Un día en el hospital de los muñecos

Agosto 30, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Jorge Orozco | Reportero gráfico de El País

Sobre la Calle Quinta con 12 existe el único hospital de muñecos de Cali, en donde un ‘cirujano’ se da a la tarea de darles vida a los juguetes que, de lo contrario, terminarán en una caneca de basura. Un oficio en vía de extinción.

[[nid:458849;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/08/hospital-munecos-734.jpg;full;{En la Calle 5 con Carrera 12 funciona un negocio donde se restauran muñecos de todo tipo. Su dueño, Álvaro Pinzón Vega, le contó a El País cómo es este trabajo.Video y edición: Jorge Orozco | El País}]]

David Henríquez, un arquitecto caleño de 45 años, recuerda con nostalgia aquel muñeco que lucía un uniforme blanco de botas, puños azules y alas de color rojo. Un guerrero sin miedo alguno, listo siempre para el combate. ¡Cómo olvidarlo, era Mazinger Z!

Esos recuerdos lo llevan hasta sus años de infancia. A la mañana en que, durante una de sus épicas batallas contra el malvado Dr. Hell, Mazinger perdió uno de sus brazos. No recuerda muy bien ese momento, pero afirma que uno de los puños que expulsaba el muñeco con dirección al enemigo dejó de funcionar y al tratar de hacerle un arreglo, terminó partiendo todo el brazo. Entonces David, con tan solo ocho años, corrió hasta donde su madre para que intentara salvar a su inseparable amigo.

Muy poco se pudo hacer, solo envolver el brazo de pasta con cinta transparente. David guardó por varios años su muñeco lesionado con la secreta esperanza de que algún día alguien pudiese repararlo. Pero la ocasión nunca llegó y aquel guerrero terminó en la basura.

Mazinger Z fue en realidad un tipo con mala suerte. Porque su dueño, el pequeño David, ignoraba entonces que en la Calle 5 con Carrera 12, diagonal a la tradicional Loma de la Cruz, se levanta tímidamente el único hospital de muñecos que tiene Cali.

En el lugar, de fachada estrecha e imperceptible, varias cabezas de muñecos dispuestos sobre la reja saludan al visitante de manera casi tenebrosa.

Y así como en la vieja canción en la que hasta el pobre hospital de los muñecos llega el pobre Pinocho mal herido para ser atendido por el médico de guardia, aquí, quien se encarga de curar es Álvaro Pinzón Vega, un hombre de 55 años que practica el noble oficio de devolverles la vida a los juguetes averiados.

[[nid:458844;http://contenidos.elpais.com.co/elpais/sites/default/files/imagecache/563x/2015/08/hoospital-munecos-734.jpg;full;{Álvaro Pinzón Vega, un bogotano que le ha dedicado toda su vida a 'curar' viejos muñecos. Desde hace más de 30 años restaura estos juguetes en Cali. Su negocio es en la Calle 5 con Carrera 12.Video y edición: Jorge Orozco | Reportero gráfico El País}]]

Álvaro empezó cuando era un niño; heredó la empresa de su padre que alguna vez también fue de su abuelo. Este último se ganaba la vida como restaurador de imágenes de madera, igual que el Geppetto del libro.

Cuenta Pinzón que su padre lo llevaba a ver el trabajo de su abuelo. Eso le encendió la curiosidad por el oficio. Fue así como llegó a trabajar en las principales clínicas de muñecos de Bogotá. A Cali regresó en los años 80 para finalmente montar en 1982 su propio hospital y seguir con la tradición.

Álvaro trabaja de lunes a viernes, de 9 de la mañana a 6 de la tarde. Y, como todo médico de turno, lo primero que hace al llegar al hospital es colocarse su bata; parece un pediatra. Enseguida se lleva al rostro unas gafas especiales a las cuales les ha adaptado dos lupas y una luz led de pilas. “No hay un promedio de pacientes, como llegan cinco en un mismo día, a veces puede llegar solo uno”, explica.

Una vez realiza el diagnóstico, la labor de traerlo de nuevo a la vida puede tomarle hasta tres días, casi siempre después de delicadas ‘cirugías’.

Sentado frente a su mesa de trabajo, reconoce que nunca le han dejado juguetes abandonados. A lo que sí se enfrentó hace poco fue a la obligación de tener guardado durante un año a uno de sus pacientes, hasta que su dueño lo reclamó. Por fortuna, dice Álvaro entre risas, en esta clínica no se cobra hospitalización.

Cosas como esta suceden en un hospital pequeño saturado con juguetes ya restaurados y otros que aguardan su turno, esperando las manos sanadoras del doctor de los muñecos. Caras como las del Pato Donald y Minnie Mouse comparten estantería con Buzz Lightyear o los más modernos Minions, de la serie ‘Mi villano favorito’.

Pero, haciendo justicia, también hay lugar para ‘divos’ infantiles de tiempos pasados: un Topo Gigio, que hizo dormir a toda una generación con su lema ‘A la camita’; o una Pastorcita que mira a lo lejos en busca de sus ovejas...

Como todo especialista, Álvaro planea seguir estudiando. Los avances tecnológicos que llenan las estanterías de los almacenes con juguetes cada vez más sofisticados, lo tienen adelantando un curso de electrónica en el Sena.

Es que para ser restaurador de juguetes se debe saber de electrónica, de pintura, de ebanistería, de mecánica muñequería. En eso es experta Eunise Torres, su esposa, su mano derecha. Ella es la encargada de la decoración, el maquillaje y el diseño del vestuario de las muñecas, sean nuevas o antiguas. Ella trabaja en el barrio Chiminangos, en la casa que comparten ambos. Una pequeña sucursal del Hospital de los Muñecos.

Esos vestidos que han pasado por sus manos han viajado a otros países. Eunise recuerda a Marilyn Monroe, una muñeca a la que le confeccionó dos vestidos de época que por su belleza fueron llevados a una exhibición en Estado Unidos. Tras esa oportunidad llegó a una clienta que, feliz, aún contrata sus servicios.

Con este arte, esta pareja de esposos ha sacado adelante a sus siete hijos. Y aunque reconocen que no es “un oficio para enriquecerse”, de él se puede vivir dignamente. Lo que a ellos les preocupa en realidad es que a pesar de que en Navidad nunca les han faltado juguetes a sus hijos, ninguno de ellos quiere continuar la tradición.

Álvaro guarda la esperanza de que su hijo menor tome las riendas o tal vez algún nieto. El único argumento que tiene para seducirlos es la promesa de que a un médico de juguetes averiados nunca le faltará trabajo: siempre existirán niños que llorarán ante un muñeco roto.

Mientras relata su historia, Álvaro muestra con orgullo una reliquia de muñeco que arribó a este taller para ser reparado, pero que él ‘adoptó’. El tiempo le ha regalado un color amarillo pálido. No es de pasta, como se acostumbra a fabricarlos hoy, sino de caucho, tiene ojos de botón no móviles y su cabello también es de caucho. Para Álvaro tal vez sea el muñeco más hermoso del mundo.

Es de mañana y llega un paciente. Álvaro abre la bolsa plástica y saca de su interior un bebé para reparar, al que carga y le susurra palabras bonitas. El médico Pinzón lo diagnosticó con alopecia severa y sugiere un urgente implante de cabello. Después de una nueva caricia, el hombre prepara a su paciente para la cirugía estética.

Álvaro explica que un juguete puede sufrir diferentes males: ruptura de cuello, caída de cabello, pérdida de ojos, fracturas en extremidades, cuerdas rotas, mal de tierra, (poros en el caucho), pero la causa más común, sostiene Álvaro, es la restauración de caras, por culpa de la tinta de lapicero.

“Recuerdo a una paciente que llegó del Perú, era una muñeca que el papá le mandó fabricar a su hija en plastisol y madera, con facciones idénticas a las de su hija. Yo le restauré la carita porque la niña la había rayado con lapicero. Era impresionante el parecido”.

Pero no todo en este oficio ha sido siempre grato. Es que los chinos, taiwaneses y coreanos le han complicado la vida al dueño de este hospital en los últimos años. Álvaro Pinzón sabe bien que él es el único y tal vez el último especialista en reparar muñecos en Cali. Y se siente amenazado por la importación de juguetes.

Hoy en día, los padres de familia prefieren comprar un muñeco nuevo, de 15 ó 20 mil pesos, a pagar esa misma cantidad de dinero por la reparación de uno viejo. Pero Álvaro sabe que en las manos de cualquier niño, un juguete recién salido del estuche aparece dañado a los cinco o diez días.

Como el Nenuco que Andrés Buitrón, 31 años, casado, le compró a su pequeña de 6, en una Navidad. Aunque fue toda una odisea conseguirlo, solo un par de meses después la cabeza del muñeco se soltó y sus ojos quedaron cerrados para siempre. La esperanza de padre e hija está, pues, en que las manos sabias de Álvaro Pinzón cambien el final de esta historia.

Ha pasado una semana y Buzz Lightyear, guardián del espacio, está listo para jugar. Estuvo en el quirófano a causa de dos fracturas, una en su casco protector y otra en su brazo derecho, con el que ahora parece saludar a Daniel, su dueño, que acaba de llegar por él en compañía de su padre, David, el arquitecto, aquel hombre que perdió su ‘Mazinger Z’ y que no quiso que la historia de un juguete sin suerte se repitiera.

Padre e hijo toman al muñeco y tiran de la cuerda, quieren escuchar su clásica frase, “Al infinito y más allá”. Cancelan los gastos de la cirugía y abandonan el hospital. Felices.

Son las 6:00 de la tarde, según el reloj de aves que cuelga al fondo del pequeño taller. Con una sonrisa de satisfacción en su rostro, el cirujano de muñecos de Cali suspende sus actividades y bebe un último sorbo de café. Mañana habrá nuevos juguetes malheridos que atender.

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