Un café con Jerónimo Rodríguez

Mayo 08, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción de GACETA
Un café con Jerónimo Rodríguez

Director de cine chileno, Jerónimo Rodríguez.

Este director de cine chileno es el autor de ‘El rastreador de estatuas’, un documental sobre un hombre en busca de una efigie, la efímera memoria urbana de la ciudades.

¿Cómo es que un abogado termina convirtiéndose en cineasta?

Lo que sucede es que por alguna extraña razón, siempre hago las cosas al revés. Así que primero estudié derecho. Terminé, tengo el título, pero nunca ejercí. 

Quizá elegí esa carrera porque pensaba que me iba a permitir hacer otras cosas, lo que resultó siendo una gran mentira.  El derecho te absorbe. 

En todo caso me las arreglé para desplazarme al cine, primero haciendo crítica. Fue así, comentando las películas que veía, que me volví a conectar con la cosa creativa. Empecé a escribir guiones, a contactarme con la gente que trabajaba en cine, y todo se fue dando.

Así que mi biografía diría que soy abogado, cineasta, crítico, programador de cine y chileno.  Nací en Santiago, pero me crié en Venezuela por razones políticas (Pinochet). Tengo 40 años  y acabo de debutar con mi primer largometraje: ‘El rastreador de estatuas'.

Contemos esa historia, ¿por qué un hombre se iría por el mundo en busca de una estatua?

En esta película entro a un terreno que nunca había pisado: ensayo, la no ficción. Es un documental pero diría que muy torcido hacia lo experimental.  Un ejercicio de memoria.

Todo empezó porque  yo estaba haciendo la crítica de una película. Estaba en un cine de Nueva York, (donde he vivido los últimos 15 años)  viendo  ‘Monos como Becky’, de Joaquim Jordá. La película hablaba del neurólogo portugués Egas Moniz.

Viéndola recordé súbitamente y  de manera muy borrosa la idea de que quizá  este mismo médico portugués podría ser el mismo de la  estatua que una vez mi padre me mostro en Chile, muchos años atrás. Ahí empezó la historia. Al principio en realidad no sabía muy bien lo que quería. La investigación fue muy a la deriva. Una cosa me llevaba a otra. Esa manera accidentada de narrar influyó también en la manera como terminó la película. Pareciera justamente un filme sin timón.

Es curioso lo de las estatuas. Muy pocos le ponen atención a estos bustos mientras caminan por la calle. ¿Por qué usted sí? 

Hay un gran ejercicio de libertad, saber quién es uno, cuando  se camina. Esa cosa de pensar, mirar, observar. Y si uno realmente se toma en serio el hecho de caminar, empieza a mirar con atención, los lugares te empiezan a hablar. Esa esquina a la vuelta  de tu casa que aparentemente es irrelevante, banal, puede ocultar una historia. Cuando tú lees los epígrafes de las estatuas y empiezas a escarbar un poco en quiénes son estas personas, haces conexiones. Así se generó esta película  que es un ejercicio de observar la memoria urbana y cómo se va transformando. Lo triste al final es que, también,  todo lo  olvidamos. Quizá esta calle en la que nos encontramos  hoy,  hace décadas se llamaba de otra manera y ya nadie se acuerda.

Hay una tendencia en el cine latinoaméricano:   directores que se enfocan justamente en conservar la memoria de los países. ¿De dónde viene esta necesidad? 

Probablemente los cineastas latinoamericanos tenemos un problema con la memoria. En primer lugar tenemos una memoria sin historia. Hay un gran trozo de nuestra historia que se borró en la Conquista. Así que si tenemos 3000 años de historia, apenas  nos enseñaron los últimos 300.  

Tenemos una historia muy breve, y además  con mutaciones, transformaciones realizadas  por los distintos regímenes   políticos.  Y si te fijas, de las cosas que eran importantes para la generación de nuestros viejos, e incluso para nosotros, como la ideología,  ya nadie se acuerda. Es muy fuerte. Hay mucho que está desapareciendo. Todo se borra. El cine es una manera de evitarlo. 

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