Un café con Jenny Valencia

Julio 10, 2016 - 12:00 a.m. Por:
Redacción GACETA.
Un café con Jenny Valencia

Es licenciada en literatura y acaba de lanzar su ópera prima: ‘El diablo del barrio Obrero y otros cuentos de terror’. “La realidad de Cali como terror”, dice.

Jenny: ¿por qué escritora?

Es una historia larga. Desde mis cuatro años de vida estuve muy cerca de la literatura gracias a mi madre, que todas las noches me leía poemas y cuentos. Recuerdo incluso que  aprendí de memoria las fábulas de Rafael Pombo. Así que desde muy niña  descubrí que las letras tenían magia para crear realidades y desde entonces tengo esa inquietud por la literatura. Primero como lectora y después, durante el bachillerato, leí a Mario Benedetti y me di cuenta que quería escribir cuentos. 

Yo escuchaba alguna historia, o veía a algún personaje particular en la calle, y a partir de ello creaba un relato. Fue lo que pasó con el cuento ‘El diablo del barrio Obrero’, un señor que conocí en un garaje de ese barrio. Tenía una  nariz ganchuda, una mirada sombría – estaba fumando un tabaco además – y le decían así, ‘El diablo’.  Ese fue el primer cuento que escribí a mis 20 años y pasó algo muy bonito: gané el premio ‘Nuevos mitos y leyendas de Santiago de Cali 2007’. Desde entonces no he parado de escribir.

¿Y por qué una pereirana termina en Cali?

Es otra historia larga. Cuando yo tenía cuatro años mi padre, que era músico, falleció. Entonces nos quedamos dos años más en Pereira y mi mamá, como una manera de dejar su pena atrás, decidió venirse para Cali. Llegamos al Distrito de Aguablanca. Fue la primera vez que  vi un niño negro, la primera vez que escuché salsa. Y me enamoré de la ciudad, de su baile, de su música, de este entorno. En Cali aprendí también a escribir. Mi narrativa  está impregnada del  carácter de la ciudad.

Hablemos de la ‘ópera prima’ en cuento: ‘El diablo del barrio Obrero y otros cuentos de terror’.

Es una recopilación de los cuentos que he venido escribiendo  y en los que se refleja una de mis certezas: la realidad, por lo menos en Cali,  supera la ficción. En este libro plasmo esa necesidad de contar historias y a través de ellas hablar de problemáticas de las que mucha gente no quisiera hablar.  Las problemáticas de los ninguneados, los desposeídos. Esa es la Cali del libro. La de los muertos vivientes.

Leyendo estos relatos se siente, de hecho,  una gran presencia de Andrés Caicedo…

Sí.  En varios relatos nombro a Andrés Caicedo. Es una presencia literal. Un escritor es  un cúmulo de influencias y  yo soy totalmente ‘caicediana’. También siento que mi narrativa tiene herencias de Edgar Allan Poe y Cortázar.  Y además lo que pasa con Andrés Caicedo es que yo pienso que no lo mataron las tantas pepas que se tomó, sino que lo mató la sociedad. Fue un espíritu censurado, un personaje que tuvo muchos problemas con el circulo social al que pertenecía y yo sentí la necesidad de reivindicarlo a través de algunos de los relatos.

En ese sentido es una literatura, de alguna manera, revolucionaria.

Tal vez eso lo explique el hecho de que yo tengo una gran conexión con las comunidades afro. Yo también hago crónica, y en 2011 tuve una experiencia que me cambió la visión de la ciudad y del país. La primera crónica que  hice fue sobre la Colonia Nariñense,  en  Aguablanca. Pasé toda una tarde con la chica que vendía la droga en la zona. Y ahí tuve la oportunidad de hablar con los pelados de las pandillas, los que en los diarios son llamados delincuentes. A uno de ellos le pregunté: ¿por qué no estás estudiando? Él me dijo que en la escuela no lo habían recibido por haber salido de un centro de rehabilitación y por vivir en la Colonia Nariñense. Entonces ahí me di cuenta que muchos que hoy llaman delincuentes son víctimas de unas dinámicas sociales que no dependen de ellos. Y de eso habla mi literatura. 

De ahí viene el tema del terror... 

Es la realidad como terror.  Uno no necesita inventar mucho para hacer ficción en un entorno como el nuestro, tan marcado por el narcotráfico.

¿Por qué el cuento?Yo tengo un ritmo muy ligero y soy además bastante explosiva. Y para mí eso es el cuento. El cuento es una acción corta, directa, que va al punto. Como una explosión. O un puñal. 

 

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