: Uno de sus mejores ensayos y que desde el primer párrafo sacudía  a cualquiera del marasmo de la mediocridad: “La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada,  eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes”. El texto se volvió un credo para la intelectualidad de entonces. Hoy sigue  vigente.  

***

Con ese nombre y apellido de paisa hasta la médula, desde su adolescencia proclamó la antiescuela: en cuarto de bachillerato renunció a la estrechez del aula de colegio con su  mente libertaria. Se formó con tutor, el gran pensador antioqueño Fernando González, al mejor estilo de los filósofos franceses o alemanes.

No de otra manera podía resultar una inteligencia que profundizó en el desarrollo del pensamiento, siempre a la luz de  los grandes: Platón y Sócrates,  Marx, Kant, Hegel, Heidegger, Nietzsche. Se sumergía en  honduras filosóficas a través de la historia y cuestionaba la falta de pensamiento crítico. Leíamos, decía,  para buscar respuestas y no para indagarnos. Por eso no existíamos en el mapa  de la filosofía.

Su forma de aprehender la condición humana desde íconos de la literatura, no tiene parangón. Deshuesó los personajes de Dostoievski, Kafka, Tolstoi, Flaubert, Sthendal y Mann. Y  les hizo psicoanálisis a sus autores hasta lograr una radiografía del ser humano, desde sus afirmaciones, contradicciones,  querencias y  carencias.  Otra forma de lectura, distinta a la del aula. 

Así destrozó también el matrimonio como institución y puso la lupa en el desespero que llevó a Anna Karenina a lanzarse al tren, el ojo en Madame Bovary para despreciar un cómodo hogar, la mirada en el portazo final de Nora Helmer de Casa de Muñecas, del danés Henrik Ibsen.   

Su texto magistral sobre Thomas Mann, ‘La montaña mágica y la llanura prosaica’, es una compilación de 25 conferencias que se convirtió en lectura obligada en la intelectualidad de entonces. Zuleta “leyó y releyó  y deshuesó” al autor alemán, según Beatriz López, una de sus alumnas en el Centro de Estudios Psicoanalíticos Sigmund Freud, creada por algunos intelectuales y psicoanalistas, entre ellos Óscar Espinoza,  gran amigo de vida y de debate.

En esas páginas apuesta por la lectura de grandes obras literarias a la luz del psicoanálisis, el marxismo, la filosofía, esa transversalidad de la que apenas está llegando a los claustros educativos hoy. Fue, pues, un eterno adelantado a su tiempo. 

***

Al llegar a Cali, Zuleta encontró una ciudad alborotada por el eco del Mayo del 68 parisino, movimientos de liberación femenina liderados por Simone de Beauvoir en Francia y Betty Friedan en Estados Unidos; la píldora anticonceptiva, la minifalda, las reinvidicaciones sociales de Cuba, Chile, China… “Encontró el terreno abonado”, dice Beatriz López.

 Ella, entonces periodista de El País, recuerda que María Antonia Garcés, secuestrada por el M-19, en declaraciones posteriores a su liberación, reconoció que lo que más le había ayudado para superar la violencia del encierro y la incomunicación  era la formación recibida de  Zuleta en ese templo donde se reunía  ‘intelligentzia’ de Cali, en  Menga.

Al publicar María Antonia el libro ‘Con cagüinga y con callana. Rescatando la cocina perdida del Valle del Cauca’, en 1977, ella reconocería como motivación para investigar y escribir “el dinámico movimiento cultural de Cali” en torno a  Zuleta,  quien fue un referente simbólico.

 Recordaba que Zuleta llegó a  Cali en 1974 y, desde Univalle y el Centro Sigmund Freud, “contribuyó a crear un eje de irradiación de estudios filosóficos, literarios y psicoanalíticos. Su promoción del pensamiento crítico y de lectura de grandes textos filosóficos y literarios de Occidente, desde Platón hasta Hegel, Marx y Freud, inauguró espacios intelectuales y transformaciones personales en una generación de mujeres y hombres en Cali”.

Alentadas por él, señoras como Julia Pardo de Ash, María Cristina Mera de Álvarez, Elena Garcés Echavarría, Amparo Vélez de Rengifo y Amparo de Zaccour emprendieron nuevas rutas de pensamiento, lectura y escritura, como la revista Vivencias, publicación  sobre arte. Quienes lo conocieron siempre lo vieron rodeado de mujeres. Pero trabajaba con hombres. Ejercía su encanto  intelectual en ambos. 

***

Zuleta, lejos del estereotipo del intelectual neurótico o asocial, era hombre tranquilo y bonachón y paseó su sencillez por  San Antonio, donde vivió. Aburrido de la vida citadina, se estableció luego con su segunda esposa, Yolanda González, y su familia en La Buitrera. “Como ahí  no había agua sus hijos la traían en burro todos los días”, cuenta Beatriz. Opositor del sistema escolar, sus hijos no asistieron a colegios; recibían clases de él, de su esposa y de intelectuales que los visitaban.

Pero no todos admiraban a Estanislao Zuleta. Tenía opositores de estirpe intelectual como Ramón Garzón, docente de la Universidad Santiago de Cali, con quien debatía ideas y posiciones políticas y una supuesta rivalidad que alimentaban los seguidores de esta suerte de vedettes de la Cali de entonces. 

Otros lo vieron como enemigo de buenas costumbres como el matrimonio. Porque muchos de quienes tomaron sus cursos de psicoanálisis se separaron. Pero “él no marcó derroteros, siempre  decía, ustedes tienen libertad de pensamiento. No salimos locas, pero sí nos ayudó a entender a Nietzsche y  a pensar mejor”, reconoce Beatriz.

 El impacto fue muy fuerte, dice. “La mayoría de estas  mujeres estaban casadas con hacendados y ganaderos, formados en la vida patriarcal, a quienes les sorprendían los nuevos bríos de sus esposas que hasta entonces solo habían estado en casa bordando manteles y haciendo obras de caridad”.

Algunos más lo vieron como una amenaza al orden establecido. Era la época del Gobierno de Turbay  y el B-2, dedicado a la persecución  de  la UP y militantes o simpatizantes del M-19. Por esos años lo encontré en un kiosco de la Univalle conversando con alguien  al sabor de un tinto. Llevaba camisa y pantalón caquis, como los  trabajadores de la universidad. Hablaba de su paisano,  amigo y también defensor de derechos humanos, Héctor Abad Gómez. Creí oírle decir que  le había ofrecido regresar a Medellín si se sentía asediado en Cali. “Yo no tengo problema, renuncio a esto aquí y me voy a comerme mis frisolitos (así, no fríjoles) a Medellín”.

El diálogo continuó, pero  me retiré so pena de estar escuchando conversaciones a las que no era invitada, pero con la incertidumbre de que ya no  tendríamos más ese faro que nos iluminaba. 

En efecto, Zuleta se exilió en el Hotel Continental en Bogotá, cuenta el escritor y profesor de la Univalle, Fabio Martínez. Hasta que la ONU lo nombró  asesor de paz de Belisario Betancur. En esa misión viajó a Santodomingo, Cauca, a intercambiar opiniones con el alto mando del  M-19, que se debatía entre la indecisión de firmar o no un pacto de paz con el Gobierno. Años  después, se logró el acuerdo.

Por ese entonces, el maestro ya vivía en la ciudadela Camino Real, al sur de Cali, donde no tenía teléfono. Cuando lo buscaron de la ONU, recibió la llamada en un apartamento vecino. Crítico de los medios de comunicación, en su casa no había televisión ni radio ni  prensa. Y cada que nos reuníamos para discutir mi tesis de grado remataba  con una frase concluyente: los periódicos van a desaparecer.

Una frase devastadora para una principiante que quería ganarse la vida justo como reportera, pero que 25 años después es premonitoria. La dijo cuando aún no existían las amenazas de internet, de las redes sociales ni los celulares. Zuleta fue un visionario, un adelantado.

Nunca tuve la certeza de si leyó o no mi trabajo de grado, pero conservo su carta de aprobación. Siempre respetuoso de las diferencias, en  unos apartes dice: “No solo tuve la posibilidad de servirle de director de tesis, sino que tuve la alegría de ver que había alguien que pensaba en el periodismo como una empresa de su vida, una empresa necesaria para la sociedad y que sabía que la prensa tenía algo qué hacer para componer e iluminar  la vida. Que el periodismo escrito no es lo mismo que consumidores televisivos, cinematográficos o de cualquier otro orden. Que la prensa, quiero decir, los periódicos, son al mismo tiempo informativos, irreflexivos y  si no son reflexivos, no son nada y van a desaparecer. Esta alumna entendió el papel en el sentido de la función del periodista. A mí me alegra aprobar su tesis”.

A mí también me alegró. Esa firma estampada con la tipografía de una máquina de escribir venía de la mente más brillante de  Colombia. El 17 de febrero de 1990, cuando ya empezaba a ejercer mi carrera, Zuleta fue una noticia triste: falleció solo en su apartamento. Una combinación de alcohol –al que se había entregado por años– cigarrillo y medicamentos para la angina, puso fin a su existencia de 55 años. 

Trágico y desconcertante desenlace para alguien de su dimensión intelectual y cuya única complicación era el asma. Que se sepa, estuvo a punto de morir en una cena en casa de Óscar Espinoza. El menú era pescado y él se atragantó con una espina. El maestro tosía mientras sus grandes ojos se entornaban hacia atrás. Las señoras, formadas en psicoanálisis, marxismo, literatura y filosofía no sabían qué hacer. Una pedía agua, otra llamaba a gritos a un médico, otras lo palmoteaban en la espalda mientras  imploraban a Dios, un dios en el que Zuleta no creía, como buen seguidor de Nietzsche. Hasta que la empleada salió de la cocina y dijo:

–Denle pan– mientras partía un trozo que llevaba en un plato.

El maestro masticó, tragó y respiró. Quien lo ayudó  aquella vez no estudió con él, pero con su ‘sabiduría’ logró salvar la vida de la mayor gloria del pensamiento colombiano que dejó huella en Cali.

 

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