Un café con Mirtha Buelvas

Enero 31, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Especial para GACETA
Un café con Mirtha Buelvas

Mirtha Buelvas, miembro del Comité del Carnaval de Barranquilla.

Esta cordobesa es miembro del Comité del Carnaval de Barranquilla. Dice que las fiestas populares generan comunidades solidarias y democráticas. “Son una oportunidad para construir tejido social en tiempos de paz”.

Se sabe que antes del Carnaval de Barranquilla toda la costa Caribe tuvo sus propias fiestas carnavalescas. ¿Cómo recuerda esos días en su infancia en Sahagún, Córdoba?

Con imágenes bellísimas  de toda la gente saliendo a la calle a echarse Maizena. Recuerdo con especial cariño  un ritual muy bonito en el que los chicos reventaban cáscaras de huevo a las chicas al igual que polvo Rosita, que era con perfume. Era una especie de ritual  de coquetería y de seducción y eso a mi me encantaba. A eso se sumaron los cuentos que me contaban en casa, cuentos y mitos y rituales provenientes de todo el Caribe. 

¿Qué tanta relación tenían esos carnavales de los pueblos con el que hoy es considerado uno de los carnavales más importantes de América, el de Barranquilla?

Todas las pequeñas poblaciones del Caribe tuvieron antiguamente sus carnavales, solo que antes estaban más influenciados por Cartagena, que era su referente, y otros tantos por las fiestas de Santa Marta y de Mompox. 

Pero existen registros que demuestran que desde la Colonia ya existía el Carnaval de Barranquilla, aunque solo  a finales de 1919  empieza el auge del Carnaval de Barranquilla a la par con el desarrollo de la ciudad. Y es a partir de entonces que empiezan a movilizarse pobladores de otras regiones a ser participes del Carnaval. 

¿Cómo se interesó en estudiar y promover el Carnaval de Barranquilla?

Yo estudié psicología, pero la antropología me seducía desde muy joven. Por allá en el año 79, viviendo en Bogotá, supe que el Carnaval de Barranquilla, que en tiempos  pasadas había vivido una época de gloria,  había entrado en una decadencia desde hacía más de una década. Lo decía la gente que tenía alrededor porque no lo había evidenciado directamente. 

¿Qué tan fiel a su esencia deben ser  las fiestas populares?

Uno no puede congelar las fiestas vivas. Un museo sí, pero las fiestas no son museables. Hay que permitir a las nuevas generaciones construir el presente.

¿En qué consistía esa decadencia?

Se había desvirtuado la tradición para convertirse en politiquería. El arte popular fue transformado en avisos de políticos, sumado al asunto de los reinados. 

Fue así como  junto a Margarita Abello,   empezamos a recoger información a ver cuál era el estado real del Carnaval en ese momento y cómo era que había sido en sus inicios. Recorrimos barrios duros de Barranquilla para hablar con gente cuya  tradición estaba viva, como los cumbiamberos;  con gente que había  migrado a otros países o ciudades;  y también con aquellos a quienes habían sacado de la llamada Zona Negra, en donde hicieron la Aduana, en la época de Rojas Pinilla. Todos ellos fueron los que nos empezaron a contar cosas como que sacaban los arlequines, que bailaban diablo, en fin, logramos tener una imagen muy nítida de lo que eran los carnavales de principios del Siglo XX.

 ¿Qué pasó con esa investigación?

Finalmente Antonio Caballareo Villa nos invitó a Margarita y a mí a hacer un artículo a seis manos, un suplemento cultural monotemático que se llamó ‘Gajos de corozo, flores de La Habana’, (como una estrofa de los gaiteros de San Jacinto).

Allí expresábamos no solo los orígenes del  Carnaval sino que se trataba de una confluencia entre lo  rural, como el corozo, pero también lo más cosmopolita, que eran las flores de La Habana que adornaban todas las fiestas de Barranquilla. El artículo tuvo una gran repercusión, se realizaron foros, debates, se organizó un rescate de la tradición con todas las instancias de la sociedad hasta lograr ser declarado Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.

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