Un café con Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa

Un café con Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa

Abril 17, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Especial para GACETA
Un café con Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa

En la foto, el escritor y abogado nariñense Luis Gabriel Rodríguez de la Rosa.

Este nariñense, quién ha vivido gran parte de su vida en Cali, fue invitado a la Feria del Libro de Bogotá tras el lanzamiento de su primera novela: ‘De sueños y olvido’. Charla con un abogado atrapado por la literatura y el periodismo.

Luis Gabriel, ¿cómo se presentaría ante los lectores de Gaceta? 

Nací en Pasto, Nariño, aunque he vivido mucho tiempo en Cali. Soy un abogado y escritor, de 25 años, egresado de la Universidad de San Buenaventura. Me he dedicado a las dos carreras: el derecho y la literatura. También al periodismo universitario. Soy columnista de El Clavo, colaborador de otros medios y director de la fundación ‘Escribir no muerde’, con la que próximamente lanzaremos una nueva revista en la ciudad. Además soy investigador. Me gané la Convocatoria de Estímulos 2014 de la Alcaldía de Cali, la Secretaría de Cultura e Incolballet  con el cuento ‘Fútbol en paz, paz, paz’. De ahí salió el presupuesto con el que financié este, mi primer libro, mi primera novela: ‘De sueños y olvido’. 

¿Por qué un abogado termina siendo escritor? 

Mi hermano es abogado. Yo trabajé con él y ambos nos enamoramos del derecho. Entre otras cosas, arranqué estudiando administración y me di cuenta de que por ahí no era el camino. Así que me dediqué al derecho. Y siempre he tenido la ‘vena’ de escribir. Entré a dirigir el periódico Aletheia de la Universidad San Buenaventura, primero como jefe de redacción y después como director. Y en medio de todo eso conocí a un escritor: Miguel Fernando Caro Gamboa. Con él empezamos a escribir cuentos, inició la pasión por la literatura. 

¿Cómo surge ‘De sueños y olvido’, que es algo así como la historia ficcionada de la violencia del país?

Como el tema del derecho está tan ligado a la política, y de alguna manera al periodismo, permanecía pensando en esos ámbitos. Y a mí desde muy joven me llamaba la atención que en el país, año a año, se repitieran los mismos documentales de Luis Carlos Galán, de Jaime Garzón. Yo veía esos documentales y sentía que Colombia no ha aprendido nada. Ese es su principal problema. El país no aprende  de sus errores, de su pasado. Esta nación ha dejado que pase toda la violencia que ha padecido. Y lo sigue dejando pasar, sin causarnos tanto asombro. Ya no nos sorprende tanto la violencia. 

Cuando veía una y otra vez los documentales de Galán y de Garzón, entonces, me decía que los jóvenes de hoy en día ya se olvidaron de ellos, de los que les pasó. Quizá se aprendan dos o tres frases célebres, pero no más. En realidad se olvidaron de todo. Del M19, de los errores que no se subsanaron para que se firmara la paz en el pasado y que hoy cobran. Porque los errores del pasado cobran. 

Cuando gané la Convocatoria Estímulos 2014, fue justamente con un cuento sobre el paramilitarismo. La historia de un campesino. A mí me llamaba mucho la atención una atrocidad que se cometió en Colombia: cuando los paramilitares jugaron fútbol con las cabezas de la gente, sus víctimas. Y este país, sin embargo, lo niega. Porque cuando uno no pone los muertos, no duele. Yo no he puesto muertos, pero a mí sí me duele este país. De todo ello, de ese dolor, surgió la novela.

¿Cómo vivió Luis Gabriel esa época de violencia en Colombia, los años 80, 90? Se lo pregunto porque usted es un escritor muy joven.   

Fue una violencia que viví en las lecturas. En mi libro hablo por ejemplo del M19, hago una reflexión: ¿por qué si el país les dio una oportunidad, los perdonó, por qué no le correspondieron al país diciendo toda la verdad? 

La novela en todo caso no tiene ningún tinte ni de izquierda ni de derecha. Los muertos son iguales de un lado y del otro. En ese sentido a mí me llama mucho la atención el caso de Álvaro Gómez Hurtado. Muchos presidentes gobernaron con sus ideas.

Y sin embargo él, para los jóvenes, ya no existe o por lo menos no lo recuerdan, no lo conocen. Gracias a él hoy podemos poner una tutela, por ejemplo. Entonces: ¿por qué un personaje como él, pese a lo radical que pudo ser, pareciera no estar en la historia? De ahí que la novela es también un ejercicio de memoria de país. 

 

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